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viernes, 22 de mayo de 2026

Somos el mejor pais de Chile


Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.

No hay nada en lo que seamos los mejores.

Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.

Pero eso no es lo que más duele.

Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.

Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.

Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.

Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.

El problema no es que seamos un mal país.

El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N

sábado, 16 de mayo de 2026

El Estado que no existe


Hay una ficción que circula con mucha comodidad en el debate público: que existe algo llamado mercado libre, y que el Estado llega después a perturbarlo.

La historia desmiente eso desde el principio.

No hay mercado sin tribunales que hagan cumplir contratos. Sin policías que protejan propiedad. Sin bancos centrales que eviten que la moneda se evapore. Sin infraestructura que alguien construyó antes de que llegara la inversión privada. El capitalismo más "liberal" de la historia ha necesitado siempre un andamiaje estatal enorme para funcionar. La diferencia nunca fue Estado sí o Estado no.

La pregunta real siempre fue otra: ¿a favor de quién interviene el Estado?

Porque rescatar bancos en quiebra es intervención estatal. Garantizar patentes durante veinte años es intervención estatal. Subvencionar la industria tecnológica o militar es intervención estatal. Abrir rutas comerciales con plata pública es intervención estatal. Solo que a eso no se le llama intervención. Se le llama estabilidad, seguridad jurídica, incentivos al crecimiento.

"Intervención" es la palabra que se reserva para cuando el Estado redistribuye hacia abajo.

Por eso el capitalismo produce resultados tan distintos según dónde se aplica. Las socialdemocracias nórdicas redistribuyen con fuerza pero mantienen mercados competitivos. China planifica sectores estratégicos mientras liberaliza otros. Estados Unidos predica el libre mercado mientras sostiene con subsidios masivos su industria tecnológica, su aparato militar y su sistema financiero.

Chile tiene su propia versión de esa fractura.

El Estado chileno ha sido extraordinariamente activo garantizando estabilidad macroeconómica y condiciones para el crecimiento. Mucho más tímido cuando se trata de distribuir seguridad social o proteger a las personas frente a la precariedad. Las reglas del juego han estado escritas con cierta consistencia — pero no para todos los jugadores por igual.

La reciente Resolución 2/26 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos toca ese punto incómodo. La CIDH sostiene que las políticas fiscales no son neutrales. Que el presupuesto público es también una expresión de prioridades morales y relaciones de poder. Que la economía no está separada de la dignidad.

Es una afirmación que parece obvia y que sin embargo incomoda profundamente a quienes han construido su argumento sobre la idea de que el mercado es una fuerza natural y el Estado una distorsión.

Cuando un Estado decide qué financiar, qué recortar, a quién gravar, qué sector proteger — no solo administra recursos. Define qué vidas tendrán colchón y cuáles absorberán los costos de las crisis.

Eso no es técnica. Es política.

Y la política siempre tiene nombre.


jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando la rebeldía también alimenta el PIB


En 1944, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron en Dialectic of Enlightenment que la industria cultural terminaría convirtiendo incluso la rebeldía en mercancía. Décadas después, la idea parece más vigente que nunca.

La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.

Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.

Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.

El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.

Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.

El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.

Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.

Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.

Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.

Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?

domingo, 29 de marzo de 2026

¿Qué culpa tiene el tomate?

 


La pregunta parece absurda, casi cómica. Un fruto tranquilo en la mata, arrancado sin voz ni voto y condenado a una lata. Pero en esa imagen simple hay una crítica más profunda: el problema nunca fue el tomate.

El tomate es perecedero. No espera. No negocia. No especula. Crece, madura y, si no se vende a tiempo, se pudre. Esa condición biológica lo convierte en la pieza más débil dentro de un sistema que sí sabe esperar: el mercado.

Imagina al agricultor. No es uno, son muchos. Siembran con expectativas razonables, con costos calculados y con la ilusión de vender a buen precio. Pero el mercado no es una ecuación estática: cambia, se satura, se contrae. Y cuando todos producen lo mismo al mismo tiempo, el precio cae. No porque el tomate valga menos en esencia, sino porque hay demasiado y no hay cómo colocarlo.

Aquí aparece la primera distorsión: producir no garantiza vender. Y vender no garantiza ganar.

El agricultor no puede almacenar su producto indefinidamente. No tiene ese lujo. Otros sí. Quien tiene capital puede comprar barato, transformar (enlatar, procesar, conservar) y vender caro después. El tiempo, en economía, es poder. Y el tomate fresco no lo tiene.

Luego entra el dinero. No como simple herramienta de intercambio, sino como mercancía en sí misma. Para producir, el agricultor muchas veces necesita crédito. Para importar maquinaria, depende del tipo de cambio. Para sobrevivir a una mala temporada, vuelve a endeudarse. En cada paso hay intermediarios: bancos, importadores, distribuidores. Cada uno toma su margen. Ninguno asume el riesgo completo.

El resultado es una cadena donde el riesgo se concentra abajo y la ganancia se distribuye arriba.

Cuando el agricultor vende, muchas veces lo hace presionado: necesita liquidez, debe pagar deudas, no puede esperar. El comprador, en cambio, sí puede esperar. Y paga en consecuencia. Aparece entonces el fenómeno más perverso: vender por debajo del costo, no por ignorancia, sino por necesidad.

Y ahí el tomate deja de ser alimento y se convierte en síntoma.

Síntoma de un sistema donde lo perecedero pierde frente a lo acumulable. Donde el dinero, diseñado para facilitar el intercambio, termina condicionándolo. Donde se puede especular con comida, pero no con el hambre.

El problema no es que el tomate termine en una lata. De hecho, conservarlo puede ser una solución inteligente. El problema es quién decide, cuándo decide y quién captura el valor de ese proceso.

Porque mientras unos liquidan su cosecha para no perderlo todo, otros construyen industrias comprando esa desesperación a precio de saldo.

Y cuando finalmente escasea —porque siempre escasea en algún punto— el mismo producto reaparece, procesado, almacenado y mucho más caro.

El tomate nunca tuvo la culpa.
La lata tampoco.

El problema es un sistema donde el tiempo, el dinero y el poder no están distribuidos de forma equitativa.

Y donde, al final, los de siempre pagan la cuenta.

En fin, no hay que satanizar el dinero, creo que podemos esperar para hacerlo hasta el mes que viene.

 Este pequeño post sobre el dinero vale 5.000 (dólares ¡Ojo! Que de dinero si que saben los U.S.A.reros del mundo). Y la opinión para salvar una cosecha de tomates, 12.000. Les enviaré mi factura por mail. 

viernes, 23 de enero de 2015

Los Comerciantes


En la feria de la vida hay comerciantes vocacionales y otros accidentales. El comerciante vocacional igual te vende zapatos, que ropa, que plantas, que jamones porque lo suyo es vender . El comerciante accidental, aunque el accidente dure toda la vida, llega a la feria porque lo suyo son las plantas, o los jamones y necesita venderlos para vivir .

El segundo, el que vende sus plantas, tiende a saber de plantas porque eso es lo suyo. El primero tiende a saber de ventas porque eso es lo suyo. Estos son los que suelen llevarse el gato al agua.

En la feria electoral sucede lo mismo. Unos igual te venden centrismo que derechismo que falangismo que lo que sea. Te venden lo que el mercado pide (aún si te vende piedras calientes). Son la clase de gente que flota siempre en cualquier sistema y situación. Crean un partido y de elección en elección van rellenándolo con artículos distintos como el comerciante vocacional. Últimamente lo que se lleva es el centrismo, pues venden centrismo, con un toque de ecologismo, no mucho, que también se lleva y una pizca de feminismo que hace bonito y así.

Otros sin embargo solo tienen una mercancía, una propuesta, la suya. Y, hecha la propuesta, el público decide si le interesa o no. Así, si tiene muchos compradores esa propuesta tendrá mucha presencia y si tiene pocos tendrá poca. Puede, este comerciante accidental, intentar mejorar la técnica de venta e incluso ampliar la oferta, digamos vender más clases de plantas para llegar a más público potencial y hacer viable el negocio, pero no cambiar el producto porque lo suyo no es la venta, es el producto.

En la feria electoral, como en la feria de la vida, yo me quedo con estos últimos. Más que nada porque los primeros pueden aprovechar tu voto para comprar la mercancía que venderán la próxima temporada que no tiene porqué ser la que a uno le gusta. 

Claro que uno no tiene alma de comerciante. Y el mundo es de los comerciantes. De los comerciantes vocacionales.

jueves, 17 de octubre de 2013

Consumismo




Leyendo el último libro de Fernando Villegas ("Villegas Presidente"), no he podido sino notar una cruda realidad que agobia a la sociedad actual a decir el consumismo.
¿Porqué el consumismo se ha apoderado de la sociedad actual? ¿No vivimos mejor que generaciones pasadas?¿No estamos accediendo a bienes que jamás imaginamos iban a estar a nuestro alcance?, bueno, precisamente por eso, no estar sumido en la pobreza sino saliendo de ella, lo que causa incomodidades e irritación. Al salir de la estrechez, todo cambia, no sólo hay mas energía y ambiciones, sino desde el peldaño mas elevado, se revelan nuevos panoramas.
El filósofo Erich Fromm, pronosticó una sociedad obsesionada por las posesiones. Él creía que los seres humanos tenían dos orientaciones básicas: tener y ser. Una persona con una orientación por buscar y adquirir cosas, y tener en propiedad incluso a las personas; pero una persona con una orientación que se base en la experiencia, que les confiera un sentido de intercambio, de participación y de compartir con otras personas. parece ser el mejor modo. 
Sin embargo, Fromm también predijo que en una cultura llevada por el comercialismo como en la que vivimos, está condenada a tener esas orientaciones. Lo que nos lleva a la insatisfacción y al vacío. Cuando consideras eso, en 1960, en América no había ningún tipo de almacenamiento público y hoy por hoy hay dos millones de metros cuadrados dedicados a ello, te hace pensar que tenía razón. Entonces, culpamos a la sociedad, es eso? El caso es que siempre habrá extremistas
Las cosas no tienen porque significarlo todo pero tampoco deben carecer de sentido. Hay un camino en el que podemos sentir y disfrutar la vida. Siempre y cuando no se conviertan en tu forma de vida.

miércoles, 10 de julio de 2013

La problemática sindical



Los sindicatos, al menos en los países avanzados, comparten la preocupación de las empresas por mantener la producción en marcha. Su motivación es diferente, pero el objetivo es el mismo. Para el fabricante, la producción es un medio de mantener sus utilidades; por eso quiere mantenerla. Los sindicatos desean lo mismo, para conservar a sus afiliados. De este modo, la organización sindical se ha convertido prácticamente en aliada de la patronal para el mantenimiento de este sistema de corrupción popular. Y cada una necesita de la otra, porque ambas se encuentran frente al mismo insoluble problema que afecta al capitalismo actual: el que, con las actuales fuerzas productivas, puede producirse lo suficiente para solventar las necesidades de toda la población, sin necesidad de que haya millones de dólares de ganancia ni millones de personas trabajando.

La filosofía de la "solidaridad eterna", sobre la que se edificó el movimiento obrero, parece estar hecha polvo. También está hecho polvo aquello de "Trabajadores del mundo, uníos". La actitud del movimiento sindical organizado en países como Chile es, en esencia, la misma que los ocupados observan en general hacia los cesantes dentro del propio país. Se les puede arrojar un hueso de vez en cuando, pero si lograran realizar algún progreso positivo, se convertirían en una amenaza para los que aún mantienen sus empleos. El sindicalismo organizado, por ejemplo, suele oponerse a las importaciones extranjeras, al desarrollo independiente de la economía de los países subdesarrollados, a las presiones de su propio gobierno tendiente a impedir cualquier política proteccionista de aquéllos, y está dispuesto a actuar incluso como fuerza contrarrevolucionaria frente a cualquier cambio de tipo revolucionario que se opere en un país subdesarrollado.

Los funcionarios del gobierno, los dirigentes sindicales, y los profesionales universitarios a los que los primeros contratan para valerse de su capacidad mental, dedican gran parte de sus esfuerzos a la búsqueda de planes que permitan la ocupación plena. Pero cualesquiera sean los planes que elaboren, se trate de la semana de 30 horas, de nuevos y mejores planes de reciclaje o de enormes proyectos de obras públicas, están colocados en un callejón sin salida. La sociedad toda marcha hacia la plena desocupación, y no hacia la plena ocupación.


Y es que quizá vaya siendo hora de reinterpretar la antigua referencia a "los lirios del campo", que ni hilan ni trabajan...