La ortografía, ese arte de escribir con precisión, se ve cada vez más relegada en el vértigo de las redes sociales y los mensajes instantáneos. Sin embargo, hay signos —como la coma— que no admiten descuido: basta su ausencia para torcer por completo el sentido.
Venga, hagamos el ejercicio del uso correcto de la coma:
“Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda”, eso no significa lo mismo que:
“Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda”.
Obviamente el segundo ejercicio se corresponde al uso correcto de la coma. Una coma desplazada, y la intención cambia de forma radical.
Cuando un mensaje llega sin esa mínima precisión, la confusión no es un accidente: es consecuencia. La coma no es un adorno; es un mecanismo de claridad, un puente entre lo que se escribe y lo que se entiende.
En un mundo donde la velocidad manda, pocos se detienen a revisar. Y aun así, basta una coma mal puesta —o ausente— para convertir una idea simple en un equívoco. La ortografía podrá tambalear, pero la coma sigue siendo un faro contra la ambigüedad.
Porque al final, nadie quiere decir algo… y que se entienda otra cosa.


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