En "Adiós a Ruibarbo" de Guillermo Blanco (1974) , el niño apodado Potrillo se enfrenta a la cruda realidad de que el caballo al que ama va a morir, no por enfermedad, sino porque el mundo adulto ha decidido que ya no es útil. Esa noche, el chico actúa: lo libera, lo lleva lejos, le da una palmada en el anca y le dice adiós. Hace todo lo que puede hacer un niño que quiere salvar algo que ama.
Y Ruibarbo vuelve.
Vuelve porque es un caballo. Porque la libertad que el niño le ofrece no es la libertad que Ruibarbo reconoce como tal. Porque hay caminos que los animales —y los hombres— recorren sin saber muy bien por qué, guiados por algo que está más adentro que la razón o el afecto ajeno. Blanco termina su cuento sin explicar demasiado. Hay un final que el lector tiene que completar solo, con lo que sabe de la vida.
Recordar esa escena me hizo pensar en un amigo, que era de la risa fácil, que parecía inquebrantable, como si tuviera un pacto secreto con la vida. Pero había algo en él que no supe leer a tiempo, o no logré ver. Uno aprende que hay personas librando guerras silenciosas, con una sonrisa que oculta el cansancio. En mi caso, creí que la amistad bastaba para salvarlo. Hubo conversaciones. Hubo momentos en que sentí que algo se podía cambiar, que bastaba decir las palabras correctas, estar ahí de la manera correcta, como el niño que creía que podía cambiar el destino de Ruibarbo. Hay una arrogancia particular en ese tipo de fe. No es mala fe. Es la fe de quien no sabe. Pero hay cosas que no se salvan desde afuera.
Mi amigo murió, de a poco, cediendo terreno hasta que ya fue tarde para verlo. Lo que lo consumió tenía nombre, pero no necesito nombrarlo aquí. Los que lo conocieron saben. Los que no lo conocieron tampoco necesitan el nombre para entender de qué estoy hablando. La sensación que me quedó no fue culpa, aunque al principio lo pareció. Es algo más parecido a lo que sintió Potrillo al ver regresar al caballo: la certeza de que hizo lo que pudo, pero también la amarga realidad de que no fue suficiente. Ambas verdades conviven en el alma.
Blanco termina su cuento sin explicaciones, porque las palabras exactas no existen cuando se trata de pérdidas como esta. A veces uno libera a alguien, y esa persona vuelve sola. Y aveces uno no puede hacer nada contra eso. Y esa frase, tan simple, tan brutal, es lo más cercano a la verdad que he encontrado para hablar de él.





