domingo, 29 de marzo de 2026

¿Qué culpa tiene el tomate?

 


La pregunta parece absurda, casi cómica. Un fruto tranquilo en la mata, arrancado sin voz ni voto y condenado a una lata. Pero en esa imagen simple hay una crítica más profunda: el problema nunca fue el tomate.

El tomate es perecedero. No espera. No negocia. No especula. Crece, madura y, si no se vende a tiempo, se pudre. Esa condición biológica lo convierte en la pieza más débil dentro de un sistema que sí sabe esperar: el mercado.

Imagina al agricultor. No es uno, son muchos. Siembran con expectativas razonables, con costos calculados y con la ilusión de vender a buen precio. Pero el mercado no es una ecuación estática: cambia, se satura, se contrae. Y cuando todos producen lo mismo al mismo tiempo, el precio cae. No porque el tomate valga menos en esencia, sino porque hay demasiado y no hay cómo colocarlo.

Aquí aparece la primera distorsión: producir no garantiza vender. Y vender no garantiza ganar.

El agricultor no puede almacenar su producto indefinidamente. No tiene ese lujo. Otros sí. Quien tiene capital puede comprar barato, transformar (enlatar, procesar, conservar) y vender caro después. El tiempo, en economía, es poder. Y el tomate fresco no lo tiene.

Luego entra el dinero. No como simple herramienta de intercambio, sino como mercancía en sí misma. Para producir, el agricultor muchas veces necesita crédito. Para importar maquinaria, depende del tipo de cambio. Para sobrevivir a una mala temporada, vuelve a endeudarse. En cada paso hay intermediarios: bancos, importadores, distribuidores. Cada uno toma su margen. Ninguno asume el riesgo completo.

El resultado es una cadena donde el riesgo se concentra abajo y la ganancia se distribuye arriba.

Cuando el agricultor vende, muchas veces lo hace presionado: necesita liquidez, debe pagar deudas, no puede esperar. El comprador, en cambio, sí puede esperar. Y paga en consecuencia. Aparece entonces el fenómeno más perverso: vender por debajo del costo, no por ignorancia, sino por necesidad.

Y ahí el tomate deja de ser alimento y se convierte en síntoma.

Síntoma de un sistema donde lo perecedero pierde frente a lo acumulable. Donde el dinero, diseñado para facilitar el intercambio, termina condicionándolo. Donde se puede especular con comida, pero no con el hambre.

El problema no es que el tomate termine en una lata. De hecho, conservarlo puede ser una solución inteligente. El problema es quién decide, cuándo decide y quién captura el valor de ese proceso.

Porque mientras unos liquidan su cosecha para no perderlo todo, otros construyen industrias comprando esa desesperación a precio de saldo.

Y cuando finalmente escasea —porque siempre escasea en algún punto— el mismo producto reaparece, procesado, almacenado y mucho más caro.

El tomate nunca tuvo la culpa.
La lata tampoco.

El problema es un sistema donde el tiempo, el dinero y el poder no están distribuidos de forma equitativa.

Y donde, al final, los de siempre pagan la cuenta.

En fin, no hay que satanizar el dinero, creo que podemos esperar para hacerlo hasta el mes que viene.

 Este pequeño post sobre el dinero vale 5.000 (dólares ¡Ojo! Que de dinero si que saben los U.S.A.reros del mundo). Y la opinión para salvar una cosecha de tomates, 12.000. Les enviaré mi factura por mail. 

sábado, 28 de marzo de 2026

¿Hasta qué punto una decisión de morir es realmente libre?

Hay algo que me incomoda en el caso de Noelia Castillo, y no sé bien por dónde empezar. Su solicitud de eutanasia fue aprobada después de años cargando con un trauma que no cede, una salud mental que se fue fragmentando y una paraplejia que le cambió el cuerpo para siempre. Y aun así, la pregunta que me queda rondando no es si hizo bien o mal, sino algo mucho más difícil de responder: ¿puede llamarse libre una decisión que nació de tanto dolor acumulado?

Formalmente, sí. Cumplió los criterios. Hubo validación legal, hubo proceso. Pero reducir todo eso a un trámite es mirar para otro lado. Las decisiones humanas no flotan en el aire; las moldea todo lo que vino antes. Y cuando una vida estuvo marcada por el abandono, por la fragilidad constante, por la ausencia de redes que sostengan, la frontera entre "elegir libremente" y "elegir porque no quedó otra" se vuelve imposible de trazar con precisión.

La autonomía existe, pero no es infinita. Es más bien un umbral. Y validar que alguien lo cruzó no debería eximirnos de preguntarnos si alguna vez tuvo condiciones reales para no llegar hasta ahí.

Porque hay una diferencia que me parece fundamental, aunque incómoda: no es lo mismo la decisión que emerge después de haber tenido acceso genuino a cuidados paliativos, a acompañamiento emocional, a una vida donde el sufrimiento tratable no lo ocupa todo... que la decisión que brota de la soledad, del sistema que no llegó a tiempo, del cansancio de pedir y no recibir. En el primer caso, podemos hablar de ejercicio de un derecho. En el segundo, la eutanasia deja de ser solo eso y empieza a parecerse más a un reflejo de nuestras fallas colectivas.

No digo que haya que negarle a nadie su voluntad. Hacerlo, cuando el sufrimiento es real, puede ser una crueldad enorme. Pero aceptar esa voluntad sin mirar el contexto que la produjo también puede ser una forma de abandono, más silenciosa, más cómoda para todos, pero abandono al fin.

Un sistema puede aprobar una muerte de manera formalmente autónoma y haber fracasado, al mismo tiempo, en todo lo que importaba antes de ese momento.

Por eso creo que la eutanasia no es, en el fondo, un debate sobre la muerte. Es un espejo. Y lo que nos muestra, si tenemos el estómago para mirarlo, es exactamente hasta dónde llega nuestra capacidad de cuidar a quienes más lo necesitan. Hasta ahora, lo que veo no es alentador.

viernes, 27 de marzo de 2026

Wingardium Leviosa, no es magia


Los libros de J. K. Rowling no so solamente no solo es literatura juvenil: toca temas como la muerte, el poder, la discriminación y la identidad, no es solo fantasía: funciona como una metáfora de formación. Hogwarts no enseña “magia” en el sentido superficial, sino disciplina, método y control —muy parecido a cualquier sistema educativo real. La diferencia es estética, no estructural. Por ejemplo hay algo profundamente revelador en ese momento en que alguien pronuncia “Wingardium Leviosa”. No es solo fantasía ni un truco ingenioso dentro del mundo de Harry Potter. Es, en el fondo, una metáfora incómoda: lo que parece magia, muchas veces es solo método bien ejecutado.

Porque no cualquiera levita una pluma. En la historia, no basta con quererlo. Hace falta precisión, práctica, corrección constante. Hace falta equivocarse —decir “Leviosá” cuando es “Leviósa”— y que alguien, como Hermione Granger, te corrija sin suavizar el error. Ahí empieza lo real.

Vivimos en una sociedad que admira el resultado, pero desprecia el proceso. Vemos a alguien lograr algo extraordinario y lo etiquetamos como talento, suerte o incluso “magia”. Pero rara vez miramos lo que hay detrás: repetición, disciplina, incomodidad, tiempo invertido cuando nadie estaba mirando.

El problema no es creer en la magia. El problema es usarla como excusa.

Decir “tuvo suerte” es más fácil que aceptar que alguien fue más constante. Decir “es talento” evita reconocer horas de práctica. Decir “es magia” nos libera de la responsabilidad de intentarlo en serio.

Pero la realidad es más simple y más dura: casi todo lo que parece imposible al principio, responde a una lógica. A una estructura. A un método.

Aprender a “levitar” en la vida real —sea dominar un oficio, entender un tema complejo o cambiar un hábito— no es cuestión de palabras mágicas. Es ajustar la técnica, repetir hasta que deje de doler, y sostener el esfuerzo cuando ya no es emocionante.

No hay hechizo. Hay entrenamiento.

Y tal vez esa sea la lección más honesta que deja ese pequeño momento ficticio: no se trata de creer más fuerte, sino de hacerlo mejor.

Porque al final, lo que levanta las cosas no es la magia.

Es la disciplina.

jueves, 26 de marzo de 2026

Disidencia controlada

Uno prende la radio, abre el celular, se pierde en ese océano de opiniones que hierven todo el día… y ahí están. Los indignados profesionales, los críticos permanentes, los que dicen lo que muchos piensan. Y por un momento, uno siente alivio. “Al menos alguien lo está diciendo”. Pero pasa el tiempo —días, meses, años— y todo sigue exactamente en su lugar. Intacto. Blindado.

Hay algo inquietante en cómo hoy se discute todo… y no cambia casi nada. Mucho ruido, mucha opinión, pero el fondo sigue intacto.

Uno escucha a los críticos de siempre, y ese: “al menos alguien lo dice”. Pero pasa el tiempo y nada se mueve. Entonces aparece la duda: ¿y si esa crítica no es tan libre como parece?

No hace falta silenciar cuando puedes permitir hablar… dentro de ciertos límites. Se puede protestar, sí, pero sin tocar lo esencial. Indignarse, pero sin transformar. Y así, la disidencia se vuelve un desahogo controlado, una válvula que libera presión sin romper nada.

Lo más inquietante es que funciona. Uno siente que participa, que está informado, que forma parte del debate. Pero muchas veces ese debate gira en círculos, atrapado en lo superficial, sin tocar la raíz.

No todo es falso, claro. Hay enojo real, problemas reales. Pero canalizados de forma que no incomoden demasiado.

Y entonces la pregunta queda flotando, incómoda: ¿estamos realmente cuestionando el poder… o solo ocupando el espacio que nos dejaron para hacerlo?

Porque si la crítica no cambia nada, tal vez no estamos frente a una oposición, sino frente a una ilusión bien administrada.

martes, 24 de marzo de 2026

Habitar la espera




En el hospital Sotero del Río todo se mueve rápido. Decisiones, diagnósticos, vidas que cambian en minutos. Pero hay pacientes para los que el tiempo funciona distinto.

Los que están en lista de trasplante no corren… esperan.

Y esa espera no es tranquila. Es clínica, tensa, medida en exámenes, llamadas perdidas, teléfonos siempre cargados. Porque la oportunidad puede aparecer en cualquier momento. O no aparecer.

No romantizamos eso. Sabemos lo que significa.

Un órgano disponible no es solo una buena noticia. Es el resultado de algo que salió mal en otro lugar. Una familia en shock. Una decisión tomada en medio del peor momento posible.

Y aun así, hay alguien que quiere vivir. Claro que quiere. Se aferra a esa posibilidad con todo lo que tiene. Pero en algún punto, lo entiende: su segunda oportunidad viene de una pérdida real.

Eso cambia la forma en que miran todo.

Y empiezan con las preguntas médicas:

¿Soy compatible?

¿Mi cuerpo va a responder?

¿Llegaremos a tiempo?

Pero tarde o temprano aparecen otras:

¿Quién era?

¿Alguien lo está llorando ahora?

No siempre lo dicen, pero está ahí. En la forma en que aprietan el teléfono. En cómo se quedan en silencio cuando hablamos de probabilidades.

En este hospital hacen lo que saben hacer mejor: evaluar, coordinar , intervenir. Sin perder tiempo. Sin margen de error. Pero hay una parte de esto que no depende de ellos.

Y cuando la llamada llega, no hay discursos. Hay acción.

Porque en el Hospital Sotero del Río tienen algo muy claro: esto no es solo salvar una vida.

 Es continuar otra.

lunes, 23 de marzo de 2026

La memoria que el desierto no borra

 

En las rutas del norte, entre el salitre y el silencio, las animitas aparecen como pequeñas fracturas en el paisaje. No son monumentos, son gestos: el intento desesperado de fijar un recuerdo donde la vida se detuvo de golpe.

​Hay algo crudo en su resistencia. El sol las destiñe, pero la sequedad las conserva; no hay lluvia que borre el punto exacto donde alguien dejó de avanzar. Al pasar, uno frena casi por instinto. Es una alerta de mortalidad, un recordatorio de lo fina que es la línea entre seguir el viaje o quedarte ahí para siempre.

​Para quienes las cuidan, la animita no es un marcador de muerte, sino un puente. Por eso hay botellas de agua, velas nuevas y cartas. Es una negociación con la ausencia: la necesidad humana de que el final no sea absoluto, sino una transición donde todavía se puede agradecer o pedir.

​En un territorio lleno de esqueletos industriales y pueblos fantasmales, estas cruces son la única persistencia real. No tienen discurso, pero se imponen. Obligan a entender que el camino no es solo distancia, sino una suma de historias que alguien se niega a olvidar.

domingo, 22 de marzo de 2026

Lo que aprendí al cruzar la misma línea regional

Hay una línea entre Copiapó y Taltal que en el mapa no es más que un trazo administrativo. Un detalle sin importancia, dirías. Pero cada vez que la cruzo, pasa algo. El desierto sigue igual —tan honesto, tan sin adornos—, pero yo ya no soy el mismo de cuando empecé el camino.

 Al principio no me di cuenta. Era solo ir y volver: kilómetros, polvo, la rutina de siempre. Pensé que estaba repitiendo el mismo trayecto… pero con el tiempo entendí que en realidad estaba cruzando versiones distintas de mi propia vida.

 Copiapó me carga. Llevo su ruido, sus prisas, esa sensación de estar en movimiento pero no avanzar de verdad. La ciudad te empuja, te exige cosas —y eso tiene su valor, claro— pero también pesa. Mucho.

 En cambio, cuando me acerco a Taltal, algo se suelta en mí. No es que sea más fácil vivir ahí, sino que todo parece más claro. El mar aparece como una pausa que no puedes evitar: “hasta aquí llega la prisa”, como si alguien te lo dijera en voz baja. Y ahí te das cuenta de cuántas cosas estabas arrastrando sin necesidad.

 Pero lo mejor no es llegar ni partir: es el cruce en sí. Ese punto donde cambias de región, sin barreras ni cambios bruscos en el terreno. Pero en tu cabeza, sí pasa algo. Es como si ese símbolo en el mapa te diera permiso para ordenarte las ideas: decidir qué dejas atrás y qué te llevas contigo.

 Hace tiempo que empecé a usar ese momento de forma consciente. A veces, antes de cruzar, me pregunto: ¿Qué no quiero seguir cargando al otro lado? No siempre tengo la respuesta clara, pero solo la pregunta ya cambia cómo llego. Cuando vuelvo, la pregunta es otra: ¿Qué aprendí ahí que vale la pena traer conmigo?

 No se trata de escapar de un lugar para ir a otro. Es entender que cada ida y vuelta es una oportunidad para ajustarse un poco más, para saber quién eres en cada contexto sin perder tu centro.

 Y la verdad es que esto no tiene nada que ver con el territorio. Podría ser cualquier frontera, cualquier cambio en la rutina. Pero este tramo de desierto, este borde entre dos lugares, fue el que me enseñó a verlo. A entender que hay líneas que no están pintadas en el suelo, sino grabadas en nuestra cabeza. Y que cruzarlas, aunque sea todos los días, nunca debería ser algo automático. Porque si algo me ha enseñado este viaje que repito una y otra vez, es esto: no importa cuántas veces recorras el mismo camino. Si tú no eres el mismo, el viaje nunca lo será.

-Desde algún lugar entre Taltal y Copiapó, donde el desierto respira al ritmo del mar.