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martes, 9 de junio de 2026

Cincuenta y siete años para entender


Hace quince años me parecía lejano. No como amenaza exactamente, sino como un asunto que pertenecía a otro tiempo, a otro yo más viejo, a una versión futura que se encargaría sola del problema. La muerte era un horizonte que uno mira sin caminar hacia él.

Ahora tengo cincuenta y siete años y algo cambió sin que yo lo planificara. No hubo revelación. No hubo susto médico ni pérdida fulminante que lo pusiera todo en perspectiva. Fue más tranquilo que eso, más silencioso. Simplemente, un día, dejó de parecerme lejos.

Y lo extraño es que no me asustó darme cuenta.

Cincuenta y siete años son suficientes para entender que la vida no es una posesión, es un tránsito. Llegamos a lugares, los habitamos por un tiempo y los dejamos. La muerte no es la excepción a esa regla, es la confirmación más honesta de ella. Es otro lugar por el que hay que pasar. No el final del camino, sino la última curva antes de que el camino deje de ser nuestro problema.

Me costó más de medio siglo llegar a esto. No porque sea una idea compleja, sino porque hay que vivirla para que deje de ser una idea. La filosofía lo dice hace siglos, las religiones lo repiten de mil maneras, los poetas llevan milenios tratando de hacérnoslo entender. Y sin embargo, hasta que uno no lo siente en los huesos, en la manera concreta en que mira las cosas un martes cualquiera, todo eso sigue siendo teoría.

Morir es parte del juego. Y para jugar bien hay que saber en qué juego estás.

Hay algo que se afloja cuando uno acepta eso de verdad. No resignación, no derrota. Más bien lo contrario: una especie de ligereza que viene de dejar de cargar con lo que nunca estuvo en nuestras manos. El tiempo que queda no se vuelve más corto por reconocerlo. Se vuelve, si acaso, más claro.

Cincuenta y siete años para entender algo que siempre estuvo ahí, esperando que yo madurara lo suficiente como para no salir corriendo.

viernes, 5 de junio de 2026

Me equivoqué (o: cómo la experiencia te cobra antes de enseñarte)


—Con el tiempo he adquirido nuevos conocimientos a través de la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Y deben reconocer que eso suena mucho mejor que decir: me equivoqué por pendejo.

La diferencia es fascinante. Ambas frases describen exactamente el mismo fenómeno, pero una viene vestida de gala y la otra llega en zapatillas, despeinada y con olor a realidad.

Tenemos una extraña obsesión por embellecer nuestros errores. No decimos que fuimos ingenuos; decimos que estábamos en un proceso de aprendizaje. No admitimos que nos dejamos engañar; afirmamos que ampliamos nuestra comprensión de la naturaleza humana. No reconocemos que tomamos una decisión absurda; preferimos explicar que obtuvimos información valiosa para el futuro.

Y, sin embargo, la verdad suele ser menos elegante.

La experiencia es una maestra extraordinaria precisamente porque primero te pone el examen y después te entrega la lección. Nadie aprende prudencia leyendo una definición. Aprendemos prudencia cuando confiamos en quien no debíamos. Aprendemos paciencia cuando la impaciencia nos cuesta algo. Aprendemos humildad cuando descubrimos que no éramos tan inteligentes como creíamos.

Por eso resulta curioso el desprecio que sentimos hacia nuestras antiguas versiones. Miramos atrás y pensamos: ¿cómo pude ser tan tonto? Pero la pregunta es injusta. La persona que cometió aquel error no disponía del conocimiento que hoy tenemos. Si lo hubiera tenido, probablemente habría actuado de otra manera.

El problema es que confundimos inteligencia con experiencia. Como si la gente sabia hubiera nacido sabia. Como si alguna vez hubiera existido un adulto prudente que no hubiera pasado antes por una larga colección de ridículos, equivocaciones y decisiones cuestionables.

La madurez no consiste en no haber sido pendejo. Consiste en haber sobrevivido lo suficiente para reconocerlo.

Porque casi todo lo que hoy llamamos sabiduría fue, en algún momento, una metida de pata que dejó cicatriz.

Y las cicatrices son una forma muy sincera de conocimiento: no se aprenden en los libros, no se heredan y no se pueden fingir.

Así que sí, puedes decir que has adquirido nuevos conocimientos mediante la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Pero no olvides que, traducido al lenguaje más humano, eso suele significar que la vida te dio una lección —después de demostrarte, con notable claridad, que todavía te faltaba aprenderla.