sábado, 27 de junio de 2026

Propósitos

Si uno observa con atención los viejos dibujos animados, descubre algo extraño: el Coyote nunca está realmente intentando atrapar al Correcaminos. Eso es lo que cree, pero no es lo que hace.

Si de verdad quisiera atraparlo, habría abandonado hace años. Después de miles de fracasos, cualquier criatura razonable habría buscado otro alimento. Sin embargo, cada mañana vuelve a levantarse, revisa un nuevo catálogo de inventos imposibles y sale otra vez al desierto.

El Correcaminos no es su presa. Es su propósito.

Y ahí está el problema.

Porque hay una diferencia enorme entre vivir hacia algo y vivir contra algo. El primero elige. El segundo depende. El primero podría, en teoría, prescindir de lo que persigue. El segundo, no. Sin su enemigo, sin su obsesión, sin esa carga que lo define, no sabe muy bien qué es.

Muchos de nosotros somos el Coyote. Construimos la identidad alrededor de una herida, un rival, una injusticia que no olvidamos, una deuda que no termina de saldarse. Nos quejamos de ello. Queremos librarnos de ello. Pero si fuéramos honestos, reconoceríamos que esa carga organiza nuestra existencia. Que sin ella no sabríamos por dónde empezar el día.

El ser humano necesita dirección más que comodidad. Eso no es un defecto, es una condición. El problema es cuando confundimos la adversidad con el propósito. Cuando el "Beep Beep" en el horizonte deja de ser un estímulo y se convierte en una cadena.

Aristóteles diría que vivimos para ejercer lo que somos, no para reaccionar a lo que nos hicieron. Sartre añadiría que la mala fe consiste precisamente en eso: en fingir que no elegimos cuando en realidad llevamos años eligiendo lo mismo.

El Coyote nunca atrapará al Correcaminos. Y en el fondo, no quiere hacerlo.

La pregunta es si nosotros queremos seguir siendo el Coyote. El Coyote nunca entendió esa diferencia. Nosotros todavía estamos a tiempo.

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