Seamos honestos: eres un idiota. No lo voy a suavizar.
No lo digo como insulto. Lo digo como diagnóstico. Llevas años yendo al médico solo cuando ya no puedes ignorar el dolor, cuando el cuerpo dejó de pedirte permiso y simplemente se declaró en huelga. Vas cuando ya no te queda otra. Y aun así, hay un examen que sigues evitando con una dedicación que, francamente, merece algún tipo de reconocimiento.
El tacto rectal.
Solo leer esas dos palabras ya te hizo apretar algo. Clásico.
El procedimiento dura menos de un minuto. Menos que el tiempo que tardas en decidir qué serie ver esta noche. Menos que la fila del supermercado. Menos, definitivamente, que el monólogo interior con el que llevas años convenciéndote de que tú estás bien, que esas cosas les pasan a otros, que cuando tenga tiempo. El tiempo, por cierto, es lo único que el cáncer también tiene. Y él no lo desperdicia.
Aquí viene la parte donde esperas que suavice el golpe. No voy a hacerlo.
El cáncer de próstata es el más frecuente en hombres mayores de cincuenta años. Detectado temprano, tiene una de las tasas de supervivencia más altas de todos los cánceres. Detectado tarde, la conversación cambia completamente de tono. No es opinión. Es biología. Y la biología no negocia, no tiene consideraciones especiales contigo, no le importa que tengas miedo o que el examen te parezca humillante.
Lo humillante, si quieres usar esa palabra, sería que un médico tuviera que explicarle a alguien que te quiere por qué no llegaste a tiempo.
Sé lo que estás pensando. Que el examen es incómodo. Que da pudor. Que ya vas a ir, que este año sí, que en cuanto pase el invierno. He escuchado todas las versiones. Son creativas, hay que reconocérselo. Pero son excusas, y las excusas no aparecen en ningún protocolo médico que yo conozca.
El médico que te hace ese examen ha visto miles de pacientes antes que tú. No te está juzgando. Está haciendo su trabajo. Tú, en cambio, llevas años sin hacer el tuyo.
Así que aquí está el trato: haces el examen, te quedas tranquilo, y sigues con tu vida. O no lo haces, y te quedas con la duda, que es una compañía mucho más incómoda que cualquier guante de látex.
La decisión, como siempre, es tuya.
Aunque ojalá esta vez no la dejes p ara después.

