lunes, 31 de agosto de 2026

El puente como posibilidad


Aquí en Copiapó el agua es casi una visita inesperada. Y cuando llueve con cierta intensidad, vuelve una escena conocida: los vados se llenan, el paso se corta, la ciudad se detiene en ciertos puntos como si el desierto recordara, de golpe, que también sabe ser río.

Ahí aparece el puente. No elimina el obstáculo ni cambia su naturaleza. Hace algo más modesto y más importante: inventa una manera de cruzarlo.

Llevamos milenios haciendo esto. Troncos sobre el agua, piedras dispuestas con cuidado, después madera, hierro, acero, hormigón. La técnica cambió, pero el propósito siguió siendo el mismo: conectar dos lugares que estaban separados. Un puente, en el fondo, no es una estructura. Es una idea: que la separación no tiene por qué ser definitiva.

Pero hay otro tipo de distancia que ningún ingeniero mide con una cinta métrica. La que se abre entre una generación y otra. Entre dos personas que dejaron de hablarse. Entre lo que sabemos y lo que todavía no aprendimos.

Para esas distancias también hacen falta puentes, y algunas personas terminan ocupando ese lugar sin proponérselo demasiado. Conocen las historias de los abuelos y entienden el lenguaje de los nietos. Traducen. Explican. Acercan. A veces son padres que sostienen una memoria familiar que de otro modo se perdería. A veces son, simplemente, quienes han vivido lo suficiente para habitar dos mundos a la vez.

Pero ser puente tiene un costo. Un puente soporta peso, y pocas veces alguien se detiene a preguntarle cuánto pesa lo que sostiene. No pertenece del todo a ninguna orilla; solo permite que las orillas se comuniquen.

No todos los puentes son de hormigón. Algunos están hechos de palabras, de memoria, de paciencia. Y son frágiles: una mentira puede quebrarlos, el orgullo puede impedir que alguien vuelva a cruzarlos. El acero se calcula. La confianza, no.

Cruzamos puentes pensando en llegar al otro lado, casi nunca en la estructura que hace posible ese viaje. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén ahí, conectando, explicando, perdonando. Hasta que un día el puente deja de estar.

Y ahí entendemos, tarde, cuánto dependíamos de él.

sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.

jueves, 27 de agosto de 2026

Del aura y otras tolerancias



Hay una pregunta que cuanto más la miro, menos tolerante me resulta: ¿hay que tolerarlo todo?

No hablo de la vida privada, sino de esa tolerancia que hemos vuelto reflejo automático, como si mirar para el lado fuera siempre la postura correcta. Pensemos en los therians —quienes se identifican con animales no humanos y lo expresan en su apariencia o su conducta—. Puede resultarnos extraño. Pero si no hay daño a terceros, ¿por qué tendría que ser un problema?

Ahí la tolerancia funciona sin esfuerzo.

Lo que empieza a incomodarme es otra cosa: hemos confundido respetar a las personas con respetar cualquier cosa hecha en su nombre. Puedo defender tu derecho a creer algo sin estar obligado a creerlo yo también. La rareza no es peligrosa por sí sola. Pero tampoco toda identidad queda, por el solo hecho de nombrarse así, fuera de la crítica.

Y mientras discutimos esto, internet convirtió el carisma en videojuego. Farmear aura: acumular puntos imaginarios de presencia o estilo, conseguir que alguien piense «ese tipo tiene aura». Es una broma, sí, pero también una radiografía. Ya no basta con ser; hay que conseguir que te perciban siendo. La identidad necesita público. Hasta la indiferencia, bien actuada, es una pose.

Por eso la tolerancia se ha vuelto un ejercicio más difícil de lo que parece: cada uno construye y exhibe su identidad en tiempo real, y juzgar cualquier cosa se lee como intolerancia.

No creo que la respuesta sea tolerarlo todo. Tampoco rechazar lo que nos resulta ajeno. El criterio debería ser más simple: ¿hay daño?, ¿hay imposición sobre otro? Una sociedad que no soporta al excéntrico termina uniformando a todos. Pero tolerar no es renunciar a pensar.

Puedo respetarte y estar en desacuerdo contigo. Puedo defender tu forma de vivir sin considerar acertada cada decisión que tomas. Puedo aceptar la diferencia sin transformarla en verdad universal.

Quizás la tolerancia real no sea decir «todo vale», sino algo más difícil: convivir con lo que no nos gusta sin dejar de pensarlo críticamente.

Y en un mundo obsesionado con likes, seguidores y aura, conservar esa capacidad de pensar sin pedir permiso —ni aplausos— puede ser, tal vez, una de las formas más honestas de libertad.

lunes, 24 de agosto de 2026

Bienvenidos a Taltal



Taltal está hermoso estos dias

Lejos de los tópicos y las frases ya gastadas, Taltal se ofrece entero a los sentidos. Basta subir un poco por los cerros para que el desierto, despues de las lluvias este año, ese que parecía eterno en su color de tierra, se llene de manchas moradas y blancas: las primeras flores del desierto florido, tercas, minúsculas, abriéndose donde nadie esperaba que floreciera nada. La luz de la tarde, perezosa, baja por la ladera y enciende el pueblo de un amarillo que solo existe aquí, entre el cerro pelado y el mar.

El aire tiene memoria propia. Huele a sal y a alga seca en el muelle, a leña junto a las casas de madera que todavía cuentan los años del salitre. La camanchaca sube desde el mar hacia el atardecer, envolviendo por un rato los techos de zinc, y cuando se va deja un fresco distinto, casi limpio. Hasta las calles de tierra, se diría, empiezan a oler distinto cuando cae el sol.

El pueblo ya sabe que el invierno termina. Los botes vuelven cargados al puerto, los pelícanos se acomodan sobre los pilotes viejos del muelle, y la gente sale a las veredas a mirar el mar como quien mira algo que nunca deja de sorprenderla. Hay pescado frito recién sacado, cerveza fría en algún bar de siempre, conversaciones que suben y bajan de tono sin apuro. Lo que importa es vivir la calle, y en Taltal eso se hace mirando al agua.

Se oyen conversaciones, risas, gaviotas. Se oye, en una palabra, vida.

Y luego está el cerro, silencioso, mirando hacia abajo el trazado irregular de las casas y el puerto que las sostiene a todas. Desde ahí, junto a un amigo, el ruido se apaga y queda solo el silencio perfecto del desierto que empieza justo donde termina el último techo.

Las manos también recorren este lugar. La flor del desierto, apenas tocada, deja en ellas un polvo fino, casi imposible; la madera vieja de las casas del muelle guarda algo parecido a la memoria. Se tocan cactus copao, redes de pescadores, perros sin dueño que conocen cada esquina, troncos de palmeras salados que el mar ha ido puliendo con los años.

Al atardecer, cuando se baja hacia el puerto —solo, acompañado de un francés que visita, da igual— queda claro lo mismo de siempre, dicho de la manera más simple posible:

Taltal está hermoso estos días. 

viernes, 21 de agosto de 2026

Lo que se esconde a la vista



Escribo esto sabiendo que la mayoría de quien lea este texto no va a detenerse a mirar cómo está construido, y eso, paradójicamente, es exactamente lo que lo hace funcionar. La esteganografía —a diferencia de la criptografía, que desafía abiertamente a ser descifrada— no pide atención: pide, más bien, distracción. Cuenta con que nadie sospeche que hay algo debajo. La pregunta que me interesa no es si el método es antiguo, que lo es —Heródoto ya hablaba de mensajes tatuados bajo el pelo de un esclavo, enviado a caminar kilómetros con la guerra escrita bajo el cuero cabelludo— sino si, al final, algo puede estar completamente a la vista y aun así permanecer invisible. Quizá.

La tinta invisible funciona con la misma lógica: jugo de limón sobre papel blanco, seco e ilegible hasta que alguien acerca la hoja al calor de una vela y las letras aparecen como si el fuego, no la mano, las hubiera escrito. Lo notable no es la tinta —hay decenas de sustancias que sirven igual— sino la certeza de que el soporte nunca cambia de aspecto para quien no sabe qué buscar. La hoja sigue pareciendo una hoja en blanco, o una carta cualquiera, y sin embargo aloja ya, desde el primer trazo, el mensaje.

Frente al desierto pasa algo parecido, aunque nadie lo haya diseñado así. Una veta, un camino salitrero, un pueblo fantasma: siguen ahí, expuestos al sol como cualquier otra piedra, y sin embargo la mayoría de quienes cruzan esa tierra no los ven, porque no saben exactamente qué mirar. El paisaje no esconde nada de manera deliberada, pero produce el mismo efecto que un mensaje cifrado: información completamente disponible que, para la mirada equivocada, no existió nunca.

Internet perfeccionó la técnica sin cambiarle el espíritu: hoy se puede alterar el último bit de cada píxel de una fotografía —ese dígito que decide si un rojo es 200 o 201, en una escala que ningún ojo humano distingue— y esconder ahí un archivo entero sin que la imagen cambie en absoluto para quien la mire de frente. El atardecer sigue siendo el atardecer. Pero dentro de esa textura que descartamos por irrelevante viaja, silencioso, algo que estuvo escondido.

No toda ocultación necesita tanta sofisticación, eso hay que decirlo. El microdot de la Segunda Guerra Mundial reducía una página entera al tamaño de un punto final —el puntito que cierra una oración— y lo pegaba sobre otro punto final cualquiera, en una carta de aspecto completamente doméstico. El contraespionaje aliado tardó años en sospechar de la puntuación. Nadie revisa la ortografía de una carta de amor buscando ahí una guerra. Se confía, quizá simplemente.

Ahora bien, esconder algo es también, siempre, una declaración sobre su valor. Lo que se cifra se protege con un candado a la vista; lo que se esconde se atesora de otra manera, con la esperanza silenciosa de que alguien, algún día, con la paciencia correcta, se tome el trabajo de mirar dos veces donde ya había mirado una. Puede que la distancia entre un secreto guardado y un secreto perdido no sea el tiempo, sino la atención: cuánto de lo que tuvimos delante no sabíamos.

Llegado a este punto, si algo de esto te resulta ligeramente insistente —la cadencia un poco forzada, ciertas palabras que sobran o riman de más al cierre de cada párrafo— confía en esa sospecha más que en mí. Vuelve arriba. Mira la primera letra de cada párrafo, de corrido. Y después, con la misma paciencia con que alguien acercaría una hoja al fuego, junta las últimas palabras de cada uno, en orden, y vas a encontrar la frase que este texto llevaba encima desde el principio, esperando a que alguien tuviera la curiosidad —o la desconfianza— de preguntarse cómo leerlo.

martes, 18 de agosto de 2026

«Usted está aquí»



Cuando mi pareja era estudiante, fue a conocer el recién inaugurado Mall del Trébol, en Concepción. Al entrar encontró uno de esos mapas que indican cómo llegar a las tiendas, los baños, las escaleras...

Y allí estaba la pequeña señal roja:

«Usted está aquí».

La miró sorprendida y preguntó:

—¿Y cómo saben?

Siempre me ha gustado esa anécdota. No solo porque es graciosa, sino porque contiene, sin proponérselo, esa pequeña pregunta filosófica: el mapa no sabe nada en realidad. Somos nosotros quienes completamos esa flecha con nuestra propia posición cuando la miramos. Sin ese lector, la señal roja es apenas tinta.

Nuestro GPS hace exactamente lo mismo, solo que con más disimulo. El teléfono no tiene, en rigor, ninguna certeza filosófica sobre nuestro lugar en el mundo: triangula señales de satélites, calcula distancias, y dibuja un punto azul. Pero el efecto es idéntico al del mapa del mall: nosotros somos, otra vez, el centro. Todo se organiza a partir del punto en que nos encontramos. Y quizá durante miles de años hicimos algo parecido con el universo entero.

Nuestro antiguo «GPS universal» situó a la Tierra en el centro del cosmos, inmóvil, con el sol y las estrellas girando a nuestro alrededor. Tenía sentido: así se ve el cielo desde donde estamos parados. El error no fue de observación, fue de perspectiva. Después Copérnico desplazó el centro hacia el Sol. Luego comprendimos que ese Sol era apenas una estrella entre cientos de miles de millones, y que nuestra galaxia tampoco ocupaba un lugar privilegiado. Cada descubrimiento movía un poco más aquella señal que decía «Usted está aquí».

Pero hay algo curioso, y es aquí donde vuelvo a mi pareja frente a aquel plano del mall: seguimos necesitando mapas centrados en nosotros. Seguimos diciendo «aquí» para poder orientarnos. Tal vez esa sea una de las pequeñas lecciones que nos ha dejado la ciencia: estar en el centro de nuestro mapa no significa estar en el centro del universo.

Y, sin embargo, cuando abrimos el GPS, ese pequeño punto azul vuelve a aparecer.

Nos mira en silencio y nos dice:

Usted está aquí.


sábado, 15 de agosto de 2026

Infinitivo traicionero


"Advertir además que, en este caso..." Fue un error, sí, pero no me habría detenido a pensarlo si alguien no me lo hubiera señalado con la RAE en mano. Ese gesto —la corrección exacta, la norma citada como quien exhibe una credencial— es lo que obliga a este post. Escribí, con el apuro de quien teclea más rápido de lo que piensa: "Advertir además que, en este caso...". Y ahí quedó la frase, coja, sin sujeto ni verbo conjugado, aunque con una forma verbal asomando entre las palabras como si eso bastara. No bastaba. Un infinitivo suelto no hace oración. En vano me expliqué a mí mismo que la frase pensada llevaba un introductor invisible —quiero advertir, debo advertir—, forma legítima donde el infinitivo cumple función de complemento directo. Lo que hubo fue una elipsis indebida, hija del apuro, y el apuro no absuelve al solecismo.

Lo curioso fue adónde me llevó, después, preguntarme qué había querido decir en realidad. Lo usual, en construcciones como esa, es que el hablante busque el imperativo plural: Advertid. Y ahí aparece algo que a los chilenos nos delata con cariño: abominamos las consonantes finales sordas. Decimos reló, coñá, interné. En la escritura, donde el oído ya no vigila, terminamos confundiendo el final de advertir con el de advertid —dos consonantes de funciones distintas que en la boca del norte grande suenan igual de apagadas. El error, a veces, es solo la fonética delatando por escrito lo que la lengua ya hacía en secreto.

Pero divago, porque en el fondo quería defender el infinitivo mismo: esa forma que no es tiempo ni persona, apenas el gesto puro del verbo antes de comprometerse con un sujeto. No creo que suplante al imperativo en manuales e instrucciones; no es una orden disfrazada. "Doblar el papel por el medio" no manda nada, muestra el significado desnudo del verbo, anterior a cualquier mandato.

Ahí está su ventaja: la impersonalidad. Sin dueño, sin fecha. Al describir estados comunes de la existencia adquiere algo universal que el imperativo, siempre dirigido a un tú, no alcanza. Por eso las sentencias sobre las grandezas y miserias del hombre prefieren el infinitivo: no le hablan a nadie en particular, le hablan a la especie. Y hay algo más: usado como licencia poética, al modo de las instrucciones, produce a menudo una frialdad instructiva que, aplicada a lo que no son instrucciones —el amor, la muerte, el desierto—, genera un contraste extraño y eficaz. "Partir. Volver nunca." Esas cosas.

Así que ahí quedó mi frase coja, corregida con la RAE en mano. Pero de tanto darle vueltas al error terminé encontrando una teoría entera sobre por qué el infinitivo sigue pareciéndome la forma más honesta del verbo: la única que no miente sobre quién habla, porque no promete hablarle a nadie.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Odio amoroso

 


Indiferente animal, las órdenes no le hacen mella. Una medida de su vitalidad es el brillo malicioso de su mirada cuando voltea la cabeza y me mira — apenas un segundo, lo justo para que sepa que me ha visto. Algo le impide someterse a mi voluntad, algo difícil de nombrar, como si la suya y la mía hubieran pactado ignorarse y sin embargo obstinadamente siguiéramos juntos. Inquina, resentimiento, desconfianza se entrelazan y remueven el aire que compartimos. Sé que su energía me es necesaria y nadie me lo ha dicho, pero es fácil adivinar el porqué. Ese odio amoroso es el que me nutre y a la vez me libera. Indiferente, abro el libro donde lo dejé la última vez y finjo no notarlo.

domingo, 9 de agosto de 2026

La tragedia olvidada


Hay una asimetría curiosa en cómo la memoria colectiva distribuye el horror. Hiroshima se volvió símbolo. Nagasaki, en cambio, quedó como una posdata, como si el segundo horror pesara menos por haber llegado tres días tarde.

 Lo más trágico para sus habitantes, es que Nagasaki no era el objetivo original. El blanco inicial era la ciudad de Kokura, pero las nubes y el humo dificultaron la visibilidad. Una decisión tomada en minutos cambió el destino de cientos de miles de personas. La historia de una ciudad quedó escrita por el clima  del 9 agosto de 1945, una bomba de plutonio cayó sobre una ciudad llena de gente haciendo cosas ordinarias: madres preparando el almuerzo, niños jugando sin saber que esa mañana no iba a terminar como todas las demás, ancianos que habían sobrevivido años de guerra para toparse, en un segundo, con una muerte imposible de imaginar. 

Ese es el rasgo más perturbador de las armas de destrucción masiva: no eligen. No hay puntería moral, solo un radio de alcance. El soldado y el recién nacido caen bajo la misma indiferencia, y la dignidad humana se reduce, de un plumazo, a una cifra.

Se ha dicho que esas bombas aceleraron el fin de la guerra, que evitaron una invasión que habría costado más vidas todavía. Es un debate legítimo que probablemente nunca cierre del todo. Pero incluso concediendo esa hipótesis, queda una pregunta indignante: ¿puede una civilización llamarse defensora de lo humano mientras conserva la aniquilación indiscriminada como herramienta aceptable?

Nagasaki obliga a mirar esa grieta de frente. La técnica llegó a un punto casi divino de capacidad destructiva, mientras la ética se quedó varios pasos atrás. Hemos perfeccionado infinitamente más la forma de matarnos que el arte, mucho más difícil, de convivir.

Por eso recordar Nagasaki no es reabrir heridas viejas, sino impedir que la costumbre anestesie lo que debería seguir doliendo. El peligro real empieza cuando dejamos de estremecernos ante la idea de que una ciudad pueda desaparecer con solo apretar un botón. Mientras existan armas cuyo único propósito sea exterminar poblaciones enteras, la civilización sigue parada sobre un suelo mucho más frágil de lo que le gusta creer.

jueves, 6 de agosto de 2026

Vernos sin filtro


Hace poco en mi país, dos parvularias se perdieron en el Cajón del Maipo. Un temporal las dejó aisladas casi una semana en un refugio de montaña, junto a un tercer excursionista, mientras Carabineros y PDI montaban un operativo de búsqueda con lo único que tenían a mano: sus fotos de Instagram. Cuando finalmente las encontraron, con vida, exhaustas, el rostro hinchado por el frío, algo no calzaba. Las imágenes que circularon en redes durante la búsqueda —pómulos marcados, piel tersa, mirada editada hasta la perfección— no se parecían casi en nada a las mujeres que subieron al helicóptero. El país entero hizo un chiste con eso, memes, caricaturas. Yo  me sorprendí, un poco. Pero después me quedé pensando en otra cosa, menos graciosa.

No es un problema del norte, aunque yo escriba siempre desde acá, desde este desierto donde el paisaje no tiene cómo mentir. Es un problema más ancho, transversal, que atraviesa cualquier ciudad y cualquier feed: hemos llegado a un punto en que la cara editada es más reconocible socialmente que la cara real. No hablo solo de vanidad —eso sería fácil de descartar, cualquiera quiere verse mejor en una foto— sino de algo más raro: una suerte de disociación entre el cuerpo que uno habita y la imagen que uno administra. Dos identidades paralelas que dejaron de tocarse.

Lo pienso en términos casi clínicos, aunque no soy quién para diagnosticar nada. Pero hay algo del orden de lo disocial en construir, sostener y defender una versión de uno mismo que el propio cuerpo ya no puede confirmar. Cuando el filtro deja de ser un retoque ocasional y se vuelve la cara por defecto, el rostro real empieza a sentirse como un error, una versión sin corregir, algo que hay que disculpar o esconder. Y ahí el problema deja de ser estético. Se vuelve un problema de identidad: ¿quién es uno, la persona que camina por la calle o la que existe en el scroll de los demás?

Se podría decir, con algo de ironía, que estas dos parvularias fueron encontradas dos veces: primero por Carabineros, en la montaña, y después por el país entero, que las reconoció como personas reales recién cuando el filtro dejó de estar disponible. El frío hizo lo que ninguna autocrítica había hecho antes: las devolvió a su cara.

No tengo una salida ordenada para esto, y prefiero no fingir que la tengo. Lo que sí creo es que hay una diferencia entre mostrarse —que siempre implica elegir un ángulo, una luz, un momento— y borrarse, que es lo que pasa cuando la edición ya no elige sino que sustituye. Uno puede vivir años sin notar la diferencia, hasta que aparece una emergencia real, un rescate, una urgencia donde la imagen tiene que servir para algo más que gustar: tiene que servir para ser encontrado. Y ahí, cuando la vida depende de que te reconozcan, el filtro se vuelve una forma silenciosa de desaparición.

Quizás aprender a vernos sin filtro no sea un ejercicio de autoestima, como se suele vender, sino algo más simple y más cotidiano : mantener una cara que, en caso de necesidad, alguien pueda usar para encontrarnos.

O quizás y sólo quizás la mayor revolución de esta época no sea desarrollar mejores filtros, sino aprender a vivir sin ellos. Porque la autenticidad siempre será más difícil de conseguir que una imagen perfecta, pero también será infinitamente más valiosa.

lunes, 3 de agosto de 2026

El lenguaje exitoso


Hace unos días vi un sketch del canal Doblao  https://www.youtube.com/watch?v=eh2QA6mt6RQ

Una oficina entera que parece haber olvidado que el español existe: nadie tiene una reunión, todos van a un meeting; nadie pide una opinión, solicita feedback. Cuando alguien pregunta por qué no hablan simplemente en español, le responden:

—Así hablan los exitosos.

Me reí. Después dejé de reír, que es lo que pasa con las buenas parodias: no inventan nada, solo empujan un poco más allá algo que ya estaba ahí.

Llevo años en terreno, entre camionetas y AST, y el fenómeno tampoco es exclusivo de Santiago. Aquí también se habla de kick off mientras se coordina el turno y un housekeeping al termino de turno. El norte no está exento de la moda; solo la usa con menos disimulo.

Y cuanto más lo pienso, menos me parece un problema de idioma. Es un problema de uniformes. Cada época tiene el suyo: el latín de los letrados, el francés de los salones, el inglés corporativo de hoy. No porque siempre haga falta, sino porque funciona como una credencial que no hay que mostrar, solo pronunciar. Ahí caemos en la trampa de siempre: confundir el símbolo con la esencia, como si una bata blanca convirtiera a alguien en médico.

Un ingeniero no levanta un puente porque diga benchmark. El oficio sigue estando en las manos, no en el vocabulario que lo rodea.

Lo más lúcido del sketch (... Sketch, jeje una escena comica) es una pregunta, hecha con la inocencia de quien aún no aprende las reglas del juego:

—¿Por qué no dice "opinión" en vez de feedback?

Esa pregunta desarma todo el edificio. Obliga a distinguir entre usar una palabra porque nombra mejor algo, o porque suena más importante. Lo primero afina el lenguaje; lo segundo lo vacía. Y esa pobreza no tiene que ver con los anglicismos, sino con dejar de llamar a las cosas por su nombre. No despedimos a nadie: "desvinculamos". No tenemos problemas: enfrentamos "desafíos". Las palabras funcionan como maquillaje: no cambian lo que hay debajo, solo lo vuelven presentable.

A los que realmente saben de su oficio les pasa lo contrario: mientras más entienden, más simple explican. No tienen nada que esconder detrás de la nube de tecnicismos. La claridad, bien mirado, es una forma de respeto hacia el que escucha.

El éxito nunca estuvo en pronunciar mejor las palabras de moda. Estuvo, y va a seguir estando, en hacer bien el trabajo. Lo demás, aunque venga en perfecto inglés, es solo ruido.