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jueves, 10 de septiembre de 2026

Pedir lo pequeño


Hay una escena en un poema de Tagore que me ha rondado esta semana: un servidor le pide a su reina, no un cargo, no tierras, no una conquista lejana, sino ser jardinero de su jardín. Renuncia a las lanzas y a las espadas por el privilegio de mantener fresca la hierba de un sendero. Su recompensa no es poder — es el permiso de sostener unas manos, de trenzar flores en unos brazos, de recoger con un beso una mota de polvo en unos pies.

Hay algo parecido en una escena menor de El Señor de los Anillos, cuando la Compañía se despide de Galadriel y ella le ofrece a cada uno un regalo. Gimli, el enano, guerrero curtido en hachas y batallas, podría haber pedido oro, armas, algo digno de las sagas de su pueblo. Pide un mechón de su cabello. Nada más. Es un gesto que desarma a todos los presentes precisamente porque no busca conquistar nada — busca guardar algo pequeño de lo que ama, para siempre.

Lo leí pensando en mi propia casa, en mi propia historia con la persona con la que decidí quedarme. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que no supe si ese "quedarme" seguía siendo una opción sobre la mesa. Uno da tantas cosas por sentadas hasta que deja de poder darlas por sentadas, y ahí es cuando se nota lo que realmente se estaba pidiendo todo este tiempo: no un reino, no una hazaña, sino el sendero de siempre, la hierba fresca, la lámpara encendida junto a la cama.

Cuando las cosas se acomodaron de nuevo, no volví con ganas de conquistar nada. Volví con ganas de ser jardinero. De ocuparme de lo mínimo, que resultó ser lo único que importaba: acordarme de cómo le gusta el café, notar el cansancio antes de que lo diga, quedarme con la parte aburrida del cariño —la constancia, el detalle, la atención sostenida— en lugar de esperar el gesto espectacular que nunca hacía falta.

Pedir lo pequeño no es modestia falsa. Es una ambición distinta: la del servidor que renuncia a la lanza por un sendero, la del enano que renuncia al oro por un mechón. Ambicionar quedarse, en lugar de ambicionar ganar.

Quizás el gesto más serio de amar a alguien, que estás a punto de perder, no sea prometerle un reino. Sea pedirle, con toda humildad, ser otra vez su jardinero.

lunes, 30 de marzo de 2026

Poesía

Dicen que la poesía es la más depurada manifestación que puede hacer el ser humano por medio de la palabra: sentimientos, emociones, reflexiones en torno a la belleza, el amor, la vida, la muerte. Una definición que suena impecable. De esas que uno lee y asiente, casi sin pensar.

Y entonces aparece Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,

y titilan, azules, los astros, a lo lejos.»

Perfecto. Ahí está todo: la noche, el frío, la distancia, esa tristeza que no se nombra directamente pero que aplasta igual. La definición cumplida.

Pero hay otro poema. Menos famoso. Bastante menos:

Yo cavo

Tú cavas

Él cava

Nosotros cavamos

Vosotros caváis

Ellos cavan

No se ustedes, si veran poesía en esto, pero de que es profundo, lo es. Y no sé bien tampoco yo, si eso califica como poesía según la definición. Pero tiene algo que muchos versos más elaborados no logran: te deja con la pregunta puesta. Y eso, a veces, es todo lo que la poesía necesita hacer.


miércoles, 20 de abril de 2011

Casamiento


Profecía

Me lo dijeron ayer
las lenguas de doble filo,
que te casaste hace un mes...
Y me quedé tan tranquilo.
Otro cualquiera, en mi caso,
se hubiera echado a llorar;
yo, cruzándome de brazos,
dije que me daba igual.
Nada de pegarme un tiro,
ni de enredarme a maldiciones,
ni de apedrear con suspiros
los vidrios de tus balcones.
¿Que te has casado? ¡Buena suerte!
Vive cien años contenta
y a la hora de la muerte
Dios no te lo tenga en cuenta.
Que si al pie de los altares
mi nombre se te borró,
por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor.
Porque sin ser tu marido
ni tu novio, ni tu amante,
yo soy quien más te ha querido:
¡con eso tienes bastante!...


... Por eso yo, al enterarme
que estabas un mes casá,
no dije que iba a matarme
sino... ¡que me daba igual!
Mas, como es rico tu dueño,
te brindo esta profecía;
tú, cada noche, entre sueños,
soñarás que me querías,
y recordarás la tarde
que tu boca me besó
y te llamarás ¡cobarde!
como te lo llamo yo.
Y verás, sueña, que sueña,
que me morí siendo chico
y se llevó una cigüeña
mi corazón en el pico...
Pensarás: No es cierto nada;
yo sé que lo estoy soñando.
Pero allá a la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío
ni tu novio, ni tu amante,
sino... ¡el que más te ha querío!
¡Con eso tienes bastante!

Rafael de León