Ahora tengo cincuenta y siete años y algo cambió sin que yo lo planificara. No hubo revelación. No hubo susto médico ni pérdida fulminante que lo pusiera todo en perspectiva. Fue más tranquilo que eso, más silencioso. Simplemente, un día, dejó de parecerme lejos.
Y lo extraño es que no me asustó darme cuenta.
Cincuenta y siete años son suficientes para entender que la vida no es una posesión, es un tránsito. Llegamos a lugares, los habitamos por un tiempo y los dejamos. La muerte no es la excepción a esa regla, es la confirmación más honesta de ella. Es otro lugar por el que hay que pasar. No el final del camino, sino la última curva antes de que el camino deje de ser nuestro problema.
Me costó más de medio siglo llegar a esto. No porque sea una idea compleja, sino porque hay que vivirla para que deje de ser una idea. La filosofía lo dice hace siglos, las religiones lo repiten de mil maneras, los poetas llevan milenios tratando de hacérnoslo entender. Y sin embargo, hasta que uno no lo siente en los huesos, en la manera concreta en que mira las cosas un martes cualquiera, todo eso sigue siendo teoría.
Morir es parte del juego. Y para jugar bien hay que saber en qué juego estás.
Hay algo que se afloja cuando uno acepta eso de verdad. No resignación, no derrota. Más bien lo contrario: una especie de ligereza que viene de dejar de cargar con lo que nunca estuvo en nuestras manos. El tiempo que queda no se vuelve más corto por reconocerlo. Se vuelve, si acaso, más claro.
Cincuenta y siete años para entender algo que siempre estuvo ahí, esperando que yo madurara lo suficiente como para no salir corriendo.

Me cuesta aceptar que un día no seré... y mucho más me costó aceptar la muerte de mi madre... y cuando pienso en la muerte de algún ser querido sólo pido morirme yo antes.
ResponderEliminarDesde que nací hasta hoy la muerte y yo no nos llevamos nada bien.
Ya sé que lo más inteligente es aceptarlo y el Carpe Diem y consejos similares... conmigo no sirven.
Lo curioso es que, de todo el texto, me he quedado con que no hubo ningún detonante. Ni un susto, ni una pérdida, ni uno de esos momentos que suelen marcar un antes y un después. Simplemente llegó. Y creo que ahí está gran parte de la fuerza de lo que has escrito.
ResponderEliminarNo me inquieta especialmente la idea de mi propia muerte. Como dices, forma parte del tránsito y tarde o temprano nos alcanza a todos. Lo que siempre me ha parecido más difícil no es partir, sino quedarse.
ResponderEliminarEl verdadero peso de la muerte, al menos para mí, no está en quien muere, sino en quienes sobreviven a la pérdida de alguien amado. El que parte deja de cargar con las ausencias; somos los demás quienes debemos aprender a convivir con la silla vacía, con las conversaciones inconclusas, con los momentos que ya no podrán repetirse.
Quizás porque la muerte es un acontecimiento de un instante, pero el duelo, el duelo es otra cosa,... es un trabajo largo. Y si hay algo que he aprendido es que aceptar nuestra propia finitud puede ser más sencillo que aceptar la ausencia de quienes amamos.
Si algo me inquieta de mi propia muerte, no es la muerte en sí misma, sino la posibilidad de marcharme antes de haber completado aquello que sentía que debía vivir. No hablo de grandes hazañas ni de destinos extraordinarios. Hablo de haber realizado ese viaje postergado, de haber dicho las palabras que debían ser dichas, de haber construido aquello que estaba llamado a construir, aunque fuera algo pequeño y sólo importante para unos pocos. Quizás mi temor no sea morir, sino partir dejando asuntos esenciales pendientes. Porque me gusta pensar que la paz no proviene únicamente de aceptar que el camino termina, sino también de poder mirar hacia atrás y decir: hice lo que estaba en mis manos hacer. Amé a quienes debía amar. Dije lo que debía decir. Viví lo que debía vivir. Ahora sí, puedo marcharme en paz.