jueves, 9 de abril de 2026

Sobre Juan Salvador Gaviota y el peligro de los libros que te dan la razón


 La releí hace poco y me sorprendí un tanto decepcionado donde antes me había sentido inspirado. No porque el libro haya cambiado, sino porque yo sí.

La historia es conocida: una gaviota que no quiere pescar, quiere volar. La bandada la rechaza. Ella persiste. Alcanza la iluminación. Vuelve a enseñar. Hay algo genuinamente hermoso en eso —la idea de que buscar los propios límites tiene un valor que no necesita justificarse ante nadie. El problema es lo que viene después.


La trascendencia, en la versión de Bach, es sospechosamente despreocupada. No cuesta nada real. El rechazo social de Juan Salvador queda presentado como confirmación de su superioridad, no como una herida que deba examinarse. Bach no ofrece esa posibilidad: en su mundo, el que se aleja tiene razón y los que se quedan están dormidos.

Lo curioso es que el libro contiene su propia crítica sin advertirlo. Juan Salvador vuelve. No se queda en las alturas. Regresa a la bandada. Pero esa vuelta está narrada con tal seguridad en la propia superioridad que el gesto generoso termina pareciendo condescendiente. No vuelve a aprender de los otros: vuelve a salvarlos.

El libro más honesto sería el de la gaviota que regresa y descubre que los que se quedaron pescando también sabían algo que ella no sabía. Que la bandada no era solo conformismo, sino también cuidado, pertenencia, el conocimiento callado de quién cuida a quién cuando el viento no acompaña.

Ese libro no existe. O si existe, no vende igual.

Juan Salvador Gaviota es un libro que te da la razón. Y los libros que te dan la razón son los más fáciles de no leer en realidad: los consumes, te consumen, y sales sintiéndote confirmado en lo que ya creías. Que es exactamente lo contrario de lo que debería hacer un libro.

 Porque si solo lees, no emprenderás vuelo solo estarás planeando en círculos. 



miércoles, 8 de abril de 2026

La fórmula del zorro


Hay una escena en El Principito que siempre me detiene. El principito encuentra un zorro y quiere jugar con él. El zorro le dice que no puede. No porque no quiera, sino porque no está domesticado.

El principito pregunta qué significa eso. Y el zorro le explica: domesticar es crear lazos. Y para crear lazos, le propone algo que parece simple pero no lo es. Ven todos los días. A la misma hora. Siéntate. No tienes que hablar, porque las palabras generan malentendidos. Solo ven. Y cada día, un poco más cerca.

Entonces dice algo que a mí me parece de las cosas más honestas que se han escrito sobre el afecto. Si vienes a las cuatro de la tarde, desde las tres yo ya estaré feliz. A medida que se acerque la hora, más feliz. A las cuatro me agitaré, me inquietaré. Y descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, no sabré a qué hora preparar mi corazón.

Eso. A qué hora preparar mi corazón.

Los vínculos no se construyen de golpe. No se construyen con una conversación intensa ni con una promesa grande. Se construyen repitiendo encuentros, creando ritos, dejando que el otro sepa cuándo esperarte. Tiempo, proximidad, ritmo. No intensidad. No urgencia. Ritmo.

Y sin embargo queremos relaciones profundas pero sin constancia. Queremos confianza pero aparecemos cuando podemos. Queremos lazos pero no dejamos tiempo compartido. Y eso no funciona. No porque seamos malas personas, sino porque los lazos simplemente no se hacen así.

Querer a alguien implica también esto: darle a tu presencia una forma reconocible. Que sepa cuándo llegás. Que pueda prepararse. Que su corazón tenga una hora a la cual apuntar.

La fórmula del zorro es sencilla y casi nadie la aplica. Todos los días, a la misma hora, un poco más cerca.

martes, 7 de abril de 2026

En mi humilde opinión


Acabo de darme cuenta de que el espacio dice "Opinar", dice "Opinar". No "desahogarse", no "decir cosas con cara de saberlo todo" (un giño a los opinologos) . Opinar. Y eso, si uno lo piensa un momento —cosa que recomiendo evitar— tiene implicaciones serias.

Porque opinar supone tomarse en serio lo que uno dice. Y yo, honestamente, no confío demasiado en lo que digo. Menos aún en lo que dicen los demás. Lo cual plantea una pregunta incómoda: ¿qué estoy escribiendo aquí?

No tengo una respuesta limpia. Tengo varias sucias.

La primera es que opinar es, en el fondo, suponer con una seguridad que no se ha ganado. Tomamos una observación, le añadimos algo de retórica, y la presentamos como si hubiéramos llegado a ella por mérito propio. Pero casi siempre estamos parados sobre arenas movedizas y fingiendo que es tierra firme. El problema no es que lo hagamos —es inevitable— sino que rara vez lo admitimos.

La segunda es que hay frases que funcionan precisamente porque nadie pide que signifiquen algo concreto. "Lo esencial no se ve", "lo que realmente importa"… son cheques sin fondo que seguimos aceptando porque suenan bien y nos ahorran el trabajo de pensar. Y con suficiente retórica encima, cualquier cosa puede parecer una conclusión. Incluso que amar sea un error, si uno se esfuerza lo suficiente.

La tercera —y esta es la más sucia— es que este mismo texto no escapa a nada de lo anterior. Estoy opinando sobre la opinión. Usando palabras para cuestionar las palabras. Es una trampa autorreferencial de manual, y me meto en ella con los ojos abiertos.

Pero hay algo que sí creo, aunque me cueste usar el verbo creer sin ironía: la sospecha constante es más honesta que la certeza fácil. Sospechar de los argumentos ajenos está bien. Sospechar de los propios es mejor. No porque lleve a alguna parte —generalmente no lleva— sino porque al menos impide que uno se tome demasiado en serio.

El otro día no podía dormir. Una de esas noches en que la cabeza gira sin dirección útil. Encendí la luz, agarré lo que tenía al lado, y resultó ser un libro de "autoayuda" . No ayudó nada. Pero dormí bien. Y pensé que quizás ahí hay algo: no toda inquietud merece una respuesta filosófica. Algunas se resuelven mejor con ignorando un libro ridículo y ocho horas.

Al final, opinar mucho tiene el mismo problema que comer mucho, beber mucho o  mucho sexo. La diferencia es que lo último viene acompañado de un gesto de suficiencia que los otros vicios, al menos, tienen la decencia de no usar.

Y eso, reconocerlo, ya es algo. Aunque tampoco sé muy bien el qué.

lunes, 6 de abril de 2026

La importancia de la coma

La ortografía, ese arte de escribir con precisión, se ve cada vez más relegada en el vértigo de las redes sociales y los mensajes instantáneos. Sin embargo, hay signos —como la coma— que no admiten descuido: basta su ausencia para torcer por completo el sentido.

Venga, hagamos el ejercicio del uso correcto de la coma:  

Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda”, eso no significa lo mismo que:

 “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda”. 

Obviamente el segundo ejercicio se corresponde al uso correcto de la coma. Una coma desplazada, y la intención cambia de forma radical.

Cuando un mensaje llega sin esa mínima precisión, la confusión no es un accidente: es consecuencia. La coma no es un adorno; es un mecanismo de claridad, un puente entre lo que se escribe y lo que se entiende.

En un mundo donde la velocidad manda, pocos se detienen a revisar. Y aun así, basta una coma mal puesta —o ausente— para convertir una idea simple en un equívoco. La ortografía podrá tambalear, pero la coma sigue siendo un faro contra la ambigüedad.

Porque al final, nadie quiere decir algo… y que se entienda otra cosa.

domingo, 5 de abril de 2026

La vida es como una caja de bombones



Escuchado de paso:

"-La vida, para mí, ha sido como una caja de chocolates.

-¿Como Forrest Gump?

-No sé quién es ese tipo. Pero no, no es eso.

-No es una sorpresa bonita.

Es más bien un regalo insistente. De esos que aparecen sin que uno los pida. Barato, repetido. Y no se puede devolver.

Se acaba… y llega otra caja. Al principio uno no piensa. Abre y come.

Se atraganta con esa mezcla rara de chocolate, crema y menta. No porque guste, sino porque está ahí. Porque no hay mucho más.

A veces aparece algo distinto.Algo que realmente sabe bien.Un relleno de fresa. Algo dulce de verdad.

Dura poco. Siempre dura poco.Después vienen los restos.La miel dura, pegajosa. El chocolate amargo que se queda en la lengua 

más de lo que uno quisiera.Y uno igual los come.No por gusto.Por costumbre.O por hambre.Al final, queda la caja vacía.

Y los papeles. Siempre quedan los papeles.¿Y usted cómo piensa comerse su caja?"

La pregunta me quedó dando vueltas más tiempo del que quisiera admitir, aunque no era para mi. Porque no se trata de elegir los chocolates.

Eso ya viene hecho. Se trata de cómo te los comes. Hoy lo tengo más claro. Los que ya pasaron… ya están.

Buenos, malos, da lo mismo. Fueron. Los que quedan, no los voy a tragar. Voy a ir más lento.

Aunque no sean los mejores. Aunque algunos ni siquiera me gusten. Igual los voy a sentir.

Porque al final no queda nada más. Ni caja. Ni reemplazo. Solo lo que alcanzaste a saborear.

sábado, 4 de abril de 2026

Premios Ig-Nobel versión 2025


Hay premios que uno entiende al instante —los Nobel, por ejemplo— y otros que parecen un chiste… hasta que dejan de serlo. Los Ig Nobel viven en ese punto raro: primero provocan risa, y después dejan una idea rondando. Y eso ya es bastante más de lo que logran muchas cosas “serias”.

Las motivaciones con las que se conceden los premios son ciertamente curiosas, aunque esconden verdaderos estudios, extraños quizás, pero realizados con verdadero espíritu de investigación. de los mas locos premios entregados, me interesó el de Psicología: Los efectos de sentirte inteligente. Marcin Zajenkowski y Gilles Gignac recibieron el premio de psicología. La motivación cita: "por investigar lo que ocurre cuando se dice a los narcisistas, o a cualquier otra persona, que son inteligentes". ¿De qué estamos hablando? 

El estudio se preguntaba qué pasa cuando una persona se percibe a sí misma como inteligente. No solo si lo es, sino si cree que lo es. Y ahí empieza lo interesante: quienes obtienen mejores resultados en pruebas de inteligencia tienden, como era esperable, a verse a sí mismos como más capaces. Pero junto con eso aparece otra cosa: una sensación de ser distinto, de tener algo que los demás no.

Dicho sin adornos: cuanto más te ves inteligente, más fácil es que aparezcan rasgos narcisistas.

Y el otro lado también dice bastante. Quienes se perciben como menos inteligentes tienden a mostrar menos de esos rasgos. No necesariamente por virtud, sino porque no están construyendo una imagen propia por encima del resto.

Lo llamativo es que aquí no se habla solo de inteligencia, sino del relato que cada uno arma sobre sí mismo. Porque una cosa es tener cierta capacidad, y otra convertirla en una etiqueta fija. Cuando alguien empieza a pensarse como “el inteligente”, esa idea deja de ser una descripción y pasa a ser una posición desde la cual se mira a los demás.

Y desde ahí, la comparación es casi inevitable.

Quizás lo más interesante no sea la inteligencia que se mide, ni la que se declara, sino la que no necesita afirmarse todo el tiempo. La que no coloca a nadie en un nivel distinto, sino que más bien lo mantiene en movimiento, dudando, aprendiendo.

Al final, estos premios “raros” hacen algo poco frecuente: dejan una pregunta abierta. Porque después de leer algo así, la próxima vez que alguien te diga “eres inteligente”… tal vez lo escuches de otra manera... 

viernes, 3 de abril de 2026

La mujer que le revisa las cuentas al Estado


Hay instituciones que todos han escuchado nombrar, pero pocos entienden bien qué hacen. La Contraloría es una de ellas. Básicamente, es el organismo que se encarga de revisar que el Estado no gaste la plata pública como quiera, sino dentro de la ley.

Desde noviembre de 2024 la dirige Dorothy Pérez, la primera mujer en ocupar ese cargo. No es una figura llegada desde afuera: lleva más de veinte años dentro de la misma institución, pasando por distintos roles hasta llegar arriba. Su nombramiento, además, tuvo un respaldo político poco común, lo que ya dice bastante en el contexto actual.

Ahora, conviene despejar una confusión: la Contraloría no persigue delitos ni mete gente presa. Su trabajo es más silencioso, pero no por eso menos relevante. Revisa contratos, auditorías, decisiones administrativas. En otras palabras, mira si el aparato público está funcionando como debería o si alguien se está pasando de listo.

Y cuando funciona bien, se nota. Uno de los casos que más ruido hizo fue el de las licencias médicas: miles de funcionarios que, estando supuestamente enfermos, viajaban fuera del país. A partir de ahí se empezaron a cruzar datos con otras fuentes y aparecieron más situaciones difíciles de justificar. No fue un detalle menor; dejó en evidencia una práctica extendida.

También han aparecido otros casos, como funcionarios que se ausentaban del sector público mientras trabajaban en el privado. Todo esto, más allá del escándalo puntual, apunta a algo más estructural: controles débiles que recién ahora se están tensionando en serio.

Pero no todo ha sido bien recibido. Algunas decisiones han generado incomodidad, sobre todo cuando la fiscalización toca temas sensibles, como datos personales o áreas políticamente cargadas. Ahí aparece una tensión inevitable: hasta dónde puede —o debe— llegar el control sin cruzar ciertas líneas.

Al final, el punto de fondo es bastante simple: una Contraloría que hace bien su trabajo molesta. Y debería molestar a todos por igual. Si solo incomoda a un lado, deja de ser creíble.

Con recursos relativamente acotados, el impacto que puede tener sigue siendo alto. Pero eso también abre otra pregunta, más incómoda: cuánto interés real hay en que alguien fiscalice en serio al Estado. Porque una cosa es decir que el control importa, y otra muy distinta es darle el espacio —y el poder— para ejercerlo.