domingo, 1 de marzo de 2026

Escribir es fácil (si no tienes respeto por el lector)


"Escribir está sobrevalorado, contar algo es fácil, basta con tener en cuenta un pequeño -muy pequeño- puñado de normas elementales.

Lo primero, evidentemente, hes conoser vien la hortografía. Básico también es ser claro y no caer en el uso sesquipedal de construcciones lexicológicas innecesarias. Las anotaciones en paréntesis (aunque relevantes) son innecesarias, y ¡¡¡¡¡no conviene abusar de los signos de exclamación!!!!! !!!Naturalmente!!!!

Las citas no hacen ningún bien. Ya lo dijo Ralph Waldo Emerson: “Odio las citas”. No se deben usar hieráticos, herméticos o errabundos gongorismos. Y, desde luego, no es bueno repetirse ni volver a decir lo que ya había uno dicho antes, es decir, que no es bueno repetirse ni volver a decir lo que ya había uno dicho antes.

Al finalizar conviene leer cuidadosamente para verifsicar si alguna palabra está mal escrita, además, así encontraremos que al releer hay muchas repeticiones que se pueden evitar si se relee y se pueden editar al releerlo.

Escribir alguna obra cumbre de literatura universal está tirado. Se trata de juntar letras, tampoco tiene más misterio la cosa. Todo es ponerse."

Este texto a sido tomado del blog del amigo peluche, aqui la referencia https://peluche.blogspot.com/2022/06/4133-martes-14-junio-2022.html?m=1, lo que me hizo divagar...y pensar en bajarnos del podio y dejar la toga colgada.

Nos hicieron creer que escribir era cosa seria. Que había que sentarse derecho, respirar hondo y pedir permiso a los dioses de la gramática antes de juntar dos palabras. Como si cada coma fuera un examen y cada tilde un juicio moral.

Y la verdad es más doméstica.

Escribir se parece más a hablar en la mesa después de once que a dictar cátedra. Uno cuenta algo porque le pasó, porque le dolió o porque le dio risa. No porque la RAE esté tomando nota. Claro que importa que se entienda. Si dices “hescrebo” y nadie sabe qué quisiste decir, el puente se corta. Pero tampoco hace falta disfrazar una idea sencilla con palabras que parecen muebles antiguos.

A veces la literatura se pone traje y se vuelve inalcanzable. Citas por aquí, términos raros por allá, frases que suenan profundas pero no dicen nada. Y uno como lector común sospecha: ¿esto es brillante o simplemente está enredado?

Al final, escribir no es un rito secreto. Es ordenar lo que tienes dentro y ofrecerlo sin tanta ceremonia. Con cuidado, sí. Con respeto por el que lee, también. Pero sin miedo.

Porque si el lector no entiende, no siempre es que sea “demasiado complejo”. A veces simplemente está mal dicho. Y reconocer eso no mata al escritor. Lo vuelve más humano.

sábado, 28 de febrero de 2026

Adiós a los relojes

 


Las estrellas no saben nuestros nombres ni registran nuestras biografías. No celebran nuestros nacimientos ni guardan luto por nuestras muertes. Siguen su curso con una indiferencia impecable, trazando órbitas que no dependen de nuestras dudas ni de nuestras certezas. Mientras nosotros contamos segundos, ellas cuentan eras.

Aquí abajo discutimos el sentido de la vida como si fuera un teorema pendiente de demostración. Allá arriba, en medio del fuego y el polvo cósmico, la materia ensaya combinaciones improbables que un día dieron origen a algo extraordinario: conciencia. No hay intención visible en ese proceso, solo física persistente. Y sin embargo, de esa mezcla brutal surgió la capacidad de preguntarse por el porqué de todo.

Resulta paradójico: el universo, que no parece necesitar significado, produjo seres que no pueden vivir sin buscarlo. Somos polvo que aprendió a mirarse. Un destello breve en una extensión que no conoce prisa. Nuestra vida no altera la trayectoria de las galaxias, pero sí altera el pequeño territorio que ocupamos mientras respiramos.

El tiempo, por su parte, nos desarma. Lo llamamos eterno porque no vemos su principio ni su final; lo sentimos finito porque nuestra experiencia es limitada. Vivimos en esa tensión: lo infinito como escenario y lo limitado como condición. Y quizá por eso mismo cada instante adquiere peso.

No sabemos si el universo replica aquí lo que ensaya en otros rincones. No sabemos si la vida es excepción o costumbre cósmica. Lo que sí sabemos es que ocurre ahora, aquí, en esta fracción mínima de duración que nos fue concedida. Y desperdiciarla sería el único gesto verdaderamente incomprensible en medio de tanta vastedad.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Cuando las alianzas se vuelven cadenas


Recuerdo el día en que entendí que no todo lo que une libera. Fue una tarde cualquiera. Una conversación aparentemente inofensiva. Alguien dijo: “Lo hacemos por lealtad”. Y la palabra cayó como una moneda antigua sobre la mesa. Brillaba. Pesaba. Pero también ataba.

El error más común es confundir el compromiso con el aguante. Empezamos construyendo puentes y, sin darnos cuenta, terminamos levantando muros que nos encierran. La señal de alerta no es un gran conflicto, sino el silencio acumulado: esas opiniones que te guardas y esos sueños que apagas para que la relación no se tambalee.

​¿Sostienes o te sostienen?

​Una alianza que funciona debe ser un motor de expansión, no un contrato de reducción. Si para mantener el "nosotros" tienes que amputar partes de tu identidad, no estás viviendo un amor o una fidelidad sana; estás pagando una hipoteca emocional que no te corresponde. Las alianzas reales acompañan, no pesan.

​El acto radical sería, no aguantar por inercia, sino tener la valentía de volver a elegir. Si la estructura te obliga a hacerte pequeño para encajar, el problema no eres tú, es el molde.

lunes, 23 de febrero de 2026

Cuando la brújula moral se convierte en imán



Toda sociedad necesita un código compartido, una especie de brújula ética. No para que todos caminemos en fila india, sino para saber dónde están los acantilados. El problema es que hoy esa brújula se ha vuelto loca. Ya no marca el norte; se ha convertido en un imán.

​Una brújula orienta; un imán, en cambio, solo atrae o repele. Y cuando la moral funciona así, el mundo se vuelve un lugar binario y asfixiante: o eres de los "nuestros" o eres el enemigo.

​Lo vemos a diario. Alguien comete un error, o simplemente lanza una opinión que incomoda al dogma de turno, y el mecanismo se activa. En segundos, el contexto desaparece. No importa quién sea esa persona, qué haya hecho antes o cuál sea su intención. Reducimos una vida entera a un solo post, a un solo segundo, a un solo traspié.

​No hay hogueras físicas como en la Inquisición, pero la muerte civil es igual de real. El castigo ya no es una multa o una celda, sino el aislamiento, la humillación pública y esa etiqueta de "cancelado" que parece imposible de despegar.

​Una sociedad que no permite la rectificación es, en realidad, una cárcel de apariencias. La moral sana es la que entiende la fragilidad. Castiga, sí, pero con proporcionalidad. Señala el error, pero no borra la dignidad de quien lo comete.

​Si convertimos la ética en un campo magnético que solo sirve para expulsar a la gente del mapa, no estamos defendiendo valores; estamos alimentando el tribalismo. Necesitamos volver a la brújula: esa que nos recuerda que nadie es, ni de lejos, la suma total de su peor momento.




jueves, 19 de febrero de 2026

La empatía tiene puntos ciegos


Nos gusta pensar que la empatía siempre es buena. Que si logramos ponernos en el lugar del otro, todo mejora. Y sí, muchas veces es así. Pero no siempre.

La verdad es que solemos empatizar más con quienes se nos parecen. Con los que hablan nuestro mismo idioma emocional. Lo que no entendemos, lo que nos incomoda o desafía nuestras ideas… nos cuesta sentirlo. Ese es uno de sus puntos ciegos. A veces también confundimos empatía con justificarlo todo. Comprender el dolor de alguien no significa aplaudir sus decisiones. Hay momentos en que ayudar no es decir “te entiendo” sino “esto no te está haciendo bien”.

Y luego está el cansancio. No podemos cargar eternamente con las emociones de todos. Intentarlo, tarde o temprano, nos pasa la cuenta. Por eso no se trata de tener menos empatía, sino de tenerla mejor afinada. Con límites. Con criterio. Con conciencia.

Reconocer sus puntos ciegos no la debilita; la hace más consciente y más madura. Porque sentir es humano. Pero sentir con claridad es madurez.

lunes, 16 de febrero de 2026

Soltar

Hay pasillos de hospital que huelen a desinfectante y a decisiones imposibles. Luz blanca. Monitores que marcan ritmos que no siempre significan esperanza. Sillas incómodas donde alguien lleva horas —o días— sosteniendo una mano que tiembla.

Nos enseñaron que la valentía (la hemos visto en series como ER, y Anatomy Grey's) es entrar corriendo, intubar a tiempo, reanimar en el segundo exacto, revertir lo irreversible. La narrativa heroica está hecha de rescates, de cirugías exitosas, de altas médicas celebradas con abrazos torpes en la puerta principal. Pero en un hospital, la mayor valentía no siempre ocurre cuando se salva una vida.

A veces ocurre cuando ya no se puede salvar. Ocurre en esa habitación donde el monitor late más despacio y el silencio pesa más que cualquier diagnóstico. Ocurre cuando un médico baja la voz y deja de hablar de protocolos para hablar de dignidad. Cuando una enfermera acomoda la almohada con una delicadeza que no aparece en ningún manual. Cuando una hija respira hondo para decir: “Estoy aquí”.

Acompañar hasta el final no es rendirse. Es sostener sin huir. Es no maquillar la verdad con falsas promesas. Es elegir presencia por encima de milagros improbable. En esos momentos, el hospital deja de ser un campo de batalla y se convierte en un umbral. Y cruzar un umbral requiere otro tipo de coraje: el de mirar la finitud sin anestesia emocional.

La medicina moderna, desde los tiempos de Hippocrates, ha jurado cuidar. Cuidar no significa siempre curar, un juramento no es una promesa sino una intención. Significa aliviar,  proteger la dignidad cuando el cuerpo ya no responde. Significa entender que el dolor no solo es físico; también es miedo, despedida, memoria.

Hay más medicina para el alma en una mano que no se suelta que en cien discursos sobre supervivencia. Porque salvar una vida es extraordinario, pero acompañarla hasta el final…eso exige permanecer cuando todo dentro de ti quiere escapar. Y tal vez ahí está la verdadera medida del amor: no en cambiar el desenlace, sino en no dejar a nadie enfrentarlo solo.

domingo, 15 de febrero de 2026

Un hijo nunca debe morir


Suena a frase hecha, casi a obviedad, pero cuando pasa deja de ser idea y se vuelve grieta. Algo se desacomoda para siempre. No hay explicación que alcance, ni palabras que realmente sirvan. Todo lo que uno creía que tenía cierto orden —que los padres se van primero, que la vida sigue una secuencia más o menos comprensible— se rompe sin pedir permiso.

Cuando muere un hijo no se pierde solo a una persona. Se pierde el futuro que uno imaginaba en silencio. Las escenas pequeñas: una mesa compartida, una conversación pendiente, un abrazo que se daba por hecho. De pronto todo eso queda suspendido, como si alguien hubiese apagado la luz en mitad de la casa.

La ciencia puede hablar de causas. Las noticias pueden hablar de hechos. Pero nada de eso toca lo que queda después: el silencio en una habitación, la ropa doblada que nadie va a usar, el nombre que cuesta pronunciar porque duele ponerlo en pasado.

Hay algo profundamente injusto en esa experiencia. No porque el mundo prometa justicia —nunca lo hizo— sino porque dentro nuestro existe la certeza de que la vida joven representa comienzo, posibilidad, algo que todavía estaba escribiéndose. Y cuando eso se corta, no solo se quiebra una historia; se quiebra la confianza básica en el orden de las cosas.

Un hijo no debería morir.

Y cuando ocurre, el tiempo ya no se mide igual. Hay un antes y un después. El mundo sigue, sí, pero para quienes aman, algo queda detenido para siempre.