Hay una resistencia estética a imaginar la cotidianeidad biológica ajena. Cagar es la certeza más absoluta de nuestra especie, pero la vida social exige una intimidad que raya en la negación. A diferencia de mear —más breve, menos ritual—, el acto de cagar impone un silencio que preferimos ignorar.
La palabra no ayuda. "Cagar" es rotunda y legítima, pero ha sido expulsada de los salones y hasta del corrector de Word. Esta omisión no es inocente: el lenguaje que no se nombra, se administra. Al eliminar el término del registro oficial, el acto no desaparece, pero sí la posibilidad de mencionarlo sin incomodar. En su lugar, el eufemismo construye una arquitectura de niebla: se "defeca", se"excreta" o se "evacúa".
El cuerpo traducido al latín deja de ser carne para ser un expediente clínico. Aquí el pudor se vuelve jerarquía. El código culto levanta barreras; el médico que pregunta por "hábitos de excreción " no es delicado, es distante. El paciente, que caga perfectamente pero jamás ha "excretado", queda desorientado ante su propio organismo. Como decía un viejo profesor de teoria de la comunicación: el lenguaje que no llega al otro no es lenguaje, es performance. Los eufemismos no protegen al paciente, lo alejan. Un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no se nombren es un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no importen.
Word puede seguir ignorando la palabra; yo no voy a cambiarle el nombre.
Ya lo dice un querido poema:
"De los placeres sin pecar, el mejor es el cagar... Cagar es un placer de cagar nadie se escapa"


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