A bordo lleva un disco de oro. Música, voces humanas, el sonido del viento y la lluvia, saludos en 55 idiomas. Todo grabado con la esperanza —o quizás con la fe, que no es lo mismo— de que algún día alguien lo encuentre y entienda que aquí hubo algo. Que existimos. Que tuvimos la ocurrencia de mandar un saludo al universo antes de apagarnos.
La probabilidad de que eso ocurra es, para efectos prácticos, cero.
Y aun así lo hicimos.
Me pregunto qué pensaron los que armaron ese disco. Si en algún momento alguien levantó la mano y dijo para qué, si nadie lo va a escuchar. Probablemente no. Probablemente todos sabían que era un gesto hacia el vacío y lo hicieron igual, con la misma seriedad con que se hace cualquier cosa que importa.
Yo hago algo parecido cada vez que escribo aquí.
No tengo manera de saber si alguien lee esto. Las estadísticas del blog me dan números, pero un número no es una persona leyendo — es apenas una señal de que alguien pasó por aquí, como la huella de un pie en la arena antes de que llegue la marea. Puedo imaginar lectores, igual que los que armaron el disco de oro imaginaron civilizaciones extraterrestres con la capacidad de encontrarlo y descifrarlo. Es un acto de fe del mismo tipo. Tal vez del mismo tamaño.
Y sin embargo sigo escribiendo.
No sé bien por qué. O sí sé, pero me cuesta explicarlo sin sonar pretencioso. Hay algo en el acto mismo de ordenar las ideas, de buscarle la forma exacta a una cosa que uno siente vagamente, que justifica el esfuerzo independiente de si alguien lo lee. Como si escribir fuera una manera de existir con más precisión. De dejar constancia, aunque sea para nadie.
La Voyager 2 va a seguir viajando mucho después de que todos los que la construyeron hayan muerto. En 300 años va a pasar cerca de una estrella. En 40.000 años va a acercarse a otro sistema solar. Para entonces no va a quedar nadie que recuerde que la mandamos, ni nadie que pueda explicarle a quien la encuentre de dónde vino.
Pero el disco va a estar ahí. Con la música. Con las voces. Con el sonido del viento de un planeta que quizás ya no exista.
Eso me parece, por alguna razón que no termino de entender, una de las cosas más humanas que hemos hecho.
Este post también va a quedar en algún servidor, flotando, después de que yo no esté. Sin contexto. Sin nadie que lo explique. Una voz hablando hacia ninguna dirección en particular.
Pero seguimos escribiendo. Así somos.

Lo que usted plantea, mi querido bloguero, es tan complejo como las corrientes filosóficas, un nihilista asegurará que nada de lo que hacemos tiene sentido. Mi naturaleza o formación más pragmática me insta a buscar no sólo el sentido sino la utilidad en lo que hacemos.
ResponderEliminarAyer sin más, escuchaba casi por accidente una emisora radial donde los radioescuchas llaman y dan mensajes, bien sabes que no soy fan de esa práctica, en fin, una mujer bien apesadumbrada llama para comentar su desdicha y minutos después otra persona, que por lo señalado no la conocía, pero enviaba sus mejores deseos para que saliera pronto de la situación que estaba enfrentando. Y ahí, comprendí la importancia de esos espacios.
Así como a veces no tenemos conciencia total de lo que hacemos, también podemos en nuestra más pura inconciencia o naturaleza humana sólo decir acá estoy, esto es lo que soy. Y, precisamente, leer ese mensaje, saber que alguien existe al otro lado y responderle, puede ser todo lo que una persona necesita.
resulta evidente que la razón de ser de todo lenguaje es la comunicación entre sus hablantes; y no parece dudoso que la comunicación servirá tanto más a sus fines cuanto más concreta e leigible se formule, el deseo de ser escuchado es una de las mas profundas manifestaciones de la naturaleza humana
EliminarMe ha fascinado la explicación sobre la Voyager 2. Gracias.
ResponderEliminarUna explicación como esa te abre la mente y le da alas a la imaginación.
Los humanos creemos saberlo todo y no sabemos nada.
En cuanto al blog... a mí ya me da igual si me leen muchos o pocos o no me leen, o me leen y no comentan... eliminé una herramienta que contaba las visitas y su procedencia. En su momento me hacía gracia luego ya pensé que no tenía sentido mirar eso.
Hace mucho que escribo en el blog y he vivido su boom y su lenta agonía.
En ese tiempo he pasado de posts con más de 200 comentarios a casi todo lo contrario.
Para mí el blog es una terapia excelente, mato mis demonios con palabras y aunque luego resucitan yo sigo escribiendo.
He pensado lo de qué pasará cuando yo ya no esté... quizá algún familiar el día de Navidad me recuerde y busque algún poema mío... probablemente ni eso.
Ahí quedará todo lo que escribí amarilleando en un servidor hasta que alguien con criterio economicista decida borrar todos los blogs que no tienen movimiento en x años.
No hay más.
No me quejo... bueno, sí... me gustaría viajar por el universo como la Voyager 2... mirando y preguntándome quién creo todo esto?