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martes, 20 de octubre de 2026

El amor es libre



Hay cosas que se consiguen con esfuerzo, paciencia o incluso poder. El amor no es una de ellas.

Por eso resulta desesperante cuando algo se apaga. Repetimos palabras, buscamos señales, intentamos convencer al otro —o convencernos a nosotros mismos— de que todavía debe sentir lo mismo. Pero un sentimiento no obedece.

En Todopoderoso, Bruce descubre algo que ningún poder resuelve: puede modificar el mundo, pero no puede hacer que Grace lo ame. No podemos obligar a alguien a sentir, porque el amor necesita libertad para existir.

Hay otra forma, más silenciosa, de tropezar con ese mismo límite: no queremos obligar al otro a sentir, sino obligarnos a nosotros mismos a volver a sentir. Pienso en Persefone, en Matrix Reloaded, pidiendo un beso de amor verdadero: no es seducción, es la búsqueda de algo que reconoce haber perdido. Bruce quiere producir amor en otra persona; Persefone quiere recuperarlo en sí misma. Ambos chocan con la misma pared: tampoco podemos ordenarle al corazón que vuelva a sentir.

Podemos volver a los lugares donde fuimos felices, mirar fotografías, recrear el escenario entero. Y aun así descubrir que el sentimiento ya no está.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿queremos a esa persona, o queremos volver a ser quienes éramos junto a ella? A veces confundimos el deseo de recuperar un sentimiento con el deseo de recuperar a alguien. Pero el corazón no es una máquina: no basta repetir los mismos estímulos para obtener el mismo resultado.

Los sentimientos cambian sin que nadie lo decida. No siempre hay culpable ni explicación. Podemos cuidar el amor, elegir actuar con amor incluso cuando la emoción fluctúa —pero elegir amar y obligarse a sentir amor son cosas distintas. La primera puede ser una decisión. La segunda, no.

Queremos que el amor sea seguro y controlable. Pero conserva su valor justamente porque no podemos garantizarlo: el otro es libre, nosotros también, y esa libertad incluye la posibilidad de perder.

No podemos obligar a alguien a amarnos. Tampoco podemos obligarnos a seguir amando. Solo podemos ser honestos, cuidar, permanecer o despedirnos.

Porque lo que puede ser obligado puede parecer amor. Pero solo lo que es libre puede serlo realmente.

jueves, 8 de octubre de 2026

Los dos miedos


Hay una frase que me quedó dando vueltas: si alguien está enamorado de ti, su mayor miedo es hacerte daño; si está enamorado de cómo le haces sentir, su mayor miedo es perderte.

Lo interesante es que, vistos desde afuera, los dos miedos se parecen. Ambos se disfrazan de cuidado, ambos hacen que alguien se desvele pensando en el otro. La diferencia está en dónde está parado el que teme. En el primer caso, el centro de gravedad es el otro: me importa su bienestar, incluso a costa del mío. En el segundo, el centro soy yo: lo que me aterra no es que tú sufras, sino que se acabe lo que tú me provocas.

Ahí hay algo que los filósofos llevan siglos discutiendo con otras palabras. Kant diría que tratar a una persona como medio y no como fin es la forma más sutil de no verla. Y uno puede hacerlo sin maldad, sin darse cuenta, con el corazón acelerado y las mejores intenciones. El otro se vuelve una especie de fuente: de compañía, de validación, de ese temblor en el estómago que confundimos con destino.

Por eso el miedo a perder es un mal criterio. Lo sentimos igual por una persona que por una costumbre, una casa o un trabajo. Es el miedo del que ya se acostumbró. En cambio, el miedo a hacer daño exige algo más raro: haber mirado al otro lo suficiente como para saber dónde es frágil. Nadie teme herir a quien no conoce.

Y sin embargo no conviene hacer de esto una vara para medir a los demás. Lo más probable es que casi todos amemos con las dos cosas mezcladas, y que la proporción cambie con los años, con el cansancio, con quién tenemos enfrente. Pasa como con el desierto: desde lejos parece uniforme, pero basta caminarlo un rato para notar que cada tramo tiene otra textura.

Y la pregunta útil no es cuál de los dos miedos tengo, sino cuál aparece primero cuando estoy a solas con la idea de esa persona. Esa respuesta no la puede dar nadie más. Y tal vez tampoco haga falta cerrarla.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El amor que se sostiene sin tocarse


Hay una carta de Elizabeth Barrett a Robert Browning donde ella dice, casi de pasada, que no sabe si lo ama o si ama sus cartas. Nunca resolvió la duda. Se escribieron durante casi dos años antes de verse la cara, y cuando por fin se vieron, el amor ya estaba hecho —construido con tinta, no con presencia—. Uno tiende a pensar que el amor necesita el cuerpo del otro cerca para crecer. Que sin eso, se marchita como una planta sin agua. Pero hay demasiadas historias que dicen lo contrario.

Acá, en el norte, uno aprende esto sin necesidad de leer cartas del siglo diecinueve. Los turnos rotativos hacen que medio pueblo viva queriendo a alguien que está a varias horas de camino, o de vuelo, o simplemente en otro tiempo del reloj. Y uno ve que las relaciones no se sostienen por la cercanía sino por lo que cada uno decide hacer con la ausencia. Hay quienes usan la distancia como excusa para dejar que todo se enfríe. Y hay quienes la convierten en el lugar exacto donde el amor se vuelve más consciente —porque ya no hay gestos automáticos, ni silencios cómodos que reemplacen las palabras. Hay que decir las cosas. Elegirlas.

Las cartas de guerra tienen algo de esto también. Miles de parejas que se escribieron durante años sin saber si el otro seguía con vida, y que en lugar de desgastarse, se hicieron más profundas —porque la escritura obliga a una intimidad que la costumbre no exige.

No sé si el amor a distancia florece porque la distancia tiene algo bueno en sí misma, o porque solo sobreviven a ella los amores que ya estaban hechos de algo firme. Puede que sea lo segundo. La distancia no inventa nada: solo revela lo que ya había, como el desierto revela lo que realmente puede vivir en él y lo que no.

Lo que sí sé es que hay algo distinto en querer a alguien sin tenerlo al lado. Uno tiene que decidir quererlo cada día, sin la ayuda de la costumbre. Y esa decisión, repetida, termina pareciéndose bastante a lo que el amor debería ser siempre —con o sin distancia de por medio.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Pedir lo pequeño


Hay una escena en un poema de Tagore que me ha rondado esta semana: un servidor le pide a su reina, no un cargo, no tierras, no una conquista lejana, sino ser jardinero de su jardín. Renuncia a las lanzas y a las espadas por el privilegio de mantener fresca la hierba de un sendero. Su recompensa no es poder — es el permiso de sostener unas manos, de trenzar flores en unos brazos, de recoger con un beso una mota de polvo en unos pies.

Hay algo parecido en una escena menor de El Señor de los Anillos, cuando la Compañía se despide de Galadriel y ella le ofrece a cada uno un regalo. Gimli, el enano, guerrero curtido en hachas y batallas, podría haber pedido oro, armas, algo digno de las sagas de su pueblo. Pide un mechón de su cabello. Nada más. Es un gesto que desarma a todos los presentes precisamente porque no busca conquistar nada — busca guardar algo pequeño de lo que ama, para siempre.

Lo leí pensando en mi propia casa, en mi propia historia con la persona con la que decidí quedarme. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que no supe si ese "quedarme" seguía siendo una opción sobre la mesa. Uno da tantas cosas por sentadas hasta que deja de poder darlas por sentadas, y ahí es cuando se nota lo que realmente se estaba pidiendo todo este tiempo: no un reino, no una hazaña, sino el sendero de siempre, la hierba fresca, la lámpara encendida junto a la cama.

Cuando las cosas se acomodaron de nuevo, no volví con ganas de conquistar nada. Volví con ganas de ser jardinero. De ocuparme de lo mínimo, que resultó ser lo único que importaba: acordarme de cómo le gusta el café, notar el cansancio antes de que lo diga, quedarme con la parte aburrida del cariño —la constancia, el detalle, la atención sostenida— en lugar de esperar el gesto espectacular que nunca hacía falta.

Pedir lo pequeño no es modestia falsa. Es una ambición distinta: la del servidor que renuncia a la lanza por un sendero, la del enano que renuncia al oro por un mechón. Ambicionar quedarse, en lugar de ambicionar ganar.

Quizás el gesto más serio de amar a alguien, que estás a punto de perder, no sea prometerle un reino. Sea pedirle, con toda humildad, ser otra vez su jardinero.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Vínculos que transforman


El amor, decía, no necesariamente como romance. Como aquello que nos vincula. La pareja, los hijos, los amigos, el lugar al que uno termina llamando casa. Cosas que uno no elige del todo y que, sin embargo, terminan siendo la estructura entera de una vida.

Empiezo por los amigos, porque son los que más cambian sin avisar. Hay amigos que permanecen sin esfuerzo aparente, como si el tiempo no les tocara nada. Hay otros que desaparecen sin pelea, sin una razón que uno pueda nombrar después: un día están, después ya no escriben, y no hay ruptura que explicar, solo una distancia que se instaló sola. Y después están los que vuelven, décadas más tarde, y de algún modo retoman la conversación en el mismo punto donde la dejaron, como si el tiempo intermedio hubiera sido apenas un paréntesis. Y por último los más extraños: aquellos con quienes ya no tenemos nada que decir, aunque alguna vez lo dijimos todo. Esos duelen distinto. No porque falte cariño, sino porque el cariño ya no tiene dónde apoyarse.

Después está el lugar. Un pueblo, una ciudad, un barrio, el desierto, el mar. Llevo suficientes años en el norte como para saber que un paisaje termina metiéndose en la manera de pensar. El desierto no perdona nada, no disimula, no tiene sombra donde esconderse. Y uno, viviendo ahí, termina pareciéndosele: aprende a no adornar lo que dice, a soportar la distancia, a encontrarle sentido a lo poco.

Y entre esos dos —los amigos y el lugar— hay una tercera cosa que todavía no sé cómo nombrar del todo. La edad, quizás, o la memoria, o esa forma particular de soledad que no es estar solo sino no saber bien con quién se está. Las despedidas que uno no pidió. Las cosas pequeñas y cotidianas que de golpe pesan más que las grandes. Lo que uno deja atrás sin haberlo decidido.

Estoy a nada de iniciar una nueva vida que no decidí.

No sé cómo termina esta frase todavía. Puede que ese sea, por ahora, puntos suspensivos... 

sábado, 13 de junio de 2026

Hay lugares para construir una vida y lugares para sostenerla.

Durante mucho tiempo creí que esa diferencia era artificial. Que si dos personas se gustan, el resto es detalle. El amor aparece donde aparece: en una fiesta, en un tren, detrás de un escritorio.

Pero con el tiempo empecé a sospechar que no todos los espacios están hechos para lo mismo.

El trabajo es uno de los pocos ámbitos donde, al menos en teoría, uno debería ser valorado por lo que hace. Por el criterio, la responsabilidad, el desempeño. No por el encanto. No por a quién se conoce ni a quién se quiere.

Y quizás por eso mezclar ambas cosas tiene un costo.

Porque cuando el afecto entra en escena, la mirada cambia. Ya no vemos a una persona solo como colega. Aparecen preferencias, expectativas, complicidades, heridas. Todo aquello que hace valiosas las relaciones humanas, pero que vuelve más difícil la imparcialidad.

El problema no es cuando una historia comienza.

El problema es que casi todas las historias terminan — o se transforman en algo que no elegimos.

Y cuando eso ocurre, el trabajo permanece. Siguen las reuniones, los turnos, los pasillos compartidos. Lo que fue una elección sentimental se convierte en convivencia obligatoria.

Yo conocí a mi pareja en el trabajo. Llevamos quince años juntos. Cuento esto no como excepción que invalida lo anterior, sino como prueba de que las contradicciones también forman parte de la vida.

Quizás por eso conviene proteger ciertos espacios.

No porque el amor sea peligroso.

Sino porque es demasiado importante para encerrarlo dentro de un lugar del que no podemos irnos cuando deja de funcionar.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Duelo

http://m11.paperblog.com/i/43/436054/


“La muerte es una vieja historia, y sin embargo, siempre resulta nueva para alguien” Iván Turgeniev

Ninguna situación es más dolorosa que la pérdida de un ser querido, y ninguna que hayamos vivido nos hace pensar mas, que el dolor y la tristeza se quedarán para siempre y no podremos salir de esto y empezar de nuevo.  A todo este proceso, le llamamos DUELO.

En 1969, la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004) en su libro On death and dying, presentó lo que es conocido comúnmente como las cinco etapas del duelo: Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptacion; las personas que llegan a esta última fase los han hecho porque recibieron acompañamiento durante el proceso. Esta fase es la más añorada por las personas que viven el duelo, ya que experimentan paz en su corazón y pueden ¡empezar de nuevo!

Hoy debo asistir a un amigo en su pérdida, he leído todo lo que he podido sobre dolor, pérdida y duelo pero nunca es fácil y lo sé porque cometerénuevamente los mismos errores... 
Hay una cosa que decimos cuando alguien muere. Se la decimos a la familia. Decimos: Siento su pérdida. Es una frase trillada y vacía que no alcanza a cubrir lo que están pasando realmente. Nos permite empatizar sin obligarnos a sentir su desolación. Nos protege de sentir ese dolor. Ese oscuro, profundo e implacable dolor que casi puede comerte vivo. No nos implicarnos demasiado. Pero si sintiéramos un poco del amor, la alegría y las esperanzas con que nuestros amigos están diciendo adiós, tal vez sentirimos realmente la pena, y muchas veces por miedo a sufrir, dejámos a un lado la empatía. Así que decimos: Siento su pérdida. Y esperamos que sirva de algo. Que sea un poquito de apoyo. Un poquito de paz. Un cierre. Algo bueno. Un poco de belleza en medio de la oscuridad. Un regalo inesperado cuando más se necesita.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Navidad...


En el Centro Comercial del Bosque todo era confusión. Los señores animales y las  señoras animales corrían de un lado para otro haciendo las últimas compras, las señoritas  empaquetadoras se volvían locas haciendo paquetes, los señores vendedores se reían contando billetes, las escaleras automáticas subían y bajaban, las luces se encendían y apagaban. Y en medio de todo ese gentío camina un ratoncito con zapatos demasiado grandes, camisa demasiado chica, pantalones demasiado rotos y un hambre demasiado a prisa. 

El ratoncito Ramón va para allá, va para acá. El gentío lo lanza para un lado, lo lanza para el otro. Y de bote en rebote fue a dar a una tienda de juguetes donde una señorita lora con ojos apurones y manos atarantadas envolvía regalos y se confundía con las cajas, las cintas, las flores y las guindas. Las manos de la lora se movían como remolinos al envolver una pelota, se movían como aplaudiendo para amoldar el papel y se quedaban como atontadas cuando tenía que anudar la cinta, porque se le deslizaba el nudo y vuelta a empezar. Una gallina que esperaba se paró en una pata, se paró en las dos, dio un par de aletazos y un cocorocó. 

El ratoncito miraba desde afuera. El sabía que para que un nudo no se deshiciera tenía que pedir prestado un dedo a alguien para aplastarlo. Así ataba él los cordones de sus zapatos y siempre le pedía prestado un dedo a su amigo Pimpo. 
-¿Le falta cocoromucho? -preguntó la gallina, con voz impaciente. 
-El nudito y está listo -dijo la lora con el papel engomado pegado a la nariz.. 

Hizo de nuevo el nudo, armó de nuevo la rosita, la cinta se deslizó... y plim... se deshizo todo. La lora simuló cantar y comenzó otra vez.. Y... un dedito entierrado aplastó el nudo. La lora hizo la rosa, el paquete quedó listo y maravillosamente arrugado. 
-Puf... cocorogracias -dijo la gallina. 
-Tienes trabajo, Ramón -dijo la lora que era muy rápida de pensamiento. 
-Ay -dijo el ratoncito con el dedo colorado por el tremendo apretón. 

Y comenzó a trabajar. Zap el dedo en la cinta, zum el apretón, zip afuera su dedo, zapzupzip el regalo simpaticón. 
-El próximo -ordenó la lora, con las tijeras colgando de la oreja. 

Pero, mientras iban y venían señoras con caras de mamás, el ratoncito sentía que su dedo se volvía triste y que el hambre del estómago le llegaba al pecho. Por eso la lora tenía que darle un codazo para que ¡ zip ! recordara retirar el dedo. 
-El próximo - apuró la lora, pisoteando los papeles sobrantes. 
-Envuélvame este libro, por favor -dijo una voz de señora ratona. 

Y el ratoncito se quedó con el dedo en el aire. La lora dijo ejem, psttt... Pero el ratoncito seguía con el dedo en el aire mirando a la ratona. La lora no perdió tiempo... agarró el dedo de Ramón, lo aplastó en la cinta, zas le hizo un nudazo, el ratoncito no hizo zim para sacar el dedo y zapzupzip le entregó el regalo a la clienta con Ramón colgando del paquete. 
-Gracias -dijo la ratona mirando la sorpresa que le habían atado a su regalo. 
-El próximo -dijo la lora, con una sonrisa. 
-Ay -dijo el ratoncito soplando su dedo, mientras daba un brinco para acurrucarse con regalo y todo en el pecho de la ratona con cara de mamá. 

Y mientras se escuchaba un villancico cantado por pollos amarillos y un Viejo Pascuero repartía caramelos, la ratona daba un beso al ratoncito en la cara, en el hambre y en su dedo.

P.D. Esta navidad regala AMOR!!!

domingo, 7 de julio de 2013

Estúpido cupido!!!


De todas las razones posibles por las que hacemos el ridículo sin importarnos demasiado las consecuencias,se me ocurre que la fundamental es esa que denominamos amor. La pregunta tonta subsiguiente es: ¿cuánto dura el amor? Si me respondiera retóricamente que poco,muchos opondrían incluso su propia experiencia para demostrar lo contrario, así que supondré que tiene una duración indeterminada formulando la pregunta de otra manera:¿Cuántas clases de amor hay? (Entiéndase que me refiero al que tiene connotaciones sexuales, aunque sean platónicas). Si sólo hubiera una, sería un sentimiento uniforme y todos sabemos que no es así. Amamos con frenesí, amamos con locura, también hay quien ama de forma apacible, sin olvidar a los que sólo aman un poco y a los que simplemente se hacen compañía. Ello me anima a preguntarme y preguntaros, ¿A cuántas personas se puede amar a la vez? quizás de maneras diferentes o semejantes.

Si respondemos que a más de una entonces deberemos poner en tela de juicio el concepto de familia o admitir que en cualquier caso la familia debería ser una institución al margen del amor ya que su fin es la estabilidad antes que el amor, el erotismo y el placer. Diréis que no es cierto pero sucede que casualmente una gran mayoría de hombres y mujeres casados/as valoran primero muchas otras cosas que ese viejo concepto en nombre del cual decidieron vivir en pareja, (la situación económica, la fidelidad, el trabajo, la vivienda, etc, etc...)


 Algunos dirán es que es un amor sereno. que quiere decir ¿de que mierd... están hablando?.En base a estas premisas la familia es un fraude aunque es cierto que otros sistemas que se han intentado no funcionaron mejor.

 Pero la gente tiene conciencia de que efectivamente es un instrumento más de control y por eso por mas que se la venere pesa como un lastre en cada individuo. No por ella misma sino por lo que se le obliga a hacer para sostenerla, en esas condiciones el concepto amor tiene una nueva dimensión mas transgresora.

 Y al fin unos y otros nos convertimos en piratas, hombres y mujeres asaltan los reductos del amor en mar abierto, se embriagan con sus vapores y vuelven cabizbajos a los brazos del sistema protector...
Pues eso... podría ser peor naufragar en una isla.


lunes, 12 de noviembre de 2012

A Paulina con amor





Entre la pedantería y la ensoñación, entre las palabras que no dicen nada y las que dicen siempre lo mismo, entre los poemas y los avisos, el lector pasea su vista y se para unas veces más, otras veces menos. Reconoce a algunos, ignora a otros, pasa, para, avanza, retrocede…

Hasta que, ¡sorpresa¡, la vista desatenta y errática depara con un mensaje perfecto, redondo, con la palabra justa, exacta. La quintaesencia de la concisión, la palabra precisa. Y a nadie le importa. Pero, allí sigue el mensaje gritando su silencio, existiendo como los árboles que caen en el bosque sin que nadie los oiga. Invisible para el mundo; mudo, gritando solo para ti; ignorado, porque no le importa a nadie más que a ti. 


martes, 22 de febrero de 2011

Estúpido cupido!!!



De todas las razones posibles por las que hacemos el ridículo sin importarnos demasiado las consecuencias,se me ocurre que la fundamental es esa que denominamos amor. La pregunta tonta subsiguiente es: ¿cuánto dura el amor? Si me respondiera retóricamente que poco,muchos opondrían incluso su propia experiencia para demostrar lo contrario, así que supondré que tiene una duración indeterminada formulando la pregunta de otra manera. ¿Cuántas clases de amor hay? (Entiendase que me refiero al que tiene connotaciones sexuales, aunque sean platónicas) Si sólo hubiera una, sería un sentimiento uniforme y todos sabemos que no es así. Amamos con frenesí, amamos con locura, también hay quien ama de forma apacible, sin olvidar a los que sólo aman un poco y a los que simplemente se hacen compañía. Ello me anima a preguntarme y preguntaros, ¿A cuántas personas se puede amar a la vez? quizás de maneras diferentes o semejantes.
Si respondemos que a más de una entonces deberemos poner en tela de juicio el concepto de familia o admitir que en cualquier caso la familia debería ser una institución al margen del amor ya que su fin es la estabilidad antes que el amor, el erotismo y el placer. Diréis que no es cierto pero sucede que casualmente una gran mayoría de hombres y mujeres casados/as valoran primero muchas otras cosas que ese viejo concepto en nombre del cual decidieron vivir en pareja, (la situación económica, la fidelidad, el trabajo, la vivienda, etc etc...) Algunos dirán es que es un amor sereno. que quiere decir ¿de que mierd... estás hablando?. En base a estas premisas la familia es un fraude aunque es cierto que otros sistemas que se han intentado no funcionaron mejor. Pero la gente tiene conciencia de que efectivamente es un instrumento más de control y por eso por mas que se la venere pesa como un lastre en cada individuo. No por ella misma sino por lo que se le obliga a hacer para sostenerla, en esas condiciones el concepto amor tiene una nueva dimensión mas transgresora. Y al fin unos y otros nos convertimos en piratas, hombres y mujeres asaltan los reductos del amor en mar abierto, se embriagan con sus vapores y vuelven cabizbajos a los brazos del sistema protector...
Pues eso... podría ser peor naufragar en una isla.