Escuchado de paso:
"-La vida, para mí, ha sido como una caja de chocolates.
-¿Como Forrest Gump?
-No sé quién es ese tipo. Pero no, no es eso.
-No es una sorpresa bonita.
Es más bien un regalo insistente. De esos que aparecen sin que uno los pida. Barato, repetido. Y no se puede devolver.
Se acaba… y llega otra caja. Al principio uno no piensa. Abre y come.
Se atraganta con esa mezcla rara de chocolate, crema y menta. No porque guste, sino porque está ahí. Porque no hay mucho más.
A veces aparece algo distinto.Algo que realmente sabe bien.Un relleno de fresa. Algo dulce de verdad.
Dura poco. Siempre dura poco.Después vienen los restos.La miel dura, pegajosa. El chocolate amargo que se queda en la lengua
más de lo que uno quisiera.Y uno igual los come.No por gusto.Por costumbre.O por hambre.Al final, queda la caja vacía.
Y los papeles. Siempre quedan los papeles.¿Y usted cómo piensa comerse su caja?"
La pregunta me quedó dando vueltas más tiempo del que quisiera admitir, aunque no era para mi. Porque no se trata de elegir los chocolates.
Eso ya viene hecho. Se trata de cómo te los comes. Hoy lo tengo más claro. Los que ya pasaron… ya están.
Buenos, malos, da lo mismo. Fueron. Los que quedan, no los voy a tragar. Voy a ir más lento.
Aunque no sean los mejores. Aunque algunos ni siquiera me gusten. Igual los voy a sentir.
Porque al final no queda nada más. Ni caja. Ni reemplazo. Solo lo que alcanzaste a saborear.






