sábado, 30 de mayo de 2026

Una botella en el Molo 13


Descripción. Botella café, sin etiqueta, probablemente de cerveza Toten. Recogida el 15/05/2026, 04:10 UTC - 25°40' Latitud Sur, 70°59' Longitud Oeste

Texto:

"Ayer me pasé la mayor parte del día dando vueltas por el Parque Ecuador, no sé si lo presentiaba o me lo estaba fabricando solito, que al doblar la esquina te iba a encontrar, al subir al Mirador Alemán por algún rincón, o quizás siguiéndole el hilo a una tuna universitaria que andaba actuando por el parque, pero no estabas, oiga. ¿Y aquella señorita que cruzó en el semáforo? Tampoco era usté, pues. ¿Ilusión de tonto? ¿Esperanza sin fundamento?, interrogando cada paso de dama que pasaba, más debí parecerle a la gente  un caballero algo desorientado que un buscador con propósito, llamándola a voz en cuello y ayer le puedo jurar, con toda la formalidad del caso, que hasta los zorzales andaban fuera de compás, tan pronto duraban un instante como cincuenta días, pero no apareció usté, ¿no me escuchaba? ¿Me escuchaba pero no me creyó? ¿Me escuchaba pero tuvo a bien ignorarme?

Después de que su teléfono dejara de contestar, después de la carta que no sé si le llegó, pero sé que no me volvió, después de que anocheciera sobre Conce, después de mandarle mil requiebros desde la costanera, pena la mía, señorita, ya no me resta más que meter este recado en una botella y tirarlo al mar, allá, en el Molo 13."

Colaboración con OAND (Organización de Ayuda a Náufragos Desesperados)

Las personas implicadas pueden establecer contacto con OAND. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Gambito de dama


Crees haber tomado la pieza decisiva porque alcanzaste a la reina. Error frecuente en jugadores impacientes. Una partida no concluye mientras el rey conserve espacio para moverse y voluntad para resistir.

Confundes ventaja momentánea con victoria definitiva, y ahí reside tu problema: juegas mirando el tablero inmediato, no el tiempo completo de la partida.

No cuestiono tu capacidad. Sería ingenuo hacerlo. Pero todavía actúas como quien cree que la fuerza basta para asegurar el desenlace. Los juegos verdaderamente complejos no se ganan sólo avanzando; también exigen soportar desgaste, incertidumbre y errores propios. Incluso los mejores terminan aprendiendo aquello que más evitaron: perder.

Interpretaste mi silencio como rendición. Otra lectura apresurada. Quien me conoce entiende que nunca abandono una partida iniciada. A veces avanzar implica detenerse, observar y permitir que el adversario revele solo su estrategia.

Paso a paso. Movimiento a movimiento.

No he claudicado. Apenas he concedido una tregua.

Y cuando volvamos al tablero, quizá comprendas finalmente que hay diferencias entre dominar piezas… y comprender el juego.

Hasta entonces.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Perder el norte

Cuando alguien empieza a desvariar, a tomar decisiones absurdas o a perder el hilo de lo evidente, decimos que está perdiendo el norte. La frase funciona porque el norte es, en apariencia, lo más fijo que existe. Una referencia inmóvil. Una verdad sin discusión.

Lo curioso es que el norte no es nada de eso.

El norte magnético migra constantemente. Hoy se desplaza hacia Siberia a razón de varios kilómetros por año. El polo celeste que usaban los navegantes antiguos también se mueve: Polaris no siempre fue la estrella polar y dejará de serlo. El norte, en rigor, es una convención que funciona porque todos acordamos sostenerla, no porque sea estable por naturaleza.

Pero hay otra inestabilidad que me resulta más cercana.

Chile tiene un norte concreto, con nombre propio y historia sangrienta. Atacama, Tarapacá, Antofagasta. Territorios que no siempre fueron chilenos y que pasaron a serlo después de una guerra que dejó muertos en el desierto, comunidades desplazadas y fronteras reescritas a punta de bayoneta. La Guerra del Pacífico no fue un trámite diplomático. Fue una disputa feroz por el salitre, por el cobre, por la riqueza que dormía bajo esa tierra seca. Chile ganó, y con la victoria se quedó con el mineral, con el territorio, y con siglos de cultura que ya habitaban ese desierto antes de que llegara cualquier bandera.

Lo que vino después es conocido, aunque pocas veces se diga con todas sus letras. El norte entregó salitre hasta que el salitre se acabó, o más bien hasta que lo reemplazaron artificialmente y lo volvieron prescindible. Entregó cobre, y sigue entregándolo. Financió guerras, crisis, recuperaciones y bonanzas que se celebraron en Santiago. Y a cambio recibió campamentos, polvo, olvido administrativo y la condescendencia ocasional de quienes descubren con sorpresa que allá arriba también hay gente.

El país usa "el norte" como metáfora del buen camino, de la razón, de la rectitud. Pero su norte real ha sido durante más de un siglo uno de los lugares menos escuchados, menos representados, más exprimidos del territorio nacional. No es guía. No es centro. Es extracción.

Hay algo más que paradójico en eso. Hay una deuda.

Quizás perder el norte no sea tan grave. Quizás lo grave es haberlo tenido siempre como despensa y nunca como brújula.

lunes, 25 de mayo de 2026

Parley


En Pirates of the Caribbean: At World's End hay una escena que me quedó dando vueltas. En medio del caos, los cañones y las traiciones apiladas, alguien levanta la voz y invoca el parley: una tregua para hablar antes de que todo siga destruyéndose.

Es un recurso cinematográfico, obvio. Pero encierra algo que vale la pena mirar de cerca.

Probablemente nunca existió un código pirata tan solemne como el de la película. Los piratas reales robaban, torturaban y mataban cuando les convenía. No eran caballeros del mar. Eran depredadores con bandera propia. Y sin embargo, incluso entre ellos existían acuerdos, negociaciones, reglas mínimas. No por nobleza. Por supervivencia.

Ahí está la paradoja.

Incluso quienes viven de la violencia entienden, en algún punto, que la violencia sin límites termina destruyéndolo todo, empezando por ellos mismos. Sin cierta previsibilidad, nadie puede confiar en nada ni en nadie. Y cuando desaparece toda previsibilidad, el caos deja de ser útil incluso para los violentos. Por eso la historia humana está llena de códigos que nacieron en lugares brutales. Treguas para recoger cadáveres en medio de guerras. Inmunidad para mensajeros. Pactos entre mafias. Territorios respetados temporalmente entre enemigos que se odian. No son actos de bondad. Son mecanismos mínimos para impedir el colapso total.

La civilización suele imaginarse como lo opuesto a la barbarie. Pero muchas veces ocurre algo más incómodo: las reglas no anteceden a la barbarie. Nacen dentro de ella.

Un pirata invocando el derecho a hablar.

Un asesino exigiendo que se respeten "las reglas".

Un imperio justificando límites en medio de una guerra que él mismo desató.

Todo eso apunta hacia algo inquietante: incluso los monstruos necesitan códigos para no devorarse entre sí.

Quizás por eso estas historias siguen atrapándonos. No porque romantizamos a los piratas, sino porque reconocemos algo muy nuestro en ellos: el miedo al caos absoluto. Ese miedo que, cuando funciona bien, nos hace construir lenguaje común incluso con los enemigos.

Y tal vez ahí haya una advertencia.

Una sociedad empieza a degradarse cuando pierde incluso esa capacidad. Cuando todo desacuerdo se convierte de inmediato en destrucción, en humillación, en el exterminio simbólico del que piensa distinto. Cuando desaparece el parley, lo que queda es fuerza contra fuerza, y nadie recoge a sus muertos.

Incluso los piratas lo entendían.

viernes, 22 de mayo de 2026

Vivir el duelo


Vivimos en una sociedad con un temor exacervado a la muerte. Nos crían y nos forman de espaldas a la muerte, y también de espaldas a las emociones que cualquier pérdida convoca: la tristeza, la rabia, la culpa, el miedo.

Hemos aprendido a tratarlas como averías. Algo que hay que reparar cuanto antes,  silenciar con farmacos o disolver con positividad forzada. Pero estas emociones no son síntomas de que algo va mal. Son señales de que algo funcionó: que hubo un vínculo, que una ausencia duele porque una presencia tuvo peso.

El problema no es sentirlas. El problema es no saber para qué están.

La rabia moviliza. Es energía antes de ser dolor. Una reacción ante la injusticia de la pérdida, ante la impotencia de no haber podido hacer nada. Cuando se la deja expresar —sin apresurarse a calmarla— cumple una función necesaria: nos saca del congelamiento.

La tristeza conecta con lo perdido. No es derrumbe: es reconocimiento. Dice esto existió, esto valió. Tiene un ritmo lento que no admite atajos. Quien busca apurarla, en realidad interrumpe el único proceso que permite integrar la pérdida.

La culpa obliga a revisar el vínculo. Casi siempre es el intento de la mente de encontrar control donde no lo hubo. Trabajarla no es absolver ni condenar: es mirar de frente lo que la relación fue y lo que quedó sin decir.

El miedo prepara. Pregunta: ¿cómo voy a seguir? ¿Qué queda de mí sin esto? No es debilidad. Es la señal de que algo central ha cambiado y que el cuerpo necesita tiempo para reorientarse.

El duelo no resuelto no desaparece: se enquista. Se vuelve síntoma, distancia afectiva, una tristeza sin nombre que aparece años después sin que sepamos de dónde viene.

Acompañar bien un duelo no significa quitar el sufrimiento. Significa ayudar a que cada emoción cumpla su función. Solo así la pérdida puede integrarse —no olvidarse, no superarse— sino ocupar el lugar que le corresponde dentro de una vida que c ontinúa.

Somos el mejor pais de Chile


Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.

No hay nada en lo que seamos los mejores.

Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.

Pero eso no es lo que más duele.

Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.

Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.

Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.

Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.

El problema no es que seamos un mal país.

El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N

miércoles, 20 de mayo de 2026

Lo que no sabemos que necesitamos


A raíz de las declaraciones del presidente Kast cuestiona investigaciones científicas ha nacido la necesidad de escribir este post. 

Hay algo seductor en la idea de financiar solo lo útil. En tiempos de estrechez, parece hasta razonable: ¿por qué sostener investigaciones que terminan como libros empastados que nadie leerá, mientras la gente necesita trabajo, seguridad, soluciones concretas ahora? La crítica tiene piso. Negarlo sería deshonesto.

Existe investigación irrelevante. Existe burocracia académica que produce por producir. Existe conocimiento que habla únicamente para sí mismo.

El problema aparece cuando esa crítica legítima deriva en algo más estrecho: la idea de que el valor del conocimiento se mide casi exclusivamente por su capacidad de generar empleo inmediato o rentabilidad visible. Ahí surge la pregunta que al parecer nadie quiere hacer: ¿cómo se mide el valor de una idea antes de saber en qué terminará convirtiéndose?

Detrás del radar existían décadas de estudios sobre electromagnetismo que durante años parecieron teoría abstracta. Detrás de la computación moderna había matemáticas "inútiles" desarrolladas mucho antes de que existieran computadores. Las vacunas que los gobiernos exigieron a gritos durante la pandemia solo fueron posibles porque existía investigación acumulada durante décadas sin retorno económico evidente.

El conocimiento más transformador rara vez parece útil cuando nace. Eso no significa idealizar la academia. Parte de su descrédito actual viene de universidades incapaces de explicar por qué ciertas investigaciones importan socialmente. Hay desconexión real. Hay lenguaje deliberadamente hermético.

Pero hay algo más profundo en juego que una discusión sobre eficiencia presupuestaria. Una sociedad que solo está dispuesta a financiar aquello cuyo beneficio ya puede calcular de antemano no está siendo prudente. Está, sencillamente, empobreciendo su capacidad de imaginar el futuro.

Y eso tiene un costo. Uno que no aparece en ningún balance fiscal, precisamente porque nadie sabe todavía cómo contabilizarlo.

lunes, 18 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con los muertos?

Hay una manera cómoda de recordar la Tragedia de Antuco: como un caso judicial. Responsables identificados, condenas dictadas, caso cerrado. La sociedad procesó el duelo y siguió adelante.

Pero esa versión deja fuera la pregunta más incisiva. No quién falló, sino por qué fallamos siempre de maneras tan parecidas.

Muchas de las víctimas de Antuco venían de contextos con pocas opciones. El servicio militar no era una vocación; era una oportunidad concreta en un mapa estrecho. Jóvenes con equipamiento insuficiente para las condiciones reales, en una marcha que continuó cuando había razones de sobra para detenerla. No murieron por mala suerte. Murieron en una convergencia de negligencias que nadie detuvo.

Eso es lo primero que hay que sostener, antes de cualquier análisis.

Porque la pregunta no es retórica. Es literal. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los ponemos en una placa? ¿Los nombramos en mayo? ¿Los usamos para hablar de responsabilidad institucional y después seguimos igual?

La respuesta, hasta ahora, ha sido bastante predecible. Personalizamos el error — encontramos responsables, los condenamos, y el sistema que produjo las condiciones queda más o menos intacto. Ritualizamos el recuerdo — actos, discursos, memoria simbólica que no es lo mismo que memoria operativa. Y normalizamos de nuevo — con el tiempo, lo excepcional vuelve a parecer improbable, y las prácticas riesgosas regresan en silencio, sin que nadie declare que regresaron.

Es un patrón documentado. La distancia temporal erosiona la urgencia. Siempre.

Y cuando una tragedia golpea a quienes tienen menos poder estructural, el impulso reformador tiende a ser más corto y más débil. No es accidente. Es una asimetría persistente en cómo las sociedades distribuyen el costo humano según quién lo paga.

Antuco no fue una falla táctica en condiciones extremas. Fue la expresión de algo que aparece con distintos nombres en empresas, servicios públicos, minería, salud: obediencia que no sabe detenerse, riesgo subestimado, precariedad tolerada como normalidad. El mecanismo es el mismo. Cambia el uniforme.

Lagos habló de "ser mejores ciudadanos". Honesto, pero abstracto. La mejora no ocurre por declaración. Ocurre cuando se rediseñan los protocolos, los incentivos, la cultura que determina si alguien puede decir esto no está bien sin que le cueste el rango. Sin eso, la memoria es homenaje. No transformación.

Si el aprendizaje hubiera sido real, veríamos instituciones más capaces de detenerse a tiempo. Una intolerancia genuina — no declarada — a lo evitable. Si eso no es visible, la conclusión es simple: recordamos a los muertos. Pero no hemos aprendido de ellos.

Y mientras no distingamos entre las dos cosas, el riesgo no desaparece. Solo espera condiciones.


sábado, 16 de mayo de 2026

El Estado que no existe


Hay una ficción que circula con mucha comodidad en el debate público: que existe algo llamado mercado libre, y que el Estado llega después a perturbarlo.

La historia desmiente eso desde el principio.

No hay mercado sin tribunales que hagan cumplir contratos. Sin policías que protejan propiedad. Sin bancos centrales que eviten que la moneda se evapore. Sin infraestructura que alguien construyó antes de que llegara la inversión privada. El capitalismo más "liberal" de la historia ha necesitado siempre un andamiaje estatal enorme para funcionar. La diferencia nunca fue Estado sí o Estado no.

La pregunta real siempre fue otra: ¿a favor de quién interviene el Estado?

Porque rescatar bancos en quiebra es intervención estatal. Garantizar patentes durante veinte años es intervención estatal. Subvencionar la industria tecnológica o militar es intervención estatal. Abrir rutas comerciales con plata pública es intervención estatal. Solo que a eso no se le llama intervención. Se le llama estabilidad, seguridad jurídica, incentivos al crecimiento.

"Intervención" es la palabra que se reserva para cuando el Estado redistribuye hacia abajo.

Por eso el capitalismo produce resultados tan distintos según dónde se aplica. Las socialdemocracias nórdicas redistribuyen con fuerza pero mantienen mercados competitivos. China planifica sectores estratégicos mientras liberaliza otros. Estados Unidos predica el libre mercado mientras sostiene con subsidios masivos su industria tecnológica, su aparato militar y su sistema financiero.

Chile tiene su propia versión de esa fractura.

El Estado chileno ha sido extraordinariamente activo garantizando estabilidad macroeconómica y condiciones para el crecimiento. Mucho más tímido cuando se trata de distribuir seguridad social o proteger a las personas frente a la precariedad. Las reglas del juego han estado escritas con cierta consistencia — pero no para todos los jugadores por igual.

La reciente Resolución 2/26 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos toca ese punto incómodo. La CIDH sostiene que las políticas fiscales no son neutrales. Que el presupuesto público es también una expresión de prioridades morales y relaciones de poder. Que la economía no está separada de la dignidad.

Es una afirmación que parece obvia y que sin embargo incomoda profundamente a quienes han construido su argumento sobre la idea de que el mercado es una fuerza natural y el Estado una distorsión.

Cuando un Estado decide qué financiar, qué recortar, a quién gravar, qué sector proteger — no solo administra recursos. Define qué vidas tendrán colchón y cuáles absorberán los costos de las crisis.

Eso no es técnica. Es política.

Y la política siempre tiene nombre.


jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando la rebeldía también alimenta el PIB


En 1944, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron en Dialectic of Enlightenment que la industria cultural terminaría convirtiendo incluso la rebeldía en mercancía. Décadas después, la idea parece más vigente que nunca.

La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.

Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.

Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.

El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.

Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.

El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.

Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.

Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.

Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.

Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?

martes, 12 de mayo de 2026

La incomodidad de nombrar lo cotidiano



Hay una resistencia estética a imaginar la cotidianeidad biológica ajena. Cagar es la certeza más absoluta de nuestra especie, pero la vida social exige una intimidad que raya en la negación. A diferencia de mear —más breve, menos ritual—, el acto de cagar impone un silencio que preferimos ignorar.

​La palabra no ayuda. "Cagar" es rotunda y legítima, pero ha sido expulsada de los salones y hasta del corrector de Word. Esta omisión no es inocente: el lenguaje que no se nombra, se administra. Al eliminar el término del registro oficial, el acto no desaparece, pero sí la posibilidad de mencionarlo sin incomodar. En su lugar, el eufemismo construye una arquitectura de niebla: se "defeca", se"excreta" o se "evacúa".

 El cuerpo traducido al latín deja de ser carne para ser un expediente clínico. Aquí el pudor se vuelve jerarquía. El código culto levanta barreras; el médico que pregunta por "hábitos de excreción " no es delicado, es distante. El paciente, que caga perfectamente pero jamás ha "excretado", queda desorientado ante su propio organismo. Como decía un viejo profesor de teoria de la comunicación: el lenguaje que no llega al otro no es lenguaje, es performance. Los eufemismos no protegen al paciente, lo alejan. Un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no se nombren es un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no importen. 

Word puede seguir ignorando la palabra; yo no voy a cambiarle el nombre.

Ya lo dice un querido poema:

"De los placeres sin pecar, el mejor es el cagar... Cagar es un placer de cagar nadie se escapa" 

domingo, 10 de mayo de 2026

Las madres invisibles


Hay una ausencia que el cine ha normalizado tanto que ya casi no se ve. Está ahí, en el fondo de cada historia, pero no tiene nombre ni diálogo ni siquiera un retrato en la pared. Es la madre.

Bella no tiene madre. Ariel tampoco. Jasmine, Pocahontas, Aladín. Toda una generación creció con protagonistas que llegaron al mundo por generación espontánea, o por el fervor narrativo de un padre que sí estaba, sí hablaba, sí importaba. La madre es ese personaje que el guionista borró en la primera revisión porque complicaba demasiado las cosas. No hace falta para la trama.

El padre ausente, en cambio, es épica pura. El trauma de Batman nace la noche que cayó Thomas Wayne. La herida de Simba lleva el nombre de Mufasa. Hasta Interestelar convierte la ausencia paterna en el motor secreto del universo. La ausencia del padre es mito. La de la madre es conveniencia narrativa.

Lo que ese silencio dice es revelador: que el cuidado no forma carácter, que lo cotidiano no es material dramático, que una tetera parlanchina puede sustituir perfectamente lo que una madre habría dado. El cuidado se da por hecho. Es el fondo, no la figura.

Pero aquí está la trampa: que no aparezca en pantalla no significa que no estuviera.

Porque en la vida real, la madre sí estaba. Siempre estuvo. En el sándwich que apareció solo en la mochila, en la fiebre de madrugada que alguien atendió sin contarlo después, en esa frase dicha casi de pasada que sin embargo se quedó grabada para siempre. El cine aprendió a hacer épica del padre ausente. Nunca supo cómo filmar lo que hace una madre presente, porque no explota, no tiene banda sonora, no cabe bien en un tercer acto.

El Día de la Madre no debería ser el día en que le damos una medalla a alguien por haber hecho lo que nadie notó el resto del año. Debería ser el día en que nos detenemos a mirar lo que elegimos no ver.

Las madres no son invisibles porque no estén. Son invisibles porque hemos construido una cultura que no sabe mirar lo que cuida sin espectáculo. Lo cotidiano no vende entradas. Lo constante no genera drama. Y lo que siempre estuvo ahí termina siendo, para el relato, como si nunca hubiera existido.

Pero existió. Existe. Y eso, aunque el cine no lo sepa filmar todavía, es la historia más larga que hay.

Feliz dia de las madres. Siempre presentes. 

La mediocridad como espejo


Cada cierto tiempo aparece en las redes una publicación que se viraliza no porque contenga análisis riguroso, sino porque toca algo que mucha gente ya siente. Hace poco circuló una de esas: un texto que denuncia cómo el sistema educativo chileno estaría "fomentando la mediocridad", evitando la reprobación, presionando a los profesores para que hagan pasar a estudiantes que no aprendieron nada. El texto generaliza sin evidencia y usa un lenguaje diseñado para provocar indignación más que reflexión. Y sin embargo, se compartió miles de veces.

Eso me parece más interesante que el texto mismo.

Porque cuando algo así se viraliza, no es porque sea verdad. Es porque resuena. Y lo que resuena merece pregunta: ¿con qué está vibrando?

Hay una tensión real en el corazón de cualquier sistema educativo moderno. La evidencia pedagógica indica que reprobar no funciona como se creía: repetir curso no mejora significativamente los aprendizajes, aumenta la deserción y afecta duraderamente la trayectoria del estudiante. Pero también existe la percepción —no completamente infundada— de que cuando desaparece la consecuencia del no aprendizaje, algo se pierde. No necesariamente la nota roja. Sino la señal. El momento en que alguien le dice a un estudiante: esto no está bien, hay que volver atrás.

Ese es el nudo verdadero. No si se reprueba o no. Sino si el sistema es capaz de decir la verdad.

Lo que el texto viral no puede decir —porque requeriría demasiada complejidad para una publicación de Facebook— es que la crisis del aprendizaje no tiene un solo culpable. No es solo que "ya no se exige". Es que los estudiantes llegan con déficits lectores acumulados. Es que la atención sostenida se ha deteriorado en un entorno de sobreestimulación digital. Es que muchos docentes trabajan en condiciones de sobrecarga que hacen imposible el seguimiento individual. Es que la desigualdad sigue determinando quién aprende y quién no, independientemente de cuántas notas rojas se pongan.

Reducir todo eso a "los hacen pasar igual" es cómodo. Tiene un culpable claro y una solución implícita igual de simple: volver a exigir, endurecer, reprobar sin culpa. Pero los sistemas complejos no se reparan con gestos simples.

El agotamiento docente es real. La sensación de que el esfuerzo ya no importa es real. La percepción de que algo se ha roto en el vínculo entre aprender y ser reconocido por aprender también es real. Pero validar una emoción no es lo mismo que entender su causa.

La mediocridad que más me preocupa no es la del estudiante que avanza con vacíos. Es la del análisis que prefiere la indignación al entendimiento. La que convierte un problema estructural de décadas en un meme compartible. La que nos hace sentir que ya entendimos todo porque encontramos a alguien a quien culpar.

Esa mediocridad no está en las aulas. Está en cómo pensamos sobre ellas.


viernes, 8 de mayo de 2026

La erosión democrática moderna


Hay una diferencia que casi nunca discutimos entre las cosas que se rompen y las que se gastan. Cuando algo se rompe, hay un antes y un después. El desgaste no funciona así. Ocurre en silencio, sin fecha exacta, si avisar -- pero con indicios, una cronica de una muerte anunciada-- Y lo más inquietante es que te acostumbras a él mientras sucede.

El último informe de V-Dem sitúa a Chile en una posición que no resulta cómoda ni para la alarma ni para la tranquilidad. No estamos en crisis. Pero tampoco somos lo que fuimos, y eso es exactamente el problema.

Lo que V-Dem mide no es solo si hay elecciones. Eso es el piso técnico. Mide si las instituciones son independientes, si el debate público tiene calidad, si el equilibrio de poderes aguanta el peso que se le pone encima. Y es ahí donde los datos muestran el deterioro: desconfianza acumulada, conversaciones públicas cada vez más estériles, instituciones que la gente mira con una mezcla de indiferencia y desprecio, una política que parece hablar consigo misma mientras el resto del país hace otra cosa.

El informe insiste en que las democracias modernas rara vez colapsan con un golpe dramático. Se desgastan gradualmente, de formas que en cada momento parecen tolerables porque el país sigue funcionando. El problema es que "seguir funcionando" no es lo mismo que "estar bien".

La pregunta que los datos dejan flotando no es si la democracia chilena va a sobrevivir. Es qué clase de democracia vamos a tener si las tendencias actuales se mantienen diez años más. Porque una democracia puede celebrar elecciones normales, respetar la Constitución, mantener todos los formatos institucionales intactos, y aun así vaciarse lentamente de convicción, de confianza, de capacidad real para producir acuerdos que duren.

El agua que hierve despacio no avisa.


martes, 5 de mayo de 2026

La frontera que viene



Hay una conversación que la humanidad aún no ha tenido en serio. La estamos teniendo, sí, pero en laboratorios, salas de juntas y novelas de ciencia ficción. Estamos a punto de ser multiplanetarios, y no tenemos idea de lo que significa.

El patrón histórico es siempre el mismo: territorio desconocido, primeros que mueren, sobrevivientes que construyen comunidad, identidad que luego choca con quien financió el viaje. Marte no será diferente.

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe que Estados reclamen soberanía sobre cuerpos celestes, pero no dice nada de corporaciones privadas ni del niño que nazca allá. El primer bebé marciano podría ser el primer apátrida del sistema solar. ¿Qué es una nación cuando el suelo donde naciste no pertenece a ninguna?

La independencia marciana no tendrá fecha ni batalla; la construirá la física. Con 3 a 22 minutos luz de distancia, ante una emergencia decidirán solos. El quiebre real será la tercera generación: nacidos de padres nacidos allá, que nunca vieron un océano. Para ellos la Tierra no será la patria, sino el lugar de los abuelos. El caso más iluminador no es la revolución americana, sino Australia: que simplemente dejó de mirar hacia Londres.

La pregunta no es si colonizaremos Marte (en cien años es casi inevitable). La pregunta es si llegaremos con alguna reflexión ética, o como siempre: primero, y pensando después.

lunes, 4 de mayo de 2026

Santiago en 100 Palabras


Decir mucho en poco no es limitarse, es afinar.

“Santiago en 100 Palabras” no premia al que grita más fuerte, sino al que sabe elegir qué decir… y qué callar.

Cien palabras no son pocas: son un filtro.

Obligan a mirar la ciudad sin relleno, a capturar un gesto, un ruido, una grieta.

No se trata de ganar.

Se trata de descubrir que, a veces, una idea bien dicha cabe completa en un puñado de líneas.

El plazo del concurso ha terminado, ya enviaste tu texto?  

sábado, 2 de mayo de 2026

No tiene nada que perder


Hay una frase que debería alertarnos más de lo que lo hace: "no tiene nada que perder". Se pronuncia en pasillos clínicos, en comités, en conversaciones familiares cargadas de urgencia. Suena compasiva, casi lógica. Pero es una de las ideas más peligrosas que puede circular en medicina.

Porque cuando alguien "no tiene nada que perder", en realidad lo ha perdido todo... excepto su capacidad de ser utilizado.

La medicina moderna se apoya en marcos éticos sólidos: la Declaración de Helsinki, comités de supervisión, protocolos exhaustivos. Todo parece indicar que el problema de la coacción quedó en el pasado. Pero eso es una ilusión cómoda. La coacción no desapareció. Se sofisticó.

Ya no adopta la forma brutal del experimento sin consentimiento. Ahora se disfraza de oportunidad. Se presenta como la última puerta cuando todas las demás están cerradas. El paciente firma, acepta, consiente. Todo en regla. Todo documentado.

Y, sin embargo, la pregunta sigue intacta: ¿qué significa consentir cuando la alternativa es simplemente esperar a morir?

Aquí está la grieta que el lenguaje técnico intenta cubrir: la diferencia entre voluntad y libertad. Un paciente desesperado puede querer algo con absoluta convicción, pero esa convicción no nace en condiciones neutrales. Nace en un terreno inclinado, donde la esperanza pesa más que la evidencia.

La ética contemporánea intenta resolver esta tensión con procedimientos. Son herramientas necesarias, pero no suficientes. Ninguna firma puede equilibrar completamente una relación donde una parte necesita sobrevivir y la otra necesita aprender. Para la ciencia, el fracaso es información. Para el paciente, puede ser sufrimiento o muerte. El mismo evento tiene significados radicalmente distintos según desde dónde se mire.

No hay neutralidad en eso.

Hemos construido un relato donde el paciente en situación límite se convierte en una figura casi heroica, alguien que "elige luchar" hasta el final. Pero rara vez nos detenemos a considerar cuánto de esa elección está moldeada por la ausencia de alternativas reales.

La medicina no es inmoral por avanzar. Sería absurdo sostenerlo. Pero tampoco es moralmente neutra cuando lo hace.

Y eso, a veces, cuesta admitirlo. Sobre todo cuando uno mismo ha estado —o ha acompañado a alguien— en esa sala donde firmar un papel experimental se siente como el único gesto que todavía tiene sentido. Donde la desesperanza y la esperanza conviven en el mismo formulario. Donde decir sí no es exactamente una elección libre, pero tampoco hay otra manera de seguir adelante.

Quizás de eso se trata, al final: de aprender a ver con más honestidad lo que ocurre en esos momentos. No para paralizar a la medicina, sino para no dejar de preguntarnos qué le estamos pidiendo a las personas más vulnerables cuando las invitamos a participar en nuestro progreso.

viernes, 1 de mayo de 2026

Hombría y homosexualidad


Este post es el resultado de una conversación que mantuvimos con un amigo y cuya respuesta prometi vincular en mi blog. 

--Si uno toma distancia —como proponías al inicio—, la historia no avanza en línea recta sino a través de tensiones, avances y retrocesos que obligan a revisar continuamente nuestras categorías. “Hombría” es una de esas: una palabra que pretende fijar una esencia, pero que en realidad ha mutado según el contexto, oscilando entre el coraje, la disciplina, la capacidad de sostenerse frente al riesgo, y, en versiones más pobres, una caricatura de dureza o negación de la vulnerabilidad. En ese vaivén, se cuelan prejuicios que parecen sólidos cuando se observan de cerca, pero se desmoronan al ampliar el foco.

Ahí es donde tu ejemplo histórico deja de ser anécdota y se vuelve argumento. Durante la Ocupación de Francia por la Alemania nazi, hombres homosexuales operaron dentro de redes vinculadas a la Francia Libre, bajo la conducción de Charles de Gaulle, ejecutando tareas de inteligencia de alto riesgo mediante la seducción de oficiales enemigos. Ese tipo de acción exige exactamente aquello que las definiciones más exigentes de “hombría” dicen valorar: control emocional, valentía, cálculo bajo presión y disposición a exponerse por una causa mayor. La paradoja es solo aparente: lo que se rompe no es la realidad, sino el estereotipo.

Lo mismo ocurre con el lenguaje: “blandengue” se usa como sinónimo de debilidad, pero históricamente designó cuerpos de caballería en el mundo hispano que operaban en condiciones duras de frontera. La etiqueta no describe la sustancia; la distorsiona. Y esa distorsión, cuando se proyecta sobre personas, produce juicios erróneos: confundir orientación sexual con carácter es un error de categoría.

Visto así, tu intuición inicial y la pregunta convergen: el progreso no consiste solo en acumular avances técnicos o políticos, sino en depurar los criterios con los que evaluamos la realidad. Cada vez que una sociedad corrige una asociación falsa —como ligar homosexualidad con falta de “hombría”— está, en pequeño, avanzando hacia ese “puente” que mencionas. Pero el riesgo de despeñarse sigue ahí: basta con aferrarse a palabras vacías y convertirlas en dogma. Por eso el movimiento es siempre el mismo: avanzar, retroceder, revisar… y, cuando se mira en conjunto, afinar cada vez más la relación entre lo que decimos que valoramos y lo que realmente ocurre.