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viernes, 21 de agosto de 2026

Lo que se esconde a la vista



Escribo esto sabiendo que la mayoría de quien lea este texto no va a detenerse a mirar cómo está construido, y eso, paradójicamente, es exactamente lo que lo hace funcionar. La esteganografía —a diferencia de la criptografía, que desafía abiertamente a ser descifrada— no pide atención: pide, más bien, distracción. Cuenta con que nadie sospeche que hay algo debajo. La pregunta que me interesa no es si el método es antiguo, que lo es —Heródoto ya hablaba de mensajes tatuados bajo el pelo de un esclavo, enviado a caminar kilómetros con la guerra escrita bajo el cuero cabelludo— sino si, al final, algo puede estar completamente a la vista y aun así permanecer invisible. Quizá.

La tinta invisible funciona con la misma lógica: jugo de limón sobre papel blanco, seco e ilegible hasta que alguien acerca la hoja al calor de una vela y las letras aparecen como si el fuego, no la mano, las hubiera escrito. Lo notable no es la tinta —hay decenas de sustancias que sirven igual— sino la certeza de que el soporte nunca cambia de aspecto para quien no sabe qué buscar. La hoja sigue pareciendo una hoja en blanco, o una carta cualquiera, y sin embargo aloja ya, desde el primer trazo, el mensaje.

Frente al desierto pasa algo parecido, aunque nadie lo haya diseñado así. Una veta, un camino salitrero, un pueblo fantasma: siguen ahí, expuestos al sol como cualquier otra piedra, y sin embargo la mayoría de quienes cruzan esa tierra no los ven, porque no saben exactamente qué mirar. El paisaje no esconde nada de manera deliberada, pero produce el mismo efecto que un mensaje cifrado: información completamente disponible que, para la mirada equivocada, no existió nunca.

Internet perfeccionó la técnica sin cambiarle el espíritu: hoy se puede alterar el último bit de cada píxel de una fotografía —ese dígito que decide si un rojo es 200 o 201, en una escala que ningún ojo humano distingue— y esconder ahí un archivo entero sin que la imagen cambie en absoluto para quien la mire de frente. El atardecer sigue siendo el atardecer. Pero dentro de esa textura que descartamos por irrelevante viaja, silencioso, algo que estuvo escondido.

No toda ocultación necesita tanta sofisticación, eso hay que decirlo. El microdot de la Segunda Guerra Mundial reducía una página entera al tamaño de un punto final —el puntito que cierra una oración— y lo pegaba sobre otro punto final cualquiera, en una carta de aspecto completamente doméstico. El contraespionaje aliado tardó años en sospechar de la puntuación. Nadie revisa la ortografía de una carta de amor buscando ahí una guerra. Se confía, quizá simplemente.

Ahora bien, esconder algo es también, siempre, una declaración sobre su valor. Lo que se cifra se protege con un candado a la vista; lo que se esconde se atesora de otra manera, con la esperanza silenciosa de que alguien, algún día, con la paciencia correcta, se tome el trabajo de mirar dos veces donde ya había mirado una. Puede que la distancia entre un secreto guardado y un secreto perdido no sea el tiempo, sino la atención: cuánto de lo que tuvimos delante no sabíamos.

Llegado a este punto, si algo de esto te resulta ligeramente insistente —la cadencia un poco forzada, ciertas palabras que sobran o riman de más al cierre de cada párrafo— confía en esa sospecha más que en mí. Vuelve arriba. Mira la primera letra de cada párrafo, de corrido. Y después, con la misma paciencia con que alguien acercaría una hoja al fuego, junta las últimas palabras de cada uno, en orden, y vas a encontrar la frase que este texto llevaba encima desde el principio, esperando a que alguien tuviera la curiosidad —o la desconfianza— de preguntarse cómo leerlo.

sábado, 15 de agosto de 2026

Infinitivo traicionero


"Advertir además que, en este caso..." Fue un error, sí, pero no me habría detenido a pensarlo si alguien no me lo hubiera señalado con la RAE en mano. Ese gesto —la corrección exacta, la norma citada como quien exhibe una credencial— es lo que obliga a este post. Escribí, con el apuro de quien teclea más rápido de lo que piensa: "Advertir además que, en este caso...". Y ahí quedó la frase, coja, sin sujeto ni verbo conjugado, aunque con una forma verbal asomando entre las palabras como si eso bastara. No bastaba. Un infinitivo suelto no hace oración. En vano me expliqué a mí mismo que la frase pensada llevaba un introductor invisible —quiero advertir, debo advertir—, forma legítima donde el infinitivo cumple función de complemento directo. Lo que hubo fue una elipsis indebida, hija del apuro, y el apuro no absuelve al solecismo.

Lo curioso fue adónde me llevó, después, preguntarme qué había querido decir en realidad. Lo usual, en construcciones como esa, es que el hablante busque el imperativo plural: Advertid. Y ahí aparece algo que a los chilenos nos delata con cariño: abominamos las consonantes finales sordas. Decimos reló, coñá, interné. En la escritura, donde el oído ya no vigila, terminamos confundiendo el final de advertir con el de advertid —dos consonantes de funciones distintas que en la boca del norte grande suenan igual de apagadas. El error, a veces, es solo la fonética delatando por escrito lo que la lengua ya hacía en secreto.

Pero divago, porque en el fondo quería defender el infinitivo mismo: esa forma que no es tiempo ni persona, apenas el gesto puro del verbo antes de comprometerse con un sujeto. No creo que suplante al imperativo en manuales e instrucciones; no es una orden disfrazada. "Doblar el papel por el medio" no manda nada, muestra el significado desnudo del verbo, anterior a cualquier mandato.

Ahí está su ventaja: la impersonalidad. Sin dueño, sin fecha. Al describir estados comunes de la existencia adquiere algo universal que el imperativo, siempre dirigido a un tú, no alcanza. Por eso las sentencias sobre las grandezas y miserias del hombre prefieren el infinitivo: no le hablan a nadie en particular, le hablan a la especie. Y hay algo más: usado como licencia poética, al modo de las instrucciones, produce a menudo una frialdad instructiva que, aplicada a lo que no son instrucciones —el amor, la muerte, el desierto—, genera un contraste extraño y eficaz. "Partir. Volver nunca." Esas cosas.

Así que ahí quedó mi frase coja, corregida con la RAE en mano. Pero de tanto darle vueltas al error terminé encontrando una teoría entera sobre por qué el infinitivo sigue pareciéndome la forma más honesta del verbo: la única que no miente sobre quién habla, porque no promete hablarle a nadie.