Nos vendieron la dignidad como un trofeo que hay que pulir a diario, cuando en realidad es una camisa de fuerza con hebillas doradas. Toda la vida vigilando la «sabiduría», separando con pinzas de cirujano el bien del mal, como si hubiera un jurado esperando al final del pasillo para darnos una medalla por buena conducta.
Qué cansancio, en serio. Ni siquiera nos rebelamos con convicción: somos autómatas domesticados, programados para agradecer la correa y llamarla libertad, para aplaudir el horario y llamarlo vocación.
Propongo romper la urna donde guardamos los recuerdos y dejar que el drama acumulado se pudra al sol, sin funeral ni discurso. Mudar la piel de la etiqueta, del deber ser, de esa insignia correcta y almidonada con la que disfrazamos la rutina de virtud. Si la única recompensa por portarse bien es que te den un portazo en la cara, más carga, más horario, más lista de pendientes, entonces la única respuesta decente es la deserción.
Hagamos un voto solemne a la inutilidad. Al exceso que no rinde cuentas a nadie, a la risa con manchas de vino tinto y fruta demasiado madura, al derecho de perdernos sin justificar el mapa. Los monumentos a la cordura, al final, solo sirven de percha para que las palomas caguen encima.
Y ni siquiera eso les vamos a explicar.

Marcos, qué texto tan provocador y contundente. Me gusta cómo sacudes certezas y cuestionas esas cadenas invisibles que muchas veces aceptamos sin examinarlas. Más allá de estar o no de acuerdo con cada afirmación, invitas a reflexionar sobre cuánto de nuestra vida responde a decisiones propias y cuánto a inercias heredadas. Y esa imagen de la "correa que llamamos libertad" tiene una fuerza enorme.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, amigo.
¡Interesante pensamiento pero tan cierto!
ResponderEliminarSi ellos, los que nos pusieron en esta situación, supieran que por un lado les estamos muy agradecidos... liberados de los lazos dorados seguimos adelante hacia un mundo nuevo y mejor, donde hay libertad y no hay restricciones, no hay sufrimiento, solo sol y luz :))
Me sumo a ese voto solemne. El peso de estar siempre a la altura y hacer lo correcto llega a ahogar. Me quedo con la risa, el vino tinto y ese derecho legítimo a soltar el volante sin tener que dar explicaciones a nadie. Contigo en la deserción.
ResponderEliminarLes tergiversaron el significado de las palabras más sublimes y, la gente muy cansada de sufrir, creyó en quien no debía. Y les hizo perder todo y la dignidad. Es increíble, como si no existiera una historia previa.
ResponderEliminarSolo el pueblo puede salvar al pueblo. Hay que espabilar a todos.
Un gran abrazo.
Yo deserté.
ResponderEliminar15 años antes de irme "oficialmente" y cada día que pasa estoy más orgulloso de ello.
Esos 15 años se los robé yo a ellos.