viernes, 3 de abril de 2026

La mujer que le revisa las cuentas al Estado


Hay instituciones que todos han escuchado nombrar, pero pocos entienden bien qué hacen. La Contraloría es una de ellas. Básicamente, es el organismo que se encarga de revisar que el Estado no gaste la plata pública como quiera, sino dentro de la ley.

Desde noviembre de 2024 la dirige Dorothy Pérez, la primera mujer en ocupar ese cargo. No es una figura llegada desde afuera: lleva más de veinte años dentro de la misma institución, pasando por distintos roles hasta llegar arriba. Su nombramiento, además, tuvo un respaldo político poco común, lo que ya dice bastante en el contexto actual.

Ahora, conviene despejar una confusión: la Contraloría no persigue delitos ni mete gente presa. Su trabajo es más silencioso, pero no por eso menos relevante. Revisa contratos, auditorías, decisiones administrativas. En otras palabras, mira si el aparato público está funcionando como debería o si alguien se está pasando de listo.

Y cuando funciona bien, se nota. Uno de los casos que más ruido hizo fue el de las licencias médicas: miles de funcionarios que, estando supuestamente enfermos, viajaban fuera del país. A partir de ahí se empezaron a cruzar datos con otras fuentes y aparecieron más situaciones difíciles de justificar. No fue un detalle menor; dejó en evidencia una práctica extendida.

También han aparecido otros casos, como funcionarios que se ausentaban del sector público mientras trabajaban en el privado. Todo esto, más allá del escándalo puntual, apunta a algo más estructural: controles débiles que recién ahora se están tensionando en serio.

Pero no todo ha sido bien recibido. Algunas decisiones han generado incomodidad, sobre todo cuando la fiscalización toca temas sensibles, como datos personales o áreas políticamente cargadas. Ahí aparece una tensión inevitable: hasta dónde puede —o debe— llegar el control sin cruzar ciertas líneas.

Al final, el punto de fondo es bastante simple: una Contraloría que hace bien su trabajo molesta. Y debería molestar a todos por igual. Si solo incomoda a un lado, deja de ser creíble.

Con recursos relativamente acotados, el impacto que puede tener sigue siendo alto. Pero eso también abre otra pregunta, más incómoda: cuánto interés real hay en que alguien fiscalice en serio al Estado. Porque una cosa es decir que el control importa, y otra muy distinta es darle el espacio —y el poder— para ejercerlo.

jueves, 2 de abril de 2026

Las fronteras que construimos


Hay una cosa que hacemos sin darnos cuenta, marcamos fronteras, levantamos muros, trazamos rayas, constantemente decidimos dónde está el límite. Lo que es normal y lo que no. Lo que merece respeto y lo que queda fuera. Trazamos una raya, ponemos a la gente a un lado u otro, y seguimos adelante convencidos de que la raya estaba ahí antes de que llegáramos nosotros.

Pero la raya la pusimos nosotros.

Los seres humanos necesitamos ordenar el mundo para movernos por él. El problema no es que lo hagamos, es que lo olvidamos. Olvidamos que fue una decisión, y entonces empieza a parecernos un hecho. Y los hechos no se cuestionan, se acatan. De ahí viene buena parte de la exclusión social: no de la maldad, sino del olvido.

Debajo de todo esto hay algo más profundo: tendemos a asumir que nuestra realidad es la realidad. No como arrogancia consciente, sino como punto de partida automático. Lo que yo veo, lo que a mí me parece razonable: eso es el mundo. Todo lo demás es error.

Y en cierto modo, no estamos del todo equivocados.

La realidad que cada uno experimenta es genuinamente suya. No hay nadie en el planeta viendo exactamente lo mismo que tú en este momento, porque nadie está en tu lugar. No solo físicamente: tu historia, tu cuerpo, lo que te dijo alguien hace diez años y todavía resuena. Todo eso filtra lo que percibes.

El error no está en tener una realidad propia. Está en confundirla con la única posible.

Porque si asumo que mi perspectiva es una perspectiva, la del otro deja de ser un error y se convierte en información. Las rayas no van a desaparecer, las necesitamos demasiado. Pero podríamos, de vez en cuando, recordar que fuimos nosotros quienes las pusimos ahí.

miércoles, 1 de abril de 2026

30 segundos de nada: la ilusión del drama

Los microdramas de 30 segundos prometen intensidad narrativa. Lo que entregan es otra cosa: estímulos emocionales en serie, diseñados para capturar atención, no para contar nada.

El problema no es la brevedad. La literatura y el cine han producido obras cortas con una densidad brutal. El problema es la lógica: estos formatos no buscan construir una historia, sino enganchar. Cada fragmento es un anzuelo. Los personajes no evolucionan, reaccionan. La traición ocurre en diez segundos, el amor aparece sin contexto, el conflicto se abandona antes de madurar. Es consumo sin proceso.

Lo más inquietante no es el formato en sí, sino lo que hace con quien lo mira. Se entrena al espectador para necesitar estímulos constantes, y con eso se erosiona algo más difícil de recuperar: la tolerancia a lo pausado, lo ambiguo, lo que tarda en resolverse. El músculo narrativo se atrofia igual que cualquier otro.

Y hay algo más: estos contenidos no están pensados para ser recordados. Se consumen y se descartan en el mismo gesto. Cuando el relato deja de aspirar a dejar huella —aunque sea mínima, aunque sea íntima— deja de ser relato y se convierte en mercancía emocional.

No es cuestión de rechazar lo digital ni lo breve. Es cuestión de exigir algo más que una descarga de dopamina. Porque si aceptamos que el drama puede reducirse a 30 segundos sin pérdida, también estamos aceptando que nuestra capacidad de sentir y pensar historias puede
reducirse en la misma medida.

Y esa sí es una tragedia. Aunque no dure más de medio minuto.

martes, 31 de marzo de 2026

Enseñar desde el que aprende

Desde que dejé la escuela - hace ya décadas-no he dejado de aprender, pero, hay una frase que se repite en salas de profesores, en reuniones de apoderados, en conversaciones de pasillo: "estos chicos no razonan". La dicen con convicción, casi con alivio, como si nombrar el problema fuera suficiente para absolverse de él.

Pero hay una pregunta que nadie hace: ¿no razonan, o simplemente razonan distinto a lo que esperamos?

La diferencia es enorme. Cuando un estudiante responde algo que no coincide con lo que el profesor tenía en mente, eso no es ausencia de razonamiento. Es discrepancia. Y la discrepancia no es un defecto del que aprende; es información sobre la distancia que existe entre dos mentes que todavía no se han encontrado.

El sistema educativo lleva décadas confundiendo esas dos cosas. Ha construido métodos, portafolios, currículos y evaluaciones desde una sola perspectiva: la del que enseña. Como si el aprendizaje fuera un molde y el estudiante, la masa que debe adaptarse. Cuando la forma no sale bien, el veredicto es siempre el mismo: el problema está en la masa. Nunca en el molde.

Y sin embargo, no existe método de enseñanza superior a la capacidad de aprendizaje de la mente humana. Ninguno. El cerebro humano lleva millones de años aprendiendo sin currículos, sin pruebas estandarizadas, sin docentes certificados. Aprende solo, aprende mal, aprende de través, aprende a destiempo. Y aun así aprende. La pregunta no es si puede hacerlo, sino si nosotros somos capaces de acompañar ese proceso sin aplastarlo.

Enseñar desde el cerebro del que aprende exige algo incómodo: imaginar respuestas que jamás habríamos anticipado. Aceptar que el camino que otro toma para llegar a una idea puede ser radicalmente distinto al nuestro, y ser igualmente válido. Eso obliga a desprogramarse. A soltar el modelo. A dejar de medir el aprendizaje ajeno con la regla del propio.

No es fácil. Es mucho más cómodo concluir que el otro no razona.

Pero cada vez que alguien dice esa frase, no está describiendo a un estudiante. Está describiendo el límite de su propia imaginación pedagógica.

lunes, 30 de marzo de 2026

Poesía

Dicen que la poesía es la más depurada manifestación que puede hacer el ser humano por medio de la palabra: sentimientos, emociones, reflexiones en torno a la belleza, el amor, la vida, la muerte. Una definición que suena impecable. De esas que uno lee y asiente, casi sin pensar.

Y entonces aparece Neruda:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,

y titilan, azules, los astros, a lo lejos.»

Perfecto. Ahí está todo: la noche, el frío, la distancia, esa tristeza que no se nombra directamente pero que aplasta igual. La definición cumplida.

Pero hay otro poema. Menos famoso. Bastante menos:

Yo cavo

Tú cavas

Él cava

Nosotros cavamos

Vosotros caváis

Ellos cavan

No se ustedes, si veran poesía en esto, pero de que es profundo, lo es. Y no sé bien tampoco yo, si eso califica como poesía según la definición. Pero tiene algo que muchos versos más elaborados no logran: te deja con la pregunta puesta. Y eso, a veces, es todo lo que la poesía necesita hacer.


domingo, 29 de marzo de 2026

¿Qué culpa tiene el tomate?

 


La pregunta parece absurda, casi cómica. Un fruto tranquilo en la mata, arrancado sin voz ni voto y condenado a una lata. Pero en esa imagen simple hay una crítica más profunda: el problema nunca fue el tomate.

El tomate es perecedero. No espera. No negocia. No especula. Crece, madura y, si no se vende a tiempo, se pudre. Esa condición biológica lo convierte en la pieza más débil dentro de un sistema que sí sabe esperar: el mercado.

Imagina al agricultor. No es uno, son muchos. Siembran con expectativas razonables, con costos calculados y con la ilusión de vender a buen precio. Pero el mercado no es una ecuación estática: cambia, se satura, se contrae. Y cuando todos producen lo mismo al mismo tiempo, el precio cae. No porque el tomate valga menos en esencia, sino porque hay demasiado y no hay cómo colocarlo.

Aquí aparece la primera distorsión: producir no garantiza vender. Y vender no garantiza ganar.

El agricultor no puede almacenar su producto indefinidamente. No tiene ese lujo. Otros sí. Quien tiene capital puede comprar barato, transformar (enlatar, procesar, conservar) y vender caro después. El tiempo, en economía, es poder. Y el tomate fresco no lo tiene.

Luego entra el dinero. No como simple herramienta de intercambio, sino como mercancía en sí misma. Para producir, el agricultor muchas veces necesita crédito. Para importar maquinaria, depende del tipo de cambio. Para sobrevivir a una mala temporada, vuelve a endeudarse. En cada paso hay intermediarios: bancos, importadores, distribuidores. Cada uno toma su margen. Ninguno asume el riesgo completo.

El resultado es una cadena donde el riesgo se concentra abajo y la ganancia se distribuye arriba.

Cuando el agricultor vende, muchas veces lo hace presionado: necesita liquidez, debe pagar deudas, no puede esperar. El comprador, en cambio, sí puede esperar. Y paga en consecuencia. Aparece entonces el fenómeno más perverso: vender por debajo del costo, no por ignorancia, sino por necesidad.

Y ahí el tomate deja de ser alimento y se convierte en síntoma.

Síntoma de un sistema donde lo perecedero pierde frente a lo acumulable. Donde el dinero, diseñado para facilitar el intercambio, termina condicionándolo. Donde se puede especular con comida, pero no con el hambre.

El problema no es que el tomate termine en una lata. De hecho, conservarlo puede ser una solución inteligente. El problema es quién decide, cuándo decide y quién captura el valor de ese proceso.

Porque mientras unos liquidan su cosecha para no perderlo todo, otros construyen industrias comprando esa desesperación a precio de saldo.

Y cuando finalmente escasea —porque siempre escasea en algún punto— el mismo producto reaparece, procesado, almacenado y mucho más caro.

El tomate nunca tuvo la culpa.
La lata tampoco.

El problema es un sistema donde el tiempo, el dinero y el poder no están distribuidos de forma equitativa.

Y donde, al final, los de siempre pagan la cuenta.

En fin, no hay que satanizar el dinero, creo que podemos esperar para hacerlo hasta el mes que viene.

 Este pequeño post sobre el dinero vale 5.000 (dólares ¡Ojo! Que de dinero si que saben los U.S.A.reros del mundo). Y la opinión para salvar una cosecha de tomates, 12.000. Les enviaré mi factura por mail. 

sábado, 28 de marzo de 2026

¿Hasta qué punto una decisión de morir es realmente libre?

Hay algo que me incomoda en el caso de Noelia Castillo, y no sé bien por dónde empezar. Su solicitud de eutanasia fue aprobada después de años cargando con un trauma que no cede, una salud mental que se fue fragmentando y una paraplejia que le cambió el cuerpo para siempre. Y aun así, la pregunta que me queda rondando no es si hizo bien o mal, sino algo mucho más difícil de responder: ¿puede llamarse libre una decisión que nació de tanto dolor acumulado?

Formalmente, sí. Cumplió los criterios. Hubo validación legal, hubo proceso. Pero reducir todo eso a un trámite es mirar para otro lado. Las decisiones humanas no flotan en el aire; las moldea todo lo que vino antes. Y cuando una vida estuvo marcada por el abandono, por la fragilidad constante, por la ausencia de redes que sostengan, la frontera entre "elegir libremente" y "elegir porque no quedó otra" se vuelve imposible de trazar con precisión.

La autonomía existe, pero no es infinita. Es más bien un umbral. Y validar que alguien lo cruzó no debería eximirnos de preguntarnos si alguna vez tuvo condiciones reales para no llegar hasta ahí.

Porque hay una diferencia que me parece fundamental, aunque incómoda: no es lo mismo la decisión que emerge después de haber tenido acceso genuino a cuidados paliativos, a acompañamiento emocional, a una vida donde el sufrimiento tratable no lo ocupa todo... que la decisión que brota de la soledad, del sistema que no llegó a tiempo, del cansancio de pedir y no recibir. En el primer caso, podemos hablar de ejercicio de un derecho. En el segundo, la eutanasia deja de ser solo eso y empieza a parecerse más a un reflejo de nuestras fallas colectivas.

No digo que haya que negarle a nadie su voluntad. Hacerlo, cuando el sufrimiento es real, puede ser una crueldad enorme. Pero aceptar esa voluntad sin mirar el contexto que la produjo también puede ser una forma de abandono, más silenciosa, más cómoda para todos, pero abandono al fin.

Un sistema puede aprobar una muerte de manera formalmente autónoma y haber fracasado, al mismo tiempo, en todo lo que importaba antes de ese momento.

Por eso creo que la eutanasia no es, en el fondo, un debate sobre la muerte. Es un espejo. Y lo que nos muestra, si tenemos el estómago para mirarlo, es exactamente hasta dónde llega nuestra capacidad de cuidar a quienes más lo necesitan. Hasta ahora, lo que veo no es alentador.