martes, 30 de junio de 2026

Conversaciones


Hay una pregunta que delata a nuestra época: ¿Y para qué sirve conversar? 

Como si toda palabra necesitara justificar su existencia con un beneficio. Como si un diálogo debiera producir algo: dinero, una solución, una conclusión que quede guardada en alguna parte.

Quizás por eso discutimos cada vez más y conversamos cada vez menos. La diferencia no es de intensidad sino de intención. El que discute quiere ganar. El que conversa acepta la posibilidad de perder algo de lo que creía saber.

Conversar exige tiempo, sí. Pero sobre todo exige renunciar al deseo de vencer. Escuchar de verdad, no mientras uno arma mentalmente la respuesta. Hablar sin la urgencia de tener razón. Tolerar el silencio sin llenarlo de nada.

Una conversación no es un debate ni un intercambio de datos. Es algo más raro y más frágil: un momento en que dos conciencias se detienen juntas frente a algo que ninguna de las dos entiende del todo.

Cuando eso ocurre, el tiempo no se pierde. Se entrega.

Y tal vez sea esa la forma más silenciosa de generosidad: regalarle a alguien unos minutos de la propia vida sin esperar nada a cambio. Sin que quede registro. Sin que nadie lo vea.

Las mejores conversaciones terminan como los buenos libros: sin resolverlo todo, dejando esa inquietud vaga de que ya uno no es exactamente la misma persona que empezó a hablar. No hay manera de saber qué cambió. Solo se nota que algo se movió.

Y eso, en este tiempo en que todo debe medirse, es bastante.


P. D.  Para quien solo escribe para que otros lean. Me encantaría una conversación con Ustedes, no sé, piénselo... 

sábado, 27 de junio de 2026

Propósitos

Si uno observa con atención los viejos dibujos animados, descubre algo extraño: el Coyote nunca está realmente intentando atrapar al Correcaminos. Eso es lo que cree, pero no es lo que hace.

Si de verdad quisiera atraparlo, habría abandonado hace años. Después de miles de fracasos, cualquier criatura razonable habría buscado otro alimento. Sin embargo, cada mañana vuelve a levantarse, revisa un nuevo catálogo de inventos imposibles y sale otra vez al desierto.

El Correcaminos no es su presa. Es su propósito.

Y ahí está el problema.

Porque hay una diferencia enorme entre vivir hacia algo y vivir contra algo. El primero elige. El segundo depende. El primero podría, en teoría, prescindir de lo que persigue. El segundo, no. Sin su enemigo, sin su obsesión, sin esa carga que lo define, no sabe muy bien qué es.

Muchos de nosotros somos el Coyote. Construimos la identidad alrededor de una herida, un rival, una injusticia que no olvidamos, una deuda que no termina de saldarse. Nos quejamos de ello. Queremos librarnos de ello. Pero si fuéramos honestos, reconoceríamos que esa carga organiza nuestra existencia. Que sin ella no sabríamos por dónde empezar el día.

El ser humano necesita dirección más que comodidad. Eso no es un defecto, es una condición. El problema es cuando confundimos la adversidad con el propósito. Cuando el "Beep Beep" en el horizonte deja de ser un estímulo y se convierte en una cadena.

Aristóteles diría que vivimos para ejercer lo que somos, no para reaccionar a lo que nos hicieron. Sartre añadiría que la mala fe consiste precisamente en eso: en fingir que no elegimos cuando en realidad llevamos años eligiendo lo mismo.

El Coyote nunca atrapará al Correcaminos. Y en el fondo, no quiere hacerlo.

La pregunta es si nosotros queremos seguir siendo el Coyote. El Coyote nunca entendió esa diferencia. Nosotros todavía estamos a tiempo.

miércoles, 24 de junio de 2026

Los nudos invisibles


Mucho antes de que el Homo sapiens domesticara el fuego, antes de la rueda, la escritura o el metal, ya existía el nudo. Hallazgos arqueológicos sugieren que los neandertales y homínidos previos ya entrelazaban fibras para crear herramientas. No estamos ante un invento secundario; el nudo es la tecnología fundacional que permitió la transición del nomadismo recolector a la ingeniería. Con él, la humanidad multiplicó su fuerza: levantó refugios estables, armó herramientas compuestas, tendió trampas y, fundamentalmente, construyó embarcaciones. La navegación que conectó continentes y trazó los mapas del mundo no fue impulsada por el viento, sino por la fricción de cuerdas dispuestas con precisión matemática. Un nudo correcto era la única frontera entre el comercio próspero y el naufragio.

Y esta tecnología no pertenece al pasado. Aunque hoy dependemos de polímeros sintéticos, cables de acero y algoritmos, el nudo sigue gobernando sectores críticos. Sigue siendo la diferencia entre la vida y la muerte en el alpinismo de alta competencia y en las operaciones de rescate. En la medicina moderna, la cirugía robótica de alta precisión y las suturas cardiovasculares dependen de la misma mecánica de tensión que se usaba en el Paleolítico. Incluso en la vanguardia científica, la teoría de cuerdas en física y la topología matemática recurren al comportamiento de los nudos para intentar explicar la estructura misma del universo. El nudo no ha sido superado; solo se ha sofisticado.

Todo nudo nace como respuesta al riesgo de una separación; nadie lo ejecuta por capricho, sino porque algo tiene el potencial de soltarse. Pero aquí la analogía se vuelve severa: algunos de los nudos más rígidos de nuestra vida no nos unen de forma saludable a lo que valoramos, sino que nos atan de manera neurótica a lo que tememos perder.

​Hay personas amarradas a una vieja ofensa, a una discusión sepultada por los años o a una herida abierta cuyo único propósito actual es sostener una identidad basada en el resentimiento. Se quejan de esas ataduras, verbalizan un deseo constante de liberación, pero jamás reducen la tensión de la cuerda. El nudo ha dejado de ser una herramienta temporal para convertirse en la estructura misma de quien lo lleva.

​En la práctica, la fuerza bruta y el desespero solo aprietan más la soga, deformando la fibra hasta volverla inservible. Desatar exige el proceso inverso: paciencia, observación y el rigor de entender cómo se configuró la tensión antes de intentar alterarla.

​Al final, la pregunta técnica relevante deja de ser qué es lo que nos ata. La cuestión real es si todavía somos nosotros quienes sostenemos el nudo... o si es el nudo el que nos sostiene a nosotros.

lunes, 22 de junio de 2026

La deuda que todos tenemos



Hace años leí una reflexión atribuida a un ejecutivo que dirigía una empresa al borde de la quiebra. La compañía arrastraba una deuda cercana a los mil millones de dólares. Contra todo pronóstico, logró salvarla.

Lo que recuerdo no son los detalles financieros ni las estrategias de gestión. Lo que quedó grabado fue una idea mucho más simple.

Decía algo así:

"Cuando despiertes por la mañana, mira la ciudad donde vives, la gente que te rodea, el aire que respiras, y no dejes que nada, absolutamente nada, ni siquiera una deuda de mil millones de dólares, te quite el sueño."

Con los años he llegado a pensar que la enseñanza no trata sobre empresas ni sobre dinero.

Todos tenemos nuestra propia deuda de mil millones de dólares.

Puede ser una preocupación que nos acompaña desde hace meses. Un problema que parece no tener solución. Un futuro incierto. Algo que ocupa tanto espacio en la mente que termina ocultando todo lo demás.

Pero mientras estamos atrapados en ese problema, la vida continúa ocurriendo.

Amanece. La ciudad despierta. Los niños van a la escuela. Los árboles se mueven con el viento. El mundo sigue siendo inmensamente más grande que aquello que nos preocupa.

Nada de esto elimina el problema. La deuda sigue ahí. Pero recordarlo ayuda a poner las cosas en perspectiva.

Porque una cosa es tener un problema y otra muy distinta es permitir que el problema nos posea.

La serenidad no consiste en vivir sin preocupaciones, sino en comprender que ninguna de ellas debería arrebatarnos por completo la capacidad de ver el mundo que sigue existiendo más allá de nuestras inquietudes.

Después de todo, si alguien pudo dormir con una deuda de mil millones de dólares sobre sus hombros, tal vez nosotros también podamos descansar esta noche.

sábado, 20 de junio de 2026

La Luna, Marte y la vieja costumbre de poseer


En 1954, un notario chileno llamado Jenaro Gajardo Vera inscribió la Luna a su nombre en el Conservador de Bienes Raíces de Talca. Años después, un estadounidense llamado Dennis Hope encontró un vacío legal en el Tratado del Espacio Exterior y comenzó a vender parcelas lunares por correo. Entre sus compradores figuran expresidentes y actores de Hollywood.

La historia parece un chiste jurídico. Hasta que deja de serlo.

Porque lo que revela no es la excentricidad de dos hombres con demasiada imaginación. Revela algo más antiguo: nuestra tendencia casi automática a convertir lo desconocido en propiedad.

El derecho internacional actual prohíbe apropiarse de cuerpos celestes. Pero las leyes suelen llegar después de los hechos. Primero llegan los exploradores, los comerciantes, los ambiciosos. Y en ese intervalo —que puede durar décadas— se establecen realidades que después son casi imposibles de deshacer.

Durante siglos avanzamos hacia nuevos territorios convencidos de que la expansión era necesidad legítima. El problema comenzaba cuando la necesidad se transformaba en derecho. Cuando el tenemos que se volvía merecemos.

Necesitamos crecer. Por lo tanto, tenemos derecho a ocupar.

Necesitamos recursos. Por lo tanto, tenemos derecho a tomar.

Es una lógica tan antigua que ya casi no la reconocemos como lógica.

Quizás el verdadero desafío de una civilización espacial no sea técnico. Sea llegar a otros mundos sin llevar encima las mismas ideas que hemos arrastrado durante milenios. Porque la pregunta más importante no es quién será dueño de Marte. Es si hemos aprendido algo desde la última vez que encontramos una frontera.

La Luna lleva miles de millones de años sobre nuestras cabezas. Sin dueño, sin escritura, sin parcelas vendidas por correo, ha seguido iluminando a todos por igual.

Quizás eso también sea una lección.

miércoles, 17 de junio de 2026

Los dioses siguen enviando cosas que no pedimos


Hay una película de 1980 que empieza con una botella de Coca-Cola y termina siendo una pregunta filosófica que todavía no sabemos responder.

The Gods Must Be Crazy (por aquí, Los dioses deben estar locos) cuenta la historia de Xi, un bosquimano del Kalahari que vive en una comunidad con una lógica radical: no existe la propiedad. Todo lo que la tierra ofrece es suficiente para todos, y lo que es suficiente para todos no pertenece a nadie.

Un día, desde el cielo, cae una botella vacía de vidrio.

El objeto no tiene ningún valor intrínseco. Pero es único. Y esa unicidad es suficiente para romperlo todo. De pronto hay algo que no alcanza para todos. Y con la escasez llegan, uno tras otro, todos sus hijos: los celos, la competencia, la propiedad, el conflicto.

La tribu concluye que ese objeto no puede ser un regalo de los dioses. Tiene que ser una maldición. Y a Xi se le encargará el arrojarlo al fin del mundo.

La botella no corrompió a nadie. No llegó con instrucciones malévolas. Simplemente apareció, y resultó estructuralmente incompatible con la forma en que vivían. No por maldad. Por arquitectura.

Ahí está la pregunta clave: ¿y si muchos de nuestros problemas no vienen de la maldad humana, sino de los objetos y sistemas que introducimos sin preguntarnos qué transforman?

La película tiene cuarenta y cinco años. Y la botella podría haber sido cualquier otra cosa. El dinero. Internet. Los teléfonos inteligentes. Las redes sociales, que instalaron la lógica de la visibilidad y la comparación en espacios que antes eran privados. Cada tecnología llega con una promesa y con una transformación implícita que nadie negoció.

Lo más inquietante es esto: los bosquimanos vieron el problema. Lo identificaron, le pusieron nombre y tomaron una decisión colectiva. Tuvieron la claridad de reconocer que un objeto los estaba cambiando de formas que no querían.

Nosotros, en cambio, vivimos rodeados de botellas. Y somos tan buenos para habituarnos que la mayoría del tiempo ni siquiera las vemos. Creemos que usamos los objetos. Rara vez nos preguntamos cuánto nos han cambiado ellos a nosotros.

Xi caminó hasta el fin del mundo para arrojar una botella vacía.

Nosotros seguimos cargando las nuestras, convencidos de que las elegimos.

lunes, 15 de junio de 2026

El blog mas importante del mundo, a ti quien te lee?


La Voyager 2 lleva volando desde 1977. Casi cincuenta años en el espacio, alejándose de nosotros a 55.000 kilómetros por hora, y todavía no ha llegado a ninguna parte. En términos cósmicos, apenas ha cruzado el patio de la casa.

A bordo lleva un disco de oro. Música, voces humanas, el sonido del viento y la lluvia, saludos en 55 idiomas. Todo grabado con la esperanza —o quizás con la fe, que no es lo mismo— de que algún día alguien lo encuentre y entienda que aquí hubo algo. Que existimos. Que tuvimos la ocurrencia de mandar un saludo al universo antes de apagarnos.

La probabilidad de que eso ocurra es, para efectos prácticos, cero.

Y aun así lo hicimos.

Me pregunto qué pensaron los que armaron ese disco. Si en algún momento alguien levantó la mano y dijo para qué, si nadie lo va a escuchar. Probablemente no. Probablemente todos sabían que era un gesto hacia el vacío y lo hicieron igual, con la misma seriedad con que se hace cualquier cosa que importa.

Yo hago algo parecido cada vez que escribo aquí.

No tengo manera de saber si alguien lee esto. Las estadísticas del blog me dan números, pero un número no es una persona leyendo — es apenas una señal de que alguien pasó por aquí, como la huella de un pie en la arena antes de que llegue la marea. Puedo imaginar lectores, igual que los que armaron el disco de oro imaginaron civilizaciones extraterrestres con la capacidad de encontrarlo y descifrarlo. Es un acto de fe del mismo tipo. Tal vez del mismo tamaño.

Y sin embargo sigo escribiendo.

No sé bien por qué. O sí sé, pero me cuesta explicarlo sin sonar pretencioso. Hay algo en el acto mismo de ordenar las ideas, de buscarle la forma exacta a una cosa que uno siente vagamente, que justifica el esfuerzo independiente de si alguien lo lee. Como si escribir fuera una manera de existir con más precisión. De dejar constancia, aunque sea para nadie.

La Voyager 2 va a seguir viajando mucho después de que todos los que la construyeron hayan muerto. En 300 años va a pasar cerca de una estrella. En 40.000 años va a acercarse a otro sistema solar. Para entonces no va a quedar nadie que recuerde que la mandamos, ni nadie que pueda explicarle a quien la encuentre de dónde vino.

Pero el disco va a estar ahí. Con la música. Con las voces. Con el sonido del viento de un planeta que quizás ya no exista.

Eso me parece, por alguna razón que no termino de entender, una de las cosas más humanas que hemos hecho.

Este post también va a quedar en algún servidor, flotando, después de que yo no esté. Sin contexto. Sin nadie que lo explique. Una voz hablando hacia ninguna dirección en particular.

Pero seguimos escribiendo. Así somos.

sábado, 13 de junio de 2026

Hay lugares para construir una vida y lugares para sostenerla.

Durante mucho tiempo creí que esa diferencia era artificial. Que si dos personas se gustan, el resto es detalle. El amor aparece donde aparece: en una fiesta, en un tren, detrás de un escritorio.

Pero con el tiempo empecé a sospechar que no todos los espacios están hechos para lo mismo.

El trabajo es uno de los pocos ámbitos donde, al menos en teoría, uno debería ser valorado por lo que hace. Por el criterio, la responsabilidad, el desempeño. No por el encanto. No por a quién se conoce ni a quién se quiere.

Y quizás por eso mezclar ambas cosas tiene un costo.

Porque cuando el afecto entra en escena, la mirada cambia. Ya no vemos a una persona solo como colega. Aparecen preferencias, expectativas, complicidades, heridas. Todo aquello que hace valiosas las relaciones humanas, pero que vuelve más difícil la imparcialidad.

El problema no es cuando una historia comienza.

El problema es que casi todas las historias terminan — o se transforman en algo que no elegimos.

Y cuando eso ocurre, el trabajo permanece. Siguen las reuniones, los turnos, los pasillos compartidos. Lo que fue una elección sentimental se convierte en convivencia obligatoria.

Yo conocí a mi pareja en el trabajo. Llevamos quince años juntos. Cuento esto no como excepción que invalida lo anterior, sino como prueba de que las contradicciones también forman parte de la vida.

Quizás por eso conviene proteger ciertos espacios.

No porque el amor sea peligroso.

Sino porque es demasiado importante para encerrarlo dentro de un lugar del que no podemos irnos cuando deja de funcionar.

jueves, 11 de junio de 2026

El ritmo silencioso


Durante mucho tiempo creímos que la disciplina era una cuestión de carácter. Levantarse temprano, dormir a hora razonable, mantener hábitos. La biología, sin embargo, cuenta una historia diferente: dentro de cada uno de nosotros existe un reloj que lleva millones de años afinándose con la rotación de la Tierra. No lo elegimos. Simplemente está ahí, trabajando.

A ese mecanismo se le llama ritmo circadiano. Del latín circa diem: alrededor de un día. Ciclos de aproximadamente 24 horas que regulan el sueño, la temperatura corporal, las hormonas, el apetito, la atención, el estado de ánimo. La estructura invisible sobre la que descansa, sin que lo sepamos, casi todo lo que hacemos.

Cada mañana, la luz que entra por los ojos informa al cerebro que el día ha comenzado. Cae la melatonina, sube el estado de alerta, el organismo se prepara para la actividad. Cuando avanza la oscuridad, el proceso se invierte. El cuerpo empieza a prepararse para el descanso mucho antes de que seamos conscientes de ello. Es una conversación que ocurre sin nosotros, o mejor dicho: sin que nos pidan opinión.

La vida moderna suele ignorar esa conversación.

Trabajamos de noche, revisamos pantallas antes de dormir, fragmentamos los horarios sin culpa ni consecuencias aparentes. Y después nos sorprendemos del cansancio crónico, la dificultad para concentrarnos, esa sensación persistente de estar desfasados del mundo. Quizás no sea falta de disciplina. Quizás sea el precio de ignorar durante demasiado tiempo una biología que sigue su propio criterio.

Vista desde ahí, la rutina deja de ser una lista de obligaciones. Se convierte en una forma de cooperación. Acostarse y levantarse a horas similares, exponerse a la luz de la mañana, respetar ciertos ritmos en las comidas o el movimiento: no son consejos de productividad. Son gestos de sincronía con mecanismos que ya existen, que no esperan permiso y que funcionan mejor cuando no se los contradice constantemente.

La regularidad no elimina el caos. Pero crea una base desde la cual enfrentarlo sin empezar cada día en deuda con uno mismo.

Hay una enseñanza discreta en todo esto: no todo progreso depende de hacer más. A veces depende, simplemente, de hacer las cosas en el momento en que el cuerpo ya estaba listo para hacerlas.

El amanecer no intenta ser medianoche. El invierno no compite con el verano. Hay algo que la naturaleza maneja con una precisión que nosotros, con toda nuestra agenda y toda nuestra voluntad, raramente conseguimos imitar.

Antes de organizar una carrera, un proyecto, una vida, ya existe un reloj trabajando en silencio. No pide atención. Solo pide, de vez en cuando, que no lo ignoremos tanto.

martes, 9 de junio de 2026

Cincuenta y siete años para entender


Hace quince años me parecía lejano. No como amenaza exactamente, sino como un asunto que pertenecía a otro tiempo, a otro yo más viejo, a una versión futura que se encargaría sola del problema. La muerte era un horizonte que uno mira sin caminar hacia él.

Ahora tengo cincuenta y siete años y algo cambió sin que yo lo planificara. No hubo revelación. No hubo susto médico ni pérdida fulminante que lo pusiera todo en perspectiva. Fue más tranquilo que eso, más silencioso. Simplemente, un día, dejó de parecerme lejos.

Y lo extraño es que no me asustó darme cuenta.

Cincuenta y siete años son suficientes para entender que la vida no es una posesión, es un tránsito. Llegamos a lugares, los habitamos por un tiempo y los dejamos. La muerte no es la excepción a esa regla, es la confirmación más honesta de ella. Es otro lugar por el que hay que pasar. No el final del camino, sino la última curva antes de que el camino deje de ser nuestro problema.

Me costó más de medio siglo llegar a esto. No porque sea una idea compleja, sino porque hay que vivirla para que deje de ser una idea. La filosofía lo dice hace siglos, las religiones lo repiten de mil maneras, los poetas llevan milenios tratando de hacérnoslo entender. Y sin embargo, hasta que uno no lo siente en los huesos, en la manera concreta en que mira las cosas un martes cualquiera, todo eso sigue siendo teoría.

Morir es parte del juego. Y para jugar bien hay que saber en qué juego estás.

Hay algo que se afloja cuando uno acepta eso de verdad. No resignación, no derrota. Más bien lo contrario: una especie de ligereza que viene de dejar de cargar con lo que nunca estuvo en nuestras manos. El tiempo que queda no se vuelve más corto por reconocerlo. Se vuelve, si acaso, más claro.

Cincuenta y siete años para entender algo que siempre estuvo ahí, esperando que yo madurara lo suficiente como para no salir corriendo.

domingo, 7 de junio de 2026

El filtro del blog (o por qué no deberías comprar lo que vendo)


A fuerza de escribir y escribir, uno termina armándose un personaje bastante decente. Este blog es básicamente eso: un filtro de la realidad donde solo pongo los momentos donde parezco inteligente, ocultando las partes clandestinas que no querrías ver ni de cerca. Ayer, por razones que no vienen al caso —y en serio, no pregunten—, pensé que ya era hora de soltar mis miserias. No sé cómo se lo vaya a tomar mi ego cuando despierte y lea esto; si me arma un drama más tarde, ya les contaré. Pero si vamos a seguir conviviendo en este espacio, es justo que sepan la clase de sujeto con el que están tratando.

​Para empezar, soy un tipo de arranques, no de constancia. Me pasa siempre: me obsesiono con una idea, me emociono al principio, pero en cuanto el proyecto exige disciplina y seguimiento a largo plazo, me aburro y lo dejo tirado. Soy un pésimo ejecutor. Vivo a base de impulsos y atracones, como cuando me devoro un libro entero en una noche y luego paso semanas en blanco. El problema es que, en pleno subidón inicial, prometo demasiadas cosas y demasiado rápido, para luego terminar quedando mal más veces de las que me gustaría admitir.

​Tampoco esperen que sea el compañero de equipo ideal. Eso de coordinarme con otros y acoplarme al ritmo de los demás me resulta insoportable. Prefiero mil veces irme por las ramas, divagar con conceptos abstractos y flotar en las nubes bien lejos de la realidad. Sé perfectamente que desde afuera puedo parecer soberbio, o directamente un pedante. No los culpo; si yo me viera desde la acera de enfrente, probablemente también me caería mal.

​A esto hay que sumarle que mi paciencia es microscópica. Hay gente con la que, por alguna razón, se me frunce el ceño al primer segundo. Sé que está mal, me doy cuenta del gesto, pero no lo puedo evitar. Y si nos ponemos honestos, tampoco es que desborde generosidad, y cuando me da por una pasión, soy un consumidor compulsivo sin ningún tipo de control.

​En el plano práctico, la cosa se pone peor. Mi carrocería de serie vino con serios defectos de fábrica: las habilidades mecánicas simplemente no me las instalaron, el oído musical me lo quedaron debiendo y las bases de datos relacionales me parecen un invento de brujería. Para colmo, cuando me siento a escribir, me gana la ansiedad. Tecleo a una velocidad absurda, lo que me obliga a pasarme la mitad del tiempo borrando y corrigiendo las palabras que mis propios dedos atropellan en su prisa por salir de mi cabeza.

​Todo esto ya pasó por el filtro de la poca racionalidad que todavía me queda en algún rincón del cerebro. No lo digo buscando lástima ni una palmadita en la espalda; es, simplemente, la hoja de especificaciones del motor que mueve este sitio. Viene con fugas de aceite y le faltan piezas. Sobre aviso no hay engaño. Ya están advertidos.

viernes, 5 de junio de 2026

Me equivoqué (o: cómo la experiencia te cobra antes de enseñarte)


—Con el tiempo he adquirido nuevos conocimientos a través de la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Y deben reconocer que eso suena mucho mejor que decir: me equivoqué por pendejo.

La diferencia es fascinante. Ambas frases describen exactamente el mismo fenómeno, pero una viene vestida de gala y la otra llega en zapatillas, despeinada y con olor a realidad.

Tenemos una extraña obsesión por embellecer nuestros errores. No decimos que fuimos ingenuos; decimos que estábamos en un proceso de aprendizaje. No admitimos que nos dejamos engañar; afirmamos que ampliamos nuestra comprensión de la naturaleza humana. No reconocemos que tomamos una decisión absurda; preferimos explicar que obtuvimos información valiosa para el futuro.

Y, sin embargo, la verdad suele ser menos elegante.

La experiencia es una maestra extraordinaria precisamente porque primero te pone el examen y después te entrega la lección. Nadie aprende prudencia leyendo una definición. Aprendemos prudencia cuando confiamos en quien no debíamos. Aprendemos paciencia cuando la impaciencia nos cuesta algo. Aprendemos humildad cuando descubrimos que no éramos tan inteligentes como creíamos.

Por eso resulta curioso el desprecio que sentimos hacia nuestras antiguas versiones. Miramos atrás y pensamos: ¿cómo pude ser tan tonto? Pero la pregunta es injusta. La persona que cometió aquel error no disponía del conocimiento que hoy tenemos. Si lo hubiera tenido, probablemente habría actuado de otra manera.

El problema es que confundimos inteligencia con experiencia. Como si la gente sabia hubiera nacido sabia. Como si alguna vez hubiera existido un adulto prudente que no hubiera pasado antes por una larga colección de ridículos, equivocaciones y decisiones cuestionables.

La madurez no consiste en no haber sido pendejo. Consiste en haber sobrevivido lo suficiente para reconocerlo.

Porque casi todo lo que hoy llamamos sabiduría fue, en algún momento, una metida de pata que dejó cicatriz.

Y las cicatrices son una forma muy sincera de conocimiento: no se aprenden en los libros, no se heredan y no se pueden fingir.

Así que sí, puedes decir que has adquirido nuevos conocimientos mediante la experiencia, la reflexión y la asimilación.

Pero no olvides que, traducido al lenguaje más humano, eso suele significar que la vida te dio una lección —después de demostrarte, con notable claridad, que todavía te faltaba aprenderla.

miércoles, 3 de junio de 2026

La diferencia entre saber y recordar


La diferencia entre saber y recordar del siglo XIX, un orfebre cherokee llamado Sequoyah entendió algo que muchas culturas tardan siglos en comprender: que la tradición oral es frágil. Que la memoria transmitida de boca en boca depende de que haya alguien dispuesto a escuchar, alguien que sobreviva para contar.

Sequoyah no sabía leer ni escribir en inglés. Pero observó que los colonos blancos tenían "hojas que hablan". Papeles que guardaban palabras sin necesidad de presencia física. Y comprendió que esa tecnología no era un lujo. Era supervivencia.

Durante doce años trabajó en un silabario cherokee. Ochenta y seis caracteres que representaban todos los sonidos de su lengua. Funcionó. En meses, miles de cherokees aprendieron a leer y escribir en su propia lengua. Por primera vez, podían fijar su memoria. Dejar testimonio.

La escritura no era solo comunicación. Era resistencia. Era decir: esto pasó, esto somos, y no vamos a permitir que se olvide.

Porque la memoria oral es viva y flexible, pero esa misma flexibilidad es su vulnerabilidad. Cada generación que no la recibe, la pierde para siempre. La escritura, en cambio, fija el testimonio. Lo vuelve resistente al olvido. No garantiza que se lea, pero garantiza que pueda leerse.

Sin registro escrito, la masacre se convierte en "incidente". La represión en "medida necesaria". El despojo en "proceso natural". Por eso los regímenes autoritarios queman libros. Por eso los genocidios van acompañados de destrucción de archivos. Sin memoria escrita, la historia puede reescribirse.

Hay una ilusión peligrosa en creer que conocer la historia es suficiente para no repetirla. Pero la historia sin memoria es letra muerta. Es algo que se sabe pero no se recuerda.

Saber es tener acceso a un hecho. Recordar es cargar con su peso. La memoria no es solo conocimiento: es cicatriz. Y las cicatrices no se heredan; se muestran, se cuentan, o se olvidan.

Sin memoria, la historia se convierte en abstracción. Y entonces alguien dice: pero ahora es distinto. Siempre es distinto. Los nombres cambian, los discursos se actualizan. Pero la estructura se repite. El autoritarismo no vuelve con las mismas consignas. La violencia no se anuncia igual. Pero vuelve. Y vuelve porque dejamos de recordar por qué habíamos dicho "nunca más".

Hay un retorno más cruel que el eterno retorno de Nietzsche: el retorno de lo que olvidamos que no queríamos volver a vivir. No porque lo elijamos, sino porque perdimos la memoria de lo que costó evitarlo.

Olvidar duele menos que recordar. Por eso las sociedades prefieren pasar página. Pero lo que no se integra, insiste. Lo que no se recuerda, vuelve.

La memoria no es nostalgia. Es la única forma de no repetir.

Sequoyah comprendió que lo que no se fija, se evapora. Por eso escribimos. No solo para contar historias. Sino para que alguien, después, pueda volver y decir: aquí está. Esto pasó. Esto costó. Y por eso no debe repetirse.

Porque lo que se pierde primero no es la historia.

Es la memoria.

Y cuando eso ocurre, todo vuelve a repetirse.


lunes, 1 de junio de 2026

Siddhartha y el materialista que lo lee

Estoy leyendo la vida de Siddhartha. Cada capítulo, cada página, cada renglón invita a la reflexión. Bueno, estoy leyendo un resumen — lo vi en un reel y me enganchó. Así son los tiempos.

La pregunta que me persigue desde la primera página: ¿se puede alcanzar la felicidad, la verdad, a través del sufrimiento? Él pensó que sí. Luego cambió de parecer. Pero primero sufrió, porque si buscas el sufrimiento con disciplina, con método, aprenderás a no sufrirlo y llegarás a algo parecido a la paz. Una paz relativa, que ya es bastante.

Era de buena cuna. Lo dejó todo — fortuna, familia, amigos — y se convirtió en un hombre nuevo, sin pasado y sin futuro. Vivía como un mendigo, en el bosque, comiendo lo que la naturaleza tenía a bien ofrecerle o las sobras que algún alma generosa dejaba caer. Era un samana. Más tarde comprendería que ese tampoco era el camino. Que el camino hacia la verdad pasa por el término medio. Pero antes de llegar a esa conclusión, experimentó algo que yo — desde mi silla, con mi café y mi pantalla — envidio profundamente.

Porque hay una pregunta que no me abandona: ¿se puede, a través de la meditación, llegar a perder la conciencia de uno mismo? ¿Salir del cuerpo, fundirse en lo que te rodea, o verte a ti mismo desde afuera, quieto, ajeno al ruido? Él lo consiguió. Alcanzó el punto en que pudo escuchar su voz interior sin que nada la enturbiara. Y esa voz le dijo: siéntate bajo el árbol Bodhi. Y allí llegó al Buda.

Es normal que leyendo te adentres tanto que creas vivir lo leído. Pero lo que encuentro en Siddhartha no es ficción exótica — es un desasosiego espiritual perfectamente extrapolable al mío. Y sospecho que al de muchos. Esas preguntas que aparecen de noche, o a media tarde, o sin aviso, y que nadie puede responder por ti, porque la respuesta — si existe — solo vive en tu interior.

¿Me convertiré al budismo? No lo creo. Y la razón es sencilla: no tengo ningún interés en hacerme una foto con el Lama de turno, postearla con un hashtag de consciencia colectiva y abogar por la desocupación del Tíbet desde la comodidad de mi materialismo occidental. Si quisiera encaminar mi vida hacia ese punto, lo haría con todas las consecuencias. Renunciaría a todo. Y…

La verdad es que no estoy dispuesto.

Soy un materialista. Necesito una familia. Necesito amigos. Necesito ese conjunto de cosas imperfectas y contradictorias que llamamos vida ordinaria, y que Siddhartha abandonó sin mirar atrás.

Quizás en eso está la diferencia entre él y yo. Él buscaba la verdad a cualquier precio. Yo la busco, sí — pero con descuento, si es posible.

sábado, 30 de mayo de 2026

Una botella en el Molo 13


Descripción. Botella café, sin etiqueta, probablemente de cerveza Toten. Recogida el 15/05/2026, 04:10 UTC - 25°40' Latitud Sur, 70°59' Longitud Oeste

Texto:

"Ayer me pasé la mayor parte del día dando vueltas por el Parque Ecuador, no sé si lo presentiaba o me lo estaba fabricando solito, que al doblar la esquina te iba a encontrar, al subir al Mirador Alemán por algún rincón, o quizás siguiéndole el hilo a una tuna universitaria que andaba actuando por el parque, pero no estabas, oiga. ¿Y aquella señorita que cruzó en el semáforo? Tampoco era usté, pues. ¿Ilusión de tonto? ¿Esperanza sin fundamento?, interrogando cada paso de dama que pasaba, más debí parecerle a la gente  un caballero algo desorientado que un buscador con propósito, llamándola a voz en cuello y ayer le puedo jurar, con toda la formalidad del caso, que hasta los zorzales andaban fuera de compás, tan pronto duraban un instante como cincuenta días, pero no apareció usté, ¿no me escuchaba? ¿Me escuchaba pero no me creyó? ¿Me escuchaba pero tuvo a bien ignorarme?

Después de que su teléfono dejara de contestar, después de la carta que no sé si le llegó, pero sé que no me volvió, después de que anocheciera sobre Conce, después de mandarle mil requiebros desde la costanera, pena la mía, señorita, ya no me resta más que meter este recado en una botella y tirarlo al mar, allá, en el Molo 13."

Colaboración con OAND (Organización de Ayuda a Náufragos Desesperados)

Las personas implicadas pueden establecer contacto con OAND. 

viernes, 29 de mayo de 2026

Gambito de dama


Crees haber tomado la pieza decisiva porque alcanzaste a la reina. Error frecuente en jugadores impacientes. Una partida no concluye mientras el rey conserve espacio para moverse y voluntad para resistir.

Confundes ventaja momentánea con victoria definitiva, y ahí reside tu problema: juegas mirando el tablero inmediato, no el tiempo completo de la partida.

No cuestiono tu capacidad. Sería ingenuo hacerlo. Pero todavía actúas como quien cree que la fuerza basta para asegurar el desenlace. Los juegos verdaderamente complejos no se ganan sólo avanzando; también exigen soportar desgaste, incertidumbre y errores propios. Incluso los mejores terminan aprendiendo aquello que más evitaron: perder.

Interpretaste mi silencio como rendición. Otra lectura apresurada. Quien me conoce entiende que nunca abandono una partida iniciada. A veces avanzar implica detenerse, observar y permitir que el adversario revele solo su estrategia.

Paso a paso. Movimiento a movimiento.

No he claudicado. Apenas he concedido una tregua.

Y cuando volvamos al tablero, quizá comprendas finalmente que hay diferencias entre dominar piezas… y comprender el juego.

Hasta entonces.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Perder el norte

Cuando alguien empieza a desvariar, a tomar decisiones absurdas o a perder el hilo de lo evidente, decimos que está perdiendo el norte. La frase funciona porque el norte es, en apariencia, lo más fijo que existe. Una referencia inmóvil. Una verdad sin discusión.

Lo curioso es que el norte no es nada de eso.

El norte magnético migra constantemente. Hoy se desplaza hacia Siberia a razón de varios kilómetros por año. El polo celeste que usaban los navegantes antiguos también se mueve: Polaris no siempre fue la estrella polar y dejará de serlo. El norte, en rigor, es una convención que funciona porque todos acordamos sostenerla, no porque sea estable por naturaleza.

Pero hay otra inestabilidad que me resulta más cercana.

Chile tiene un norte concreto, con nombre propio y historia sangrienta. Atacama, Tarapacá, Antofagasta. Territorios que no siempre fueron chilenos y que pasaron a serlo después de una guerra que dejó muertos en el desierto, comunidades desplazadas y fronteras reescritas a punta de bayoneta. La Guerra del Pacífico no fue un trámite diplomático. Fue una disputa feroz por el salitre, por el cobre, por la riqueza que dormía bajo esa tierra seca. Chile ganó, y con la victoria se quedó con el mineral, con el territorio, y con siglos de cultura que ya habitaban ese desierto antes de que llegara cualquier bandera.

Lo que vino después es conocido, aunque pocas veces se diga con todas sus letras. El norte entregó salitre hasta que el salitre se acabó, o más bien hasta que lo reemplazaron artificialmente y lo volvieron prescindible. Entregó cobre, y sigue entregándolo. Financió guerras, crisis, recuperaciones y bonanzas que se celebraron en Santiago. Y a cambio recibió campamentos, polvo, olvido administrativo y la condescendencia ocasional de quienes descubren con sorpresa que allá arriba también hay gente.

El país usa "el norte" como metáfora del buen camino, de la razón, de la rectitud. Pero su norte real ha sido durante más de un siglo uno de los lugares menos escuchados, menos representados, más exprimidos del territorio nacional. No es guía. No es centro. Es extracción.

Hay algo más que paradójico en eso. Hay una deuda.

Quizás perder el norte no sea tan grave. Quizás lo grave es haberlo tenido siempre como despensa y nunca como brújula.

lunes, 25 de mayo de 2026

Parley


En Pirates of the Caribbean: At World's End hay una escena que me quedó dando vueltas. En medio del caos, los cañones y las traiciones apiladas, alguien levanta la voz y invoca el parley: una tregua para hablar antes de que todo siga destruyéndose.

Es un recurso cinematográfico, obvio. Pero encierra algo que vale la pena mirar de cerca.

Probablemente nunca existió un código pirata tan solemne como el de la película. Los piratas reales robaban, torturaban y mataban cuando les convenía. No eran caballeros del mar. Eran depredadores con bandera propia. Y sin embargo, incluso entre ellos existían acuerdos, negociaciones, reglas mínimas. No por nobleza. Por supervivencia.

Ahí está la paradoja.

Incluso quienes viven de la violencia entienden, en algún punto, que la violencia sin límites termina destruyéndolo todo, empezando por ellos mismos. Sin cierta previsibilidad, nadie puede confiar en nada ni en nadie. Y cuando desaparece toda previsibilidad, el caos deja de ser útil incluso para los violentos. Por eso la historia humana está llena de códigos que nacieron en lugares brutales. Treguas para recoger cadáveres en medio de guerras. Inmunidad para mensajeros. Pactos entre mafias. Territorios respetados temporalmente entre enemigos que se odian. No son actos de bondad. Son mecanismos mínimos para impedir el colapso total.

La civilización suele imaginarse como lo opuesto a la barbarie. Pero muchas veces ocurre algo más incómodo: las reglas no anteceden a la barbarie. Nacen dentro de ella.

Un pirata invocando el derecho a hablar.

Un asesino exigiendo que se respeten "las reglas".

Un imperio justificando límites en medio de una guerra que él mismo desató.

Todo eso apunta hacia algo inquietante: incluso los monstruos necesitan códigos para no devorarse entre sí.

Quizás por eso estas historias siguen atrapándonos. No porque romantizamos a los piratas, sino porque reconocemos algo muy nuestro en ellos: el miedo al caos absoluto. Ese miedo que, cuando funciona bien, nos hace construir lenguaje común incluso con los enemigos.

Y tal vez ahí haya una advertencia.

Una sociedad empieza a degradarse cuando pierde incluso esa capacidad. Cuando todo desacuerdo se convierte de inmediato en destrucción, en humillación, en el exterminio simbólico del que piensa distinto. Cuando desaparece el parley, lo que queda es fuerza contra fuerza, y nadie recoge a sus muertos.

Incluso los piratas lo entendían.

viernes, 22 de mayo de 2026

Vivir el duelo


Vivimos en una sociedad con un temor exacervado a la muerte. Nos crían y nos forman de espaldas a la muerte, y también de espaldas a las emociones que cualquier pérdida convoca: la tristeza, la rabia, la culpa, el miedo.

Hemos aprendido a tratarlas como averías. Algo que hay que reparar cuanto antes,  silenciar con farmacos o disolver con positividad forzada. Pero estas emociones no son síntomas de que algo va mal. Son señales de que algo funcionó: que hubo un vínculo, que una ausencia duele porque una presencia tuvo peso.

El problema no es sentirlas. El problema es no saber para qué están.

La rabia moviliza. Es energía antes de ser dolor. Una reacción ante la injusticia de la pérdida, ante la impotencia de no haber podido hacer nada. Cuando se la deja expresar —sin apresurarse a calmarla— cumple una función necesaria: nos saca del congelamiento.

La tristeza conecta con lo perdido. No es derrumbe: es reconocimiento. Dice esto existió, esto valió. Tiene un ritmo lento que no admite atajos. Quien busca apurarla, en realidad interrumpe el único proceso que permite integrar la pérdida.

La culpa obliga a revisar el vínculo. Casi siempre es el intento de la mente de encontrar control donde no lo hubo. Trabajarla no es absolver ni condenar: es mirar de frente lo que la relación fue y lo que quedó sin decir.

El miedo prepara. Pregunta: ¿cómo voy a seguir? ¿Qué queda de mí sin esto? No es debilidad. Es la señal de que algo central ha cambiado y que el cuerpo necesita tiempo para reorientarse.

El duelo no resuelto no desaparece: se enquista. Se vuelve síntoma, distancia afectiva, una tristeza sin nombre que aparece años después sin que sepamos de dónde viene.

Acompañar bien un duelo no significa quitar el sufrimiento. Significa ayudar a que cada emoción cumpla su función. Solo así la pérdida puede integrarse —no olvidarse, no superarse— sino ocupar el lugar que le corresponde dentro de una vida que c ontinúa.

Somos el mejor pais de Chile


Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.

No hay nada en lo que seamos los mejores.

Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.

Pero eso no es lo que más duele.

Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.

Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.

Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.

Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.

El problema no es que seamos un mal país.

El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N

miércoles, 20 de mayo de 2026

Lo que no sabemos que necesitamos


A raíz de las declaraciones del presidente Kast cuestiona investigaciones científicas ha nacido la necesidad de escribir este post. 

Hay algo seductor en la idea de financiar solo lo útil. En tiempos de estrechez, parece hasta razonable: ¿por qué sostener investigaciones que terminan como libros empastados que nadie leerá, mientras la gente necesita trabajo, seguridad, soluciones concretas ahora? La crítica tiene piso. Negarlo sería deshonesto.

Existe investigación irrelevante. Existe burocracia académica que produce por producir. Existe conocimiento que habla únicamente para sí mismo.

El problema aparece cuando esa crítica legítima deriva en algo más estrecho: la idea de que el valor del conocimiento se mide casi exclusivamente por su capacidad de generar empleo inmediato o rentabilidad visible. Ahí surge la pregunta que al parecer nadie quiere hacer: ¿cómo se mide el valor de una idea antes de saber en qué terminará convirtiéndose?

Detrás del radar existían décadas de estudios sobre electromagnetismo que durante años parecieron teoría abstracta. Detrás de la computación moderna había matemáticas "inútiles" desarrolladas mucho antes de que existieran computadores. Las vacunas que los gobiernos exigieron a gritos durante la pandemia solo fueron posibles porque existía investigación acumulada durante décadas sin retorno económico evidente.

El conocimiento más transformador rara vez parece útil cuando nace. Eso no significa idealizar la academia. Parte de su descrédito actual viene de universidades incapaces de explicar por qué ciertas investigaciones importan socialmente. Hay desconexión real. Hay lenguaje deliberadamente hermético.

Pero hay algo más profundo en juego que una discusión sobre eficiencia presupuestaria. Una sociedad que solo está dispuesta a financiar aquello cuyo beneficio ya puede calcular de antemano no está siendo prudente. Está, sencillamente, empobreciendo su capacidad de imaginar el futuro.

Y eso tiene un costo. Uno que no aparece en ningún balance fiscal, precisamente porque nadie sabe todavía cómo contabilizarlo.

lunes, 18 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con los muertos?

Hay una manera cómoda de recordar la Tragedia de Antuco: como un caso judicial. Responsables identificados, condenas dictadas, caso cerrado. La sociedad procesó el duelo y siguió adelante.

Pero esa versión deja fuera la pregunta más incisiva. No quién falló, sino por qué fallamos siempre de maneras tan parecidas.

Muchas de las víctimas de Antuco venían de contextos con pocas opciones. El servicio militar no era una vocación; era una oportunidad concreta en un mapa estrecho. Jóvenes con equipamiento insuficiente para las condiciones reales, en una marcha que continuó cuando había razones de sobra para detenerla. No murieron por mala suerte. Murieron en una convergencia de negligencias que nadie detuvo.

Eso es lo primero que hay que sostener, antes de cualquier análisis.

Porque la pregunta no es retórica. Es literal. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los ponemos en una placa? ¿Los nombramos en mayo? ¿Los usamos para hablar de responsabilidad institucional y después seguimos igual?

La respuesta, hasta ahora, ha sido bastante predecible. Personalizamos el error — encontramos responsables, los condenamos, y el sistema que produjo las condiciones queda más o menos intacto. Ritualizamos el recuerdo — actos, discursos, memoria simbólica que no es lo mismo que memoria operativa. Y normalizamos de nuevo — con el tiempo, lo excepcional vuelve a parecer improbable, y las prácticas riesgosas regresan en silencio, sin que nadie declare que regresaron.

Es un patrón documentado. La distancia temporal erosiona la urgencia. Siempre.

Y cuando una tragedia golpea a quienes tienen menos poder estructural, el impulso reformador tiende a ser más corto y más débil. No es accidente. Es una asimetría persistente en cómo las sociedades distribuyen el costo humano según quién lo paga.

Antuco no fue una falla táctica en condiciones extremas. Fue la expresión de algo que aparece con distintos nombres en empresas, servicios públicos, minería, salud: obediencia que no sabe detenerse, riesgo subestimado, precariedad tolerada como normalidad. El mecanismo es el mismo. Cambia el uniforme.

Lagos habló de "ser mejores ciudadanos". Honesto, pero abstracto. La mejora no ocurre por declaración. Ocurre cuando se rediseñan los protocolos, los incentivos, la cultura que determina si alguien puede decir esto no está bien sin que le cueste el rango. Sin eso, la memoria es homenaje. No transformación.

Si el aprendizaje hubiera sido real, veríamos instituciones más capaces de detenerse a tiempo. Una intolerancia genuina — no declarada — a lo evitable. Si eso no es visible, la conclusión es simple: recordamos a los muertos. Pero no hemos aprendido de ellos.

Y mientras no distingamos entre las dos cosas, el riesgo no desaparece. Solo espera condiciones.


sábado, 16 de mayo de 2026

El Estado que no existe


Hay una ficción que circula con mucha comodidad en el debate público: que existe algo llamado mercado libre, y que el Estado llega después a perturbarlo.

La historia desmiente eso desde el principio.

No hay mercado sin tribunales que hagan cumplir contratos. Sin policías que protejan propiedad. Sin bancos centrales que eviten que la moneda se evapore. Sin infraestructura que alguien construyó antes de que llegara la inversión privada. El capitalismo más "liberal" de la historia ha necesitado siempre un andamiaje estatal enorme para funcionar. La diferencia nunca fue Estado sí o Estado no.

La pregunta real siempre fue otra: ¿a favor de quién interviene el Estado?

Porque rescatar bancos en quiebra es intervención estatal. Garantizar patentes durante veinte años es intervención estatal. Subvencionar la industria tecnológica o militar es intervención estatal. Abrir rutas comerciales con plata pública es intervención estatal. Solo que a eso no se le llama intervención. Se le llama estabilidad, seguridad jurídica, incentivos al crecimiento.

"Intervención" es la palabra que se reserva para cuando el Estado redistribuye hacia abajo.

Por eso el capitalismo produce resultados tan distintos según dónde se aplica. Las socialdemocracias nórdicas redistribuyen con fuerza pero mantienen mercados competitivos. China planifica sectores estratégicos mientras liberaliza otros. Estados Unidos predica el libre mercado mientras sostiene con subsidios masivos su industria tecnológica, su aparato militar y su sistema financiero.

Chile tiene su propia versión de esa fractura.

El Estado chileno ha sido extraordinariamente activo garantizando estabilidad macroeconómica y condiciones para el crecimiento. Mucho más tímido cuando se trata de distribuir seguridad social o proteger a las personas frente a la precariedad. Las reglas del juego han estado escritas con cierta consistencia — pero no para todos los jugadores por igual.

La reciente Resolución 2/26 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos toca ese punto incómodo. La CIDH sostiene que las políticas fiscales no son neutrales. Que el presupuesto público es también una expresión de prioridades morales y relaciones de poder. Que la economía no está separada de la dignidad.

Es una afirmación que parece obvia y que sin embargo incomoda profundamente a quienes han construido su argumento sobre la idea de que el mercado es una fuerza natural y el Estado una distorsión.

Cuando un Estado decide qué financiar, qué recortar, a quién gravar, qué sector proteger — no solo administra recursos. Define qué vidas tendrán colchón y cuáles absorberán los costos de las crisis.

Eso no es técnica. Es política.

Y la política siempre tiene nombre.


jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando la rebeldía también alimenta el PIB


En 1944, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron en Dialectic of Enlightenment que la industria cultural terminaría convirtiendo incluso la rebeldía en mercancía. Décadas después, la idea parece más vigente que nunca.

La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.

Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.

Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.

El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.

Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.

El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.

Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.

Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.

Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.

Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?

martes, 12 de mayo de 2026

La incomodidad de nombrar lo cotidiano



Hay una resistencia estética a imaginar la cotidianeidad biológica ajena. Cagar es la certeza más absoluta de nuestra especie, pero la vida social exige una intimidad que raya en la negación. A diferencia de mear —más breve, menos ritual—, el acto de cagar impone un silencio que preferimos ignorar.

​La palabra no ayuda. "Cagar" es rotunda y legítima, pero ha sido expulsada de los salones y hasta del corrector de Word. Esta omisión no es inocente: el lenguaje que no se nombra, se administra. Al eliminar el término del registro oficial, el acto no desaparece, pero sí la posibilidad de mencionarlo sin incomodar. En su lugar, el eufemismo construye una arquitectura de niebla: se "defeca", se"excreta" o se "evacúa".

 El cuerpo traducido al latín deja de ser carne para ser un expediente clínico. Aquí el pudor se vuelve jerarquía. El código culto levanta barreras; el médico que pregunta por "hábitos de excreción " no es delicado, es distante. El paciente, que caga perfectamente pero jamás ha "excretado", queda desorientado ante su propio organismo. Como decía un viejo profesor de teoria de la comunicación: el lenguaje que no llega al otro no es lenguaje, es performance. Los eufemismos no protegen al paciente, lo alejan. Un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no se nombren es un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no importen. 

Word puede seguir ignorando la palabra; yo no voy a cambiarle el nombre.

Ya lo dice un querido poema:

"De los placeres sin pecar, el mejor es el cagar... Cagar es un placer de cagar nadie se escapa" 

domingo, 10 de mayo de 2026

Las madres invisibles


Hay una ausencia que el cine ha normalizado tanto que ya casi no se ve. Está ahí, en el fondo de cada historia, pero no tiene nombre ni diálogo ni siquiera un retrato en la pared. Es la madre.

Bella no tiene madre. Ariel tampoco. Jasmine, Pocahontas, Aladín. Toda una generación creció con protagonistas que llegaron al mundo por generación espontánea, o por el fervor narrativo de un padre que sí estaba, sí hablaba, sí importaba. La madre es ese personaje que el guionista borró en la primera revisión porque complicaba demasiado las cosas. No hace falta para la trama.

El padre ausente, en cambio, es épica pura. El trauma de Batman nace la noche que cayó Thomas Wayne. La herida de Simba lleva el nombre de Mufasa. Hasta Interestelar convierte la ausencia paterna en el motor secreto del universo. La ausencia del padre es mito. La de la madre es conveniencia narrativa.

Lo que ese silencio dice es revelador: que el cuidado no forma carácter, que lo cotidiano no es material dramático, que una tetera parlanchina puede sustituir perfectamente lo que una madre habría dado. El cuidado se da por hecho. Es el fondo, no la figura.

Pero aquí está la trampa: que no aparezca en pantalla no significa que no estuviera.

Porque en la vida real, la madre sí estaba. Siempre estuvo. En el sándwich que apareció solo en la mochila, en la fiebre de madrugada que alguien atendió sin contarlo después, en esa frase dicha casi de pasada que sin embargo se quedó grabada para siempre. El cine aprendió a hacer épica del padre ausente. Nunca supo cómo filmar lo que hace una madre presente, porque no explota, no tiene banda sonora, no cabe bien en un tercer acto.

El Día de la Madre no debería ser el día en que le damos una medalla a alguien por haber hecho lo que nadie notó el resto del año. Debería ser el día en que nos detenemos a mirar lo que elegimos no ver.

Las madres no son invisibles porque no estén. Son invisibles porque hemos construido una cultura que no sabe mirar lo que cuida sin espectáculo. Lo cotidiano no vende entradas. Lo constante no genera drama. Y lo que siempre estuvo ahí termina siendo, para el relato, como si nunca hubiera existido.

Pero existió. Existe. Y eso, aunque el cine no lo sepa filmar todavía, es la historia más larga que hay.

Feliz dia de las madres. Siempre presentes. 

La mediocridad como espejo


Cada cierto tiempo aparece en las redes una publicación que se viraliza no porque contenga análisis riguroso, sino porque toca algo que mucha gente ya siente. Hace poco circuló una de esas: un texto que denuncia cómo el sistema educativo chileno estaría "fomentando la mediocridad", evitando la reprobación, presionando a los profesores para que hagan pasar a estudiantes que no aprendieron nada. El texto generaliza sin evidencia y usa un lenguaje diseñado para provocar indignación más que reflexión. Y sin embargo, se compartió miles de veces.

Eso me parece más interesante que el texto mismo.

Porque cuando algo así se viraliza, no es porque sea verdad. Es porque resuena. Y lo que resuena merece pregunta: ¿con qué está vibrando?

Hay una tensión real en el corazón de cualquier sistema educativo moderno. La evidencia pedagógica indica que reprobar no funciona como se creía: repetir curso no mejora significativamente los aprendizajes, aumenta la deserción y afecta duraderamente la trayectoria del estudiante. Pero también existe la percepción —no completamente infundada— de que cuando desaparece la consecuencia del no aprendizaje, algo se pierde. No necesariamente la nota roja. Sino la señal. El momento en que alguien le dice a un estudiante: esto no está bien, hay que volver atrás.

Ese es el nudo verdadero. No si se reprueba o no. Sino si el sistema es capaz de decir la verdad.

Lo que el texto viral no puede decir —porque requeriría demasiada complejidad para una publicación de Facebook— es que la crisis del aprendizaje no tiene un solo culpable. No es solo que "ya no se exige". Es que los estudiantes llegan con déficits lectores acumulados. Es que la atención sostenida se ha deteriorado en un entorno de sobreestimulación digital. Es que muchos docentes trabajan en condiciones de sobrecarga que hacen imposible el seguimiento individual. Es que la desigualdad sigue determinando quién aprende y quién no, independientemente de cuántas notas rojas se pongan.

Reducir todo eso a "los hacen pasar igual" es cómodo. Tiene un culpable claro y una solución implícita igual de simple: volver a exigir, endurecer, reprobar sin culpa. Pero los sistemas complejos no se reparan con gestos simples.

El agotamiento docente es real. La sensación de que el esfuerzo ya no importa es real. La percepción de que algo se ha roto en el vínculo entre aprender y ser reconocido por aprender también es real. Pero validar una emoción no es lo mismo que entender su causa.

La mediocridad que más me preocupa no es la del estudiante que avanza con vacíos. Es la del análisis que prefiere la indignación al entendimiento. La que convierte un problema estructural de décadas en un meme compartible. La que nos hace sentir que ya entendimos todo porque encontramos a alguien a quien culpar.

Esa mediocridad no está en las aulas. Está en cómo pensamos sobre ellas.