domingo, 1 de febrero de 2026

Infierno del olvido



En el sur de Chile, el incendio nunca es solo fuego. Es una prueba moral. Un reloj corriendo. Una decisión que separa al que huye del que se queda. En el sur de Chile, lejos de los discursos de escritorio y las noticias, el fuego no es un espectáculo: es una sentencia que avanza con viento, sequía e indiferencia.

Las llamas no preguntan nombres ni ideologías. Entran a los bosques, a los pueblos, a las casas construidas con años de esfuerzo, y lo reducen todo a humo en minutos. Entonces, hay un momento exacto en que alguien entiende que ya no se trata de salvarlo todo, sino de salvar a quien se pueda. Ese instante es brutal y definitivo. Mientras, en otra parte, se debate si la catástrofe es suficiente para justificar un viaje en avión oficial.

Los bomberos en el sur, a diferencia de los ministros y parlamentarios, no tienen pausas para tomar el té, ni tienen receso parlamentario. Tienen turnos interminables, equipos insuficientes —a veces donados por la gente— y un cansancio que se les marca en los ojos. Aun así, avanzan. Porque cuando el fuego arrincona a una familia, no existe el “no me toca”. Existe el “voy igual”. Esa es la línea invisible que separa la vocación del heroísmo y la responsabilidad de la retórica.

Pero a diferencia de las reuniones en el Congreso, aquí no hay pausas. No hay acuerdos partidarios. Solo hay fuego adelante y tierra caliente bajo los pies. Cuando el incendio pasa, quedan las cenizas, el silencio incómodo y la pregunta que siempre llega tarde: ¿esto se pudo evitar?

Porque el fuego no empieza solo. Se alimenta de negligencia, de monocultivos que son desiertos verdes inflamables, de veranos cada vez más extremos, de políticos que reaccionan cuando ya es tarde y con fotos para el archivo. El incendio visible es solo el síntoma; la verdadera combustión ocurre mucho antes, en los presupuestos recortados, en los informes técnicos archivados, en decisiones postergadas y advertencias ignoradas.

En Santiago y Valparaíso, al final de las reuniones, todos vuelven a sus casas. Se sientan con su familia y se sienten satisfechos de su labor. En el sur de Chile, muchos no tienen a dónde volver. Y aun así, mañana, cuando suene la alarma, alguien va a salir corriendo hacia el fuego.

No porque sea un héroe.

Sino porque allí, nadie más aparece.