Nos vendieron la dignidad como un trofeo que hay que pulir a diario, cuando en realidad es una camisa de fuerza con hebillas doradas. Toda la vida vigilando la «sabiduría», separando con pinzas de cirujano el bien del mal, como si hubiera un jurado esperando al final del pasillo para darnos una medalla por buena conducta.
Qué cansancio, en serio. Ni siquiera nos rebelamos con convicción: somos autómatas domesticados, programados para agradecer la correa y llamarla libertad, para aplaudir el horario y llamarlo vocación.
Propongo romper la urna donde guardamos los recuerdos y dejar que el drama acumulado se pudra al sol, sin funeral ni discurso. Mudar la piel de la etiqueta, del deber ser, de esa insignia correcta y almidonada con la que disfrazamos la rutina de virtud. Si la única recompensa por portarse bien es que te den un portazo en la cara, más carga, más horario, más lista de pendientes, entonces la única respuesta decente es la deserción.
Hagamos un voto solemne a la inutilidad. Al exceso que no rinde cuentas a nadie, a la risa con manchas de vino tinto y fruta demasiado madura, al derecho de perdernos sin justificar el mapa. Los monumentos a la cordura, al final, solo sirven de percha para que las palomas caguen encima.
Y ni siquiera eso les vamos a explicar.







