Vivimos, al parecer, bajo un nuevo canon de sabiduría. Ya no se trata de conocer la historia, la filosofía o los grandes textos de la literatura: la verdadera cultura, la que hoy da prestigio, consiste en recitar sin titubear la genealogía completa de Game of Thrones, enumerar de memoria reyes y reinos de la Tierra Media, o debatir con la gravedad de un concilio teológico si el Halcón Milenario le ganaría una carrera al Enterprise. Y por supuesto, está el examen final, el más serio de todos: quién ganaría, Voldemort o Geralt de Rivia.
Pero el geek no reina solo en este nuevo templo del saber. A su lado se sienta el experto en farándula, ese ser capaz de reconstruir con precisión forense el prontuario amoroso de media Hollywood —quién engañó a quién, quién se separó de quién y con quién anda revolcándose ahora—, pero que no sabría decir el nombre de su propio vecino ni bajo tortura. Sabe más de la vida de un desconocido con contrato de management que de la suya propia, y lo exhibe con el mismo orgullo idiota con que otro presumiría un doctorado.
Mientras tanto, quien de verdad sabe de historia, filosofía o ciencia sigue cargando con la misma condena de siempre: "no entendió la referencia", dicho con la lástima de quien mira a un discapacitado cultural.
Tiene su gracia el concepto moderno de cultura. No importa cuánto sepas ni cuánto hayas leído: siempre habrá un rebaño dispuesto a medir tu valor por el único tema que domina, ya sea la Tierra Media o el drama de un actor que ni siquiera sabe que ellos existen.
Porque la cultura geek —y su prima hermana, igual de rasca, la cultura del chisme— dejaron de ser una afición inofensiva y se convirtieron en examen de admisión: un filtro para decidir quién merece sentarse en la mesa de los "verdaderos intelectuales" de turno. Y reprobarlo, por supuesto, es un pecado que jamás se perdona.







