La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.
Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.
Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.
El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.
Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.
El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.
Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.
Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.
Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.
Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?


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