EL DIAGNÓSTICO NO ES UN DESTINO
Comenzar el año enumerando los propósitos, se ha convertido en una tradición muy recurrente, para cuando febrero asoma sus días por el calendario, sentimos que hemos fracasado rotundamente, por qué? Debido a la falta de compromiso, apatía con nuestros compromisos? No!, es sólo por porque estamos cómodamente regodeandonos en nuestra miseria, culpando al mundo por no lograr nuestros propósitos y destilando lastima.
Durante la Segunda Guerra Viktor Frankl sobrevivió (y vivió para escribir su célebre libro) a Auschwitz no por azar, sino por elección. Mientras muchos se derrumbaban, él decidió ejercer la única libertad indestructible: la de escoger su actitud frente al sufrimiento. Hoy, con frecuencia, hemos invertido ese principio.
Hemos convertido el trauma en un objeto de exhibición y el diagnóstico en una identidad estática. Frases como "tengo ansiedad" o "soy neurodivergente" pueden usarse, a veces, como justificación para la pasividad. Lo que separa el crecimiento del estancamiento no es el dolor, sino la pregunta que hacemos después: "¿Cómo sigo adelante?" frente a "¿Hasta cuándo puedo quedarme aquí?".
Quejarse puede ser cómodo: atrae mirada inmediata y alivia la responsabilidad. Pero también es una jaula transparente. Si siempre culpamos al sistema, a los demás o a la genética, les regalamos las riendas de nuestra existencia.
La verdad duele, pero libera: reconocer tu parte en el problema es el primer paso para ser parte de la solución. Deja de adornar tu prisión con etiquetas y empieza a buscar la salida. El sentido de tu vida no está determinado por lo que te ocurrió, sino por lo que construyes a partir de eso.
Levántate.

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