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sábado, 24 de octubre de 2026

Cara a cara con las letras



Hoy he vuelto a abrir mis apuntes y me he revolcado entre palabras. Quería apuntar un par de ideas y he terminado enredado con el abecedario. Me gusta ese cuerpo a cuerpo con las palabras: rozar sus formas, explorar sus curvas y meterme en sus entresijos hasta perder el sentido sin perder el significado.

Con la M mantengo una relación de montaña rusa: subo, bajo y vuelvo a empezar. Con la O practico el tiro al blanco; a veces doy en el centro y otras me quedo fuera, sin saber si acierto o solo cierro el círculo. La Ñ tiene su aquel: acariciarle el rabillo es cuestión de tacto, porque quitarle la virgulilla sería quitarle la gracia.

La D espalda recta, guarda una barriga donde caben demasiados secretos: deseo, desorden, desconfianza, desobediencia. No sé si las palabras se parecen a las cosas que nombran o si somos nosotros quienes acabamos pareciéndonos a ellas. Quizá por eso me entretengo buscando sinónimos que no sean tan sinónimos y antónimos que, de vez en cuando, se den la razón.

A veces intento escribir con propiedad, pero acabo jugando con la polisemia, contrabandeando metáforas y cometiendo excesos de interpretación. Una frase termina diciendo lo que yo no había dicho, aunque quizá sí quería decirlo. Entonces la gramática me pide explicaciones y la semántica se lava las manos.

He decidido revisar mis relaciones con el lenguaje: mantendré algunas, romperé otras y dejaré en suspenso las que no sepan definirse. Exfoliaré mis prejuicios, rasparé las adherencias de mis certezas y pondré a remojo las ideas que se me han quedado rígidas. No pretendo salir con la razón intacta; prefiero salir con preguntas nuevas y algún significado entre las uñas.

También me permitiré alguna incorrección, porque no todos los errores son erratas ni todas las verdades necesitan punto final.

Mañana volveré a intentarlo, nuevamente. Quizá escriba algo coherente, aunque no prometo que tenga sentido: entre lo que pienso, lo que digo y lo que entienden los demás hay una distancia considerable, y no siempre llevo las palabras para cruzarla.

Sobre aviso no hay engaño. Aunque, pensándolo bien, si el aviso está escrito, siempre cabe leerlo mal.

jueves, 22 de octubre de 2026

Brainstorming desordenado


Hoy decidí poner mis pensamientos en orden alfabético y no salió bien. La A se niega a encabezar mis dudas, la C reclama derechos de autor sobre mis contradicciones y la Z amenaza con llevarse todas mis certezas al final de la página. Los paréntesis, mientras tanto, se han vuelto el lugar donde escondo (lo que no me atrevo a decir en voz alta). 

La interrogación, que siempre ha sido una maleducada, no deja de preguntarme ¿por qué? La admiración se pasa el día ¡exagerándolo todo! Intenté ponerles punto final.                                               Pero se me escaparon por los márgenes y ahora andan por ahí dudando de la honradez de los sinónimos.

También revisé mi vocabulario. Hay palabras que llevan años viviendo sin pagar alquiler. La culpa se instaló con contrato indefinido. El orgullo arrastra los muebles en el piso de arriba cada vez que intento dormir. La nostalgia tiene llaves de todas las habitaciones, y la esperanza, la ingenua, sigue golpeando la puerta aunque no haya nadie en casa.

Con los verbos me va peor. El pasado quiere que vuelva, el futuro promete lo que no puede cumplir y el presente, que debería ser el más razonable, nunca está disponible. Me gustaría conjugar desaprender, pero no encuentro la primera persona. Será que para desaprender hay que admitir que uno aprendió mal, y el ego, ese funcionario de ventanilla, no tramita esas solicitudes.

Así que cambié algunas reglas. Los puntos suspensivos ya no pueden hacerse los misteriosos... las comas no separarán lo que está, unido y a la palabra imposible la voy a jubilar: lleva demasiado tiempo de portera en edificios donde ni siquiera vive.

No prometo que funcione. Dejaré cosas sin corregir, dejaré que algunas frases terminen mal y aceptaré que no toda idea necesita conclusión. Total, la vida tampoco respeta la sintaxis: empieza con un sujeto, te cambia el predicado sin avisar y, cuando crees haber entendido la oración, te planta una subordinada que no estaba en el programa.

Mañana lo intento otra vez. Si la gramática me deja.

sábado, 15 de agosto de 2026

Infinitivo traicionero


"Advertir además que, en este caso..." Fue un error, sí, pero no me habría detenido a pensarlo si alguien no me lo hubiera señalado con la RAE en mano. Ese gesto —la corrección exacta, la norma citada como quien exhibe una credencial— es lo que obliga a este post. Escribí, con el apuro de quien teclea más rápido de lo que piensa: "Advertir además que, en este caso...". Y ahí quedó la frase, coja, sin sujeto ni verbo conjugado, aunque con una forma verbal asomando entre las palabras como si eso bastara. No bastaba. Un infinitivo suelto no hace oración. En vano me expliqué a mí mismo que la frase pensada llevaba un introductor invisible —quiero advertir, debo advertir—, forma legítima donde el infinitivo cumple función de complemento directo. Lo que hubo fue una elipsis indebida, hija del apuro, y el apuro no absuelve al solecismo.

Lo curioso fue adónde me llevó, después, preguntarme qué había querido decir en realidad. Lo usual, en construcciones como esa, es que el hablante busque el imperativo plural: Advertid. Y ahí aparece algo que a los chilenos nos delata con cariño: abominamos las consonantes finales sordas. Decimos reló, coñá, interné. En la escritura, donde el oído ya no vigila, terminamos confundiendo el final de advertir con el de advertid —dos consonantes de funciones distintas que en la boca del norte grande suenan igual de apagadas. El error, a veces, es solo la fonética delatando por escrito lo que la lengua ya hacía en secreto.

Pero divago, porque en el fondo quería defender el infinitivo mismo: esa forma que no es tiempo ni persona, apenas el gesto puro del verbo antes de comprometerse con un sujeto. No creo que suplante al imperativo en manuales e instrucciones; no es una orden disfrazada. "Doblar el papel por el medio" no manda nada, muestra el significado desnudo del verbo, anterior a cualquier mandato.

Ahí está su ventaja: la impersonalidad. Sin dueño, sin fecha. Al describir estados comunes de la existencia adquiere algo universal que el imperativo, siempre dirigido a un tú, no alcanza. Por eso las sentencias sobre las grandezas y miserias del hombre prefieren el infinitivo: no le hablan a nadie en particular, le hablan a la especie. Y hay algo más: usado como licencia poética, al modo de las instrucciones, produce a menudo una frialdad instructiva que, aplicada a lo que no son instrucciones —el amor, la muerte, el desierto—, genera un contraste extraño y eficaz. "Partir. Volver nunca." Esas cosas.

Así que ahí quedó mi frase coja, corregida con la RAE en mano. Pero de tanto darle vueltas al error terminé encontrando una teoría entera sobre por qué el infinitivo sigue pareciéndome la forma más honesta del verbo: la única que no miente sobre quién habla, porque no promete hablarle a nadie.

viernes, 19 de diciembre de 2025

La aniquilacion de la ortografía

 




¿Estamos ante el fin del castellano tal como lo conocemos? Probablemente no. El idioma es un organismo vivo que muta, se adapta y sobrevive. Pero, mientras tanto, no puedo evitar sentir un pequeño escalofrío cada vez que leo un "k hase" en un entorno profesional.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que las tildes no eran adornos opcionales y las "haches" no eran mudas por decreto de la pereza. Hoy, sin embargo, nos encontramos ante un escenario digno de un thriller postapocalíptico: la aniquilación total de la ortografía.

Lo intentó Hervé Bazin en su ensayo de 1966, ¡Adelante, los signos de puntuación!, él sentía que el alfabeto era "emocionalmente pobre" y diseñó toda una familia de signos experimentales para matizar la voz escrita. Aunque el lenguaje moderno permite romper reglas, en la literatura se suele preferir el ritmo de las palabras sobre los signos nuevos.

Pero, ¿cómo sobrevivir en un mundo donde los puntos suspensivos gobiernan y los emojins son el nuevo alfabeto? Es que, ¿nos estamos perdiendo algo esencial o simplemente no estamos quedando atrás y no nos adaptamos a esta nueva forma de comunicar?

El lengüaje siempre ha sido el campo de batalla entre puristas y revolucionarios y hoy las trincheras son facebbok, tweets, memes y whattapp.

Pero ojo, cuando las reglas básicas se difuminan tambien lo hace la precisión, porque seamos honestos, ¿firmaríamos un contrato escrito con emojins? ¿Entenderíamos igual a Neruda sin puntos y comas?

Tal vez la próxima gran revolución no sea tecnológica, sino gramatical: el exótico arte de poner los puntos y las comas donde realmente corresponden.

Comenten sin miedo (los puntos suspensivos, los emojins y las "k" están permitidas... por esta vez)