«Las rameras de mi pueblo también iban a misa, y contribuían al diezmo. Por eso puedo decir que hasta los curas son proxenetas».
No sé quién lo dijo. Un sociólogo, un filósofo de cantina, un bromista con demasiadas horas libres. Tampoco importa mucho: hay frases que valen por la incomodidad que dejan, no por el linaje de quien las pronunció.
Me quedo dándole vueltas, menos por los curas que por la pregunta que esconde. Si una institución condena ciertas conductas pero recibe el dinero de quienes las practican, ¿dónde termina la tolerancia y dónde empieza la complicidad? No hay respuesta automática. Aceptar una limosna no vuelve cómplice a nadie. Pero cuando hay conocimiento, silencio conveniente o beneficio deliberado, la cosa cambia de color.
Y no es asunto solo de sotanas. La hipocresía es democrática: no distingue ideología, clase ni título. Vive en el político que predica austeridad desde su privilegio, en el empresario que habla de responsabilidad social mientras traspasa sus costos a otros, en quien exige honestidad ajena y se perdona sus pequeñas trampas. Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ella. Todos hemos señalado al hipócrita; pocos lo hemos encontrado al mirarnos al espejo. El hipócrita siempre es otro. Nosotros, en cambio, atravesamos circunstancias excepcionales.
Ojo, no toda contradicción es hipocresía. Somos imperfectos, nos equivocamos, cambiamos de opinión. La diferencia está en lo que viene después: quien es honesto, al notar la grieta, intenta repararla; el hipócrita defiende la fachada. No le basta con errar, necesita además tener razón.
Quizá por eso irrita tanto. Hay en ella un desprecio por la inteligencia ajena, la apuesta de que bastan las palabras correctas y las ceremonias adecuadas para que nadie mire detrás del escenario. Y a veces colaboramos con la función, porque un discurso impecable tranquiliza más que una conducta decente. Las palabras son baratas; actuar conforme a ellas cuesta renuncias.
En el desierto, donde casi nada se esconde bien, uno aprende que lo que se oculta necesita sombra.
No sé si los curas son proxenetas, ni si todos los poderosos practican lo que condenan; eso se averigua caso a caso, con hechos. La pregunta que me asalta es otra: ¿cuántas veces hemos sostenido aquello que denunciamos, mientras no nos costara demasiado?
Todos queremos entrar al templo con la conciencia tranquila. Lo que rara vez hacemos es preguntar de dónde salió el dinero para levantarlo.

La frase inicial me parece una barbaridad si se toma al pie de la letra: recibir una aportación no convierte a nadie, por sí solo, en cómplice. Otra cosa es saber lo que ocurre, mirar hacia otro lado y seguir recogiendo los beneficios. Y ahí está lo incómodo del asunto, porque es muy fácil descubrir la hipocresía en curas, políticos o empresarios, pero bastante más difícil reconocer aquello que nosotros también criticamos y seguimos sosteniendo por comodidad. Yo, por lo menos, no pondría la mano en el fuego diciendo que nunca lo hago.
ResponderEliminarNo conozco los detalles, ¡pero te envío mi saludo nocturno con un beso!
ResponderEliminarCette hypocrisie est en fait partout, elle fait partie de nous même. Combien fustigent la pollution lié la pollution en roulant en voiture ? Combien pleurent la perte de la forêt d'Amazonie, le poumon du monde, en tartinant de Nutella son pain ? Etc. Etc. L'homme est ainsi fait. Heureusement beaucoup parlent moins et agissent. J'ai espoir. À + !
ResponderEliminarEsta hipocresía está, de hecho, en todas partes; forma parte de nosotros mismos. ¿Cuántos critican la contaminación mientras conducen en coche? ¿Cuántos lamentan la pérdida de la selva amazónica, el pulmón del mundo, mientras se untan Nutella en el pan? Etc., etc. Así es el ser humano. Por suerte, muchos hablan menos y actúan. Tengo esperanza. ¡Hasta pronto!
No puedo con este mundo.
ResponderEliminarDe verdad que no.
La hipocresía, la mentira, la doblez, el engaño... ese fingimiento diario, esa maldad disfrazada, ese postureo vomitivo.
No puedo... es que ni la familia es un refugio seguro.
Yo no soy mejor ni peor que nadie pero mi aislamiento personal es debido a todo eso y ese aislamiento es a la vez condena y premio.
Marcos:
ResponderEliminarLo que planteas trasciende con mucho la cuestión religiosa y se convierte en una interpelación directa a nuestra propia conciencia. La fuerza del texto está precisamente en que no busca señalar culpables concretos, sino obligarnos a mirar esas contradicciones que todos preferimos justificar como excepciones personales mientras las denunciamos en los demás.
Me ha gustado especialmente la distinción entre la imperfección humana y la hipocresía. Equivocarse forma parte de la vida; aferrarse a la fachada para no reconocer la grieta es otra cosa muy distinta. Quizá por eso tu reflexión resulta tan incómoda y, al mismo tiempo, tan necesaria.
Al final, la pregunta sobre quién paga el templo acaba siendo una metáfora poderosa de cuántas veces sostenemos, por acción, omisión o conveniencia, aquello mismo que decimos combatir. Y esa es una cuestión que no admite respuestas fáciles ni miradas hacia otro lado.
Un fuerte abrazo, Marcos.
Lo pagan quienes limpian sus procederes con donaciones y los "padrecitos", no todos, pero si mayoría, disfrutan a lo grande de lo material que les proporcionan.
ResponderEliminarAl templo es bueno ir con la cara limpia, el corazón sincero, los pies descalzos y cuando no estén los sacerdotes, ni los feligreses hipócritas, a solas, solo con Él.
Abrazos.