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viernes, 16 de octubre de 2026

El telefono que se quedó



Hay objetos que dejan de ser objetos. No porque sean extraordinarios, sino porque terminan acumulando historias que ya no caben dentro de ellos.

Pienso en el teléfono de Cachiyuyo, una localidad casi detenida en medio del desierto de Atacama. En 1989 instalaron allí un teléfono público. Nada memorable: un aparato para que alguien pudiera hablar con alguien lejano. Entonces un comercial de televisión lo volvió símbolo nacional, y con una frase simple e inolvidable, «Aló, hijo... de Cachiyuyo, pues», dejó de ser solamente un teléfono.

Recibir una llamada allí no se parecía a recibir un mensaje en el celular. Si alguien preguntaba por una persona, había que salir a buscarla. El teléfono no estaba en el bolsillo de nadie: estaba en un lugar. Había que caminar hasta él bajo ese sol que no pide permiso, esperar, marcar, escuchar. La comunicación tenía una geografía, y quien ha vivido lejos de los suyos en este norte sabe que la distancia también se medía en pasos.

Quizás los objetos conservan algo de eso. Una mesa es solo una mesa, hasta que sobre ella se firma una despedida. Una libreta vieja es tinta y nombres, hasta que la abrimos y regresan voces que creíamos olvidadas.

Quizás ese teléfono acumuló algo. Voces de hijos que estaban lejos. Noticias familiares, buenas y otras que seguramente no lo fueron. Esperas, despedidas, silencios. Llamadas hechas sin motivo, solo para escuchar una voz conocida.

Hoy hablamos con alguien al otro lado del planeta mientras caminamos, manejamos por el desierto o esperamos un café. La distancia se encogió, pero tal vez perdimos la conciencia de que comunicarse era un pequeño acontecimiento.

Por eso me resulta curioso que aquel teléfono sobreviviera justo cuando desapareció la tecnología que lo hizo necesario. Los teléfonos públicos se fueron retirando de Chile;  para 2024 solo el de Cachiyuyo permaneció. Incluso cambiaron la cabina original. De alguna manera dejó de ser un objeto y pasó a ser una idea.

Ya no importa demasiado si todavía sirve para llamar. Lo importante es lo que alguna vez pasó por sus circuitos: las voces, la espera, la esperanza de que alguien contestara.

Tal vez los objetos no tengan memoria. Pero nosotros se la dejamos.

Como ese teléfono perdido en el desierto, que alguna vez sonó y, al otro lado, encontró a alguien dispuesto a contestar.

Y eso, quizá, sea suficiente para que una cosa deje de ser solamente una cosa.

Yo estuve allí. No fui por nada importante, solo para llamar a mi madre, pararme frente a ese teléfono y como quien cumple una promesa con el desierto y decir: «de Cachiyuyo, pues».

De Cachiyuyo pues

domingo, 4 de octubre de 2026

La vida sigue (y no te pidió permiso)


Se acabó la conversación y no quedó nada por decir. No hubo escándalo. Hubo dos posiciones que dejaron de caber en la misma pieza, y un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Esa noche no dormí bien. Me quedé mirando el techo como si ahí estuviera la explicación. No estaba. El techo nunca la tiene.

Y en la mañana, el sol salió igual. Ese es el insulto más grande de la vida: que no se detiene ni cinco minutos a respetar tu duelo. El bus parte, el turno empieza, alguien pide que firmes un papel. Tu mundo se hizo pedazos y la faena exige puntualidad.

Aquí en el desierto no hay dónde esconderse. No hay árboles donde apoyar la pena, ni multitud donde perderse. Estás tú, el viento y el cerro. Y el cerro no consuela, pero tampoco miente. Te enseña que lo que pasó, pasó, que por mucho que lo rumies no se reescribe, y que seguir parado ahí mirando el horizonte no lo va a traer de vuelta.

Me dolió. Dolió en el pecho, en el estómago, en esa parte del cuerpo que no tiene nombre. No voy a decir que no, porque el que dice que no le duele es un mentiroso o está muerto. Pero también aprendí que el dolor tiene fecha de vencimiento si uno no lo alimenta. Si lo sacas a pasear cada día, se vuelve mascota. Si lo dejas con hambre, se va.

Tuve de todo: gente alrededor cuando había con qué, risas, noches largas. Después se fue casi todo. Y aquí sigo, de pie, un poco más flaco de ilusiones pero más liviano de cuentos.

No gané ni perdí. Eso es lo que nadie dice. Hay cosas que simplemente terminan, y la dignidad está en cerrarlas sin odio y sin arrastrarse. Con la espalda derecha.

Mañana habrá que levantarse otra vez. Sin heroísmo, sin frase bonita. Con los zapatos puestos y el termo lleno.

Porque la vida sigue. No porque yo lo decida, sino porque ella no sabe hacer otra cosa.

lunes, 24 de agosto de 2026

Bienvenidos a Taltal



Taltal está hermoso estos dias

Lejos de los tópicos y las frases ya gastadas, Taltal se ofrece entero a los sentidos. Basta subir un poco por los cerros para que el desierto, despues de las lluvias este año, ese que parecía eterno en su color de tierra, se llene de manchas moradas y blancas: las primeras flores del desierto florido, tercas, minúsculas, abriéndose donde nadie esperaba que floreciera nada. La luz de la tarde, perezosa, baja por la ladera y enciende el pueblo de un amarillo que solo existe aquí, entre el cerro pelado y el mar.

El aire tiene memoria propia. Huele a sal y a alga seca en el muelle, a leña junto a las casas de madera que todavía cuentan los años del salitre. La camanchaca sube desde el mar hacia el atardecer, envolviendo por un rato los techos de zinc, y cuando se va deja un fresco distinto, casi limpio. Hasta las calles de tierra, se diría, empiezan a oler distinto cuando cae el sol.

El pueblo ya sabe que el invierno termina. Los botes vuelven cargados al puerto, los pelícanos se acomodan sobre los pilotes viejos del muelle, y la gente sale a las veredas a mirar el mar como quien mira algo que nunca deja de sorprenderla. Hay pescado frito recién sacado, cerveza fría en algún bar de siempre, conversaciones que suben y bajan de tono sin apuro. Lo que importa es vivir la calle, y en Taltal eso se hace mirando al agua.

Se oyen conversaciones, risas, gaviotas. Se oye, en una palabra, vida.

Y luego está el cerro, silencioso, mirando hacia abajo el trazado irregular de las casas y el puerto que las sostiene a todas. Desde ahí, junto a un amigo, el ruido se apaga y queda solo el silencio perfecto del desierto que empieza justo donde termina el último techo.

Las manos también recorren este lugar. La flor del desierto, apenas tocada, deja en ellas un polvo fino, casi imposible; la madera vieja de las casas del muelle guarda algo parecido a la memoria. Se tocan cactus copao, redes de pescadores, perros sin dueño que conocen cada esquina, troncos de palmeras salados que el mar ha ido puliendo con los años.

Al atardecer, cuando se baja hacia el puerto —solo, acompañado de un francés que visita, da igual— queda claro lo mismo de siempre, dicho de la manera más simple posible:

Taltal está hermoso estos días. 

miércoles, 15 de julio de 2026

Un banco de tiempo


"Time in a Bottle" no habla de detener el tiempo, sino de la impotencia de saber que nunca alcanzará para vivir todo lo que amamos. Fernando Ubiergo, desde otra orilla, cantó algo parecido: el tiempo guarda en sus bastillas —en sus dobladillos, en sus pliegues— las cosas que el hombre olvidó, lo que nadie escribió. No lo importante, sino lo descartado. El resto de la historia.

Si cambiamos la premisa —no guardar tiempo, sino aprovisionarlo— aparece algo más interesante. No podemos embotellar horas como quien llena un bidón de agua. El tiempo no es una sustancia; es una forma vacía que solo se llena con lo que ponemos dentro. Y eso sí puede guardarse: los recuerdos, las conversaciones, las fotografías, las cartas, los diarios, el aroma que devuelve una infancia entera, una receta familiar, una canción que resucita por tres minutos a alguien que ya no está.

La verdadera provisión de tiempo, entonces, no consiste en acumular años sino en construir una reserva de humanidad. Hay quienes viven ochenta años y dejan apenas sedimento. Otros, en pocas décadas, levantan un patrimonio emocional que sigue alimentando a quienes los sobreviven, como un yacimiento que no se agota con el uso.

Cada libro leído es quizás una hora rescatada. Cada fotografía revelada, un minuto arrancado al olvido. Cada historia contada a un nieto, un depósito en un banco donde no existe la inflación —porque lo que ahí se guarda no pierde valor con los años; al contrario, lo gana.

Y entonces la botella cambia de naturaleza: ya no contiene tiempo, contiene la llave para volver a él. El tiempo no se detiene ni se guarda; solo deja pliegues, dobladillos, bastillas donde caben las sobras del olvido. La memoria es la única tecnología que la humanidad ha inventado para leerlas, para desobedecer por un instante al reloj sin romperlo.

Quizás la fantasía más hermosa no sea despertar con mil años por delante, sino abrir una caja vieja, encontrar una carta amarillenta, escuchar una melodía casi olvidada, y sentir —durante unos segundos, obediente por una vez— que el tiempo ha decidido regresar.

jueves, 11 de julio de 2013

¿Deprimido?...¡Tengo la cura!


Hoy me encuentro deprimido.No sé realmente cual es la fuente de mi depresión, pero me encanta. Me permite ver las cosas desde un punto de vista totalmente diferente al usual. Me permite darme cuenta que todo es un vano esfuerzo tras el viento y que la carrera no le pertenece al veloz, ni la batalla al fuerte, porque el suceso imprevisto le acaece a todos por igual. Y esta se hace aún más significativa cuando empiezo a recordar los momentos felices en medio de este de dolor, como lo dijera Dante.......ah! que nostálgico me siento, la verdad que me satisface tanto que casi me cura la depresión. Por eso, antes de que se me pase este bello estado de melancolía y dolor, quiero compartir con uds. un poema de Petrarca. Y que ninguno me argumente que la depresión no tiene sus méritos, porque si los tiene. En realidad, sin ella no podríamos disfrutar de los destellos de felicidad que a veces,creemos poseer!! ¿Cómo más podríamos conocer el contraste y la diferencia?
 Pienso patentar este repentino descubrimiento para curar la depresión o quizá lo suba a "youtube" y gane millones...


¿PARA QUE?

"Empezar vacilantes (¿Que mañana?) el camino.
Ir a tientas subiendo en continuo esperar.
Tropezar, levantarse para
de nuevo tropezar. Siempre por ruta
incierta, con caminar mohino.

Sere víctima de todo. Ser juguete del sino. Creer
siempre al principio, y siempre al fin dudar.
¡Luchar! ¡Luchar sin trégua y rara vez triunfar!
!Esclavos del ocaso, peleles del destino!

Al fin, ya recorridos dos tercios de jornada, ver
que nada se puede, que no se sabe nada, y
cada vez más torpes continuar la ruta...
Hasta que al fin vencidos. el débil como el fuerte
dar, tras inútil vida, en más, inútil muerte...
Santo o demonio al cabo, ¡Un vaso de cicuta!

Petrarca

jueves, 21 de abril de 2011

Comics

Todos los dias encontramos algun pretexto para la nostalgia, este último ha sido para mi el comic calvin y hobbes , un comic ni para presumir, pero me ha recordado cuando años atras, en la era preinternet cuando aun leía  (créanlo!!!) ... más por limitantes técnicos que por nececidades creativas los pasatiempos de la prensa escrita ofrecía entretenimiento en poco mas que unas cuantas hojas de papel dibujadas y eso es precisamente lo que vuelve a plantear la pregunta ¿cual es el objetivo de un comic? ¿reproducir la realidad o divertir? ... lo reconozco, sigo enganchado de los comics y creo que aun les queda para rato...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Llovisna



El verano es un collar de fragancias de muchas cosas comunes: acacias que florecen en diminutos ramilletes, lirios silvestres, quebrachos en flor, incluso cactus que anuncian con su delicado aroma los frutos antes de que estos aparezcan. Hay hojas que podemos oler con placer, manzanillas, yerba luisa, y cedrón. También uvas tempranas o sandía, cuya corteza cruje al abrirla con un cuchillo y el aroma a frescura sale a nuestro encuentro.
Pero uno de los mejores olores veraniegos no es el de las flores, ni de las frutas, ni de las hojas; es el olor a la lluvia, cuando los primeros goterones caen lentamente en la agradecida tierra o sobre las secas y calcinadas piedras. Si la paz tiene fragancia es el de la llovizna veraniega.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Te ví



Te lo digo francamente. Verte ayer frente a la catedral me dolió. Acúsame si quieres de sentimentaloide, pero...reviví tu uñas clavadas en mi espalda, tus ojos sonriéndome cómplices, tus piernas desquiciadas marcando el ritmo a Santana, tus glúteos pugnando por romper esos pantalones rojos, tu rostro concentrado discutiéndole a Gramsci, tu pubis atrapado en mi lengua torpe. Por eso, al pasar ayer frente a ese grupo de mujeres tristes, me dolió verte en una fotografía, prendida en el pecho de tu madre.


Juan Gajardo / Valparaíso

miércoles, 7 de octubre de 2009

¡Que tiempos aquellos!...



Jamás soporté la nostalgia de los ochenta (principalmente debido a que considero que más que una época de evolución, fué una época de estancamiento en la especie humana debido principalmente a los peinados) pero al menos tenian cierta lógica. Pasaron hace tiempo y eso hace que alguien quiera volver a sentirse, como cuando podia respirar sin necesidad de una empresa apoyándolo. Hubo un proceso de alejamiento de esas costumbres, que logró que diez años mas tarde solo y orinandose en sus propios pantalones, el sujeto haya decidido comprar un ticket para entrar en una fiesta donde podía escuchar tanto música ochentera, como efectos especiales con balazos de la época y ai sentirse en su hogar. Es absurdo, pero funciona y seguramente hizo millonarios a muchos tipos que jamás vivieron esos tiroteos. El asunto es que ahora la nostalgia ni siquiera se hace esperar y pareciese que todos los dias estuviésemos organizandonos para hacernos creer que hace veinte minutos, la vida era mucho mejor. Está repletándose por todos lados de grupos de facebook hechos por gente de 17 años diciendo: "yo también veía Barney, el dinosaurio cuando era niño" y añorando tiempos mejores que aún pueden ver en la tv cable...¡Faltaba más!si ya puedo leer fraces como estas:-"Antes hacíamos páginas web sin necesidad de internet, las haciamos a mano"-"Yo a tu edad tenía que caminar kilómetros y kilómetros descalzo para postear en facebook"-"Las cosas están muy cambiadas , en mis tiempos, sólo los papás podían twittear en la mesa -"En mi época el youtube era en blanco y negro y sólo había una casa en el barrio que lo tenía y los vecinos se juntaban a verlo"

domingo, 4 de octubre de 2009

Decadencia



Acabo de descubrir que las agencias de modelos ya no hacen casting. Quizá sólo por saciar mi curiosidad, respondí a un anuncio que solicitaba modelos; una voz un tanto apurada me contestó del otro lado de la línea telefónica, preguntó mi edad y dijo que enviara mi fotografía a cierta dirección electrónica. Sin dar tiempo a que yo averiguara si el empleo podía ser de mi interés, la voz de la chica soltó un maquinal "estamos a sus órdenes" y cortó la comunicación. Que triste es volverse viejo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Mouse

Douglas Engelbart, académico del Instituto de Investigación de la Universidad de Stanford, aspiraba a que los computadores se convirtieran en máquinas eficientes y productivas que ayudaran a las personas en sus tareas cotidianas y complejas. Tras esta idea pensó que los seres humanos deberían interactuar con la información contenida en el PC usando algún dispositivo que moviera un cursor en la pantalla, en una aplicación que se denominó point and clik y esa operación debía ser rápida, “volando” sobre la pantalla, como la extensión de la mano, una forma de “tocar” esos bites que llenaban el PC.
De ahí al mouse, había sólo un paso.
Luego de cinco años de pruebas, de innumerables fallas, el prototipo estaba listo, y fue presentado en sociedad, en lo que sería conocida como “la madre de todas las presentaciones”
El primero era de madera y tenía un solo botón y su primera gracia fue marcar un texto, moverlo, copiarlo y pegarlo. Era el 9 de diciembre de 1968 y el Doctor Engelbart y su equipo confiaban en su invención para impresionar a los mil asistentes de la Fail Joint computer realizada en San Francisco, California, que miraban curiosos esa cajita unida a un cable al computador, en un sistema que entonces se llamó NLS, el resto de la historia la hemos escrito (más bien cliqueado) todos nosotros.


jueves, 10 de septiembre de 2009

Extrañar


Hoy extrañé a mi abuelo. Muy probablemente a ninguno de ustedes les importe si lo he extrañado, pero hay o había gente a la que siempre le importaba que uno extrañara a alguien... quizá por eso extrañé a mi abuelo el día de hoy.