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lunes, 24 de agosto de 2026

Bienvenidos a Taltal



Taltal está hermoso estos dias

Lejos de los tópicos y las frases ya gastadas, Taltal se ofrece entero a los sentidos. Basta subir un poco por los cerros para que el desierto, despues de las lluvias este año, ese que parecía eterno en su color de tierra, se llene de manchas moradas y blancas: las primeras flores del desierto florido, tercas, minúsculas, abriéndose donde nadie esperaba que floreciera nada. La luz de la tarde, perezosa, baja por la ladera y enciende el pueblo de un amarillo que solo existe aquí, entre el cerro pelado y el mar.

El aire tiene memoria propia. Huele a sal y a alga seca en el muelle, a leña junto a las casas de madera que todavía cuentan los años del salitre. La camanchaca sube desde el mar hacia el atardecer, envolviendo por un rato los techos de zinc, y cuando se va deja un fresco distinto, casi limpio. Hasta las calles de tierra, se diría, empiezan a oler distinto cuando cae el sol.

El pueblo ya sabe que el invierno termina. Los botes vuelven cargados al puerto, los pelícanos se acomodan sobre los pilotes viejos del muelle, y la gente sale a las veredas a mirar el mar como quien mira algo que nunca deja de sorprenderla. Hay pescado frito recién sacado, cerveza fría en algún bar de siempre, conversaciones que suben y bajan de tono sin apuro. Lo que importa es vivir la calle, y en Taltal eso se hace mirando al agua.

Se oyen conversaciones, risas, gaviotas. Se oye, en una palabra, vida.

Y luego está el cerro, silencioso, mirando hacia abajo el trazado irregular de las casas y el puerto que las sostiene a todas. Desde ahí, junto a un amigo, el ruido se apaga y queda solo el silencio perfecto del desierto que empieza justo donde termina el último techo.

Las manos también recorren este lugar. La flor del desierto, apenas tocada, deja en ellas un polvo fino, casi imposible; la madera vieja de las casas del muelle guarda algo parecido a la memoria. Se tocan cactus copao, redes de pescadores, perros sin dueño que conocen cada esquina, troncos de palmeras salados que el mar ha ido puliendo con los años.

Al atardecer, cuando se baja hacia el puerto —solo, acompañado de un francés que visita, da igual— queda claro lo mismo de siempre, dicho de la manera más simple posible:

Taltal está hermoso estos días. 

sábado, 18 de abril de 2026

Mar hondo: cuando el mar no es paisaje, sino destino


En “Mar hondo” (1949) de Zady Zañartu no hay aventura ni épica fácil. El mar no aparece como horizonte de libertad, sino como una condición que se impone. Leído hoy desde la figura del pescador artesanal —heredero de la cultura changa— el cuento se vuelve aún más concreto: no habla de un pasado lejano, sino de una continuidad.

Ese pescador no enfrenta solo el oleaje. Enfrenta cuotas, vedas, intermediarios, combustible caro, y un ecosistema cada vez más presionado. Pero el núcleo no cambia: el mar sigue siendo una fuerza que no se controla. Se conoce, se respeta, se intuye… pero nunca se domina. En eso, Zañartu es precisa: sus personajes no conquistan nada, apenas resisten. Y esa resistencia no es heroica, es cotidiana.

Ahí está el punto más incómodo del cuento. La experiencia —años en el mar, saber leer el viento, entender las corrientes— no garantiza resultado. Puedes hacer todo “bien” y aun así volver con las redes vacías, o no volver. Esa lógica sigue operando hoy, aunque cambien las condiciones. La incertidumbre no desaparece, solo se transforma.

En esa línea, Zañartu se acerca al criollismo de Mariano Latorre, pero sin dejar espacio para consuelo narrativo. El entorno no acompaña, determina. Y cuando se mira desde el presente, el “mar hondo” ya no es solo profundidad física: es también un sistema donde el margen de decisión es limitado. El pescador artesanal no elige en abstracto; decide dentro de restricciones que no controla.

Por eso el cuento sigue funcionando. No porque describa bien el mar —que lo hace— sino porque captura una relación: la de alguien que vive de un medio que nunca le ha pertenecido. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa tanto al relato como al presente: cuánto de esa vida es realmente elección, y cuánto es, simplemente, aprender a no hundirse en un mar que cambió de forma, pero no de lógica.