lunes, 28 de septiembre de 2026

Habría podido...


Llego tarde y escribo tarde. Ayer sentía ganas de probocarles al amor, o su ausencia, y hoy, en cambio, me declaro  adormecido por la monotonía del ánimo. No sé, presiento que hay mucho por decir, pero no logro que aparezca absolutamente nada. La mediocridad, ya lo saben, tiene esa particularidad más notable.

Habría podido escribir algo hermoso. Habría podido, incluso, decir la verdad, esa cosa que tanto asusta y que casi nadie pide en serio. Porque seamos honestos: a nadie le interesa realmente lo que uno tiene para decir. Interesa el gesto de decirlo, el ruido, la pose de estar diciendo algo. Yo también he vivido de esa pose, así que no vengo a acusar a nadie que no sea yo mismo.

El desierto no conjuga nada, y por eso me irrita hoy más que otros días: mientras yo me revuelco en el condicional, él simplemente está, sin necesidad de justificarse. Los camiones pasan a las cinco de la mañana sin preguntarse si tienen algo importante que transportar, solo pasan. Uno debería aprender de eso, pero prefiere la variante más cómoda: confundir la pereza con la profundidad, el silencio con el misterio, la nada con la contención de algo enorme.

Así que, ya que estamos siendo honestos, lo diré sin más rodeos: tengo cosas profundas e importantes que decir. Eso diré, entonces, que tengo cosas profundas e importantes que decir. No lo que son —eso requeriría el esfuerzo que hoy no pienso hacer—, sino el hecho puro y desnudo de que existen, ahí, esperando su turno, como todo lo que uno guarda para no gastarlo en un día cualquiera. Es la trampa perfecta: la afirmación de la hondura reemplazando a la hondura misma, y nadie puede reclamarme nada, porque técnicamente no mentí.

Ayer quería incendiar algo. Hoy prefiero incendiar la pretensión de que hoy tenía algo que incendiar. Quizás mañana vuelva el apetito de provocar, o quizás la única provocación honesta sea esta: haberles anunciado, con total solemnidad, que tengo cosas profundas e importantes que decir, y no haber dicho ni una sola.

5 comentarios:

  1. A veces quisiéramos decir tanto, pero algo nos retiene; a veces es mejor quedarse en silencio, pero el silencio duele aún más.
    ¡Te envío al fondo de tu ser el sol y un beso que te caliente!

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  2. Me encanta tu texto. Siempre tienes cosas profundas en tu interior, no siempre es el momento de decirlas. Nada adelante lleva ese momento.
    Es una maravilla tu blog. Gracias por lo que compartes.
    Un fuerte abrazo!

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  3. Marcos, qué brillante ejercicio de honestidad. Empiezas diciendo que no tienes nada que decir y acabas construyendo una reflexión que obliga a pensar precisamente sobre la necesidad de decir algo. Me ha gustado especialmente esa comparación con el desierto, que simplemente es, sin justificarse ni aparentar profundidad. A veces caemos en la tentación de confundir el silencio con el misterio o la pereza con la hondura, y tú lo desmontas con una ironía tan lúcida como divertida.

    Y quizá ahí esté la verdadera provocación del texto: en reconocer sin maquillaje esos días en los que las palabras no llegan, en lugar de disfrazarlos de trascendencia.

    Un fuerte abrazo, Marcos.

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  4. Escribe lo que te apetezca y compártelo si te viene de gusto.
    Yo vengo aquí porque me interesa lo que dices incluso cuando no quieres decir nada.

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  5. Entiendo ese cambio entre lo que ayer querías decir y lo que hoy ya no encuentra manera de salir. No veo mediocridad en eso, sino uno de esos días en los que nada termina de encajar. Me ha dado pena que fueras tan duro contigo mismo. No siempre tenemos el mismo ánimo ni las palabras aparecen cuando queremos.

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