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martes, 15 de septiembre de 2026

Comprender, no sobrevivir


Hay escenas de apenas unos minutos que se quedan a vivir con nosotros durante años. No sé bien por qué unas imágenes se instalan y otras, más largas o más importantes en apariencia, se van sin dejar rastro. Ésta es de las que se quedaron.

En el episodio Thin Ice de Doctor Who, el protagonista habla del valor de la vida humana con una serenidad que solo el tiempo parece autorizar. No habla de riqueza, ni de éxito, ni de fama. Habla de la vida como algo valioso en sí mismo. Su acompañante, Bill Potts, conmovida, le pregunta la edad. Y al escuchar la respuesta dice una frase que lo resume casi todo:

"Vale la pena vivir hasta esa edad si se llega a comprender la vida de esa manera."

Qué extraña idea tenemos, a veces, de envejecer. Le tememos a las arrugas, a la lentitud, a la cercanía del final, y se nos olvida lo esencial: que el privilegio de los años no es sobrevivirlos, sino comprenderlos.

Los japoneses tienen una palabra para esto: mono no aware, la conmoción agridulce ante lo efímero. No es tristeza pura, ni resignación pasiva. Es la belleza que una cosa adquiere precisamente porque no va a durar. La flor de cerezo no se admira a pesar de que cae en unos días; se admira porque cae. Su fragilidad no es un defecto que la belleza tiene que superar: es la condición misma de esa belleza. Un cerezo que floreciera todo el año, indefinidamente, dejaría de conmovernos —se volvería paisaje, decoración, algo que dejamos de mirar. Lo que nos detiene a mirarlo es saber que ese instante no vuelve.

Con la vida pasa algo parecido, aunque nos cueste más aceptarlo cuando se trata de nosotros mismos. Esa misma sensibilidad es la que asoma en la frase de Bill: comprender que el tiempo es limitado y por eso precioso, que las personas valen más que las cosas, que muchas batallas nunca merecieron ser peleadas. No a pesar de que todo se acaba, sino gracias a eso.

Quizá el verdadero éxito de una vida no sea llegar a viejo, sino llegar a viejo con la sabiduría suficiente para mirar atrás sin amargura y hacia adelante sin miedo.

Porque entonces sí: habrá valido la pena.

jueves, 27 de agosto de 2026

Del aura y otras tolerancias



Hay una pregunta que cuanto más la miro, menos tolerante me resulta: ¿hay que tolerarlo todo?

No hablo de la vida privada, sino de esa tolerancia que hemos vuelto reflejo automático, como si mirar para el lado fuera siempre la postura correcta. Pensemos en los therians —quienes se identifican con animales no humanos y lo expresan en su apariencia o su conducta—. Puede resultarnos extraño. Pero si no hay daño a terceros, ¿por qué tendría que ser un problema?

Ahí la tolerancia funciona sin esfuerzo.

Lo que empieza a incomodarme es otra cosa: hemos confundido respetar a las personas con respetar cualquier cosa hecha en su nombre. Puedo defender tu derecho a creer algo sin estar obligado a creerlo yo también. La rareza no es peligrosa por sí sola. Pero tampoco toda identidad queda, por el solo hecho de nombrarse así, fuera de la crítica.

Y mientras discutimos esto, internet convirtió el carisma en videojuego. Farmear aura: acumular puntos imaginarios de presencia o estilo, conseguir que alguien piense «ese tipo tiene aura». Es una broma, sí, pero también una radiografía. Ya no basta con ser; hay que conseguir que te perciban siendo. La identidad necesita público. Hasta la indiferencia, bien actuada, es una pose.

Por eso la tolerancia se ha vuelto un ejercicio más difícil de lo que parece: cada uno construye y exhibe su identidad en tiempo real, y juzgar cualquier cosa se lee como intolerancia.

No creo que la respuesta sea tolerarlo todo. Tampoco rechazar lo que nos resulta ajeno. El criterio debería ser más simple: ¿hay daño?, ¿hay imposición sobre otro? Una sociedad que no soporta al excéntrico termina uniformando a todos. Pero tolerar no es renunciar a pensar.

Puedo respetarte y estar en desacuerdo contigo. Puedo defender tu forma de vivir sin considerar acertada cada decisión que tomas. Puedo aceptar la diferencia sin transformarla en verdad universal.

Quizás la tolerancia real no sea decir «todo vale», sino algo más difícil: convivir con lo que no nos gusta sin dejar de pensarlo críticamente.

Y en un mundo obsesionado con likes, seguidores y aura, conservar esa capacidad de pensar sin pedir permiso —ni aplausos— puede ser, tal vez, una de las formas más honestas de libertad.

martes, 17 de marzo de 2026

Soy donante


Hay decisiones que no hacen ruido, pero cambian vidas. Donar órganos es una de ellas.

Lo mas evidente y que se nos viene a la mente es una persona esperando un hígado, un corazón, solemos pensar en quien recibe el órgano, y sí, ahí hay una segunda oportunidad. Pero la historia es más grande. Donar es una forma de decir: “lo que soy no termina solo en mí”.

Y está la familia. En medio del dolor, son ellos quienes sostienen la decisión. No es fácil: están despidiendo a alguien y, aun así, permiten que esa vida continúe en otros. Ese gesto no borra la pena, pero le da sentido.

Por eso, la donación no es solo un acto médico, es un acto profundamente humano. Conecta a desconocidos y transforma una pérdida en posibilidad.

También implica algo simple pero importante: hablarlo en vida. Dejar clara la decisión es un acto de cuidado hacia quienes quedan.

Y hay algo que no se puede pasar por alto: el respeto. A los donantes y a sus familias les debemos más que gratitud momentánea. Les debemos memoria, dignidad y reconocimiento real. Porque gracias a ellos, alguien más sigue aquí.

Al final, donar órganos no es solo salvar vidas. Es convertir el final en un acto de generosidad que deja huella.