lunes, 27 de abril de 2026

El diccionario de los afuerinos


Quizá no hay un momento preciso —no tiene fecha, pero sí peso— en que una palabra ajena te cae encima y de golpe entiendes que el país ya no es el mismo. No lo entiendes por las noticias ni por las estadísticas de migración. Lo entiendes porque alguien escribe chamo con su propia letra, en un papel o en un mensaje de WhatsApp, y esa grafía te dice más que cualquier titular: este ya es otro lugar.

Chile empieza a ser otro país en las palabras.

Y lo curioso es que el idioma no cambia por decreto. Cambia por roce, por convivencia, por la necesidad humana y urgente de hacerse entender. Llegan las palabras nuevas sin pedir permiso, se instalan en la conversación cotidiana, y un día ya no te sorprenden. Ese día, sin que nadie te haya avisado, algo se movió.

Pero el cambio tiene su otra cara, más silenciosa y más dolorosa: las palabras que perdemos, las que se quedan atrás, las nuestras. La polola, la hallulla la guagua la pichanga. Las palabras  no son solo vocabulario. Son coordenadas biográficas. Son la manera en que uno aprendió a nombrar el mundo cuando el mundo todavía cabía en un barrio, en una cancha de tierra, en la voz de alguien que ya no está.

Dejarlas no es solo cambiar de léxico. Es soltar, de a poco, la versión de uno mismo que necesitaba esas palabras para existir.

Y entonces vienen los ritos de los que migran y de nosotros que simplemente vemos cómo nuestro país muta alrededor de ellos... Y que nos queda, buscar en librerías de viejo un diccionario de localismos de nuestro pasado, ensayar el acento de la supervivencia, hablarle al espejo. Aprender a decir las cosas de otra manera para que te entiendan, aunque por dentro sigas pensando en hallulla (y no en arepas), aunque por dentro todavía juegues cachipún para decidir algo.

Las lenguas no mueren. Se transforman, se mezclan, se negocian. Pero en esa negociación siempre hay algo que se pierde y algo que duele perder. No porque lo nuevo sea peor. Sino porque lo viejo era tuyo, era de aquí, era de antes.

Y antes, a veces, es el único lugar donde uno todavía se reconoce.

domingo, 26 de abril de 2026

La burocracia que mata en silencio



Hay historias que no deberían existir. Para no tener que contarlas. 

La de Thiare Álvarez es una de ellas.

Thiare tenía leucemia mieloide aguda. Necesitaba un trasplante. Había tratamiento disponible. Había voluntad médica. Había una vida que salvar.

Lo que no había era el casillero correcto.

Era adoptada. Y eso —un dato que no tiene nada que ver con la medicina, con la sangre enferma, con las células que no funcionan— fue suficiente para que el sistema frenara. La regla era simple y brutal: donante familiar o nada. Como si la familia fuera un requisito biológico. Como si el amor adoptivo no contara para los formularios.

Entonces vino lo que siempre viene cuando el sistema falla: la exposición pública. La viralización. La presión mediática. Y el sistema reaccionó, claro que sí. Tarde. Cuando ya el daño estaba hecho con una precisión que ninguna negligencia improvisada podría igualar.

Porque esto no fue un error. Los errores se corrigen solos. Esto fue un diseño.

Un sistema de salud que necesita cámaras para funcionar no está fallando: está construido para fallar a quienes no tienen voz. La burocracia no mata de un golpe. Mata en cuotas. Con formularios. Con plazos. Con derivaciones. Con nadie que decida y todos que ejecutan. Es una violencia sin firma, sin rostro, sin responsable. Pero con víctimas muy concretas.

Y la pregunta que queda —la que nadie quiere responder— no es por qué Thiare no fue atendida a tiempo.

La pregunta es cuántos más están ahora mismo en la misma situación, en silencio, sin que nadie los filme, sin que nadie los comparta, esperando que el sistema recuerde que son personas antes de que sea demasiado tarde.

Chile no puede seguir dependiendo del escándalo como mecanismo de justicia.

Eso no es un sistema de salud. Es una ruleta.

Y mientras no cambie de raíz, el silencio que sigue a cada caso como este no es alivio.

Es complicidad.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuando un amigo se va


Tu muerte no hizo ruido, pero dejó un silencio imposible. No escribo desde la tristeza, sino desde la memoria, donde sigues intacto. Porque morir es biológico; desaparecer, no. Y tú no has desaparecido.

Fuiste testigo de mis primeras rebeldías, y con tu presencia hiciste transitable una infancia enorme. Es injusto en que la vida siga sin quienes debían estar siempre. Pero soy terco: no te recuerdo como un final, sino como una suma de días auténticos.

Mientras dependa de mí, no habrá segunda muerte para ti. No es una despedida, es un reconocimiento: fuiste parte esencial de mi historia. Yo seguiré recordando.

No hay una tumba para ti y no sabia en que pequeño lugar debía depositar todo esto.

Dedicado a la memoria de Miguel Cortés "Huevito", mejor amigo que yo... 

jueves, 23 de abril de 2026

Dia del libro



Abril tiene algo distinto. No es solo el otoño ni el cambio de ritmo: es ese recordatorio cultural —casi siempre vacío de tanto repetirse— de que existe el Mes del Libro. Y sin embargo, sigue teniendo una potencia silenciosa. Nos obliga a volver a lo esencial.

Por eso este mes decidí escribir sobre libros. No fue una decisión estética. Fue una reacción.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. La lectura ha sido fragmentada, convertida en consumo rápido o en acumulación de títulos pendientes. Se habla mucho de libros, pero se los habita poco. Se los colecciona, se los fotografía, se los recomienda. Raramente se los piensa.

Escribir sobre ellos, entonces, no es recomendarlos. Es interrogarlos.

¿Qué dicen realmente? ¿Qué muestran que preferimos no ver? Volver a ciertos textos no es nostalgia; es diagnóstico. La literatura no predice el futuro, pero expone estructuras que rara vez cambian. Y eso, en un momento donde todo empuja a opinar rápido y pensar poco, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

El Mes del Libro debería ser incómodo. Debería obligarnos a admitir que leemos menos de lo que creemos, peor de lo que decimos, y con menos profundidad de la que necesitamos.

Este blog, durante abril, va en esa dirección. No es una celebración del libro. Es un intento de volver a usarlo —como herramienta, no como adorno.

Feliz dia del libro!!! 

miércoles, 22 de abril de 2026

La Historia Interminable, el libro que sabe que lo estás leyendo


 Hay libros que uno lee y hay libros que lo leen a uno. La Historia Interminable, de Michael Ende, pertenece a esa segunda categoría: desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva, la sensación de que el texto está mirando de vuelta. No es casualidad. Ende construyó esa sensación con deliberada precisión, y en ella depositó todo lo que quería decir sobre la fantasía, la lectura y el modo en que los seres humanos nos relacionamos con las historias que inventamos.

La novela cuenta, en apariencia, dos historias paralelas. En una, Atreyu, un joven guerrero de Fantasía, debe encontrar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, un mal sin nombre que avanza junto a la Nada, esa oscuridad que borra los mundos a su paso. En la otra, Bastian Baltasar Bux, un niño gordo, huérfano de madre y acosado en la escuela, roba un libro de una librería y se refugia a leerlo en el desván del colegio. Las dos historias son, por supuesto, la misma.

Ende publicó esta novela en 1979, en dos tintas —rojo para el mundo de Bastian, verde para el mundo de Fantasía—, como señalando desde la materialidad del objeto que leer es siempre habitar dos lugares al mismo tiempo. Ese detalle editorial, que muchas ediciones en castellano han perdido, no era decorativo. Era argumento. La tinta era parte de la tesis.


La tesis es esta: la fantasía no es evasión. Es, al contrario, la única forma de regresar al mundo real con algo nuevo que ofrecer. Cuando Bastian ingresa a Fantasía y la reconstituye con sus deseos —nombrando a la Emperatriz, creando montañas y mares a voluntad—, Ende no está celebrando el escapismo. Está describiendo el proceso creativo en su forma más pura: la imaginación como herramienta de transformación personal. El problema de Bastian no es que fantasee demasiado, sino que en algún momento olvida para qué servía la fantasía.

Aquí Ende toca algo que tiene una vigencia irritante. La Nada que devora Fantasía no es una fuerza maligna con rostro ni con nombre: es la indiferencia, la sequía interior de quienes han dejado de imaginar porque el mundo les ha enseñado que imaginar no sirve. Los únicos que pueden detenerla son los lectores —los seres humanos— que todavía se permiten ser afectados por las historias. Bastian puede salvar Fantasía precisamente porque todavía es capaz de desear con toda el alma.

Vivimos en un tiempo que produce Nada industrialmente. La saturación de imágenes, el consumo veloz, la cultura del contenido que se ve sin mirarse han generado una forma muy sofisticada de indiferencia: no la de quien no tiene acceso a las historias, sino la de quien tiene acceso a todas y no deja que ninguna lo toque de verdad. Ende no pudo haber imaginado TikTok, pero describió con exactitud su efecto.

Hay otra dimensión del libro que merece detenerse: la trampa del deseo sin límite. Bastian obtiene en Fantasía un poder absoluto —puede desear cualquier cosa y sucede—, pero cada deseo le cuesta un recuerdo. Pierde, poco a poco, la memoria de quién era, de dónde venía, de su madre muerta, de su padre vivo. El niño que entró al libro buscando ser amado tal como era termina a punto de olvidar que hay alguien a quien amar de vuelta.

Ende escribió esto en pleno capitalismo tardío y la advertencia no podría ser más directa. La sociedad de consumo le ofrece a cada individuo la ilusión de un deseo satisfecho al instante, y el precio —aunque nadie lo pone en letras chinas— es la memoria: la de la comunidad, la de la historia compartida, la del vínculo que no se compra. Bastian no es un niño malo. Es un niño que encontró una llave que no sabía cómo usar.

Lo que lo salva, al final, no es la magia. Es el amor. Su padre, que tampoco supo llorar la muerte de la madre, que también se quedó petrificado en su propio dolor, extiende la mano en el momento justo. Ende es, en ese gesto final, sorprendentemente sencillo: lo que nos devuelve al mundo real no es la grandeza de nuestra imaginación, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.

No he vuelto a leer el libro desde hace mucho tiempo. De niño era una aventura. Ahora es una pregunta incómoda: ¿qué le hemos hecho a nuestra capacidad de desear? ¿Cuántos de nosotros hemos gastado deseos en poder, en reconocimiento, en velocidad, y hemos olvidado en el camino el nombre de las cosas que de verdad importaban?

Fantasía sigue necesitando lectores. No consumidores de fantasía —de esos hay millones—, sino gente dispuesta a dejar que una historia los mueva, los cambie, les deje marca. Bastian robó un libro y lo leyó solo en un desván. Eso también es una imagen: a veces la única forma de entrar de verdad a una historia es sustrayéndola al ruido, llevándosela a un lugar quieto , y abriéndola sin prisa.

martes, 21 de abril de 2026

El verdadero maltrato fue el de los que siguieron caminando



En Chillán, a plena luz del día, un niño de ocho años estaba en el suelo frente a un local comercial. Sangraba de la nariz. Lloraba. Y decenas de personas pasaron a su lado como si fuera parte del paisaje.

Una sola persona se detuvo.

Una.

El golpe lo había dado su propia madre. Eso duele distinto, lo sé. Pero lo que me paraliza no es solo la violencia de esa mujer, sino la de todos los demás. La violencia tranquila de los que siguieron caminando, los que priorizaron sus compras, los que miraron y calcularon que no era su problema.

Pienso en cuántas veces he visto compartir publicaciones furiosas por un perro maltratado. Miles de reacciones, comentarios encendidos, gente indignada hasta las lágrimas. Y no digo que eso esté mal, el sufrimiento de un animal importa. Lo digo porque el contraste dice algo que deberíamos tener el valor de leer: nos resulta más fácil conmovernos por quien no puede juzgarnos, por quien no viene envuelto en historia ni en contexto incómodo.

El perro no nos complica. El niño sí.

El niño puede venir de una familia difícil, de una madre que también fue golpeada, de un barrio que el Estado olvidó hace décadas. El niño exige preguntas que no tienen respuesta fácil ni botón de compartir. Y entonces, sin darnos cuenta, lo dejamos en el suelo.

Hubo una persona que se detuvo en Chillán. Una persona que tuvo la decencia básica de ver a ese niño como un ser humano que necesitaba ayuda. Eso no debería ser un acto de heroísmo. Debería ser el mínimo.

Pero hoy, aparentemente, el mínimo es demasiado pedir. Me recuerda una frace demoledora: "si los animales pudieran hablar, gritarían que no quieren ser humanos" 

El nombre del monstruo



Hay una escena en La tempestad una de las últimas obras de Shakespeare (1611), que no me suelta. No es el naufragio ni la magia de Próspero. Es el momento en que Calibán le recuerda al mago que le enseñó el idioma con el que ahora lo maldice. "Me enseñaste tu lengua, y mi único provecho es que sé cómo maldecirte." Hay en esa frase una amargura tan lúcida que es difícil seguir leyendo sin detenerse.

Calibán no es un monstruo que llegó de otro mundo. Es el habitante de la isla al que se le robó la isla. Y fue hecho monstruo precisamente para que ese robo pareciera natural.

El mecanismo es uno de los más persistentes de la historia: para justificar la exclusión, primero hay que construir al excluido como algo que merece serlo. Próspero lo llama "cosa de oscuridad". Pero cuando uno lee con cuidado, esa descripción viene exclusivamente de boca de sus captores. Calibán habla de la isla con una ternura que ningún otro personaje iguala. "La isla está llena de ruidos que deleitan y no dañan." Ese no es el lenguaje de un monstruo. Es el lenguaje de alguien que ama el lugar donde nació.

La sociedad fabrica monstruos justo cuando los necesita. El proceso es siempre el mismo: se señala la diferencia, se interpreta como peligro, se construye un relato que lo vuelve natural, casi biológico. Lo vimos con los pueblos originarios, con los obreros del siglo XIX, lo vemos hoy con los migrantes e indigentes, con los que no encajan en el molde que alguien más dibujó. El monstruo siempre aparece cuando el diferente empieza a reclamar lo que le pertenece.

Calibán reclama la isla. Eso es todo. Y eso es suficiente para que lo encadenen.

Próspero al final abandona la isla y se lleva su magia. Calibán se queda. La isla siempre fue suya. Y cada vez que una sociedad señala con el dedo y pronuncia esa palabra —monstruo, bestia, cosa de oscuridad— vale la pena preguntarse a quién le conviene ese nombre. Y a quién se lo están poniendo para no tener que escucharlo.