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viernes, 5 de junio de 2026

Me equivoqué (o: cómo la experiencia te cobra antes de enseñarte)


—Con el tiempo he adquirido nuevos conocimientos a través de la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Y deben reconocer que eso suena mucho mejor que decir: me equivoqué por pendejo.

La diferencia es fascinante. Ambas frases describen exactamente el mismo fenómeno, pero una viene vestida de gala y la otra llega en zapatillas, despeinada y con olor a realidad.

Tenemos una extraña obsesión por embellecer nuestros errores. No decimos que fuimos ingenuos; decimos que estábamos en un proceso de aprendizaje. No admitimos que nos dejamos engañar; afirmamos que ampliamos nuestra comprensión de la naturaleza humana. No reconocemos que tomamos una decisión absurda; preferimos explicar que obtuvimos información valiosa para el futuro.

Y, sin embargo, la verdad suele ser menos elegante.

La experiencia es una maestra extraordinaria precisamente porque primero te pone el examen y después te entrega la lección. Nadie aprende prudencia leyendo una definición. Aprendemos prudencia cuando confiamos en quien no debíamos. Aprendemos paciencia cuando la impaciencia nos cuesta algo. Aprendemos humildad cuando descubrimos que no éramos tan inteligentes como creíamos.

Por eso resulta curioso el desprecio que sentimos hacia nuestras antiguas versiones. Miramos atrás y pensamos: ¿cómo pude ser tan tonto? Pero la pregunta es injusta. La persona que cometió aquel error no disponía del conocimiento que hoy tenemos. Si lo hubiera tenido, probablemente habría actuado de otra manera.

El problema es que confundimos inteligencia con experiencia. Como si la gente sabia hubiera nacido sabia. Como si alguna vez hubiera existido un adulto prudente que no hubiera pasado antes por una larga colección de ridículos, equivocaciones y decisiones cuestionables.

La madurez no consiste en no haber sido pendejo. Consiste en haber sobrevivido lo suficiente para reconocerlo.

Porque casi todo lo que hoy llamamos sabiduría fue, en algún momento, una metida de pata que dejó cicatriz.

Y las cicatrices son una forma muy sincera de conocimiento: no se aprenden en los libros, no se heredan y no se pueden fingir.

Así que sí, puedes decir que has adquirido nuevos conocimientos mediante la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Pero no olvides que, traducido al lenguaje más humano, eso suele significar que la vida te dio una lección —después de demostrarte, con notable claridad, que todavía te faltaba aprenderla.

viernes, 22 de mayo de 2026

Somos el mejor pais de Chile


Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.

No hay nada en lo que seamos los mejores.

Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.

Pero eso no es lo que más duele.

Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.

Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.

Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.

Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.

El problema no es que seamos un mal país.

El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N