sábado, 31 de enero de 2026

Incendios y negligencia estatal

 



Es, una vez más, una noticia trágicamente familiar. Un verano en el centro-sur de Chile, una ola de calor que ya no es excepcional sino norma, y el paisaje comienza a arder con una furia que parece espontánea, pero no lo es. Los incendios que comenzaron en enero de 2026 en las regiones del Biobío y Ñuble no son un accidente ni una desgracia imprevisible: son la manifestación visible de una negligencia prolongada, de un modelo territorial y productivo que convirtió el fuego en una certeza.

El balance habla por sí solo y acusa sin necesidad de adjetivos: 21 personas fallecidas, más de 50.000 evacuados, comunidades enteras arrancadas de raíz. Pueblos como Lirquén vieron desaparecer cerca del 80% de su zona urbana bajo un manto de ceniza y humo. El Estado respondió como siempre responde cuando ya es tarde: declaró el estado de catástrofe, desplegó a las Fuerzas Armadas y prometió reconstrucción. Pero ninguna de esas acciones responde a la pregunta esencial, la que sigue ardiendo cuando el fuego se apaga.

Porque el verdadero incendio no comienza en el bosque, sino en la suma de decisiones evitadas: monocultivos forestales que secan la tierra, urbanización sin planificación, prevención crónicamente subfinanciada, advertencias científicas archivadas por incómodas. Cada verano repetimos el mismo ritual: duelo, indignación, promesas. Y luego, el olvido. Hasta el próximo foco.

La pregunta que abrasa más fuerte que las llamas no es qué pasó, sino por qué seguimos aceptando que pase. ¿Hasta cuándo confundiremos catástrofe con fatalidad? ¿Hasta cuándo llamaremos tragedia a lo que es consecuencia? Mientras no se asuma que estos incendios no son una anomalía, sino el síntoma de un problema estructural, el país seguirá ardiendo —no por sorpresa, sino por costumbre.

Chile no se está quemando: está siendo incendiado por la suma de decisiones que se postergan, los intereses que se protegen y la cobardía de llamar “desastre” a lo que es responsabilidad. Mientras sigamos llorando las cenizas en vez de cambiar las causas, el fuego no será una tragedia inevitable, sino una condena merecida

jueves, 29 de enero de 2026

“Cuando amar es quedarse”




A veces la angustia no grita.

Se queda sentada en una silla de hospital, con un café frío entre las manos y el corazón latiendo demasiado rápido para un cuerpo que no se mueve.

Es mirar a alguien que amas conectado a cables, monitores y silencios, y descubrir que el miedo no siempre se parece al pánico. A veces se parece a la espera. A contar respiraciones ajenas como si fueran propias. A negociar con Dios en voz baja: si hoy pasa la noche, prometo no pedir nada más.

En esos pasillos aprendemos verdades que no salen en los libros. Que la medicina es precisa, pero el amor es torpe. Que los doctores hablan de probabilidades, mientras tú solo escuchas nombres, recuerdos, futuros posibles que no quieres perder. Que la palabra estable puede ser un consuelo o una amenaza, dependiendo del día.

La angustia de tener a alguien enfermo es sentirte inútil en tu versión más honesta. No puedes curar, no puedes acelerar el tiempo, no puedes cambiar el diagnóstico. Solo puedes estar. Y a veces, estar duele más que irse.

Pero también pasa algo extraño. En medio del miedo, el amor se vuelve brutalmente claro. Cada gesto importa. Cada “aquí estoy” pesa más que cualquier promesa. Y aunque nadie te lo diga, acompañar también es una forma de salvar.

Porque cuando alguien que amas está enfermo, no solo lucha su cuerpo. Luchan todos los que lo esperan. Y aun así, seguimos ahí. Con angustia, con esperanza, con el corazón cansado… pero presentes. Siempre presentes.

Dedidado con especial cariño a mi sobrina Fernanda Pedrero. Dios escucha. 

miércoles, 28 de enero de 2026

Woddy Allen y la filosofía

 



Dentro de las películas hechas por Woody Allen, las que personalmente no soy un gran fan, hay una, Love and Death, que llamo poderosamente mi atención, no por su profundidad ya que más bien es una parodia de la moral, sino, por lo que puedes leer entre líneas. Antes de que la filosofía se volviera solemne en la película, hubo un instante honesto: alguien hizo algo terrible y tuvo que justificarlo. Love and Death se sitúa ahí, donde las grandes preguntas morales chocan con la torpeza humana, el miedo a morir y la absurda necesidad de tener razón. Entre duelos ridículos e ironía constante, la película se burla de la moral elevada y revela algo inquietante: nuestros principios no nacen del cielo, sino del pánico a vivir en un mundo sin reglas.

Y es eso lo que da lugar a este post. 

La moral no es un mandamiento divino grabado en las estrellas ni una excentricidad privada, como preferir vainilla por sobre chocolate. No cayó del cielo en una tabla de piedra ni nació del capricho de un filósofo con tiempo libre. Es algo bastante menos glamoroso y mucho más urgente: un pacto entre personas que han entendido, generalmente a golpes, que sin ciertas reglas mínimas la convivencia dura lo que tarda alguien en sacar un cuchillo.

Lo aprendemos —como en Love and Death— no en una cátedra solemne, sino después del desastre, del crimen mal pensado, del cadáver incómodo que arruina cualquier argumento elegante. Porque la moral no se deduce en abstracto: se descubre cuando alguien muere y, de pronto, todas las teorías suenan ridículas. Es una cuerda tejida entre sujetos igualmente frágiles, no para alcanzar la virtud, sino para no despeñarnos juntos por el mismo abismo.

Y se apoya en hechos tan poco metafísicos como un martillo en la cara: si golpeas a alguien, duele. No “depende del contexto”, no “es una construcción cultural interesante”, duele. El dolor no es una opinión ni una metáfora posmoderna; es verificable, inmediato y suele ir acompañado de gritos poco filosóficos. Evitarlo no es una postura moral elevada, es el mínimo común denominador de cualquier tribu que aspire a durar más que una mala comedia.

Por eso, cuando alguien proclame con aire profundo que “todo es relativo”, hazle una pregunta sencilla, casi grosera: si le parecería bien que le roben su propio botín. Observa su rostro. La indignación instantánea, esa reacción primitiva y nada sofisticada, es la prueba empírica que ninguna dialéctica logra refutar. En ese gesto está toda la ética que necesitamos: no me hagas a mí lo que no quieres que te hagan, especialmente si involucra puñales, traiciones o un juicio moral posterior.

En este mundo desordenado, sucio y ligeramente absurdo —muy al estilo de Woody Allen— la moral no es una revelación sagrada ni un juego intelectual. Es un acuerdo incómodo, imperfecto y profundamente humano. No nos hace nobles, ni sabios, ni felices. Pero es, a falta de algo mejor, el único suelo firme que nos queda para no resbalar directamente hacia la nada… mientras discutimos, claro, si la nada es objetiva o solo una construcción social.

martes, 27 de enero de 2026

Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto II

 


Porque escribir sólo un post no es suficiente... Recordemos el Holocausto y que dijimos "Nunca más" y después Camboya (1975-1979), Ruanda (1994), Srebrenica Bosnia (1995), Gaza. 

“Nunca más”.

La frase que sacamos del cajón cada vez que la historia vuelve a estallar. La decimos en ceremonias, la grabamos en monumentos, la repetimos cada aniversario. Pero, siendo honestos, ¿qué significa hoy?

Si el “Nunca Más” fuera un contrato, la humanidad ya estaría en quiebra.

Hemos convertido la memoria en un rito, cuando debería ser una herramienta de vigilancia. El genocidio no irrumpe de golpe: se construye a plena vista. Empieza cuando el “ellos contra nosotros” se normaliza en la mesa, cuando se llama plaga o amenaza a personas, cuando la soberanía pesa más que la vida de quienes la habitan.

El compromiso no puede ser solo emocional: tiene que ser verificable.

No basta con llorar frente a fotos en blanco y negro mientras ignoramos las señales en alta definición del presente. Un “Nunca Más” real no espera fosas comunes: actúa cuando se hacen listas, se cortan suministros, se deshumaniza al vecino.

Es hora de pasar de la diplomacia del pésame a la política de la prevención. Exigir gobiernos que no miren a otro lado por intereses y organismos internacionales con dientes, no solo discursos.

La próxima vez que digamos “Nunca Más”, preguntémonos qué estamos haciendo hoy para que no sea el guion del próximo documental.

La memoria sin acción es nostalgia.

Y la nostalgia no salva vidas.

Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto



El Holocausto no comenzó en las cámaras de gas. Comenzó antes: cuando una sociedad aceptó que la verdad es negociable. Cuando las palabras se vaciaron de sentido, cuando el lenguaje se usó para encubrir la exclusión y justificar el odio, la primera víctima no fue un pueblo concreto, sino la verdad misma. Esa erosión ética se gestó en lo cotidiano: en la burla que deshumaniza, en el silencio ante la mentira, en la aceptación pasiva de que no todos los seres humanos valen lo mismo.

Cada vez que un hecho fue subordinado a una conveniencia ideológica, se debilitó el pacto social. La verdad no es un lujo intelectual: es el cimiento que impide que la dignidad humana tenga excepciones. Cuando se la sacrifica, la moral se vuelve relativa y la injusticia, tolerable.

Recordar el Holocausto no es solo honrar a las víctimas, sino asumir una advertencia vigente. Defender la verdad en la vida diaria es un acto de prevención ética. En cada elección por la honestidad, la justicia y la compasión, se desactivan los primeros pasos hacia la barbarie. Cuidar la verdad es cuidar al prójimo y mantener viva la promesa del “nunca más”.

lunes, 26 de enero de 2026

Resiliencia



No eres lo que te pasó. Eres lo que haces con lo que te pasó.

Esta frase, a menudo atribuida a Carl Jung, no es un eslogan de autoayuda ni un consuelo amable: es una declaración de independencia interior. El pasado es un hecho irrevocable, una secuencia de acontecimientos y heridas que no elegiste, pero que insisten en reclamar el derecho a definirte. Sin embargo, la resiliencia auténtica no consiste en negar el daño ni en maquillarlo de optimismo, sino en retirarle el poder de gobernar tu vida.

Cuando te reduces a lo que te hirió, conviertes el dolor en identidad y le cedes el timón de tu futuro a algo que ya no está, a un eco que sobrevive solo porque sigues escuchándolo. El verdadero quiebre ocurre cuando comprendes que tu identidad no es un archivo estático de desgracias ni un altar a la victimización, sino un espacio vivo de decisión. No eres un museo de traumas: eres un taller. Y en ese taller eliges qué hacer con los restos del naufragio.

Eres la conciencia que transforma la herida en aprendizaje, la lucidez que extrae sentido del caos y la valentía de proyectar un mañana que no se arrodille ante la tragedia. Lo que te ocurrió explica tu punto de partida, pero no justifica tu destino. La historia puede haber comenzado sin tu consentimiento, pero su dirección actual depende de tus actos.

El futuro no es un lugar al que se llega por inercia; es una obra que se construye cuando dejas de narrarte como víctima de las circunstancias y asumes el rol, incómodo pero liberador, de autor de tu propia vida. La redención no llega desde fuera: se diseña, se decide y se sostiene cada día.

domingo, 25 de enero de 2026

Ecología, historia de un saqueo


Esta es la historia de Julia Butterfly Hill y muchos otros como ella.

Madurar es entender que muchas historias no trataban de héroes contra villanos, sino de quién tiene derecho a existir.

Lo que fue desplazado no cayó por debilidad, sino por avance industrial. Lo ancestral, lo común, lo no rentable fue empujado a los márgenes cuando el crecimiento económico se convirtió en dogma. Bajo tierra quedaron los bosques, los ríos, los ecosistemas completos; no físicamente, sino en el orden de prioridades.

La lógica fue simple y brutal: si no genera valor, estorba.

La devastación no ocurrió por ignorancia, sino por decisión política. Se eligió el cemento por sobre el suelo fértil, la rentabilidad por sobre la vida, el consumo inmediato por sobre cualquier futuro compartido. Y se justificó todo con una palabra vacía: progreso.

El problema nunca fue la necesidad humana, sino su insaciabilidad estructural. Un sistema que convierte todo en recurso —incluida la naturaleza— crea sujetos que jamás tendrán suficiente, porque siempre habrá algo más que extraer, vender o reemplazar.

Durante años nos enseñaron a ver toda resistencia como amenaza. Defender la tierra era atraso. Poner límites al mercado era radicalismo. Recordar lo sagrado de lo común era infantil. Hoy, con ecosistemas colapsando y ciudades inhabitables, esa narrativa se cae sola.

Esto no era una guerra por poder.

Era —y sigue siendo— una lucha por sobrevivir a un modelo civilizatorio que necesita destruir para mantenerse.

La pregunta incómoda no es si el sistema funciona.

Funciona perfectamente.

La pregunta real es:

¿funciona para la vida, o solo para su explotación?

sábado, 24 de enero de 2026

Llegadas



En las puertas de llegada ves lo que realmente importa a las personas, sin discursos ni poses. Es uno de los pocos lugares donde la humanidad baja la guardia cuando lo haces de verdad —sin el móvil, sin prisa, sin ruido mental.

La madre que busca un rostro concreto entre cien desconocidos. El hombre que finge indiferencia pero no deja de mirar el reloj y la puerta. El que espera y nadie sale por él. El que llega y encuentra vacío donde esperaba un rostro conocido.

Ahí no hay pose social, no hay discurso, no hay ideología: hay vínculo. Es un teatro sin guion donde la gente no actúa para los demás: actúa para la persona que viene caminando por ese pasillo.

El abrazo que llega tarde pero llega con una intensidad que no existe en ningún otro contexto social.

El reencuentro incómodo, el que muestra que algo se rompió.

Lágrimas que no se esconden, sonrisas torpes, silencios largos, cuerpos que se reconocen antes que las palabras.

Y ahí se revela algo brutal: nuestras relaciones más importantes no se juegan en redes, discursos ni debates; se juegan en esos segundos en que alguien cruza una puerta y decide a quién mirar primero.

Es curioso: en un mundo obsesionado con la imagen, el rendimiento y la identidad, ese espacio funciona al revés. Nadie está "construyendo marca personal". Nadie está demostrando nada. Solo están reencontrándose.

Si miras con atención, es una radiografía emocional de una sociedad entera:

Quién espera, quién es esperado, quién llega, quién no llega nunca.

El éxito no se ve en trajes caros, la felicidad no se mide en estatus, el sentido no está en el discurso, sino en el lazo.

Y eso dice algo incómodo: que lo más auténtico de nosotros aparece cuando dejamos de intentar ser algo… y simplemente somos para alguien.

Las puertas de llegada son un recordatorio brutalmente simple: todo el ruido del mundo se apaga cuando alguien importante cruza una línea de vidrio automático.

El rugido de los motores se desvanece,las pantallas pierden su hipnosis, las urgencias artificiales se evaporan.

Si lo piensas bien, ahí está la verdad que casi nadie quiere aceptar: lo que más nos importa no es lo que construimos… es a quién podemos volver.

Ahí, en ese espacio suspendido entre la llegada y la partida, entre el "ya casi" y el "por fin", se desnuda la arquitectura íntima de nuestro ser social.

No importa cuántas capas de sofisticación acumulemos, cuántos títulos ostentemos, cuán elaborado sea nuestro discurso existencial.

Cuando esa puerta se abre, somos simplemente humanos esperando a otros humanos.

Y en ese esperar —ansioso, alegre, temeroso— se condensa todo lo que vale la pena preservar: la certeza de que para alguien somos el rostro que se busca entre cien desconocidos, el abrazo que vale la pena esperar, el lazo que trasciende la distancia y el tiempo.

Las puertas de llegada nos devuelven a nuestra verdad elemental: somos criaturas de encuentro.

Todo lo demás es escenario.

jueves, 22 de enero de 2026

La trampa moderna del mérito: cuando destacar te deja solo

 



Nuestra cultura repite una consigna sin cuestionarla: destaca. Sé el mejor. Diferénciate. Brilla. El mejor deportista, el mejor cantante, el mejor actor, el mejor...

 El problema es que nadie explica el costo oculto.Destacar, en sociedades altamente individualizadas, no te integra: te separa. El logro deja de ser un aporte y se transforma en identidad. Ya no hiciste algo bien: eres eso. Y cuando fallas, no falló una acción; fallas tú.

Las sociedades tradicionales que dependían de la cooperación extrema entendieron algo incómodo: el ego no es solo un problema psicológico, es un problema logístico. Cuando el reconocimiento se concentra en una persona, el grupo se relaja, delega, se debilita. Cuando el error llega —porque siempre llega—, ya no hay red.

Hoy hacemos lo inverso:

Convertimos cada éxito en una marca personal. Convertimos cada error en una caída pública. Llamamos “motivación” a una competencia que desgasta. Después nos sorprendemos de la fragilidad emocional, del miedo al fracaso, del síndrome del impostor. Tal vez no necesitamos menos talento ni menos ambición. Necesitamos menos épica individual y más responsabilidad compartida. Un logro sano no es el que te eleva por sobre otros, sino el que no te expulsa del nosotros. Porque el verdadero fracaso no es no destacar. Es quedarte solo cuando ya no puedes hacerlo todo. Y eso, curiosamente, no lo arregla ningún aplauso.

miércoles, 21 de enero de 2026

La navaja de Ockham Tú eliges el corte .

 


No crees en el noticiero de la 21:00 hr, desconfías de los noticieros de los diarios? Crees que el hombre no ha llegado a la luna y no te vacunaste contra el covid por temor a los chips. No estas sólo, no eres el único.

¿Qué tienen en común estas convicciónes? Sin caer en el simplismo o el encasillamiento, conspiraciones... Las teorías de la conspiración encuentran terreno fértil cuando la incertidumbre y la confusión dominan el debate público. Su atractivo no radica en su solidez, sino en su simplicidad: reducen fenómenos complejos a un relato único de engaño planificado, donde una minoría poderosa manipula la verdad para su propio beneficio. Este esquema narrativo se repite con mínimas variaciones y resulta convincente para quienes desconfían de las explicaciones oficiales, aunque pase por alto un principio básico del razonamiento crítico: que, en la mayoría de los casos, la explicación menos rebuscada suele ser la más plausible. Aun así, estas creencias persisten y se multiplican, no porque estén bien fundamentadas, sino porque ofrecen certezas emocionales en un mundo difícil de comprender y lleno de matices incómodos.

¿Y que creer? ¿Hay herramientas que permitan discriminar?

La Navaja de Ockham

La Navaja de Ockham es una herramienta de eficiencia lógica, pero no un detector de verdades absolutas. Su principio no favorece lo "más fácil" o corto, sino la explicación con menos supuestos innecesarios. El error común es confundir simplicidad con facilidad; si una explicación simple no explica todos los datos, es inútil. El corte debe dirigirse contra la proliferación de entes o hipótesis que no añaden valor predictivo (como teorías conspirativas que requieren logísticas imposibles y secretos absolutos).

Sin embargo, ser simple no garantiza ser verdad. Por ello, debe integrarse con el falsacionismo de Popper: usar Ockham para priorizar la explicación más económica como punto de partida, y luego usar a Popper para intentar refutarla. Solo si sobrevive a estos intentos, se fortalece. Ockham evita perderse en fantasías; Popper evita caer en el simplismo dogmático.

martes, 20 de enero de 2026

Pateando piedras

 


... Oías los consejos, 

los ojos en el profesor

Había tanto sol sobre las cabezas

Y no fue tan verdad, porque esos juegos, al final

Terminaron para otros con laureles y futuros. 

dejaron a mis amigos pateando piedras.

Creo que sistema de castas hindú tiene el defecto, grave, de declarar con mayor claridad las diferencias de castas que los sistemas occidentales. No es que en chile no haya castas

¿Defecto? No se bien, si podemos llamarlo así, más bien honesto y que muestra no solo su brutalidad, sino su honestidad: declara sin ambigüedades que la desigualdad es natural, permanente y moralmente justificada. En Chile ocurre algo distinto pero no menos dañino: no hay castas rituales, pero sí una estructura cerrada de oportunidades que se reproduce por cuna, redes y capital cultural, mientras se disfraza de meritocracia. Aquí la desigualdad no se presenta como destino, sino como fracaso individual, trasladando la culpa al que no asciende y ocultando que el punto de partida define casi todo el recorrido. La consecuencia es una violencia más sutil: no te dicen que no puedes llegar, te hacen creer que puedes, aun cuando los datos muestran que el acceso real a la élite está severamente bloqueado. La casta explícita inmoviliza; la casta encubierta frustra, desgasta y perpetúa la desigualdad bajo la promesa incumplida de oportunidades que, en la práctica, nunca estuvieron disponibles.

Se requiere desmantelar la segregación educativa y residencial, que es donde se incuban las castas modernas. Sin educación de calidad transversal, el apellido seguirá siendo el Varna chileno.

lunes, 19 de enero de 2026

El pasado no es historia



El error de eliminar la obligatoriedad de Historia, Geografía y Ciencias Sociales en 3° y 4° Medio no fue solo un ajuste curricular. Fue una decisión política sobre qué memorias son prescindibles y qué ciudadanos queremos formar.

La historia no es un inventario de fechas. Es el marco que nos permite descifrar el presente: las raíces de los conflictos, las causas de la desigualdad. Sin ella, el ahora es solo ruido caótico. Al volverla optativa, se apuesta a formar técnicamente competentes, pero críticamente desarmados: personas que saben operar dentro del sistema, pero no cuestionar por qué existe ni a quién sirve.

Pero la pérdida es más profunda: es patrimonial. El relato común deja de ser un bien público para convertirse en un lujo cultural, accesible según el capital familiar o el interés personal. El resultado es una fractura silenciosa: una ciudadanía donde unos recuerdan y otros solo improvisan, desigualmente conectada con su pasado.

Sin historia, el tiempo se aplana. Sin geografía, el territorio se vuelve abstracto. La educación pierde profundidad y, con ella, la capacidad de proyectar un futuro con sentido. Una sociedad que no comprende su pasado no es más libre: es más manipulable, incapaz de distinguir el progreso de la repetición.

No se borra el pasado, pero se debilita nuestro vínculo con él. Y cuando ese puente se quiebra, lo que se pierde no es solo conocimiento: es la orientación para construir un mañana consciente.

viernes, 16 de enero de 2026

El abismo del estímulo

Se bien que gente más inteligente que yo leerá este post, pero estarán de acuerdo cuando se versa: "el contenido es rey”. Pero  la pregunta  incómoda es:¿qué tipo de espíritu necesita este reino para sostenerse? Si su reino está habitado por un espíritu exhausto. Nuestra época no padece escasez de datos, sino agotamiento de la voluntad. Se enfrentan dos fuerzas: la formación intelectual, lenta y exigente, frente a máquinas de estímulos breves y recompensas instantáneas. Como anticipó Nietzsche, el hombre prefiere querer la nada antes que no querer. Hoy, esa nada se desliza con el pulgar.

Entretenimiento que adormece: El “aprendizaje” se fragmenta en píldoras emocionales, sin contexto. No exige silencio ni esfuerzo, solo atención intermitente. Es el reino del último hombre: satisfecho y distraído, incapaz de soportar el pensamiento prolongado. No se cultiva la inteligencia, se entrena la reacción. La cultura no muere; se miniaturiza.

Vivimos en una economía cínica promete no elevación, sino alivio. El deseo no se sublima, se explota; la intimidad no se construye, se alquila. Es la decadencia que confunde liberación con agotamiento. La pulsión vital, sin convertirse en creación, deviene consumo compulsivo. No hay empoderamiento, sino dependencia refinada. Es nihilismo con narrativa progresista.

Y sin embargo está sentenciado, el conocimiento verdadero exige jerarquía, selección y reconocer la propia insuficiencia. El sistema actual elimina toda fricción, ajustando el estímulo a nuestra comodidad para que nunca debamos superarnos. Evita el conflicto, el silencio, la soledad creadora y, sobre todo, el desarrollo de una voluntad sobre uno mismo.

No vivimos una era de opresión, sino de comodidad extrema. Nadie prohíbe pensar; simplemente se ofrece algo más fácil y agradable. Nietzsche leería esto como el síntoma de una humanidad que ya no aspira a elevarse, sino a permanecer entretenida mientras se diluye.

Se confunde libertad con ausencia de fricción, y felicidad con la capacidad de dejar de desear.

jueves, 15 de enero de 2026

Aprendizaje


Por cuadragésima sexta vez he visto la película Lucy, en la película, la adquisición de conocimiento no es un proceso de aprendizaje (estudio), sino de acceso directo a los datos, se propone que el conocimiento no es algo que se construye, sino algo que se desbloquea... Pero ¿qué es aprender? 

A medida que el círculo de tu conocimiento se expande, también lo hace la circunferencia de tu contacto con lo desconocido. No reduces la ignorancia: aumentas la superficie expuesta a la entropía del mundo. El desorden no desaparece; se vuelve más visible, más fino, más complejo.

El error habitual es concebir el aprendizaje como acumulación, como si la mente fuera un depósito que se llena. El aprendizaje auténtico es un proceso de desmantelamiento: desmontar falsas certezas, simplificaciones útiles pero incompletas, mapas que ya no alcanzan.

Saber puede convertirse en una zona de baja entropía mental: estable, cómoda, pero estéril.

Preguntar introduce perturbación, aumenta la entropía cognitiva y empuja los límites del sistema.

La humildad intelectual no es una virtud moral ni una pose ética: es una condición termodinámica del pensamiento. Quien cree que “ya sabe” ha cerrado su sistema; ha dejado de intercambiar energía con lo real. El asombro no es una recompensa al final del camino: es la energía que permite seguir explorando en un universo que no promete orden ni sentido definitivo.

No busques respuestas que congelen la complejidad. Busca preguntas que te permitan habitarla sin anestesia.

Aprender no es derrotar a la ignorancia.

Es crear islas frágiles de sentido —temporales, locales— en un océano que inevitablemente vuelve al desorden.

Y aun así, elegir permanecer lúcido



martes, 13 de enero de 2026

Como llevar a la consulta el traje del emperador

 



Vivimos el timo intelectual del siglo XXI: psicólogos y terapeutas como sastres imperiales (después de vender la idea que sólo los neurotipícos podían verlo) que han patologizado la vida. La tristeza es ahora "depresión funcional", el nerviosismo "ansiedad", y la simple mediocridad se vende como "neurodivergencia". Bajo la dictadura de la introspección barata, si no tienes un "espacio terapéutico" eres un paria. Han creado un glosario clínico para que te sientas especial mientras caminas emocionalmente desnudo, pagando por que confirmen tu "transparencia radical". El lenguaje terapéutico ("intercambios de límites", "drenar energía") no sirve para entenderse, sino para blindarse y aislarse. El problema no es la psicología, sino la psicologización de la existencia. Estar triste a veces es normal, la felicidad no es un KPI, y lo que quizá necesitas no es más terapia, sino menos tiempo libre para obsesionarte contigo mismo. Alguien debe decir alto y claro que este traje invisible no existe.


domingo, 11 de enero de 2026

"De las academias, ¡líbranos señor!" (Pero, en el fondo, sabemos que algo de razón tienen)

 


​"Como ya dixe ante de agora, el año de mill e quatroçientos e nouenta e dos fue el punto de gran cuita e faduera. La escriptura de la arte de la gramatika de Nebrija dio orden de rrazón e rreglas de grant claridat, poco ante que se començase la conquista de las Indias. El lenguaje de Castilla de rrezió e fincó porque se fizo lengua de la ley e de la mercaduría. Por que quier que buscase pleyto de justicia o subir en onrra en el grant señorío de España, el castellano era el solo camino por donde se podía pasar."

Si don Rubén Darío levantara la cabeza hoy  y viera un chat de WhatsApp, probablemente pensaría que escribimos en una variante del árabe criptográfico. Y, sin embargo, ese revoltijo de "xq", "tb" y "k onda" no es más que la última parada —por ahora— de un viaje lingüístico de siglos.

El castellano no nació hecho en un laboratorio. Nació en la calle, entre dialectos vulgares del latín, préstamos del árabe, sustratos prerromanos y la inventiva de gente que tenía cosas que decir y poco tiempo para conjugar perfectamente. ¿"Fermoso" o "hermoso"? ¿"Facer" o "hacer"? Durante siglos, la ortografía fue un campo de batalla donde cada uno escribía como le sonaba… literalmente.

Ahí entraron las academias, con su afán ordenador. Pusieron reglas donde había caos, fijaron la hache donde antes no se pronunciaba, unificaron criterios y, sí, a veces se pasaron de rígidos. Pero su objetivo —más allá del purismo a veces discutible— era proteger la comprensión mutua en un idioma hablado por cientos de millones de personas en continentes distintos.

Porque, pensémoslo:

· La ortografía no es solo una tiranía de profesores. Es un código común que asegura que un texto del siglo XXI sea legible en el XXII, que "hola" no se convierta en "ola" (a menos que hablemos del mar) y que "herrar" no se confunda con "errar" (aunque a veces, herramos por errar).

· La puntuación… ah, la puntuación. Es la respiración de la frase, la que decide si "Vamos a comer, niños" es una invitación o "Vamos a comer niños" es una confesión de canibalismo. Un punto, una coma, pueden ser la diferencia entre el drama y la comedia.

Pero el idioma es vivo, rebelde. Las academias lo saben y, a regañadientes, a veces ceden: aceptan "cederrón" junto a "CD-ROM", "guasap" junto a "WhatsApp", y tildes que caen (como en "solo"). Evolucionan, lentas, pero evolucionan. 

Así que, quizá, el grito "¡líbranos señor!" debería matizarse. No se trata de adorar las reglas como tablas de piedra, sino de entender que son las barandillas que nos permiten jugar en el balcón sin caernos. Podemos innovar, crear jerga, acortar palabras en mensajes urgentes… mientras conservemos la capacidad de volver al código común cuando hablemos con el mundo.

Al final, el verdadero genio del castellano no está en su pureza, sino en su capacidad de ser, a la vez, antiguo como un cantar de gesta y moderno como un meme. Eso sí: con la puntuación bien puesta, por favor. Porque, como diría Cervantes en el chat: "Xq la vida sin comas, es un sin sentido largo y confuso, ¿no?".


 


sábado, 3 de enero de 2026

El Pabellón de los Privilegiados: Cuando el Lobby Político se Vuelve Mortal

 


Los expertos en seguridad del paciente intentan responder a una pregunta que parece estadística, pero es profundamente moral: ¿Cuántas personas mueren al año por errores médicos? Hablamos de diagnósticos erróneos, infecciones, medicaciones equivocadas o altas prematuras. Es un terror que comparten médicos y pacientes, una sombra que, de no procesarse, reaparece para atormentarte.

Pero hay un error que no es clínico, ni accidental, ni "inocente". Es el error de un sistema podrido por el lobby y el privilegio político.

La sombra del poder en el Hospital El Salvador

La reciente investigación de BBCL Investiga sobre la ministra de Salud, Ximena Aguilera, no es solo un "problema comunicacional", como algunos intentan matizar. Es la radiografía de cómo funciona el poder en Chile cuando nadie está mirando.

Mientras miles de chilenos mueren en listas de espera, la madre de la máxima autoridad sanitaria fue operada con una celeridad quirúrgica que el ciudadano común jamás verá. Pero lo verdaderamente siniestro no es la rapidez, sino el costo humano: se acusa que para operarla se postergó la reexploración de un paciente que, tres días después, murió por shock séptico.

Basta de eufemismos

"No es fácil enfrentarnos a nuestros demonios", dice el texto. Y el demonio aquí es el tráfico de influencias disfrazado de "criterio técnico". La defensa de la ministra —quien afirma que solo "pidió una silla"— es un insulto a la inteligencia ciudadana. Los documentos internos son claros: hubo autorizaciones directas de la dirección, omisión de papeles administrativos y una orden de "saltarse la fila" que el personal de turno tuvo que obedecer bajo la sombra del mando.

Muchos en el Gobierno prefieren "ver solo la luz", hablando de transparencia mientras los hechos los contradicen. Pero aceptar nuestras sombras significa reconocer que, en Chile, el lobby político tiene pase directo al quirófano, incluso si eso significa dejar a otro paciente en el camino.

Reivindicar lo que somos: Ciudadanos, no súbditos

Contar estos secretos es lo que nos libera. No podemos seguir aceptando que los hospitales públicos funcionen como clínicas privadas para la clase política.

Si no denunciamos esta sombra, estamos condenados a ser atormentados por ella cada vez que nos toque entrar a un hospital público. La salud es un derecho, no una moneda de cambio para el poder.



Venganza

 


La simetría rota del daño


La venganza no es un plato frío; es una combustión lenta que consume primero a quien mantiene el fuego encendido. En estas latitudes, donde el rencor se confunde con la memoria, solemos creer que devolver el golpe restaurará el equilibrio. Error. La justicia es una construcción social, pero la venganza es un impulso biológico, casi animal, que no busca equidad, sino alivio.


El problema es que el daño ya es parte de la biografía. Intentar borrarlo con más sangre o más silencio es como querer limpiar una mancha de tinta con carbón. He visto a hombres gastar sus mejores años diseñando el colapso ajeno, solo para descubrir que, al final del camino, el enemigo ya ni siquiera recordaba el agravio.


Pero hay algo más: la asimetría del recuerdo. Mientras tú perfeccionas cada detalle de tu resentimiento, el otro sigue viviendo. Tu obsesión se convierte en una arquitectura intrincada que solo tú habitas. La venganza exige una simetría que la realidad se niega a proporcionar —como intentar bailar un tango con un fantasma—. El agravio original se transforma en tu posesión privada, un museo de injusticias que solo tú visitas.


La verdadera venganza, la única que tiene un estilo digno de este blog, no es la reciprocidad del dolor, sino la indiferencia absoluta. No hay golpe más letal que seguir caminando mientras el otro espera, inútilmente, que te detengas a odiarlo. Es un arte de ausencia: vaciar de significado el daño recibido, negarle el oxígeno de tu atención.


Porque la venganza tradicional es un diálogo —un intercambio tóxico de golpes y contrgolpes—. La indiferencia, en cambio, es el silencio definitivo. No se trata de perdonar, sino de desclasificar. De archivar el episodio como algo que ocurrió, pero que ya no define tu presente.


Al final, el olvido activo —ese deliberado dejar ir— es la única victoria que no deja resaca. Mientras la venganza común te encadena al pasado, esta victoria silenciosa te libera hacia futuros no contaminados. El rencor resuelto se convierte en un espacio vacío, una habitación que puedes finalmente redecorar con proyectos, paz o simplemente con el sonido de tu propia respiración, libre por fin del eco de aquel viejo agravio.


La última palabra no es la que hiera, sino la que nunca se pronuncia.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósitos

 


EL DIAGNÓSTICO NO ES UN DESTINO


Comenzar el año enumerando los propósitos, se ha convertido en una tradición muy recurrente, para cuando febrero asoma sus días por el calendario, sentimos que hemos fracasado rotundamente, por qué? Debido a la falta de compromiso, apatía con nuestros compromisos? No!, es sólo por porque estamos cómodamente regodeandonos en nuestra miseria, culpando al mundo por no lograr nuestros propósitos y destilando lastima. 

Durante la Segunda Guerra Viktor Frankl sobrevivió (y vivió para escribir su célebre libro) a Auschwitz no por azar, sino por elección. Mientras muchos se derrumbaban, él decidió ejercer la única libertad indestructible: la de escoger su actitud frente al sufrimiento. Hoy, con frecuencia, hemos invertido ese principio.


Hemos convertido el trauma en un objeto de exhibición y el diagnóstico en una identidad estática. Frases como "tengo ansiedad" o "soy neurodivergente" pueden usarse, a veces, como justificación para la pasividad. Lo que separa el crecimiento del estancamiento no es el dolor, sino la pregunta que hacemos después: "¿Cómo sigo adelante?" frente a "¿Hasta cuándo puedo quedarme aquí?".


Quejarse puede ser cómodo: atrae mirada inmediata y alivia la responsabilidad. Pero también es una jaula transparente. Si siempre culpamos al sistema, a los demás o a la genética, les regalamos las riendas de nuestra existencia.


La verdad duele, pero libera: reconocer tu parte en el problema es el primer paso para ser parte de la solución. Deja de adornar tu prisión con etiquetas y empieza a buscar la salida. El sentido de tu vida no está determinado por lo que te ocurrió, sino por lo que construyes a partir de eso.

Levántate.