Las ferias libres y las ferias de las pulgas no nacieron para ser silenciosas. Su naturaleza es otra: ruido, voces que se superponen, pasos que se cruzan, gente que se detiene y vuelve a caminar. A primera vista pueden parecer un pequeño caos, una marea humana donde todo ocurre al mismo tiempo. Pero basta quedarse unos minutos para descubrir que ese desorden tiene un ritmo propio, antiguo, casi heredado.
Hay siglos de tradición respirando entre los puestos improvisados. Mesas cubiertas con telas gastadas, cajas de frutas que ahora sostienen objetos improbables, manos que ordenan y desordenan mercancías mientras llaman al que pasa. No importa demasiado lo que uno haya ido a buscar. De hecho, muchas veces ni siquiera se va con una idea clara. Y, aun así, siempre aparece algo. "Congrio colorado", una herramienta largamente buscada, un libro que nadie más parecía querer, una prenda que inexplicablemente termina pareciendo necesaria. Uno llega con las manos vacías y, casi sin darse cuenta, termina llevándose algo a casa.
En ese territorio la ley de la oferta no es fría economía: es conversación. El regateo no es una disputa, sino una especie de juego antiguo: "fresquitas mis lechugas (mientras desgaja hojas mustias). Una danza breve entre quien vende y quien mira, entre el “llévelo, casero” y el “ya, pero bájele un poco” entre el redondeo y la yapa. A veces la diferencia final es mínima, casi simbólica, pero el intercambio deja la sensación de haber participado en algo más humano que una simple compra.
Y luego están los sentidos. Los olores de frutas maduras, ceviches o frituras que se cuelan desde algún puesto cercano. Los colores: montañas de ropa, verduras brillantes, juguetes desordenados. Todo compite por tu atención. Todo te habla al mismo tiempo. En medio de ese aluvión, los frenos del bolsillo se relajan un poco, como si la lógica cotidiana quedara suspendida por un rato.
Recorrer ferias y pulgas tiene algo de experiencia casi hipnótica. Es caótico, sí, pero también sorprendentemente vital. Uno camina entre voces, risas, discusiones y ofertas gritadas al aire, y al final comprende que ese desorden es, en realidad, una forma de vida latiendo a la vista de todos.
Tal vez por eso, cuando uno se va, no solo lleva una bolsa con algo adentro. También se lleva una sensación extraña y reconfortante: la de haber pasado por un lugar donde el mundo donde el tiempo psrece congelado, por un momento, parecía más cercano, más humano, más despierto.







