jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando la rebeldía también alimenta el PIB


En 1944, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron en Dialectic of Enlightenment que la industria cultural terminaría convirtiendo incluso la rebeldía en mercancía. Décadas después, la idea parece más vigente que nunca.

La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.

Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.

Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.

El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.

Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.

El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.

Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.

Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.

Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.

Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?

martes, 12 de mayo de 2026

La incomodidad de nombrar lo cotidiano



Hay una resistencia estética a imaginar la cotidianeidad biológica ajena. Cagar es la certeza más absoluta de nuestra especie, pero la vida social exige una intimidad que raya en la negación. A diferencia de mear —más breve, menos ritual—, el acto de cagar impone un silencio que preferimos ignorar.

​La palabra no ayuda. "Cagar" es rotunda y legítima, pero ha sido expulsada de los salones y hasta del corrector de Word. Esta omisión no es inocente: el lenguaje que no se nombra, se administra. Al eliminar el término del registro oficial, el acto no desaparece, pero sí la posibilidad de mencionarlo sin incomodar. En su lugar, el eufemismo construye una arquitectura de niebla: se "defeca", se"excreta" o se "evacúa".

 El cuerpo traducido al latín deja de ser carne para ser un expediente clínico. Aquí el pudor se vuelve jerarquía. El código culto levanta barreras; el médico que pregunta por "hábitos de excreción " no es delicado, es distante. El paciente, que caga perfectamente pero jamás ha "excretado", queda desorientado ante su propio organismo. Como decía un viejo profesor de teoria de la comunicación: el lenguaje que no llega al otro no es lenguaje, es performance. Los eufemismos no protegen al paciente, lo alejan. Un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no se nombren es un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no importen. 

Word puede seguir ignorando la palabra; yo no voy a cambiarle el nombre.

Ya lo dice un querido poema:

"De los placeres sin pecar, el mejor es el cagar... Cagar es un placer de cagar nadie se escapa" 

domingo, 10 de mayo de 2026

Las madres invisibles


Hay una ausencia que el cine ha normalizado tanto que ya casi no se ve. Está ahí, en el fondo de cada historia, pero no tiene nombre ni diálogo ni siquiera un retrato en la pared. Es la madre.

Bella no tiene madre. Ariel tampoco. Jasmine, Pocahontas, Aladín. Toda una generación creció con protagonistas que llegaron al mundo por generación espontánea, o por el fervor narrativo de un padre que sí estaba, sí hablaba, sí importaba. La madre es ese personaje que el guionista borró en la primera revisión porque complicaba demasiado las cosas. No hace falta para la trama.

El padre ausente, en cambio, es épica pura. El trauma de Batman nace la noche que cayó Thomas Wayne. La herida de Simba lleva el nombre de Mufasa. Hasta Interestelar convierte la ausencia paterna en el motor secreto del universo. La ausencia del padre es mito. La de la madre es conveniencia narrativa.

Lo que ese silencio dice es revelador: que el cuidado no forma carácter, que lo cotidiano no es material dramático, que una tetera parlanchina puede sustituir perfectamente lo que una madre habría dado. El cuidado se da por hecho. Es el fondo, no la figura.

Pero aquí está la trampa: que no aparezca en pantalla no significa que no estuviera.

Porque en la vida real, la madre sí estaba. Siempre estuvo. En el sándwich que apareció solo en la mochila, en la fiebre de madrugada que alguien atendió sin contarlo después, en esa frase dicha casi de pasada que sin embargo se quedó grabada para siempre. El cine aprendió a hacer épica del padre ausente. Nunca supo cómo filmar lo que hace una madre presente, porque no explota, no tiene banda sonora, no cabe bien en un tercer acto.

El Día de la Madre no debería ser el día en que le damos una medalla a alguien por haber hecho lo que nadie notó el resto del año. Debería ser el día en que nos detenemos a mirar lo que elegimos no ver.

Las madres no son invisibles porque no estén. Son invisibles porque hemos construido una cultura que no sabe mirar lo que cuida sin espectáculo. Lo cotidiano no vende entradas. Lo constante no genera drama. Y lo que siempre estuvo ahí termina siendo, para el relato, como si nunca hubiera existido.

Pero existió. Existe. Y eso, aunque el cine no lo sepa filmar todavía, es la historia más larga que hay.

Feliz dia de las madres. Siempre presentes. 

La mediocridad como espejo


Cada cierto tiempo aparece en las redes una publicación que se viraliza no porque contenga análisis riguroso, sino porque toca algo que mucha gente ya siente. Hace poco circuló una de esas: un texto que denuncia cómo el sistema educativo chileno estaría "fomentando la mediocridad", evitando la reprobación, presionando a los profesores para que hagan pasar a estudiantes que no aprendieron nada. El texto generaliza sin evidencia y usa un lenguaje diseñado para provocar indignación más que reflexión. Y sin embargo, se compartió miles de veces.

Eso me parece más interesante que el texto mismo.

Porque cuando algo así se viraliza, no es porque sea verdad. Es porque resuena. Y lo que resuena merece pregunta: ¿con qué está vibrando?

Hay una tensión real en el corazón de cualquier sistema educativo moderno. La evidencia pedagógica indica que reprobar no funciona como se creía: repetir curso no mejora significativamente los aprendizajes, aumenta la deserción y afecta duraderamente la trayectoria del estudiante. Pero también existe la percepción —no completamente infundada— de que cuando desaparece la consecuencia del no aprendizaje, algo se pierde. No necesariamente la nota roja. Sino la señal. El momento en que alguien le dice a un estudiante: esto no está bien, hay que volver atrás.

Ese es el nudo verdadero. No si se reprueba o no. Sino si el sistema es capaz de decir la verdad.

Lo que el texto viral no puede decir —porque requeriría demasiada complejidad para una publicación de Facebook— es que la crisis del aprendizaje no tiene un solo culpable. No es solo que "ya no se exige". Es que los estudiantes llegan con déficits lectores acumulados. Es que la atención sostenida se ha deteriorado en un entorno de sobreestimulación digital. Es que muchos docentes trabajan en condiciones de sobrecarga que hacen imposible el seguimiento individual. Es que la desigualdad sigue determinando quién aprende y quién no, independientemente de cuántas notas rojas se pongan.

Reducir todo eso a "los hacen pasar igual" es cómodo. Tiene un culpable claro y una solución implícita igual de simple: volver a exigir, endurecer, reprobar sin culpa. Pero los sistemas complejos no se reparan con gestos simples.

El agotamiento docente es real. La sensación de que el esfuerzo ya no importa es real. La percepción de que algo se ha roto en el vínculo entre aprender y ser reconocido por aprender también es real. Pero validar una emoción no es lo mismo que entender su causa.

La mediocridad que más me preocupa no es la del estudiante que avanza con vacíos. Es la del análisis que prefiere la indignación al entendimiento. La que convierte un problema estructural de décadas en un meme compartible. La que nos hace sentir que ya entendimos todo porque encontramos a alguien a quien culpar.

Esa mediocridad no está en las aulas. Está en cómo pensamos sobre ellas.


viernes, 8 de mayo de 2026

La erosión democrática moderna


Hay una diferencia que casi nunca discutimos entre las cosas que se rompen y las que se gastan. Cuando algo se rompe, hay un antes y un después. El desgaste no funciona así. Ocurre en silencio, sin fecha exacta, si avisar -- pero con indicios, una cronica de una muerte anunciada-- Y lo más inquietante es que te acostumbras a él mientras sucede.

El último informe de V-Dem sitúa a Chile en una posición que no resulta cómoda ni para la alarma ni para la tranquilidad. No estamos en crisis. Pero tampoco somos lo que fuimos, y eso es exactamente el problema.

Lo que V-Dem mide no es solo si hay elecciones. Eso es el piso técnico. Mide si las instituciones son independientes, si el debate público tiene calidad, si el equilibrio de poderes aguanta el peso que se le pone encima. Y es ahí donde los datos muestran el deterioro: desconfianza acumulada, conversaciones públicas cada vez más estériles, instituciones que la gente mira con una mezcla de indiferencia y desprecio, una política que parece hablar consigo misma mientras el resto del país hace otra cosa.

El informe insiste en que las democracias modernas rara vez colapsan con un golpe dramático. Se desgastan gradualmente, de formas que en cada momento parecen tolerables porque el país sigue funcionando. El problema es que "seguir funcionando" no es lo mismo que "estar bien".

La pregunta que los datos dejan flotando no es si la democracia chilena va a sobrevivir. Es qué clase de democracia vamos a tener si las tendencias actuales se mantienen diez años más. Porque una democracia puede celebrar elecciones normales, respetar la Constitución, mantener todos los formatos institucionales intactos, y aun así vaciarse lentamente de convicción, de confianza, de capacidad real para producir acuerdos que duren.

El agua que hierve despacio no avisa.


martes, 5 de mayo de 2026

La frontera que viene



Hay una conversación que la humanidad aún no ha tenido en serio. La estamos teniendo, sí, pero en laboratorios, salas de juntas y novelas de ciencia ficción. Estamos a punto de ser multiplanetarios, y no tenemos idea de lo que significa.

El patrón histórico es siempre el mismo: territorio desconocido, primeros que mueren, sobrevivientes que construyen comunidad, identidad que luego choca con quien financió el viaje. Marte no será diferente.

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe que Estados reclamen soberanía sobre cuerpos celestes, pero no dice nada de corporaciones privadas ni del niño que nazca allá. El primer bebé marciano podría ser el primer apátrida del sistema solar. ¿Qué es una nación cuando el suelo donde naciste no pertenece a ninguna?

La independencia marciana no tendrá fecha ni batalla; la construirá la física. Con 3 a 22 minutos luz de distancia, ante una emergencia decidirán solos. El quiebre real será la tercera generación: nacidos de padres nacidos allá, que nunca vieron un océano. Para ellos la Tierra no será la patria, sino el lugar de los abuelos. El caso más iluminador no es la revolución americana, sino Australia: que simplemente dejó de mirar hacia Londres.

La pregunta no es si colonizaremos Marte (en cien años es casi inevitable). La pregunta es si llegaremos con alguna reflexión ética, o como siempre: primero, y pensando después.

lunes, 4 de mayo de 2026

Santiago en 100 Palabras


Decir mucho en poco no es limitarse, es afinar.

“Santiago en 100 Palabras” no premia al que grita más fuerte, sino al que sabe elegir qué decir… y qué callar.

Cien palabras no son pocas: son un filtro.

Obligan a mirar la ciudad sin relleno, a capturar un gesto, un ruido, una grieta.

No se trata de ganar.

Se trata de descubrir que, a veces, una idea bien dicha cabe completa en un puñado de líneas.

El plazo del concurso ha terminado, ya enviaste tu texto?