viernes, 30 de octubre de 2026

Una de brujas


Ad portas de Halloween conviene contar la historia de las llamadas "brujas" no es un mito romántico ni una invención moderna: es un capítulo oscuro de la Europa entre los siglos XV y XVII, donde el miedo, la ignorancia y las crisis sociales se combinaron para desatar persecuciones sistemáticas.

Entre 1450 y 1650, miles de personas —en su mayoría mujeres— fueron acusadas de brujería. En un contexto de guerras, epidemias y hambre, la necesidad de encontrar culpables convirtió a ciertas personas en blancos fáciles. La figura de la "bruja" emergió como explicación para lo inexplicable.

Uno de los textos más influyentes fue el Malleus Maleficarum, redactado en 1487 por Heinrich Kramer. Este tratado legitimó la persecución, estableció métodos de interrogatorio y reforzó una visión profundamente misógina: las mujeres, más propensas al mal. Las cifras históricas más aceptadas hablan de entre 40.000 y 60.000 ejecuciones, aproximadamente tres cuartas partes de ellas mujeres.

Muchas de las acusadas eran simplemente viudas, mujeres pobres o personas marginadas. La acusación funcionaba como herramienta de control social; las confesiones se obtenían mediante tortura y pruebas absurdas. Hubo quienes lo reconocieron desde adentro: el inquisidor Alonso de Salazar investigó miles de casos en el País Vasco a comienzos del siglo XVII y no encontró evidencia real de ninguno. No había brujas, concluyó, antes de que se hablara y escribiera sobre ellas.

La historia de las "brujas" no es solo la historia de mujeres perseguidas, sino la de sociedades que, ante la incertidumbre, eligieron culpar y destruir en lugar de comprender. Más que un relato de magia, es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el miedo reemplaza a la razón.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Pegamento



Las cosas siguen igual. Ya lo dije en otro post, y que tenga que repetirlo es, bien mirado, la prueba. Los días se han puesto en fila, uno pisándole los talones al anterior, y uno termina preguntándose si tan difícil es parir una jornada que no sea fotocopia de la de ayer. «Andan días iguales persiguiéndose», repetiría Neruda, y no creo que fuera una queja: era un diagnóstico.

Aclaro que no van mal. Van igual, que no es lo mismo, aunque a veces cueste distinguirlo. Lo que me inquieta es otra cosa: que un día llueva pegamento y nos quedemos todos ahí, pegados al suelo, como estatuas de una plaza que nadie visita. Ojalá no sea cianoacrilato, porque eso ya sería meterse en un problema serio.

Y lo cierto es que llevo un tiempo recibiendo el chaparrón. Cada mañana, un poco más. Estar pegoteado todo el día tampoco sería lo peor del mundo, tiene su lado de pereza lúcida, pero lo de no poder despegar los pies para dar un paso adelante ya es otro cantar.

Malditas borrascas inmovilizantes. Malditos paraguas agujereados de marca Acme, que prometen resguardo y entregan goteras. Porque una cosa es que la vida no avance, y eso uno lo va asumiendo con los años, y otra muy distinta que encima te cobren por el pegamento.

lunes, 26 de octubre de 2026

Nubes grises


Hay una paradoja que me persigue desde que escribo: las palabras me llegan mejor cuando la vida me llega peor. Y no sé si es un don o una avería. Quien lea estos posts con prisa podría concluir que me paso los días arrastrando penas por los rincones, convertido en un plañidero profesional. Nada más lejos. Escribir sobre las miserias no es lo mismo que darles habitación en casa.

Lo mío funciona casi como un reflejo. Cuando algo se tuerce por dentro, me entra la necesidad de sentarme frente a la pantalla y soltar las palabras sin ceremonia, tal como salieron en los dos últimos posts. Aquí, en mitad del desierto, uno aprende a recoger la arena que se le escurre: la que va llenando el reloj del tiempo perdido y la que se guarda en el bolsillo, un puñado de reserva, por si la vida decide volver a examinarme.

Pienso a veces que la oscuridad hace mejor uso de la gramática. Los textos que más disfruto escribiendo, y los que mejor me salen, suelen ser los más sombríos, los de alma hecha unos guiñapos y esperanzas pasando con resultado desfavorable. Quizá porque el dolor no admite adornos y obliga a ir al grano. La alegría, en cambio, es esquiva con el lenguaje: se vive tan a gusto que a nadie le da por ponerla por escrito. Pero eso no la hace menos verdadera, solo menos cuidadosa de dejar rastro.

Y aquí viene la advertencia que me debo a mí mismo: una cosa es que la sombra inspire y otra que se quede con las llaves. Escribir desde el pozo no obliga a mudarse a él. Por eso, pasado el trance, me impongo otros sabores y otros paisajes, una risa inesperada, algún motivo que no sea literario para seguir en pie. Bastante nos cae encima como para empeñarnos, además, en vivir dentro de nuestros propios textos.

Tenía guardado en la recámara otro de esos posts de ánimo a ras de zuela, de los que le quitan a uno las ganas de salir a la calle. Pues no. Esta vez no. Que el drama espere su turno, que haga cola, y que si tiene prisa pida hora.

Hoy me declaro en huelga de días grises. Basta de nubes, de lágrimas y de entierros literarios. Si la tristeza quiere celeste, que le cueste. Yo voy a ver si le pongo algo de color a este lienzo, aunque sea a brochazos, sin criterio y con la pintura salpicando fuera de los márgenes.

Porque saber escribir desde la oscuridad es un oficio. Entregarle la casa entera, en cambio, sería una rendición.

sábado, 24 de octubre de 2026

Cara a cara con las letras



Hoy he vuelto a abrir mis apuntes y me he revolcado entre palabras. Quería apuntar un par de ideas y he terminado enredado con el abecedario. Me gusta ese cuerpo a cuerpo con las palabras: rozar sus formas, explorar sus curvas y meterme en sus entresijos hasta perder el sentido sin perder el significado.

Con la M mantengo una relación de montaña rusa: subo, bajo y vuelvo a empezar. Con la O practico el tiro al blanco; a veces doy en el centro y otras me quedo fuera, sin saber si acierto o solo cierro el círculo. La Ñ tiene su aquel: acariciarle el rabillo es cuestión de tacto, porque quitarle la virgulilla sería quitarle la gracia.

La D espalda recta, guarda una barriga donde caben demasiados secretos: deseo, desorden, desconfianza, desobediencia. No sé si las palabras se parecen a las cosas que nombran o si somos nosotros quienes acabamos pareciéndonos a ellas. Quizá por eso me entretengo buscando sinónimos que no sean tan sinónimos y antónimos que, de vez en cuando, se den la razón.

A veces intento escribir con propiedad, pero acabo jugando con la polisemia, contrabandeando metáforas y cometiendo excesos de interpretación. Una frase termina diciendo lo que yo no había dicho, aunque quizá sí quería decirlo. Entonces la gramática me pide explicaciones y la semántica se lava las manos.

He decidido revisar mis relaciones con el lenguaje: mantendré algunas, romperé otras y dejaré en suspenso las que no sepan definirse. Exfoliaré mis prejuicios, rasparé las adherencias de mis certezas y pondré a remojo las ideas que se me han quedado rígidas. No pretendo salir con la razón intacta; prefiero salir con preguntas nuevas y algún significado entre las uñas.

También me permitiré alguna incorrección, porque no todos los errores son erratas ni todas las verdades necesitan punto final.

Mañana volveré a intentarlo, nuevamente. Quizá escriba algo coherente, aunque no prometo que tenga sentido: entre lo que pienso, lo que digo y lo que entienden los demás hay una distancia considerable, y no siempre llevo las palabras para cruzarla.

Sobre aviso no hay engaño. Aunque, pensándolo bien, si el aviso está escrito, siempre cabe leerlo mal.

jueves, 22 de octubre de 2026

Brainstorming desordenado


Hoy decidí poner mis pensamientos en orden alfabético y no salió bien. La A se niega a encabezar mis dudas, la C reclama derechos de autor sobre mis contradicciones y la Z amenaza con llevarse todas mis certezas al final de la página. Los paréntesis, mientras tanto, se han vuelto el lugar donde escondo (lo que no me atrevo a decir en voz alta). 

La interrogación, que siempre ha sido una maleducada, no deja de preguntarme ¿por qué? La admiración se pasa el día ¡exagerándolo todo! Intenté ponerles punto final.                                               Pero se me escaparon por los márgenes y ahora andan por ahí dudando de la honradez de los sinónimos.

También revisé mi vocabulario. Hay palabras que llevan años viviendo sin pagar alquiler. La culpa se instaló con contrato indefinido. El orgullo arrastra los muebles en el piso de arriba cada vez que intento dormir. La nostalgia tiene llaves de todas las habitaciones, y la esperanza, la ingenua, sigue golpeando la puerta aunque no haya nadie en casa.

Con los verbos me va peor. El pasado quiere que vuelva, el futuro promete lo que no puede cumplir y el presente, que debería ser el más razonable, nunca está disponible. Me gustaría conjugar desaprender, pero no encuentro la primera persona. Será que para desaprender hay que admitir que uno aprendió mal, y el ego, ese funcionario de ventanilla, no tramita esas solicitudes.

Así que cambié algunas reglas. Los puntos suspensivos ya no pueden hacerse los misteriosos... las comas no separarán lo que está, unido y a la palabra imposible la voy a jubilar: lleva demasiado tiempo de portera en edificios donde ni siquiera vive.

No prometo que funcione. Dejaré cosas sin corregir, dejaré que algunas frases terminen mal y aceptaré que no toda idea necesita conclusión. Total, la vida tampoco respeta la sintaxis: empieza con un sujeto, te cambia el predicado sin avisar y, cuando crees haber entendido la oración, te planta una subordinada que no estaba en el programa.

Mañana lo intento otra vez. Si la gramática me deja.

martes, 20 de octubre de 2026

El amor es libre



Hay cosas que se consiguen con esfuerzo, paciencia o incluso poder. El amor no es una de ellas.

Por eso resulta desesperante cuando algo se apaga. Repetimos palabras, buscamos señales, intentamos convencer al otro —o convencernos a nosotros mismos— de que todavía debe sentir lo mismo. Pero un sentimiento no obedece.

En Todopoderoso, Bruce descubre algo que ningún poder resuelve: puede modificar el mundo, pero no puede hacer que Grace lo ame. No podemos obligar a alguien a sentir, porque el amor necesita libertad para existir.

Hay otra forma, más silenciosa, de tropezar con ese mismo límite: no queremos obligar al otro a sentir, sino obligarnos a nosotros mismos a volver a sentir. Pienso en Persefone, en Matrix Reloaded, pidiendo un beso de amor verdadero: no es seducción, es la búsqueda de algo que reconoce haber perdido. Bruce quiere producir amor en otra persona; Persefone quiere recuperarlo en sí misma. Ambos chocan con la misma pared: tampoco podemos ordenarle al corazón que vuelva a sentir.

Podemos volver a los lugares donde fuimos felices, mirar fotografías, recrear el escenario entero. Y aun así descubrir que el sentimiento ya no está.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿queremos a esa persona, o queremos volver a ser quienes éramos junto a ella? A veces confundimos el deseo de recuperar un sentimiento con el deseo de recuperar a alguien. Pero el corazón no es una máquina: no basta repetir los mismos estímulos para obtener el mismo resultado.

Los sentimientos cambian sin que nadie lo decida. No siempre hay culpable ni explicación. Podemos cuidar el amor, elegir actuar con amor incluso cuando la emoción fluctúa —pero elegir amar y obligarse a sentir amor son cosas distintas. La primera puede ser una decisión. La segunda, no.

Queremos que el amor sea seguro y controlable. Pero conserva su valor justamente porque no podemos garantizarlo: el otro es libre, nosotros también, y esa libertad incluye la posibilidad de perder.

No podemos obligar a alguien a amarnos. Tampoco podemos obligarnos a seguir amando. Solo podemos ser honestos, cuidar, permanecer o despedirnos.

Porque lo que puede ser obligado puede parecer amor. Pero solo lo que es libre puede serlo realmente.

domingo, 18 de octubre de 2026

Ridikkulus


Siempre pensé que el universo de Harry Potter era un lugar inquietante. No por los magos, sino por sus criaturas. Los dementores, por ejemplo: no dejan heridas visibles, solo una mirada perdida y un corazón que olvidó por qué valía la pena seguir.

Todos conocemos dementores. A veces son personas. A veces rutinas, noticias, o esa voz interior que solo recuerda los fracasos.

Este viernes volví a ver El prisionero de Azkabán y reparé en otra criatura: el boggart, que no tiene forma propia. Se convierte en aquello que más tememos. Y lo notable no es el monstruo, sino cómo se le vence: ni con fuerza ni con duelos. Un solo hechizo. Ridikkulus. Imaginar el miedo convertido en algo ridículo. Neville ve a Snape vestido con la ropa de su abuela, y el terror se vuelve carcajada. El miedo sigue ahí, pero deja de ocupar el trono.

Esa es quizás la lección más lúcida de Rowling: no sufrimos tanto por la realidad como por la importancia que le concedemos a nuestros propios pensamientos. Magnificamos un error, imaginamos el peor desenlace, y sin darnos cuenta alimentamos al boggart.

Vivimos tiempos en que esa alimentación es constante. Hay una epidemia silenciosa de ansiedad, de pantallas que nos devuelven comparaciones imposibles, de un ruido mental que no para nunca. Mucha gente convive con su propio boggart todos los días, y nadie les enseñó el hechizo. Tal vez por eso cueste tanto pedir ayuda: hemos tratado el miedo con tanta solemnidad que olvidamos que también se le puede quitar poder con algo tan simple como nombrarlo, reírse de él, o decirle a otro "a mí también me pasa".

Los dementores roban los buenos recuerdos; el boggart se alimenta de nuestros temores. Por eso las defensas contra ambos son tan humanas: un Patronus nacido de un recuerdo feliz, y una carcajada. 

Tal vez no exista mejor resumen de la salud emocional. Memoria y risa. Y, cuando no alcanzan, pedir ayuda. Es lo que diria mi hija Constanza, Psicóloga.