Siempre pensé que el universo de Harry Potter era un lugar inquietante. No por los magos, sino por sus criaturas. Los dementores, por ejemplo: no dejan heridas visibles, solo una mirada perdida y un corazón que olvidó por qué valía la pena seguir.
Todos conocemos dementores. A veces son personas. A veces rutinas, noticias, o esa voz interior que solo recuerda los fracasos.
Este viernes volví a ver El prisionero de Azkabán y reparé en otra criatura: el boggart, que no tiene forma propia. Se convierte en aquello que más tememos. Y lo notable no es el monstruo, sino cómo se le vence: ni con fuerza ni con duelos. Un solo hechizo. Ridikkulus. Imaginar el miedo convertido en algo ridículo. Neville ve a Snape vestido con la ropa de su abuela, y el terror se vuelve carcajada. El miedo sigue ahí, pero deja de ocupar el trono.
Esa es quizás la lección más lúcida de Rowling: no sufrimos tanto por la realidad como por la importancia que le concedemos a nuestros propios pensamientos. Magnificamos un error, imaginamos el peor desenlace, y sin darnos cuenta alimentamos al boggart.
Vivimos tiempos en que esa alimentación es constante. Hay una epidemia silenciosa de ansiedad, de pantallas que nos devuelven comparaciones imposibles, de un ruido mental que no para nunca. Mucha gente convive con su propio boggart todos los días, y nadie les enseñó el hechizo. Tal vez por eso cueste tanto pedir ayuda: hemos tratado el miedo con tanta solemnidad que olvidamos que también se le puede quitar poder con algo tan simple como nombrarlo, reírse de él, o decirle a otro "a mí también me pasa".
Los dementores roban los buenos recuerdos; el boggart se alimenta de nuestros temores. Por eso las defensas contra ambos son tan humanas: un Patronus nacido de un recuerdo feliz, y una carcajada.
Tal vez no exista mejor resumen de la salud emocional. Memoria y risa. Y, cuando no alcanzan, pedir ayuda. Es lo que diria mi hija Constanza, Psicóloga.







