domingo, 4 de octubre de 2026

La vida sigue (y no te pidió permiso)


Se acabó la conversación y no quedó nada por decir. No hubo escándalo. Hubo dos posiciones que dejaron de caber en la misma pieza, y un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Esa noche no dormí bien. Me quedé mirando el techo como si ahí estuviera la explicación. No estaba. El techo nunca la tiene.

Y en la mañana, el sol salió igual. Ese es el insulto más grande de la vida: que no se detiene ni cinco minutos a respetar tu duelo. El bus parte, el turno empieza, alguien pide que firmes un papel. Tu mundo se hizo pedazos y la faena exige puntualidad.

Aquí en el desierto no hay dónde esconderse. No hay árboles donde apoyar la pena, ni multitud donde perderse. Estás tú, el viento y el cerro. Y el cerro no consuela, pero tampoco miente. Te enseña que lo que pasó, pasó, que por mucho que lo rumies no se reescribe, y que seguir parado ahí mirando el horizonte no lo va a traer de vuelta.

Me dolió. Dolió en el pecho, en el estómago, en esa parte del cuerpo que no tiene nombre. No voy a decir que no, porque el que dice que no le duele es un mentiroso o está muerto. Pero también aprendí que el dolor tiene fecha de vencimiento si uno no lo alimenta. Si lo sacas a pasear cada día, se vuelve mascota. Si lo dejas con hambre, se va.

Tuve de todo: gente alrededor cuando había con qué, risas, noches largas. Después se fue casi todo. Y aquí sigo, de pie, un poco más flaco de ilusiones pero más liviano de cuentos.

No gané ni perdí. Eso es lo que nadie dice. Hay cosas que simplemente terminan, y la dignidad está en cerrarlas sin odio y sin arrastrarse. Con la espalda derecha.

Mañana habrá que levantarse otra vez. Sin heroísmo, sin frase bonita. Con los zapatos puestos y el termo lleno.

Porque la vida sigue. No porque yo lo decida, sino porque ella no sabe hacer otra cosa.

6 comentarios:

  1. Para mí, aceptar que una relación ha terminado sin buscar un culpable debe de ser una de las partes más difíciles. Culpar al otro quizá sea más fácil que reconocer que ya no se podía continuar, pero separarse sin convertirlo en enemigo evita añadir más dolor. No sé cuánto tarda en llegar la calma. Mientras llega, cumplir con cada día exige una fuerza que desde fuera no se ve.

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  2. Lo único bueno en toda esta tristeza es que no estás solo, ¡Tú sabes que no estás solo!
    ¡Te envío un abrazo y un beso desde lejos!

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  3. ¡Hola, querido Marcos! Qué lección de vida, de aplomo y de literatura madura y sincera nos dejas hoy desde la inmensidad de tu desierto.

    Tu texto pega directo en el pecho por su honestidad desnuda. Esa imagen de la vida continuando imperturbable, sin pedir permiso ni detenerse un instante ante la grieta de nuestros duelos cotidianos, retrata con una lucidez impecable la crudeza de la existencia. Nos recuerdas que la verdadera dignidad no reside en el dramatismo ni en la queja, sino en saber cerrar las etapas con la espalda recta, sin odio, dejando morir de hambre al dolor para volver a levantarse al día siguiente con el termo lleno y las botas puestas.

    Muchísimas gracias por traer a la plaza esta divagación tan valiente, tan humana y tan llena de verdad.

    Un abrazo

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  4. Si miro para atrás no puedo contar el número de personas imprescindibles que han ido desapareciendo de mi vida.
    Incluidas aquellas relaciones que parecían indestructibles.
    El tiempo no tiene piedad.
    También he aprendido que los humanos cambiamos día tras día y que a veces esos cambios no evolucionan en la misma dirección.
    No queda otra que aceptarlo y seguir caminando.

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  5. La resiliencia. Un día te levantas y los sentimientos que aún te oprimían la noche anterior se desvanecen; no sabes por qué, o quizá sí lo sabes, como tú dices: ya no les das alimento. Pero bueno; la resiliencia nos sorprende de todos modos, es la vida que sigue su curso, imperturbable. A + !

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  6. Momentos cruciales de los cuales nadie queda exento y que no sabemos de dónde, obtenemos la fuerza para mantenernos vivos
    Un fuerte abrazo.

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