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sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.

sábado, 27 de octubre de 2012

Del lector y todo eso

                                                                            
El leer supone concentración y a menudo en tal punto que quien lee ya no se da cuenta de donde está, de su postura, del entorno, de la silla o el sillón. El lector solo hace una cosa, lee, lo cual es inaceptable en una civilización que considera el colmo de la estupidez no ser capaz de "andar y mascar chicle al mismo tiempo". Mas aún: esto de concentrarse en una sola cosa resulta sospechoso, porque proporcionalmente a dicha concentración el lector se desinteresa del entorno, de nosotros, de todos los demás que estamos ahí. Por tanto, sin decir una palabra, este tipo absorto en la lectura proclama la poca o ninguna importancia que al menos en ese momento tiene para él nuestra existencia y presencia.Ha tenido la desvergüenza de sumergirse en otro ámbito y declararnos , por defecto carentes de interés. Nos está ninguneando y no nos necesita 

De la felicidad y todo eso (Fernando Villegas)