Durante siglos se nos contó una historia ordenada y tranquilizadora: primero fuimos iguales, luego nos volvimos agrícolas, aparecieron excedentes, jerarquías, y la desigualdad se volvió inevitable. Es una narrativa cómoda porque convierte la injusticia en destino. Pero los estudios de David Graeber y David Wengrow desmontan esa fábula con evidencia arqueológica y antropológica.
Las sociedades humanas tempranas no siguieron una línea recta hacia la jerarquía. Durante miles de años, grupos de cazadores-recolectores alternaron deliberadamente entre formas igualitarias y estructuras jerárquicas temporales. En algunas estaciones del año existían jefaturas rituales; en otras, se disolvían. La desigualdad no surgió por ignorancia, sino por elección social.
La agricultura tampoco fue una trampa inmediata. Hubo comunidades agrícolas sin élites, sin reyes y sin acumulación coercitiva durante milenios. La desigualdad permanente aparece cuando ciertas formas de poder se cristalizan: el control de la violencia, la administración del conocimiento y la gestión del excedente. No es la producción lo que crea dominación, sino su monopolio.
Graeber y Wengrow identifican tres libertades fundamentales que se fueron perdiendo: la libertad de moverse, de desobedecer y de reorganizar la sociedad. Cuando estas se erosionan, la jerarquía deja de ser un juego reversible y se vuelve estructura.
La desigualdad, entonces, no es una ley histórica ni una necesidad biológica. Es una construcción frágil, sostenida por relatos que ocultan su contingencia. Y si fue creada, también puede ser cuestionada. Esa es la verdadera amenaza que encierra esta historia.






