viernes, 30 de octubre de 2026

Una de brujas


Ad portas de Halloween conviene contar la historia de las llamadas "brujas" no es un mito romántico ni una invención moderna: es un capítulo oscuro de la Europa entre los siglos XV y XVII, donde el miedo, la ignorancia y las crisis sociales se combinaron para desatar persecuciones sistemáticas.

Entre 1450 y 1650, miles de personas —en su mayoría mujeres— fueron acusadas de brujería. En un contexto de guerras, epidemias y hambre, la necesidad de encontrar culpables convirtió a ciertas personas en blancos fáciles. La figura de la "bruja" emergió como explicación para lo inexplicable.

Uno de los textos más influyentes fue el Malleus Maleficarum, redactado en 1487 por Heinrich Kramer. Este tratado legitimó la persecución, estableció métodos de interrogatorio y reforzó una visión profundamente misógina: las mujeres, más propensas al mal. Las cifras históricas más aceptadas hablan de entre 40.000 y 60.000 ejecuciones, aproximadamente tres cuartas partes de ellas mujeres.

Muchas de las acusadas eran simplemente viudas, mujeres pobres o personas marginadas. La acusación funcionaba como herramienta de control social; las confesiones se obtenían mediante tortura y pruebas absurdas. Hubo quienes lo reconocieron desde adentro: el inquisidor Alonso de Salazar investigó miles de casos en el País Vasco a comienzos del siglo XVII y no encontró evidencia real de ninguno. No había brujas, concluyó, antes de que se hablara y escribiera sobre ellas.

La historia de las "brujas" no es solo la historia de mujeres perseguidas, sino la de sociedades que, ante la incertidumbre, eligieron culpar y destruir en lugar de comprender. Más que un relato de magia, es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el miedo reemplaza a la razón.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Pegamento



Las cosas siguen igual. Ya lo dije en otro post, y que tenga que repetirlo es, bien mirado, la prueba. Los días se han puesto en fila, uno pisándole los talones al anterior, y uno termina preguntándose si tan difícil es parir una jornada que no sea fotocopia de la de ayer. «Andan días iguales persiguiéndose», repetiría Neruda, y no creo que fuera una queja: era un diagnóstico.

Aclaro que no van mal. Van igual, que no es lo mismo, aunque a veces cueste distinguirlo. Lo que me inquieta es otra cosa: que un día llueva pegamento y nos quedemos todos ahí, pegados al suelo, como estatuas de una plaza que nadie visita. Ojalá no sea cianoacrilato, porque eso ya sería meterse en un problema serio.

Y lo cierto es que llevo un tiempo recibiendo el chaparrón. Cada mañana, un poco más. Estar pegoteado todo el día tampoco sería lo peor del mundo, tiene su lado de pereza lúcida, pero lo de no poder despegar los pies para dar un paso adelante ya es otro cantar.

Malditas borrascas inmovilizantes. Malditos paraguas agujereados de marca Acme, que prometen resguardo y entregan goteras. Porque una cosa es que la vida no avance, y eso uno lo va asumiendo con los años, y otra muy distinta que encima te cobren por el pegamento.

lunes, 26 de octubre de 2026

Nubes grises


Hay una paradoja que me persigue desde que escribo: las palabras me llegan mejor cuando la vida me llega peor. Y no sé si es un don o una avería. Quien lea estos posts con prisa podría concluir que me paso los días arrastrando penas por los rincones, convertido en un plañidero profesional. Nada más lejos. Escribir sobre las miserias no es lo mismo que darles habitación en casa.

Lo mío funciona casi como un reflejo. Cuando algo se tuerce por dentro, me entra la necesidad de sentarme frente a la pantalla y soltar las palabras sin ceremonia, tal como salieron en los dos últimos posts. Aquí, en mitad del desierto, uno aprende a recoger la arena que se le escurre: la que va llenando el reloj del tiempo perdido y la que se guarda en el bolsillo, un puñado de reserva, por si la vida decide volver a examinarme.

Pienso a veces que la oscuridad hace mejor uso de la gramática. Los textos que más disfruto escribiendo, y los que mejor me salen, suelen ser los más sombríos, los de alma hecha unos guiñapos y esperanzas pasando con resultado desfavorable. Quizá porque el dolor no admite adornos y obliga a ir al grano. La alegría, en cambio, es esquiva con el lenguaje: se vive tan a gusto que a nadie le da por ponerla por escrito. Pero eso no la hace menos verdadera, solo menos cuidadosa de dejar rastro.

Y aquí viene la advertencia que me debo a mí mismo: una cosa es que la sombra inspire y otra que se quede con las llaves. Escribir desde el pozo no obliga a mudarse a él. Por eso, pasado el trance, me impongo otros sabores y otros paisajes, una risa inesperada, algún motivo que no sea literario para seguir en pie. Bastante nos cae encima como para empeñarnos, además, en vivir dentro de nuestros propios textos.

Tenía guardado en la recámara otro de esos posts de ánimo a ras de zuela, de los que le quitan a uno las ganas de salir a la calle. Pues no. Esta vez no. Que el drama espere su turno, que haga cola, y que si tiene prisa pida hora.

Hoy me declaro en huelga de días grises. Basta de nubes, de lágrimas y de entierros literarios. Si la tristeza quiere celeste, que le cueste. Yo voy a ver si le pongo algo de color a este lienzo, aunque sea a brochazos, sin criterio y con la pintura salpicando fuera de los márgenes.

Porque saber escribir desde la oscuridad es un oficio. Entregarle la casa entera, en cambio, sería una rendición.

sábado, 24 de octubre de 2026

Cara a cara con las letras



Hoy he vuelto a abrir mis apuntes y me he revolcado entre palabras. Quería apuntar un par de ideas y he terminado enredado con el abecedario. Me gusta ese cuerpo a cuerpo con las palabras: rozar sus formas, explorar sus curvas y meterme en sus entresijos hasta perder el sentido sin perder el significado.

Con la M mantengo una relación de montaña rusa: subo, bajo y vuelvo a empezar. Con la O practico el tiro al blanco; a veces doy en el centro y otras me quedo fuera, sin saber si acierto o solo cierro el círculo. La Ñ tiene su aquel: acariciarle el rabillo es cuestión de tacto, porque quitarle la virgulilla sería quitarle la gracia.

La D espalda recta, guarda una barriga donde caben demasiados secretos: deseo, desorden, desconfianza, desobediencia. No sé si las palabras se parecen a las cosas que nombran o si somos nosotros quienes acabamos pareciéndonos a ellas. Quizá por eso me entretengo buscando sinónimos que no sean tan sinónimos y antónimos que, de vez en cuando, se den la razón.

A veces intento escribir con propiedad, pero acabo jugando con la polisemia, contrabandeando metáforas y cometiendo excesos de interpretación. Una frase termina diciendo lo que yo no había dicho, aunque quizá sí quería decirlo. Entonces la gramática me pide explicaciones y la semántica se lava las manos.

He decidido revisar mis relaciones con el lenguaje: mantendré algunas, romperé otras y dejaré en suspenso las que no sepan definirse. Exfoliaré mis prejuicios, rasparé las adherencias de mis certezas y pondré a remojo las ideas que se me han quedado rígidas. No pretendo salir con la razón intacta; prefiero salir con preguntas nuevas y algún significado entre las uñas.

También me permitiré alguna incorrección, porque no todos los errores son erratas ni todas las verdades necesitan punto final.

Mañana volveré a intentarlo, nuevamente. Quizá escriba algo coherente, aunque no prometo que tenga sentido: entre lo que pienso, lo que digo y lo que entienden los demás hay una distancia considerable, y no siempre llevo las palabras para cruzarla.

Sobre aviso no hay engaño. Aunque, pensándolo bien, si el aviso está escrito, siempre cabe leerlo mal.

jueves, 22 de octubre de 2026

Brainstorming desordenado


Hoy decidí poner mis pensamientos en orden alfabético y no salió bien. La A se niega a encabezar mis dudas, la C reclama derechos de autor sobre mis contradicciones y la Z amenaza con llevarse todas mis certezas al final de la página. Los paréntesis, mientras tanto, se han vuelto el lugar donde escondo (lo que no me atrevo a decir en voz alta). 

La interrogación, que siempre ha sido una maleducada, no deja de preguntarme ¿por qué? La admiración se pasa el día ¡exagerándolo todo! Intenté ponerles punto final.                                               Pero se me escaparon por los márgenes y ahora andan por ahí dudando de la honradez de los sinónimos.

También revisé mi vocabulario. Hay palabras que llevan años viviendo sin pagar alquiler. La culpa se instaló con contrato indefinido. El orgullo arrastra los muebles en el piso de arriba cada vez que intento dormir. La nostalgia tiene llaves de todas las habitaciones, y la esperanza, la ingenua, sigue golpeando la puerta aunque no haya nadie en casa.

Con los verbos me va peor. El pasado quiere que vuelva, el futuro promete lo que no puede cumplir y el presente, que debería ser el más razonable, nunca está disponible. Me gustaría conjugar desaprender, pero no encuentro la primera persona. Será que para desaprender hay que admitir que uno aprendió mal, y el ego, ese funcionario de ventanilla, no tramita esas solicitudes.

Así que cambié algunas reglas. Los puntos suspensivos ya no pueden hacerse los misteriosos... las comas no separarán lo que está, unido y a la palabra imposible la voy a jubilar: lleva demasiado tiempo de portera en edificios donde ni siquiera vive.

No prometo que funcione. Dejaré cosas sin corregir, dejaré que algunas frases terminen mal y aceptaré que no toda idea necesita conclusión. Total, la vida tampoco respeta la sintaxis: empieza con un sujeto, te cambia el predicado sin avisar y, cuando crees haber entendido la oración, te planta una subordinada que no estaba en el programa.

Mañana lo intento otra vez. Si la gramática me deja.

martes, 20 de octubre de 2026

El amor es libre



Hay cosas que se consiguen con esfuerzo, paciencia o incluso poder. El amor no es una de ellas.

Por eso resulta desesperante cuando algo se apaga. Repetimos palabras, buscamos señales, intentamos convencer al otro —o convencernos a nosotros mismos— de que todavía debe sentir lo mismo. Pero un sentimiento no obedece.

En Todopoderoso, Bruce descubre algo que ningún poder resuelve: puede modificar el mundo, pero no puede hacer que Grace lo ame. No podemos obligar a alguien a sentir, porque el amor necesita libertad para existir.

Hay otra forma, más silenciosa, de tropezar con ese mismo límite: no queremos obligar al otro a sentir, sino obligarnos a nosotros mismos a volver a sentir. Pienso en Persefone, en Matrix Reloaded, pidiendo un beso de amor verdadero: no es seducción, es la búsqueda de algo que reconoce haber perdido. Bruce quiere producir amor en otra persona; Persefone quiere recuperarlo en sí misma. Ambos chocan con la misma pared: tampoco podemos ordenarle al corazón que vuelva a sentir.

Podemos volver a los lugares donde fuimos felices, mirar fotografías, recrear el escenario entero. Y aun así descubrir que el sentimiento ya no está.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿queremos a esa persona, o queremos volver a ser quienes éramos junto a ella? A veces confundimos el deseo de recuperar un sentimiento con el deseo de recuperar a alguien. Pero el corazón no es una máquina: no basta repetir los mismos estímulos para obtener el mismo resultado.

Los sentimientos cambian sin que nadie lo decida. No siempre hay culpable ni explicación. Podemos cuidar el amor, elegir actuar con amor incluso cuando la emoción fluctúa —pero elegir amar y obligarse a sentir amor son cosas distintas. La primera puede ser una decisión. La segunda, no.

Queremos que el amor sea seguro y controlable. Pero conserva su valor justamente porque no podemos garantizarlo: el otro es libre, nosotros también, y esa libertad incluye la posibilidad de perder.

No podemos obligar a alguien a amarnos. Tampoco podemos obligarnos a seguir amando. Solo podemos ser honestos, cuidar, permanecer o despedirnos.

Porque lo que puede ser obligado puede parecer amor. Pero solo lo que es libre puede serlo realmente.

domingo, 18 de octubre de 2026

Ridikkulus


Siempre pensé que el universo de Harry Potter era un lugar inquietante. No por los magos, sino por sus criaturas. Los dementores, por ejemplo: no dejan heridas visibles, solo una mirada perdida y un corazón que olvidó por qué valía la pena seguir.

Todos conocemos dementores. A veces son personas. A veces rutinas, noticias, o esa voz interior que solo recuerda los fracasos.

Este viernes volví a ver El prisionero de Azkabán y reparé en otra criatura: el boggart, que no tiene forma propia. Se convierte en aquello que más tememos. Y lo notable no es el monstruo, sino cómo se le vence: ni con fuerza ni con duelos. Un solo hechizo. Ridikkulus. Imaginar el miedo convertido en algo ridículo. Neville ve a Snape vestido con la ropa de su abuela, y el terror se vuelve carcajada. El miedo sigue ahí, pero deja de ocupar el trono.

Esa es quizás la lección más lúcida de Rowling: no sufrimos tanto por la realidad como por la importancia que le concedemos a nuestros propios pensamientos. Magnificamos un error, imaginamos el peor desenlace, y sin darnos cuenta alimentamos al boggart.

Vivimos tiempos en que esa alimentación es constante. Hay una epidemia silenciosa de ansiedad, de pantallas que nos devuelven comparaciones imposibles, de un ruido mental que no para nunca. Mucha gente convive con su propio boggart todos los días, y nadie les enseñó el hechizo. Tal vez por eso cueste tanto pedir ayuda: hemos tratado el miedo con tanta solemnidad que olvidamos que también se le puede quitar poder con algo tan simple como nombrarlo, reírse de él, o decirle a otro "a mí también me pasa".

Los dementores roban los buenos recuerdos; el boggart se alimenta de nuestros temores. Por eso las defensas contra ambos son tan humanas: un Patronus nacido de un recuerdo feliz, y una carcajada. 

Tal vez no exista mejor resumen de la salud emocional. Memoria y risa. Y, cuando no alcanzan, pedir ayuda. Es lo que diria mi hija Constanza, Psicóloga. 

viernes, 16 de octubre de 2026

El telefono que se quedó



Hay objetos que dejan de ser objetos. No porque sean extraordinarios, sino porque terminan acumulando historias que ya no caben dentro de ellos.

Pienso en el teléfono de Cachiyuyo, una localidad casi detenida en medio del desierto de Atacama. En 1989 instalaron allí un teléfono público. Nada memorable: un aparato para que alguien pudiera hablar con alguien lejano. Entonces un comercial de televisión lo volvió símbolo nacional, y con una frase simple e inolvidable, «Aló, hijo... de Cachiyuyo, pues», dejó de ser solamente un teléfono.

Recibir una llamada allí no se parecía a recibir un mensaje en el celular. Si alguien preguntaba por una persona, había que salir a buscarla. El teléfono no estaba en el bolsillo de nadie: estaba en un lugar. Había que caminar hasta él bajo ese sol que no pide permiso, esperar, marcar, escuchar. La comunicación tenía una geografía, y quien ha vivido lejos de los suyos en este norte sabe que la distancia también se medía en pasos.

Quizás los objetos conservan algo de eso. Una mesa es solo una mesa, hasta que sobre ella se firma una despedida. Una libreta vieja es tinta y nombres, hasta que la abrimos y regresan voces que creíamos olvidadas.

Quizás ese teléfono acumuló algo. Voces de hijos que estaban lejos. Noticias familiares, buenas y otras que seguramente no lo fueron. Esperas, despedidas, silencios. Llamadas hechas sin motivo, solo para escuchar una voz conocida.

Hoy hablamos con alguien al otro lado del planeta mientras caminamos, manejamos por el desierto o esperamos un café. La distancia se encogió, pero tal vez perdimos la conciencia de que comunicarse era un pequeño acontecimiento.

Por eso me resulta curioso que aquel teléfono sobreviviera justo cuando desapareció la tecnología que lo hizo necesario. Los teléfonos públicos se fueron retirando de Chile;  para 2024 solo el de Cachiyuyo permaneció. Incluso cambiaron la cabina original. De alguna manera dejó de ser un objeto y pasó a ser una idea.

Ya no importa demasiado si todavía sirve para llamar. Lo importante es lo que alguna vez pasó por sus circuitos: las voces, la espera, la esperanza de que alguien contestara.

Tal vez los objetos no tengan memoria. Pero nosotros se la dejamos.

Como ese teléfono perdido en el desierto, que alguna vez sonó y, al otro lado, encontró a alguien dispuesto a contestar.

Y eso, quizá, sea suficiente para que una cosa deje de ser solamente una cosa.

Yo estuve allí. No fui por nada importante, solo para llamar a mi madre, pararme frente a ese teléfono y como quien cumple una promesa con el desierto y decir: «de Cachiyuyo, pues».

De Cachiyuyo pues

miércoles, 14 de octubre de 2026

Quién paga el templo?


«Las rameras de mi pueblo también iban a misa, y contribuían al diezmo. Por eso puedo decir que hasta los curas son proxenetas».

No sé quién lo dijo. Un sociólogo, un filósofo de cantina, un bromista con demasiadas horas libres. Tampoco importa mucho: hay frases que valen por la incomodidad que dejan, no por el linaje de quien las pronunció.

Me quedo dándole vueltas, menos por los curas que por la pregunta que esconde. Si una institución condena ciertas conductas pero recibe el dinero de quienes las practican, ¿dónde termina la tolerancia y dónde empieza la complicidad? No hay respuesta automática. Aceptar una limosna no vuelve cómplice a nadie. Pero cuando hay conocimiento, silencio conveniente o beneficio deliberado, la cosa cambia de color.

Y no es asunto solo de sotanas. La hipocresía es democrática: no distingue ideología, clase ni título. Vive en el político que predica austeridad desde su privilegio, en el empresario que habla de responsabilidad social mientras traspasa sus costos a otros, en quien exige honestidad ajena y se perdona sus pequeñas trampas. Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ella. Todos hemos señalado al hipócrita; pocos lo hemos encontrado al mirarnos al espejo. El hipócrita siempre es otro. Nosotros, en cambio, atravesamos circunstancias excepcionales.

Ojo, no toda contradicción es hipocresía. Somos imperfectos, nos equivocamos, cambiamos de opinión. La diferencia está en lo que viene después: quien es honesto, al notar la grieta, intenta repararla; el hipócrita defiende la fachada. No le basta con errar, necesita además tener razón.

Quizá por eso irrita tanto. Hay en ella un desprecio por la inteligencia ajena, la apuesta de que bastan las palabras correctas y las ceremonias adecuadas para que nadie mire detrás del escenario. Y a veces colaboramos con la función, porque un discurso impecable tranquiliza más que una conducta decente. Las palabras son baratas; actuar conforme a ellas cuesta renuncias.

En el desierto, donde casi nada se esconde bien, uno aprende que lo que se oculta necesita sombra.

No sé si los curas son proxenetas, ni si todos los poderosos practican lo que condenan; eso se averigua caso a caso, con hechos. La pregunta que me asalta es otra: ¿cuántas veces hemos sostenido aquello que denunciamos, mientras no nos costara demasiado?

Todos queremos entrar al templo con la conciencia tranquila. Lo que rara vez hacemos es preguntar de dónde salió el dinero para levantarlo.

lunes, 12 de octubre de 2026

Quién nos contó quiénes somos?

En la serie Yellowstone, hay un capítulo de la segunda temporada que es especialente significativo, Monica Dutton empieza su clase con algo que parece simple. Pregunta qué es el poder. Y sin que  la sala sepa responder Ella dice: poder es lograr que alguien haga lo que no quiere hacer.

Pero ella no se conforma con eso. Saca el diario de Colón. Ahí está, en tinta, el momento exacto en que un hombre llega a una tierra que ya tenía lengua, dioses, orden propio — y en vez de preguntarse qué era ese mundo, calcula cuántos soldados hacen falta para doblegarlo.

Monica no está ahí para justificar eso. Está ahí para explicarlo. Y es importante la diferencia: explicar no es absolver. Ella no defiende al conquistador — lo entiende, lo desnuda, lo pone sobre la mesa como lo que fue. Porque antes de ser una reflexión sobre el poder en abstracto, es la historia de lo que le pasó a su pueblo. A nuestro pueblo.

Ese es el primer poder. El que somete.

Pero hay otro, más silencioso: el poder de decidir qué hacer con el vencido. Y todavía otro, más hondo: el poder de decidir cómo se cuenta lo que pasó.

Porque la conquista no fue solo tierra. Fue idioma, nombre, institución, una manera entera de leer el mundo impuesta sobre otra que ya estaba ahí. Y lo curioso es que esa imposición sobrevivió a quienes la impusieron. Los conquistadores se fueron, murieron, se disolvieron en la historia — pero la lengua se quedó.

Y entonces uno se mira al espejo y encuentra la paradoja: apellido europeo, sangre que viene de mucho antes de Europa. Hablamos con las palabras del que llegó, cargando memoria del que ya estaba.

Puede que el poder que dura no sea el que golpea, sino el que se instala en el relato — el que logra que generaciones enteras cuenten la historia con las palabras del vencedor, aunque en las venas corra otra cosa.

Quien conquista un territorio gana un mapa.

Quien conquista el relato gana algo más difícil de devolver: el significado.

Así que la pregunta de Monica no debería quedarse en qué es el poder.

La de verdad, la que hay que revisar, es otra:

¿Quién tuvo el poder de contarnos quiénes somos?

sábado, 10 de octubre de 2026

La pérdida silenciosa de las cartas


Hay pérdidas que no hacen ruido. No hay sirenas, no hay titulares, no hay duelo colectivo. Simplemente dejan de ocurrir. La carta —ese arte lento, deliberado, casi artesanal— es una de ellas.

Antes, escribir era una forma de habitar el tiempo. No se trataba solo de comunicar algo, sino de construirlo mientras se escribía. La distancia imponía una disciplina: pensar mejor, elegir las palabras, sostener una emoción lo suficiente como para que sobreviviera al papel, al viaje, a la espera. Había una economía del lenguaje que no era pobreza, sino precisión.

Hoy la inmediatez ha reemplazado a la profundidad. El mensaje ya no se escribe: se dispara. No se piensa: se reacciona. El correo electrónico primero, y luego la mensajería instantánea, resolvieron el problema de la velocidad. Pero eliminaron casi por completo el valor de la permanencia.

Una carta no solo contenía información; contenía tiempo comprimido. Era una cápsula emocional. Al releerla, uno no recordaba solamente lo que decía, sino quién era cuando la escribió y quién era cuando la recibió. Ese doble registro es lo que las convertía en documentos humanos de alto valor.

No es casual que gran parte de lo que sabemos del pasado provenga de correspondencias. Las cartas no fueron escritas para la historia, pero terminaron siendo historia. Revelan dudas, contradicciones, pasiones sin editar. Son, en muchos casos, más honestas que cualquier autobiografía.

Nuestra época, en cambio, produce un exceso de registro y una escasez de memoria. Guardamos todo, pero retenemos poco. La paradoja es evidente: cuanto más documentamos, menos dejamos.

Y en lo íntimo, la pérdida es aún más concreta. La carta de amor exigía una introspección que hoy evitamos. Escribir obligaba a ordenar el sentimiento, a enfrentarlo sin la distracción de la respuesta inmediata. Había una pausa incómoda —pero fértil— entre lo que se sentía y lo que se decía. Hoy esa pausa ha desaparecido. Y con ella, parte de la comprensión de nosotros mismos.

No se trata de idealizar el pasado. Se trata de reconocer una renuncia. Hemos cambiado profundidad por velocidad, memoria por flujo, elaboración por impulso. Y como en toda transacción, hay un costo.

Cuando alguien, dentro de cincuenta o cien años, intente entendernos, ¿qué encontrará? ¿Conversaciones fragmentadas, publicaciones diseñadas para la aprobación inmediata? ¿O algo que revele cómo pensábamos, cómo dudábamos, cómo amábamos?

Tal vez la carta no deba volver como objeto, pero sí como práctica. Escribir con intención. Escribir para alguien, no para todos. Escribir sabiendo que ese texto podría sobrevivirnos.

Porque al final, escribir no es solo comunicar. Es dejar rastro.


9 de octubre Día Internacional del Correo

jueves, 8 de octubre de 2026

Los dos miedos


Hay una frase que me quedó dando vueltas: si alguien está enamorado de ti, su mayor miedo es hacerte daño; si está enamorado de cómo le haces sentir, su mayor miedo es perderte.

Lo interesante es que, vistos desde afuera, los dos miedos se parecen. Ambos se disfrazan de cuidado, ambos hacen que alguien se desvele pensando en el otro. La diferencia está en dónde está parado el que teme. En el primer caso, el centro de gravedad es el otro: me importa su bienestar, incluso a costa del mío. En el segundo, el centro soy yo: lo que me aterra no es que tú sufras, sino que se acabe lo que tú me provocas.

Ahí hay algo que los filósofos llevan siglos discutiendo con otras palabras. Kant diría que tratar a una persona como medio y no como fin es la forma más sutil de no verla. Y uno puede hacerlo sin maldad, sin darse cuenta, con el corazón acelerado y las mejores intenciones. El otro se vuelve una especie de fuente: de compañía, de validación, de ese temblor en el estómago que confundimos con destino.

Por eso el miedo a perder es un mal criterio. Lo sentimos igual por una persona que por una costumbre, una casa o un trabajo. Es el miedo del que ya se acostumbró. En cambio, el miedo a hacer daño exige algo más raro: haber mirado al otro lo suficiente como para saber dónde es frágil. Nadie teme herir a quien no conoce.

Y sin embargo no conviene hacer de esto una vara para medir a los demás. Lo más probable es que casi todos amemos con las dos cosas mezcladas, y que la proporción cambie con los años, con el cansancio, con quién tenemos enfrente. Pasa como con el desierto: desde lejos parece uniforme, pero basta caminarlo un rato para notar que cada tramo tiene otra textura.

Y la pregunta útil no es cuál de los dos miedos tengo, sino cuál aparece primero cuando estoy a solas con la idea de esa persona. Esa respuesta no la puede dar nadie más. Y tal vez tampoco haga falta cerrarla.

martes, 6 de octubre de 2026

Todo lo que aprendí del cáncer III




Nadie lo dice en voz alta mientras hay esperanza, pero el cáncer también gana. No le importa cuánto rezaste ni cuánta gente te quería. No negocia, ya lo dije. Tampoco se apiada.

Lo primero que se lleva es la carne: el peso, la fuerza, las ganas de levantarse. Después se lleva el tiempo, que de pronto se mide en controles y en llamadas que uno espera con el estómago apretado. Se lleva los planes y el "después vemos".

Ayer se llevó a Claudio.

Claudio sabía esperar. Se paraba horas frente al agua con la caña en la mano, sin apuro, como quien entiende que lo bueno llega cuando uno deja de exigirlo. La pesca le enseñó la paciencia, y esa misma paciencia la usó para pelear por los demás.

Porque Claudio peleó toda su vida por los derechos de los trabajadores. Sin descanso, sin pedir aplausos, muchas veces a contracorriente y sin que nadie se lo agradeciera. Donde veía una injusticia, ponía el cuerpo. Los que trabajamos en el norte sabemos lo que cuesta eso, y lo poco que abundan los que se atreven.

Y fue amigo hasta el final. Cuando era él quien necesitaba que lo sostuvieran, seguía preguntando por los otros, atento a cómo estábamos. Así era Claudio, hasta cuando la enfermedad ya le había quitado casi todo.

Peleó con médicos, con familia, con fe, con todo lo que tenía. Y aun así perdió. Eso es lo que nadie quiere escuchar: que se puede luchar bien, con el corazón entero, y no alcanzar.

Pero el cáncer se llevó un cuerpo, no una vida. Lo que fue Claudio, su paciencia, su terquedad justa, su lealtad, ya estaba repartido entre los que lo quisimos. Eso no se lo pudo llevar.

Hoy el viento calló. Estoy en esa calma rara de después de la tormenta, mirando lo que quedó en pie, y lo que quedó en pie, en buena parte, es lo que él sembró.

domingo, 4 de octubre de 2026

La vida sigue (y no te pidió permiso)


Se acabó la conversación y no quedó nada por decir. No hubo escándalo. Hubo dos posiciones que dejaron de caber en la misma pieza, y un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Esa noche no dormí bien. Me quedé mirando el techo como si ahí estuviera la explicación. No estaba. El techo nunca la tiene.

Y en la mañana, el sol salió igual. Ese es el insulto más grande de la vida: que no se detiene ni cinco minutos a respetar tu duelo. El bus parte, el turno empieza, alguien pide que firmes un papel. Tu mundo se hizo pedazos y la faena exige puntualidad.

Aquí en el desierto no hay dónde esconderse. No hay árboles donde apoyar la pena, ni multitud donde perderse. Estás tú, el viento y el cerro. Y el cerro no consuela, pero tampoco miente. Te enseña que lo que pasó, pasó, que por mucho que lo rumies no se reescribe, y que seguir parado ahí mirando el horizonte no lo va a traer de vuelta.

Me dolió. Dolió en el pecho, en el estómago, en esa parte del cuerpo que no tiene nombre. No voy a decir que no, porque el que dice que no le duele es un mentiroso o está muerto. Pero también aprendí que el dolor tiene fecha de vencimiento si uno no lo alimenta. Si lo sacas a pasear cada día, se vuelve mascota. Si lo dejas con hambre, se va.

Tuve de todo: gente alrededor cuando había con qué, risas, noches largas. Después se fue casi todo. Y aquí sigo, de pie, un poco más flaco de ilusiones pero más liviano de cuentos.

No gané ni perdí. Eso es lo que nadie dice. Hay cosas que simplemente terminan, y la dignidad está en cerrarlas sin odio y sin arrastrarse. Con la espalda derecha.

Mañana habrá que levantarse otra vez. Sin heroísmo, sin frase bonita. Con los zapatos puestos y el termo lleno.

Porque la vida sigue. No porque yo lo decida, sino porque ella no sabe hacer otra cosa.

viernes, 2 de octubre de 2026

Lo que se deja ver


Anoche vi un video de una pluma de trazado, una de esas que usaban los ingenieros antes de que existieran los computadores. Dibuja una línea punteada perfecta. Rueda, y adentro un mecanismo diminuto sube y baja la punta, una y otra vez, con trazos idénticos. Sin electricidad, sin pantalla. Solo metal, mecánica precisa y una idea bien pensada.

Me quedé pegado, y no por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Un resorte, una palanca, un giro, un clic. Todo a la vista. Uno entiende el aparato con solo mirarlo, como si el objeto mismo le explicara el truco. 

Eso tenían las cosas de antes (los instrumentos, artilugios) se dejaban espiar. La máquina de escribir, el molinillo, la máquina de coser. Y el cosito de metal que baila dentro de la olla para avisar que la leche va a hervir, que no necesita aplicación ni internet, solo calor, agua y una idea que sabe hacer una sola cosa y hacerla bien.

Hoy un programa dibuja la misma línea al instante, y está bien. Pero apretamos un botón y el proceso desaparece. Todo funciona, todo es más rápido, y no queda nada que contemplar. Nadie se queda embobado viendo cómo aparece una línea punteada en Excel.

Yo, la verdad, a veces quiero ver la técnica trabajar. Escucharla. Esperar un poco.

Quizás la rusticidad no sea un defecto que haya que corregir. Quizás sea lo más lindo que le queda a la técnica: que todavía se le vean las costuras.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Mas grande por dentro


El consejo en pleno de la ONU, votó por cambiar el mapa mundial y "sincerar" las proporciones...

Dicen que un mapa es papel. Líneas, coordenadas, esa clase de precisión fría. Pero basta con mirarlo un rato —de verdad mirarlo, no solo consultarlo— para notar que es otra cosa: un objeto pequeño que contiene mucho más de lo que su tamaño promete. Más grande por dentro que por fuera, como casi todo lo que de verdad importa.

Ahí caben miles de historias comprimidas: la gente que caminó esas rutas antes que nosotros, los que huyeron, los que volvieron después de años sintiendo que habían sido apenas un instante. Fronteras que aparecieron y luego se desdibujaron, como si el territorio mismo cambiara de parecer cada cierto tiempo. Y quizás cambia. Nosotros somos así de inconstantes, y el suelo que pisamos no es tan distinto.

Lo curioso de un mapa es que nos obliga a mirar en dos direcciones del tiempo al mismo tiempo. Hacia atrás, para entender el trayecto —a veces largo, a veces absurdo— que nos trajo hasta este punto exacto. Y hacia adelante, hacia todo lo que aún no ha ocurrido pero que ya está ahí, esperando, como una habitación al final de un pasillo que todavía no nos atrevemos a abrir.

Por eso no hemos dejado de hacerlos. No es solo orientación práctica. Es que, en el fondo, todos somos viajeros un poco torpes, tratando de no perdernos —no solo entre montañas, mares o desiertos, sino entre nuestras propias dudas, recuerdos, y esa esperanza terca que insiste en señalar hacia algún lugar.

Al final, el mapa que de verdad importa no es el que marca un destino. Es el que, mientras seguimos avanzando —porque siempre estamos avanzando, aunque no lo notemos— nos recuerda quiénes éramos cuando empezamos a caminar.

Y seguimos. Eso es, quizás, lo único que un mapa nunca podrá dibujar del todo.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Habría podido...


Llego tarde y escribo tarde. Ayer sentía ganas de probocarles al amor, o su ausencia, y hoy, en cambio, me declaro  adormecido por la monotonía del ánimo. No sé, presiento que hay mucho por decir, pero no logro que aparezca absolutamente nada. La mediocridad, ya lo saben, tiene esa particularidad más notable.

Habría podido escribir algo hermoso. Habría podido, incluso, decir la verdad, esa cosa que tanto asusta y que casi nadie pide en serio. Porque seamos honestos: a nadie le interesa realmente lo que uno tiene para decir. Interesa el gesto de decirlo, el ruido, la pose de estar diciendo algo. Yo también he vivido de esa pose, así que no vengo a acusar a nadie que no sea yo mismo.

El desierto no conjuga nada, y por eso me irrita hoy más que otros días: mientras yo me revuelco en el condicional, él simplemente está, sin necesidad de justificarse. Los camiones pasan a las cinco de la mañana sin preguntarse si tienen algo importante que transportar, solo pasan. Uno debería aprender de eso, pero prefiere la variante más cómoda: confundir la pereza con la profundidad, el silencio con el misterio, la nada con la contención de algo enorme.

Así que, ya que estamos siendo honestos, lo diré sin más rodeos: tengo cosas profundas e importantes que decir. Eso diré, entonces, que tengo cosas profundas e importantes que decir. No lo que son —eso requeriría el esfuerzo que hoy no pienso hacer—, sino el hecho puro y desnudo de que existen, ahí, esperando su turno, como todo lo que uno guarda para no gastarlo en un día cualquiera. Es la trampa perfecta: la afirmación de la hondura reemplazando a la hondura misma, y nadie puede reclamarme nada, porque técnicamente no mentí.

Ayer quería incendiar algo. Hoy prefiero incendiar la pretensión de que hoy tenía algo que incendiar. Quizás mañana vuelva el apetito de provocar, o quizás la única provocación honesta sea esta: haberles anunciado, con total solemnidad, que tengo cosas profundas e importantes que decir, y no haber dicho ni una sola.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El hobby que no iba a ser grande


Hay una frase que me gusta repetir cuando hablo de creación: casi nadie sabe, en el momento, qué está haciendo. El 25 de agosto de 1991, un estudiante finlandés de veintiún años escribió en un foro de internet que estaba armando "un sistema operativo gratuito, solo como hobby, que no será grande ni profesional como GNU". Esa frase —la modestia de Linus Torvalds anunciando sin saberlo el nacimiento de Linux— es de las cosas más honestas que ha dejado la historia de la tecnología.

El terreno no estaba vacío, claro. Nunca lo está. Unix llevaba desde 1969 enseñando que un sistema operativo podía ser elegante, casi filosófico, aunque estuviera encerrado tras licencias comerciales. Minix, la versión educativa que Andrew Tanenbaum diseñó para enseñar en las aulas, le mostró a Linus el mapa, pero no le dio la llave: no se podía modificar, no se podía redistribuir. Y mientras tanto, Richard Stallman llevaba ocho años construyendo GNU, un proyecto casi civilizatorio, con herramientas ya sólidas —el compilador, el editor, la terminal— pero sin la pieza central: un núcleo que las hiciera funcionar juntas.

Linus llenó ese hueco sin proponérselo del todo. El 17 de septiembre liberó la versión 0.01: apenas diez mil líneas de código, un sistema de archivos rudimentario, nada que pudiera sostenerse solo. Necesitaba Minix incluso para compilarse. Era, en el sentido más literal, un borrador.

Lo que transformó ese borrador en otra cosa no fue el código en sí, sino una decisión posterior: en enero de 1992 Linus lo licenció bajo GPL, y con eso dejó de ser suyo para volverse de cualquiera. Ahí está, creo, la parte que más vale la pena mirar dos veces. No el genio individual —que también lo hubo—, sino el gesto de soltar algo justo cuando empieza a valer.

Del cruce entre ese núcleo y las herramientas de GNU salió lo que hoy llamamos GNU/Linux, y de ahí, como tribus con genealogía común, las distribuciones: Debian, Slackware, Red Hat, Mint (la cual uso yo) . Cada una con su carácter, todas con el mismo hueso.

Uno nunca sabe, cuando escribe la primera línea de algo, si está haciendo un hobby o una fundación.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La correa que llamamos libertad

Nos vendieron la dignidad como un trofeo que hay que pulir a diario, cuando en realidad es una camisa de fuerza con hebillas doradas. Toda la vida vigilando la «sabiduría», separando con pinzas de cirujano el bien del mal, como si hubiera un jurado esperando al final del pasillo para darnos una medalla por buena conducta.

Qué cansancio, en serio. Ni siquiera nos rebelamos con convicción: somos autómatas domesticados, programados para agradecer la correa y llamarla libertad, para aplaudir el horario y llamarlo vocación.

Propongo romper la urna donde guardamos los recuerdos y dejar que el drama acumulado se pudra al sol, sin funeral ni discurso. Mudar la piel de la etiqueta, del deber ser, de esa insignia correcta y almidonada con la que disfrazamos la rutina de virtud. Si la única recompensa por portarse bien es que te den un portazo en la cara, más carga, más horario, más lista de pendientes, entonces la única respuesta decente es la deserción.

Hagamos un voto solemne a la inutilidad. Al exceso que no rinde cuentas a nadie, a la risa con manchas de vino tinto y fruta demasiado madura, al derecho de perdernos sin justificar el mapa. Los monumentos a la cordura, al final, solo sirven de percha para que las palomas caguen encima.

Y ni siquiera eso les vamos a explicar.

martes, 22 de septiembre de 2026

Lo que de verdad duele


Hay algo casi cómico en cómo gestionamos el rechazo. Cuando algo —un proyecto, una persona, la vida misma— nos da la espalda, exigimos que al menos tenga la decencia de hacerlo con ruido. Un portazo. Una discusión a los gritos. Alguien con nombre y apellido al que poder señalar de noche, cuando uno necesita a quién culpar.

Nos gusta el conflicto porque el conflicto, aunque sea incómodo, confirma que existimos.

Hay algo en ser recordado con rencor que casi consuela. Cuesta energía, exige atención, mantiene nuestro nombre dando vueltas en la cabeza de otro. Es una medalla al revés, pero medalla al fin. Prueba de que dejamos una marca, aunque haya sido una quemadura.

Pero la vida rara vez es tan generosa como para regalarnos ese tipo de permanencia. Lo que suele esperarnos al final del pasillo no es una declaración de guerra: es el bostezo. Esa indiferencia tibia y eficiente que no necesita levantar la voz para hacer más daño que cualquier grito.

El golpe de verdad no llega cuando alguien decide destruirte. Llega cuando simplemente aprende a funcionar sin ti. Cuando tu ausencia no deja grietas, no exige explicación, ni siquiera alcanza para ser tema de conversación una noche cualquiera. Ahí uno entiende que nunca fue una amenaza, ni un obstáculo, ni un recuerdo digno de mención. Fue ruido de fondo que alguien, en algún momento, decidió apagar sin dramatismo.

Pedir guerra donde solo hay desinterés es el último manotazo de un ego que se ahoga. Queremos melodrama para no tener que mirar de frente lo evidente: contra la nada no hay con quién discutir, y mucho menos a quién ganarle.

Descubrir que no le importas a nadie no es una tragedia griega. Es, más bien, un balde de agua fría a mitad del día —de esos que uno agradece después, aunque en el momento le saquen el aire.

La pregunta, entonces, no es cómo sobrevivir al desprecio ajeno. Ni siquiera es una pregunta cómoda: es qué hacer con todo ese orgullo inflado el día en que uno comprende que a nadie le importa lo suficiente como para sentir algo por uno.

Yo todavía no tengo la respuesta. Sospecho que nadie la tiene del todo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El amor que se sostiene sin tocarse


Hay una carta de Elizabeth Barrett a Robert Browning donde ella dice, casi de pasada, que no sabe si lo ama o si ama sus cartas. Nunca resolvió la duda. Se escribieron durante casi dos años antes de verse la cara, y cuando por fin se vieron, el amor ya estaba hecho —construido con tinta, no con presencia—. Uno tiende a pensar que el amor necesita el cuerpo del otro cerca para crecer. Que sin eso, se marchita como una planta sin agua. Pero hay demasiadas historias que dicen lo contrario.

Acá, en el norte, uno aprende esto sin necesidad de leer cartas del siglo diecinueve. Los turnos rotativos hacen que medio pueblo viva queriendo a alguien que está a varias horas de camino, o de vuelo, o simplemente en otro tiempo del reloj. Y uno ve que las relaciones no se sostienen por la cercanía sino por lo que cada uno decide hacer con la ausencia. Hay quienes usan la distancia como excusa para dejar que todo se enfríe. Y hay quienes la convierten en el lugar exacto donde el amor se vuelve más consciente —porque ya no hay gestos automáticos, ni silencios cómodos que reemplacen las palabras. Hay que decir las cosas. Elegirlas.

Las cartas de guerra tienen algo de esto también. Miles de parejas que se escribieron durante años sin saber si el otro seguía con vida, y que en lugar de desgastarse, se hicieron más profundas —porque la escritura obliga a una intimidad que la costumbre no exige.

No sé si el amor a distancia florece porque la distancia tiene algo bueno en sí misma, o porque solo sobreviven a ella los amores que ya estaban hechos de algo firme. Puede que sea lo segundo. La distancia no inventa nada: solo revela lo que ya había, como el desierto revela lo que realmente puede vivir en él y lo que no.

Lo que sí sé es que hay algo distinto en querer a alguien sin tenerlo al lado. Uno tiene que decidir quererlo cada día, sin la ayuda de la costumbre. Y esa decisión, repetida, termina pareciéndose bastante a lo que el amor debería ser siempre —con o sin distancia de por medio.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Independencia y memoria histórica en Chile



La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. En Chile, la codicia, la explotación y la violencia no desaparecieron con la ruptura del vínculo colonial: cambiaron de manos, de nombres, de uniformes. El salitre enriqueció a unos pocos mientras miles de trabajadores y sus familias sobrevivían en condiciones miserables. La respuesta a sus demandas fue, demasiadas veces, la fuerza de las armas. Y así, en pleno Chile republicano, ocurrieron matanzas que hoy forman parte de nuestra historia, aunque no siempre de nuestra memoria.

Este dieciocho volveremos a levantar banderas, a cantar, a brindar, a celebrar la independencia. Y está bien. Pero una patria no debería construirse solo sobre sus fiestas, sus héroes, sus victorias. También debería ser capaz de mirar de frente a sus muertos.

Porque la independencia no terminó con la injusticia. No terminó con la desigualdad. No terminó con la violencia ejercida desde el poder. Y tampoco nos libró de quienes fueron capaces de convertir la vida humana en mercancía, en obstáculo, en simple cifra.

Recordar esto no es dejar de celebrar Chile. Es quizás lo contrario: tomarnos en serio lo que significa pertenecer a un país, y preguntarnos qué clase de patria queremos seguir construyendo.

Que estas Fiestas Patrias no sirvan para borrar nuestra historia, sino para recordarla. Porque una nación que solo recuerda aquello de lo que puede sentirse orgullosa corre el riesgo de olvidar aquello que jamás debería repetir.

martes, 15 de septiembre de 2026

Comprender, no sobrevivir


Hay escenas de apenas unos minutos que se quedan a vivir con nosotros durante años. No sé bien por qué unas imágenes se instalan y otras, más largas o más importantes en apariencia, se van sin dejar rastro. Ésta es de las que se quedaron.

En el episodio Thin Ice de Doctor Who, el protagonista habla del valor de la vida humana con una serenidad que solo el tiempo parece autorizar. No habla de riqueza, ni de éxito, ni de fama. Habla de la vida como algo valioso en sí mismo. Su acompañante, Bill Potts, conmovida, le pregunta la edad. Y al escuchar la respuesta dice una frase que lo resume casi todo:

"Vale la pena vivir hasta esa edad si se llega a comprender la vida de esa manera."

Qué extraña idea tenemos, a veces, de envejecer. Le tememos a las arrugas, a la lentitud, a la cercanía del final, y se nos olvida lo esencial: que el privilegio de los años no es sobrevivirlos, sino comprenderlos.

Los japoneses tienen una palabra para esto: mono no aware, la conmoción agridulce ante lo efímero. No es tristeza pura, ni resignación pasiva. Es la belleza que una cosa adquiere precisamente porque no va a durar. La flor de cerezo no se admira a pesar de que cae en unos días; se admira porque cae. Su fragilidad no es un defecto que la belleza tiene que superar: es la condición misma de esa belleza. Un cerezo que floreciera todo el año, indefinidamente, dejaría de conmovernos —se volvería paisaje, decoración, algo que dejamos de mirar. Lo que nos detiene a mirarlo es saber que ese instante no vuelve.

Con la vida pasa algo parecido, aunque nos cueste más aceptarlo cuando se trata de nosotros mismos. Esa misma sensibilidad es la que asoma en la frase de Bill: comprender que el tiempo es limitado y por eso precioso, que las personas valen más que las cosas, que muchas batallas nunca merecieron ser peleadas. No a pesar de que todo se acaba, sino gracias a eso.

Quizá el verdadero éxito de una vida no sea llegar a viejo, sino llegar a viejo con la sabiduría suficiente para mirar atrás sin amargura y hacia adelante sin miedo.

Porque entonces sí: habrá valido la pena.

sábado, 12 de septiembre de 2026

No estás solo


Hay dolores que no hacen ruido. Se esconden detrás de una conversación cualquiera, de una sonrisa bien puesta, de alguien que sigue contestando mensajes y llegando a la hora como si nada se le estuviera cayendo por dentro. Por eso, cuando alguien decide irse, a los demás nos parece que fue de un día para otro. Casi nunca es así. Lo que se rompió de golpe llevaba tiempo astillándose en silencio, como esas quebradas del norte que uno cruza sin sospechar que debajo hay una falla trabajando hace siglos.

Me cuesta pensar que el suicidio nazca siempre del deseo de morir. Sospecho que, más veces de las que queremos admitir, nace de otra cosa: del deseo desesperado de dejar de sufrir, de bajarse de una vida que se volvió insoportable de cargar. Y quizás lo más terrible no sea el dolor en sí, sino la certeza —falsa, pero absoluta en ese instante— de que no hay otra puerta. Que esa es la única salida del cuarto.

Por eso desconfío del «no lo hagas» como prevención completa. Prevenir se parece más a aprender a mirar. A escuchar sin apurarse a explicar nada. A quedarse ahí, cerca, como se queda el mar: sin exigirle nada a nadie, gopeando la orilla con suave vaivén, solo estando, testigo silencioso de lo que a cada uno le toca cruzar.

Nadie debería tener que justificar su dolor para merecer compañía. A veces estar ahí —sin respuestas, sin discursos— es la forma más honesta de decir: todavía hay alguien contigo.

Y mientras exista una sola persona dispuesta a quedarse, tal vez la oscuridad no tenga la última palabra.

Me gustaría decir, no estás solo.

Un amigo es luz



jueves, 10 de septiembre de 2026

Pedir lo pequeño


Hay una escena en un poema de Tagore que me ha rondado esta semana: un servidor le pide a su reina, no un cargo, no tierras, no una conquista lejana, sino ser jardinero de su jardín. Renuncia a las lanzas y a las espadas por el privilegio de mantener fresca la hierba de un sendero. Su recompensa no es poder — es el permiso de sostener unas manos, de trenzar flores en unos brazos, de recoger con un beso una mota de polvo en unos pies.

Hay algo parecido en una escena menor de El Señor de los Anillos, cuando la Compañía se despide de Galadriel y ella le ofrece a cada uno un regalo. Gimli, el enano, guerrero curtido en hachas y batallas, podría haber pedido oro, armas, algo digno de las sagas de su pueblo. Pide un mechón de su cabello. Nada más. Es un gesto que desarma a todos los presentes precisamente porque no busca conquistar nada — busca guardar algo pequeño de lo que ama, para siempre.

Lo leí pensando en mi propia casa, en mi propia historia con la persona con la que decidí quedarme. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que no supe si ese "quedarme" seguía siendo una opción sobre la mesa. Uno da tantas cosas por sentadas hasta que deja de poder darlas por sentadas, y ahí es cuando se nota lo que realmente se estaba pidiendo todo este tiempo: no un reino, no una hazaña, sino el sendero de siempre, la hierba fresca, la lámpara encendida junto a la cama.

Cuando las cosas se acomodaron de nuevo, no volví con ganas de conquistar nada. Volví con ganas de ser jardinero. De ocuparme de lo mínimo, que resultó ser lo único que importaba: acordarme de cómo le gusta el café, notar el cansancio antes de que lo diga, quedarme con la parte aburrida del cariño —la constancia, el detalle, la atención sostenida— en lugar de esperar el gesto espectacular que nunca hacía falta.

Pedir lo pequeño no es modestia falsa. Es una ambición distinta: la del servidor que renuncia a la lanza por un sendero, la del enano que renuncia al oro por un mechón. Ambicionar quedarse, en lugar de ambicionar ganar.

Quizás el gesto más serio de amar a alguien, que estás a punto de perder, no sea prometerle un reino. Sea pedirle, con toda humildad, ser otra vez su jardinero.

martes, 8 de septiembre de 2026

El último dolor (y todos los anteriores)


Hay una frase de Neruda que vuelve cada cierto tiempo, casi siempre en las noches en que uno no la está buscando: "aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo". La leí de adolescente, con esa solemnidad que uno le pone a todo a esa edad. La releo ahora y ya no me parece solemne. Me parece cansada. La frase de alguien que ya no tiene fuerzas para el dolor completo, y por eso negocia con él: que sea el último, aunque sepa que no lo será.

Porque uno no anuncia el final de un dolor cuando está convencido. Lo anuncia cuando ya no puede más y necesita, aunque sea por esta noche, creer que mañana va a doler menos. Los duelos no preguntan si estamos listos para que terminen. Se quedan el tiempo que quieren, en los rincones que eligen: una calle, una canción que suena de repente en la radio de la camioneta que conduzco, el silencio raro de una pieza después de las nueve de la noche.

He escrito frases parecidas alguna vez. "Este es el último verso" me dije, y no era mentira exactamente, era más bien un ruego. Un intento de ponerle un borde a algo que no tiene bordes, que se sigue derramando por las esquinas de los días aunque uno haya decidido, con toda la voluntad disponible, que ya terminó.

Y sin embargo —esto es lo que me sigue doliendo entender— algo de esa ficción funciona. No cierra el dolor, pero lo hace más liviano de cargar. Uno escribe la despedida sabiendo que probablemente escribirá otra, y aun así la escribe, porque es la única forma que tenemos de seguir de pie: fingir que esta vez sí es la última, mientras algo adentro, repite bajito, ya sabes que no.

Quizás no existen los últimos versos. Existen, eso sí, las ganas de que existan. Y esa gana, aunque no alcance para cerrar nada, a veces es suficiente para seguir escribiendo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Vínculos que transforman


El amor, decía, no necesariamente como romance. Como aquello que nos vincula. La pareja, los hijos, los amigos, el lugar al que uno termina llamando casa. Cosas que uno no elige del todo y que, sin embargo, terminan siendo la estructura entera de una vida.

Empiezo por los amigos, porque son los que más cambian sin avisar. Hay amigos que permanecen sin esfuerzo aparente, como si el tiempo no les tocara nada. Hay otros que desaparecen sin pelea, sin una razón que uno pueda nombrar después: un día están, después ya no escriben, y no hay ruptura que explicar, solo una distancia que se instaló sola. Y después están los que vuelven, décadas más tarde, y de algún modo retoman la conversación en el mismo punto donde la dejaron, como si el tiempo intermedio hubiera sido apenas un paréntesis. Y por último los más extraños: aquellos con quienes ya no tenemos nada que decir, aunque alguna vez lo dijimos todo. Esos duelen distinto. No porque falte cariño, sino porque el cariño ya no tiene dónde apoyarse.

Después está el lugar. Un pueblo, una ciudad, un barrio, el desierto, el mar. Llevo suficientes años en el norte como para saber que un paisaje termina metiéndose en la manera de pensar. El desierto no perdona nada, no disimula, no tiene sombra donde esconderse. Y uno, viviendo ahí, termina pareciéndosele: aprende a no adornar lo que dice, a soportar la distancia, a encontrarle sentido a lo poco.

Y entre esos dos —los amigos y el lugar— hay una tercera cosa que todavía no sé cómo nombrar del todo. La edad, quizás, o la memoria, o esa forma particular de soledad que no es estar solo sino no saber bien con quién se está. Las despedidas que uno no pidió. Las cosas pequeñas y cotidianas que de golpe pesan más que las grandes. Lo que uno deja atrás sin haberlo decidido.

Estoy a nada de iniciar una nueva vida que no decidí.

No sé cómo termina esta frase todavía. Puede que ese sea, por ahora, puntos suspensivos... 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Coyote vs. Acme: cuando los fans se enfrentan a la corporación



Hay una tonta ironía que me persigue desde que supe la historia completa de Coyote vs. Acme.

Durante décadas, el Coyote compró productos de una compañía que prometía entregarle al Correcaminos y que, sistemáticamente, terminaba destruyéndolo a él. Es la broma que todos entendimos de niños. Lo que no entendimos entonces es que, afuera de la pantalla, el verdadero adversario del Coyote no iba a ser ACME. Iba a ser una corporación de verdad.

Warner Bros. tenía la película lista. Actores, director, efectos, una historia terminada. Y decidió no estrenarla. No porque fuera mala, sino porque, bajo cierta lógica contable, una película puede valer más muerta que viva: como deducción fiscal, como pérdida que conviene absorber antes que arriesgar.

Ahí es donde se cae una ilusión que arrastramos hace tiempo: la idea de que el cariño del público protege a una obra. Firefly, Farscape, Jericho ya nos lo habían enseñado. Se puede amar una serie, escribir cartas, inundar redes sociales enteras de reclamos, y aun así no tener nada que decir sobre su destino.

Y sin embargo, esta vez hubo una excepción parcial, y tiene nombre: Marco. Un fan que se disfrazó de Wile E. Coyote y se plantó, bajo la lluvia, frente a los estudios Warner, con un cartel que pedía liberar la película. No era un ejecutivo ni un crítico influyente. Era, literalmente, el personaje suplicando por su propia historia. Con el tiempo se convirtió en la cara visible de una campaña que otros siguieron, hasta que la insistencia —la de él y la de tantos más— terminó abriéndole una grieta a una decisión que parecía sellada.

Amar una obra y poseerla siguen siendo cosas distintas. Los fans tienen el cariño; las corporaciones, los derechos. Pero Coyote vs. Acme recuerda algo importante: a veces alcanza con que alguien se niegue, tercamente, a soltar.

Por eso importa, aunque los fans no hayan ganado la guerra, rescataron una batalla. Y quizás ahí esté la moraleja: ACME nunca pudo detener al Coyote. Una corporación, en cambio, sí puede detener una historia entera.

Hasta que alguien, disfrazado y bajo la lluvia, decide que no está dispuesto a dejarla morir.

lunes, 31 de agosto de 2026

El puente como posibilidad


Aquí en Copiapó el agua es casi una visita inesperada. Y cuando llueve con cierta intensidad, vuelve una escena conocida: los vados se llenan, el paso se corta, la ciudad se detiene en ciertos puntos como si el desierto recordara, de golpe, que también sabe ser río.

Ahí aparece el puente. No elimina el obstáculo ni cambia su naturaleza. Hace algo más modesto y más importante: inventa una manera de cruzarlo.

Llevamos milenios haciendo esto. Troncos sobre el agua, piedras dispuestas con cuidado, después madera, hierro, acero, hormigón. La técnica cambió, pero el propósito siguió siendo el mismo: conectar dos lugares que estaban separados. Un puente, en el fondo, no es una estructura. Es una idea: que la separación no tiene por qué ser definitiva.

Pero hay otro tipo de distancia que ningún ingeniero mide con una cinta métrica. La que se abre entre una generación y otra. Entre dos personas que dejaron de hablarse. Entre lo que sabemos y lo que todavía no aprendimos.

Para esas distancias también hacen falta puentes, y algunas personas terminan ocupando ese lugar sin proponérselo demasiado. Conocen las historias de los abuelos y entienden el lenguaje de los nietos. Traducen. Explican. Acercan. A veces son padres que sostienen una memoria familiar que de otro modo se perdería. A veces son, simplemente, quienes han vivido lo suficiente para habitar dos mundos a la vez.

Pero ser puente tiene un costo. Un puente soporta peso, y pocas veces alguien se detiene a preguntarle cuánto pesa lo que sostiene. No pertenece del todo a ninguna orilla; solo permite que las orillas se comuniquen.

No todos los puentes son de hormigón. Algunos están hechos de palabras, de memoria, de paciencia. Y son frágiles: una mentira puede quebrarlos, el orgullo puede impedir que alguien vuelva a cruzarlos. El acero se calcula. La confianza, no.

Cruzamos puentes pensando en llegar al otro lado, casi nunca en la estructura que hace posible ese viaje. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén ahí, conectando, explicando, perdonando. Hasta que un día el puente deja de estar.

Y ahí entendemos, tarde, cuánto dependíamos de él.

sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.