miércoles, 14 de octubre de 2026

Quién paga el templo?


«Las rameras de mi pueblo también iban a misa, y contribuían al diezmo. Por eso puedo decir que hasta los curas son proxenetas».

No sé quién lo dijo. Un sociólogo, un filósofo de cantina, un bromista con demasiadas horas libres. Tampoco importa mucho: hay frases que valen por la incomodidad que dejan, no por el linaje de quien las pronunció.

Me quedo dándole vueltas, menos por los curas que por la pregunta que esconde. Si una institución condena ciertas conductas pero recibe el dinero de quienes las practican, ¿dónde termina la tolerancia y dónde empieza la complicidad? No hay respuesta automática. Aceptar una limosna no vuelve cómplice a nadie. Pero cuando hay conocimiento, silencio conveniente o beneficio deliberado, la cosa cambia de color.

Y no es asunto solo de sotanas. La hipocresía es democrática: no distingue ideología, clase ni título. Vive en el político que predica austeridad desde su privilegio, en el empresario que habla de responsabilidad social mientras traspasa sus costos a otros, en quien exige honestidad ajena y se perdona sus pequeñas trampas. Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ella. Todos hemos señalado al hipócrita; pocos lo hemos encontrado al mirarnos al espejo. El hipócrita siempre es otro. Nosotros, en cambio, atravesamos circunstancias excepcionales.

Ojo, no toda contradicción es hipocresía. Somos imperfectos, nos equivocamos, cambiamos de opinión. La diferencia está en lo que viene después: quien es honesto, al notar la grieta, intenta repararla; el hipócrita defiende la fachada. No le basta con errar, necesita además tener razón.

Quizá por eso irrita tanto. Hay en ella un desprecio por la inteligencia ajena, la apuesta de que bastan las palabras correctas y las ceremonias adecuadas para que nadie mire detrás del escenario. Y a veces colaboramos con la función, porque un discurso impecable tranquiliza más que una conducta decente. Las palabras son baratas; actuar conforme a ellas cuesta renuncias.

En el desierto, donde casi nada se esconde bien, uno aprende que lo que se oculta necesita sombra.

No sé si los curas son proxenetas, ni si todos los poderosos practican lo que condenan; eso se averigua caso a caso, con hechos. La pregunta que me asalta es otra: ¿cuántas veces hemos sostenido aquello que denunciamos, mientras no nos costara demasiado?

Todos queremos entrar al templo con la conciencia tranquila. Lo que rara vez hacemos es preguntar de dónde salió el dinero para levantarlo.

lunes, 12 de octubre de 2026

Quién nos contó quiénes somos?

En la serie Yellowstone, hay un capítulo de la segunda temporada que es especialente significativo, Monica Dutton empieza su clase con algo que parece simple. Pregunta qué es el poder. Y sin que  la sala sepa responder Ella dice: poder es lograr que alguien haga lo que no quiere hacer.

Pero ella no se conforma con eso. Saca el diario de Colón. Ahí está, en tinta, el momento exacto en que un hombre llega a una tierra que ya tenía lengua, dioses, orden propio — y en vez de preguntarse qué era ese mundo, calcula cuántos soldados hacen falta para doblegarlo.

Monica no está ahí para justificar eso. Está ahí para explicarlo. Y es importante la diferencia: explicar no es absolver. Ella no defiende al conquistador — lo entiende, lo desnuda, lo pone sobre la mesa como lo que fue. Porque antes de ser una reflexión sobre el poder en abstracto, es la historia de lo que le pasó a su pueblo. A nuestro pueblo.

Ese es el primer poder. El que somete.

Pero hay otro, más silencioso: el poder de decidir qué hacer con el vencido. Y todavía otro, más hondo: el poder de decidir cómo se cuenta lo que pasó.

Porque la conquista no fue solo tierra. Fue idioma, nombre, institución, una manera entera de leer el mundo impuesta sobre otra que ya estaba ahí. Y lo curioso es que esa imposición sobrevivió a quienes la impusieron. Los conquistadores se fueron, murieron, se disolvieron en la historia — pero la lengua se quedó.

Y entonces uno se mira al espejo y encuentra la paradoja: apellido europeo, sangre que viene de mucho antes de Europa. Hablamos con las palabras del que llegó, cargando memoria del que ya estaba.

Puede que el poder que dura no sea el que golpea, sino el que se instala en el relato — el que logra que generaciones enteras cuenten la historia con las palabras del vencedor, aunque en las venas corra otra cosa.

Quien conquista un territorio gana un mapa.

Quien conquista el relato gana algo más difícil de devolver: el significado.

Así que la pregunta de Monica no debería quedarse en qué es el poder.

La de verdad, la que hay que revisar, es otra:

¿Quién tuvo el poder de contarnos quiénes somos?

sábado, 10 de octubre de 2026

La pérdida silenciosa de las cartas


Hay pérdidas que no hacen ruido. No hay sirenas, no hay titulares, no hay duelo colectivo. Simplemente dejan de ocurrir. La carta —ese arte lento, deliberado, casi artesanal— es una de ellas.

Antes, escribir era una forma de habitar el tiempo. No se trataba solo de comunicar algo, sino de construirlo mientras se escribía. La distancia imponía una disciplina: pensar mejor, elegir las palabras, sostener una emoción lo suficiente como para que sobreviviera al papel, al viaje, a la espera. Había una economía del lenguaje que no era pobreza, sino precisión.

Hoy la inmediatez ha reemplazado a la profundidad. El mensaje ya no se escribe: se dispara. No se piensa: se reacciona. El correo electrónico primero, y luego la mensajería instantánea, resolvieron el problema de la velocidad. Pero eliminaron casi por completo el valor de la permanencia.

Una carta no solo contenía información; contenía tiempo comprimido. Era una cápsula emocional. Al releerla, uno no recordaba solamente lo que decía, sino quién era cuando la escribió y quién era cuando la recibió. Ese doble registro es lo que las convertía en documentos humanos de alto valor.

No es casual que gran parte de lo que sabemos del pasado provenga de correspondencias. Las cartas no fueron escritas para la historia, pero terminaron siendo historia. Revelan dudas, contradicciones, pasiones sin editar. Son, en muchos casos, más honestas que cualquier autobiografía.

Nuestra época, en cambio, produce un exceso de registro y una escasez de memoria. Guardamos todo, pero retenemos poco. La paradoja es evidente: cuanto más documentamos, menos dejamos.

Y en lo íntimo, la pérdida es aún más concreta. La carta de amor exigía una introspección que hoy evitamos. Escribir obligaba a ordenar el sentimiento, a enfrentarlo sin la distracción de la respuesta inmediata. Había una pausa incómoda —pero fértil— entre lo que se sentía y lo que se decía. Hoy esa pausa ha desaparecido. Y con ella, parte de la comprensión de nosotros mismos.

No se trata de idealizar el pasado. Se trata de reconocer una renuncia. Hemos cambiado profundidad por velocidad, memoria por flujo, elaboración por impulso. Y como en toda transacción, hay un costo.

Cuando alguien, dentro de cincuenta o cien años, intente entendernos, ¿qué encontrará? ¿Conversaciones fragmentadas, publicaciones diseñadas para la aprobación inmediata? ¿O algo que revele cómo pensábamos, cómo dudábamos, cómo amábamos?

Tal vez la carta no deba volver como objeto, pero sí como práctica. Escribir con intención. Escribir para alguien, no para todos. Escribir sabiendo que ese texto podría sobrevivirnos.

Porque al final, escribir no es solo comunicar. Es dejar rastro.


9 de octubre Día Internacional del Correo

jueves, 8 de octubre de 2026

Los dos miedos


Hay una frase que me quedó dando vueltas: si alguien está enamorado de ti, su mayor miedo es hacerte daño; si está enamorado de cómo le haces sentir, su mayor miedo es perderte.

Lo interesante es que, vistos desde afuera, los dos miedos se parecen. Ambos se disfrazan de cuidado, ambos hacen que alguien se desvele pensando en el otro. La diferencia está en dónde está parado el que teme. En el primer caso, el centro de gravedad es el otro: me importa su bienestar, incluso a costa del mío. En el segundo, el centro soy yo: lo que me aterra no es que tú sufras, sino que se acabe lo que tú me provocas.

Ahí hay algo que los filósofos llevan siglos discutiendo con otras palabras. Kant diría que tratar a una persona como medio y no como fin es la forma más sutil de no verla. Y uno puede hacerlo sin maldad, sin darse cuenta, con el corazón acelerado y las mejores intenciones. El otro se vuelve una especie de fuente: de compañía, de validación, de ese temblor en el estómago que confundimos con destino.

Por eso el miedo a perder es un mal criterio. Lo sentimos igual por una persona que por una costumbre, una casa o un trabajo. Es el miedo del que ya se acostumbró. En cambio, el miedo a hacer daño exige algo más raro: haber mirado al otro lo suficiente como para saber dónde es frágil. Nadie teme herir a quien no conoce.

Y sin embargo no conviene hacer de esto una vara para medir a los demás. Lo más probable es que casi todos amemos con las dos cosas mezcladas, y que la proporción cambie con los años, con el cansancio, con quién tenemos enfrente. Pasa como con el desierto: desde lejos parece uniforme, pero basta caminarlo un rato para notar que cada tramo tiene otra textura.

Y la pregunta útil no es cuál de los dos miedos tengo, sino cuál aparece primero cuando estoy a solas con la idea de esa persona. Esa respuesta no la puede dar nadie más. Y tal vez tampoco haga falta cerrarla.

martes, 6 de octubre de 2026

Todo lo que aprendí del cáncer III




Nadie lo dice en voz alta mientras hay esperanza, pero el cáncer también gana. No le importa cuánto rezaste ni cuánta gente te quería. No negocia, ya lo dije. Tampoco se apiada.

Lo primero que se lleva es la carne: el peso, la fuerza, las ganas de levantarse. Después se lleva el tiempo, que de pronto se mide en controles y en llamadas que uno espera con el estómago apretado. Se lleva los planes y el "después vemos".

Ayer se llevó a Claudio.

Claudio sabía esperar. Se paraba horas frente al agua con la caña en la mano, sin apuro, como quien entiende que lo bueno llega cuando uno deja de exigirlo. La pesca le enseñó la paciencia, y esa misma paciencia la usó para pelear por los demás.

Porque Claudio peleó toda su vida por los derechos de los trabajadores. Sin descanso, sin pedir aplausos, muchas veces a contracorriente y sin que nadie se lo agradeciera. Donde veía una injusticia, ponía el cuerpo. Los que trabajamos en el norte sabemos lo que cuesta eso, y lo poco que abundan los que se atreven.

Y fue amigo hasta el final. Cuando era él quien necesitaba que lo sostuvieran, seguía preguntando por los otros, atento a cómo estábamos. Así era Claudio, hasta cuando la enfermedad ya le había quitado casi todo.

Peleó con médicos, con familia, con fe, con todo lo que tenía. Y aun así perdió. Eso es lo que nadie quiere escuchar: que se puede luchar bien, con el corazón entero, y no alcanzar.

Pero el cáncer se llevó un cuerpo, no una vida. Lo que fue Claudio, su paciencia, su terquedad justa, su lealtad, ya estaba repartido entre los que lo quisimos. Eso no se lo pudo llevar.

Hoy el viento calló. Estoy en esa calma rara de después de la tormenta, mirando lo que quedó en pie, y lo que quedó en pie, en buena parte, es lo que él sembró.

domingo, 4 de octubre de 2026

La vida sigue (y no te pidió permiso)


Se acabó la conversación y no quedó nada por decir. No hubo escándalo. Hubo dos posiciones que dejaron de caber en la misma pieza, y un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Esa noche no dormí bien. Me quedé mirando el techo como si ahí estuviera la explicación. No estaba. El techo nunca la tiene.

Y en la mañana, el sol salió igual. Ese es el insulto más grande de la vida: que no se detiene ni cinco minutos a respetar tu duelo. El bus parte, el turno empieza, alguien pide que firmes un papel. Tu mundo se hizo pedazos y la faena exige puntualidad.

Aquí en el desierto no hay dónde esconderse. No hay árboles donde apoyar la pena, ni multitud donde perderse. Estás tú, el viento y el cerro. Y el cerro no consuela, pero tampoco miente. Te enseña que lo que pasó, pasó, que por mucho que lo rumies no se reescribe, y que seguir parado ahí mirando el horizonte no lo va a traer de vuelta.

Me dolió. Dolió en el pecho, en el estómago, en esa parte del cuerpo que no tiene nombre. No voy a decir que no, porque el que dice que no le duele es un mentiroso o está muerto. Pero también aprendí que el dolor tiene fecha de vencimiento si uno no lo alimenta. Si lo sacas a pasear cada día, se vuelve mascota. Si lo dejas con hambre, se va.

Tuve de todo: gente alrededor cuando había con qué, risas, noches largas. Después se fue casi todo. Y aquí sigo, de pie, un poco más flaco de ilusiones pero más liviano de cuentos.

No gané ni perdí. Eso es lo que nadie dice. Hay cosas que simplemente terminan, y la dignidad está en cerrarlas sin odio y sin arrastrarse. Con la espalda derecha.

Mañana habrá que levantarse otra vez. Sin heroísmo, sin frase bonita. Con los zapatos puestos y el termo lleno.

Porque la vida sigue. No porque yo lo decida, sino porque ella no sabe hacer otra cosa.

viernes, 2 de octubre de 2026

Lo que se deja ver


Anoche vi un video de una pluma de trazado, una de esas que usaban los ingenieros antes de que existieran los computadores. Dibuja una línea punteada perfecta. Rueda, y adentro un mecanismo diminuto sube y baja la punta, una y otra vez, con trazos idénticos. Sin electricidad, sin pantalla. Solo metal, mecánica precisa y una idea bien pensada.

Me quedé pegado, y no por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Un resorte, una palanca, un giro, un clic. Todo a la vista. Uno entiende el aparato con solo mirarlo, como si el objeto mismo le explicara el truco. 

Eso tenían las cosas de antes (los instrumentos, artilugios) se dejaban espiar. La máquina de escribir, el molinillo, la máquina de coser. Y el cosito de metal que baila dentro de la olla para avisar que la leche va a hervir, que no necesita aplicación ni internet, solo calor, agua y una idea que sabe hacer una sola cosa y hacerla bien.

Hoy un programa dibuja la misma línea al instante, y está bien. Pero apretamos un botón y el proceso desaparece. Todo funciona, todo es más rápido, y no queda nada que contemplar. Nadie se queda embobado viendo cómo aparece una línea punteada en Excel.

Yo, la verdad, a veces quiero ver la técnica trabajar. Escucharla. Esperar un poco.

Quizás la rusticidad no sea un defecto que haya que corregir. Quizás sea lo más lindo que le queda a la técnica: que todavía se le vean las costuras.