Anoche vi un video de una pluma de trazado, una de esas que usaban los ingenieros antes de que existieran los computadores. Dibuja una línea punteada perfecta. Rueda, y adentro un mecanismo diminuto sube y baja la punta, una y otra vez, con trazos idénticos. Sin electricidad, sin pantalla. Solo metal, mecánica precisa y una idea bien pensada.
Me quedé pegado, y no por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Un resorte, una palanca, un giro, un clic. Todo a la vista. Uno entiende el aparato con solo mirarlo, como si el objeto mismo le explicara el truco.
Eso tenían las cosas de antes (los instrumentos, artilugios) se dejaban espiar. La máquina de escribir, el molinillo, la máquina de coser. Y el cosito de metal que baila dentro de la olla para avisar que la leche va a hervir, que no necesita aplicación ni internet, solo calor, agua y una idea que sabe hacer una sola cosa y hacerla bien.
Hoy un programa dibuja la misma línea al instante, y está bien. Pero apretamos un botón y el proceso desaparece. Todo funciona, todo es más rápido, y no queda nada que contemplar. Nadie se queda embobado viendo cómo aparece una línea punteada en Excel.
Yo, la verdad, a veces quiero ver la técnica trabajar. Escucharla. Esperar un poco.
Quizás la rusticidad no sea un defecto que haya que corregir. Quizás sea lo más lindo que le queda a la técnica: que todavía se le vean las costuras.

Qué interesante... yo y la tecnología no somos amigas, pero en algo sí nos parecemos un poco :))
ResponderEliminarY las costuras en tu publicación... oh sí... es agradable verlas, sin ellas tampoco estaríamos aquí... y sí, es agradable verlas y "coser"...
Te envío saludos, esos verdaderos sin costuras, y un abrazo de viernes con beso!
¡Hola, querido Marcos! Menuda joya de reflexión nostálgica y profunda nos traes hoy.
ResponderEliminarQué fascinante esa «pluma de trazado» y la metáfora tan bella que extraes de ella. Tienes toda la razón: la gran pérdida del progreso tecnológico moderno no es funcional, sino contemplativa y didáctica. Los ingenios mecánicos de antaño —la máquina de escribir, el molinillo, el clásico «espantaleches» bailando en la olla— nos regalaban una honestidad maravillosa porque no ocultaban nada. Había una poesía casi hipnótica en ver el engranaje, el muelle y la palanca responder a las leyes de la física a la vista de cualquiera.
Hoy en día, la eficiencia digital lo vuelve todo milagroso pero frío; el resultado aparece al instante tras una pantalla de cristal, pero el «cómo» queda sepultado en código invisible. Esa frase tuya sobre que nadie se queda embobado viendo aparecer una línea en Excel resume a la perfección lo que hemos sacrificado a cambio de la rapidez.
Qué hermosa lección nos dejas: reivindicar la rusticidad y la belleza de un objeto que se deja ver «las costuras». Un auténtico deleite leerte, querido amigo.
¡Un fuerte abrazo de vuelta, Marcos, y muy feliz fin de semana!
Lo artesanal está desapareciendo.
ResponderEliminarLas máquinas nos sustituyen en el ámbito laboral de momento... pero creo que luego conquistarán otros ámbitos.
Me has hecho recordad un "juego" que se llamaba Spirograph que me tenía abducido de pequeño con los resultados de dibujar con sus ruedas dentadas... magia pura.
Lo instantáneo de hoy, hace todo desechable. Una pena todo lo que se ha ido perdiendo con la "evolución".
ResponderEliminarUn abrazo.