lunes, 26 de octubre de 2026

Nubes grises


Hay una paradoja que me persigue desde que escribo: las palabras me llegan mejor cuando la vida me llega peor. Y no sé si es un don o una avería. Quien lea estos posts con prisa podría concluir que me paso los días arrastrando penas por los rincones, convertido en un plañidero profesional. Nada más lejos. Escribir sobre las miserias no es lo mismo que darles habitación en casa.

Lo mío funciona casi como un reflejo. Cuando algo se tuerce por dentro, me entra la necesidad de sentarme frente a la pantalla y soltar las palabras sin ceremonia, tal como salieron en los dos últimos posts. Aquí, en mitad del desierto, uno aprende a recoger la arena que se le escurre: la que va llenando el reloj del tiempo perdido y la que se guarda en el bolsillo, un puñado de reserva, por si la vida decide volver a examinarme.

Pienso a veces que la oscuridad hace mejor uso de la gramática. Los textos que más disfruto escribiendo, y los que mejor me salen, suelen ser los más sombríos, los de alma hecha unos guiñapos y esperanzas pasando con resultado desfavorable. Quizá porque el dolor no admite adornos y obliga a ir al grano. La alegría, en cambio, es esquiva con el lenguaje: se vive tan a gusto que a nadie le da por ponerla por escrito. Pero eso no la hace menos verdadera, solo menos cuidadosa de dejar rastro.

Y aquí viene la advertencia que me debo a mí mismo: una cosa es que la sombra inspire y otra que se quede con las llaves. Escribir desde el pozo no obliga a mudarse a él. Por eso, pasado el trance, me impongo otros sabores y otros paisajes, una risa inesperada, algún motivo que no sea literario para seguir en pie. Bastante nos cae encima como para empeñarnos, además, en vivir dentro de nuestros propios textos.

Tenía guardado en la recámara otro de esos posts de ánimo a ras de zuela, de los que le quitan a uno las ganas de salir a la calle. Pues no. Esta vez no. Que el drama espere su turno, que haga cola, y que si tiene prisa pida hora.

Hoy me declaro en huelga de días grises. Basta de nubes, de lágrimas y de entierros literarios. Si la tristeza quiere celeste, que le cueste. Yo voy a ver si le pongo algo de color a este lienzo, aunque sea a brochazos, sin criterio y con la pintura salpicando fuera de los márgenes.

Porque saber escribir desde la oscuridad es un oficio. Entregarle la casa entera, en cambio, sería una rendición.

sábado, 24 de octubre de 2026

Cara a cara con las letras



Hoy he vuelto a abrir mis apuntes y me he revolcado entre palabras. Quería apuntar un par de ideas y he terminado enredado con el abecedario. Me gusta ese cuerpo a cuerpo con las palabras: rozar sus formas, explorar sus curvas y meterme en sus entresijos hasta perder el sentido sin perder el significado.

Con la M mantengo una relación de montaña rusa: subo, bajo y vuelvo a empezar. Con la O practico el tiro al blanco; a veces doy en el centro y otras me quedo fuera, sin saber si acierto o solo cierro el círculo. La Ñ tiene su aquel: acariciarle el rabillo es cuestión de tacto, porque quitarle la virgulilla sería quitarle la gracia.

La D espalda recta, guarda una barriga donde caben demasiados secretos: deseo, desorden, desconfianza, desobediencia. No sé si las palabras se parecen a las cosas que nombran o si somos nosotros quienes acabamos pareciéndonos a ellas. Quizá por eso me entretengo buscando sinónimos que no sean tan sinónimos y antónimos que, de vez en cuando, se den la razón.

A veces intento escribir con propiedad, pero acabo jugando con la polisemia, contrabandeando metáforas y cometiendo excesos de interpretación. Una frase termina diciendo lo que yo no había dicho, aunque quizá sí quería decirlo. Entonces la gramática me pide explicaciones y la semántica se lava las manos.

He decidido revisar mis relaciones con el lenguaje: mantendré algunas, romperé otras y dejaré en suspenso las que no sepan definirse. Exfoliaré mis prejuicios, rasparé las adherencias de mis certezas y pondré a remojo las ideas que se me han quedado rígidas. No pretendo salir con la razón intacta; prefiero salir con preguntas nuevas y algún significado entre las uñas.

También me permitiré alguna incorrección, porque no todos los errores son erratas ni todas las verdades necesitan punto final.

Mañana volveré a intentarlo, nuevamente. Quizá escriba algo coherente, aunque no prometo que tenga sentido: entre lo que pienso, lo que digo y lo que entienden los demás hay una distancia considerable, y no siempre llevo las palabras para cruzarla.

Sobre aviso no hay engaño. Aunque, pensándolo bien, si el aviso está escrito, siempre cabe leerlo mal.

jueves, 22 de octubre de 2026

Brainstorming desordenado


Hoy decidí poner mis pensamientos en orden alfabético y no salió bien. La A se niega a encabezar mis dudas, la C reclama derechos de autor sobre mis contradicciones y la Z amenaza con llevarse todas mis certezas al final de la página. Los paréntesis, mientras tanto, se han vuelto el lugar donde escondo (lo que no me atrevo a decir en voz alta). 

La interrogación, que siempre ha sido una maleducada, no deja de preguntarme ¿por qué? La admiración se pasa el día ¡exagerándolo todo! Intenté ponerles punto final.                                               Pero se me escaparon por los márgenes y ahora andan por ahí dudando de la honradez de los sinónimos.

También revisé mi vocabulario. Hay palabras que llevan años viviendo sin pagar alquiler. La culpa se instaló con contrato indefinido. El orgullo arrastra los muebles en el piso de arriba cada vez que intento dormir. La nostalgia tiene llaves de todas las habitaciones, y la esperanza, la ingenua, sigue golpeando la puerta aunque no haya nadie en casa.

Con los verbos me va peor. El pasado quiere que vuelva, el futuro promete lo que no puede cumplir y el presente, que debería ser el más razonable, nunca está disponible. Me gustaría conjugar desaprender, pero no encuentro la primera persona. Será que para desaprender hay que admitir que uno aprendió mal, y el ego, ese funcionario de ventanilla, no tramita esas solicitudes.

Así que cambié algunas reglas. Los puntos suspensivos ya no pueden hacerse los misteriosos... las comas no separarán lo que está, unido y a la palabra imposible la voy a jubilar: lleva demasiado tiempo de portera en edificios donde ni siquiera vive.

No prometo que funcione. Dejaré cosas sin corregir, dejaré que algunas frases terminen mal y aceptaré que no toda idea necesita conclusión. Total, la vida tampoco respeta la sintaxis: empieza con un sujeto, te cambia el predicado sin avisar y, cuando crees haber entendido la oración, te planta una subordinada que no estaba en el programa.

Mañana lo intento otra vez. Si la gramática me deja.

martes, 20 de octubre de 2026

El amor es libre



Hay cosas que se consiguen con esfuerzo, paciencia o incluso poder. El amor no es una de ellas.

Por eso resulta desesperante cuando algo se apaga. Repetimos palabras, buscamos señales, intentamos convencer al otro —o convencernos a nosotros mismos— de que todavía debe sentir lo mismo. Pero un sentimiento no obedece.

En Todopoderoso, Bruce descubre algo que ningún poder resuelve: puede modificar el mundo, pero no puede hacer que Grace lo ame. No podemos obligar a alguien a sentir, porque el amor necesita libertad para existir.

Hay otra forma, más silenciosa, de tropezar con ese mismo límite: no queremos obligar al otro a sentir, sino obligarnos a nosotros mismos a volver a sentir. Pienso en Persefone, en Matrix Reloaded, pidiendo un beso de amor verdadero: no es seducción, es la búsqueda de algo que reconoce haber perdido. Bruce quiere producir amor en otra persona; Persefone quiere recuperarlo en sí misma. Ambos chocan con la misma pared: tampoco podemos ordenarle al corazón que vuelva a sentir.

Podemos volver a los lugares donde fuimos felices, mirar fotografías, recrear el escenario entero. Y aun así descubrir que el sentimiento ya no está.

Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿queremos a esa persona, o queremos volver a ser quienes éramos junto a ella? A veces confundimos el deseo de recuperar un sentimiento con el deseo de recuperar a alguien. Pero el corazón no es una máquina: no basta repetir los mismos estímulos para obtener el mismo resultado.

Los sentimientos cambian sin que nadie lo decida. No siempre hay culpable ni explicación. Podemos cuidar el amor, elegir actuar con amor incluso cuando la emoción fluctúa —pero elegir amar y obligarse a sentir amor son cosas distintas. La primera puede ser una decisión. La segunda, no.

Queremos que el amor sea seguro y controlable. Pero conserva su valor justamente porque no podemos garantizarlo: el otro es libre, nosotros también, y esa libertad incluye la posibilidad de perder.

No podemos obligar a alguien a amarnos. Tampoco podemos obligarnos a seguir amando. Solo podemos ser honestos, cuidar, permanecer o despedirnos.

Porque lo que puede ser obligado puede parecer amor. Pero solo lo que es libre puede serlo realmente.

domingo, 18 de octubre de 2026

Ridikkulus


Siempre pensé que el universo de Harry Potter era un lugar inquietante. No por los magos, sino por sus criaturas. Los dementores, por ejemplo: no dejan heridas visibles, solo una mirada perdida y un corazón que olvidó por qué valía la pena seguir.

Todos conocemos dementores. A veces son personas. A veces rutinas, noticias, o esa voz interior que solo recuerda los fracasos.

Este viernes volví a ver El prisionero de Azkabán y reparé en otra criatura: el boggart, que no tiene forma propia. Se convierte en aquello que más tememos. Y lo notable no es el monstruo, sino cómo se le vence: ni con fuerza ni con duelos. Un solo hechizo. Ridikkulus. Imaginar el miedo convertido en algo ridículo. Neville ve a Snape vestido con la ropa de su abuela, y el terror se vuelve carcajada. El miedo sigue ahí, pero deja de ocupar el trono.

Esa es quizás la lección más lúcida de Rowling: no sufrimos tanto por la realidad como por la importancia que le concedemos a nuestros propios pensamientos. Magnificamos un error, imaginamos el peor desenlace, y sin darnos cuenta alimentamos al boggart.

Vivimos tiempos en que esa alimentación es constante. Hay una epidemia silenciosa de ansiedad, de pantallas que nos devuelven comparaciones imposibles, de un ruido mental que no para nunca. Mucha gente convive con su propio boggart todos los días, y nadie les enseñó el hechizo. Tal vez por eso cueste tanto pedir ayuda: hemos tratado el miedo con tanta solemnidad que olvidamos que también se le puede quitar poder con algo tan simple como nombrarlo, reírse de él, o decirle a otro "a mí también me pasa".

Los dementores roban los buenos recuerdos; el boggart se alimenta de nuestros temores. Por eso las defensas contra ambos son tan humanas: un Patronus nacido de un recuerdo feliz, y una carcajada. 

Tal vez no exista mejor resumen de la salud emocional. Memoria y risa. Y, cuando no alcanzan, pedir ayuda. Es lo que diria mi hija Constanza, Psicóloga. 

viernes, 16 de octubre de 2026

El telefono que se quedó



Hay objetos que dejan de ser objetos. No porque sean extraordinarios, sino porque terminan acumulando historias que ya no caben dentro de ellos.

Pienso en el teléfono de Cachiyuyo, una localidad casi detenida en medio del desierto de Atacama. En 1989 instalaron allí un teléfono público. Nada memorable: un aparato para que alguien pudiera hablar con alguien lejano. Entonces un comercial de televisión lo volvió símbolo nacional, y con una frase simple e inolvidable, «Aló, hijo... de Cachiyuyo, pues», dejó de ser solamente un teléfono.

Recibir una llamada allí no se parecía a recibir un mensaje en el celular. Si alguien preguntaba por una persona, había que salir a buscarla. El teléfono no estaba en el bolsillo de nadie: estaba en un lugar. Había que caminar hasta él bajo ese sol que no pide permiso, esperar, marcar, escuchar. La comunicación tenía una geografía, y quien ha vivido lejos de los suyos en este norte sabe que la distancia también se medía en pasos.

Quizás los objetos conservan algo de eso. Una mesa es solo una mesa, hasta que sobre ella se firma una despedida. Una libreta vieja es tinta y nombres, hasta que la abrimos y regresan voces que creíamos olvidadas.

Quizás ese teléfono acumuló algo. Voces de hijos que estaban lejos. Noticias familiares, buenas y otras que seguramente no lo fueron. Esperas, despedidas, silencios. Llamadas hechas sin motivo, solo para escuchar una voz conocida.

Hoy hablamos con alguien al otro lado del planeta mientras caminamos, manejamos por el desierto o esperamos un café. La distancia se encogió, pero tal vez perdimos la conciencia de que comunicarse era un pequeño acontecimiento.

Por eso me resulta curioso que aquel teléfono sobreviviera justo cuando desapareció la tecnología que lo hizo necesario. Los teléfonos públicos se fueron retirando de Chile;  para 2024 solo el de Cachiyuyo permaneció. Incluso cambiaron la cabina original. De alguna manera dejó de ser un objeto y pasó a ser una idea.

Ya no importa demasiado si todavía sirve para llamar. Lo importante es lo que alguna vez pasó por sus circuitos: las voces, la espera, la esperanza de que alguien contestara.

Tal vez los objetos no tengan memoria. Pero nosotros se la dejamos.

Como ese teléfono perdido en el desierto, que alguna vez sonó y, al otro lado, encontró a alguien dispuesto a contestar.

Y eso, quizá, sea suficiente para que una cosa deje de ser solamente una cosa.

Yo estuve allí. No fui por nada importante, solo para llamar a mi madre, pararme frente a ese teléfono y como quien cumple una promesa con el desierto y decir: «de Cachiyuyo, pues».

De Cachiyuyo pues

miércoles, 14 de octubre de 2026

Quién paga el templo?


«Las rameras de mi pueblo también iban a misa, y contribuían al diezmo. Por eso puedo decir que hasta los curas son proxenetas».

No sé quién lo dijo. Un sociólogo, un filósofo de cantina, un bromista con demasiadas horas libres. Tampoco importa mucho: hay frases que valen por la incomodidad que dejan, no por el linaje de quien las pronunció.

Me quedo dándole vueltas, menos por los curas que por la pregunta que esconde. Si una institución condena ciertas conductas pero recibe el dinero de quienes las practican, ¿dónde termina la tolerancia y dónde empieza la complicidad? No hay respuesta automática. Aceptar una limosna no vuelve cómplice a nadie. Pero cuando hay conocimiento, silencio conveniente o beneficio deliberado, la cosa cambia de color.

Y no es asunto solo de sotanas. La hipocresía es democrática: no distingue ideología, clase ni título. Vive en el político que predica austeridad desde su privilegio, en el empresario que habla de responsabilidad social mientras traspasa sus costos a otros, en quien exige honestidad ajena y se perdona sus pequeñas trampas. Lo curioso es que casi nadie se reconoce en ella. Todos hemos señalado al hipócrita; pocos lo hemos encontrado al mirarnos al espejo. El hipócrita siempre es otro. Nosotros, en cambio, atravesamos circunstancias excepcionales.

Ojo, no toda contradicción es hipocresía. Somos imperfectos, nos equivocamos, cambiamos de opinión. La diferencia está en lo que viene después: quien es honesto, al notar la grieta, intenta repararla; el hipócrita defiende la fachada. No le basta con errar, necesita además tener razón.

Quizá por eso irrita tanto. Hay en ella un desprecio por la inteligencia ajena, la apuesta de que bastan las palabras correctas y las ceremonias adecuadas para que nadie mire detrás del escenario. Y a veces colaboramos con la función, porque un discurso impecable tranquiliza más que una conducta decente. Las palabras son baratas; actuar conforme a ellas cuesta renuncias.

En el desierto, donde casi nada se esconde bien, uno aprende que lo que se oculta necesita sombra.

No sé si los curas son proxenetas, ni si todos los poderosos practican lo que condenan; eso se averigua caso a caso, con hechos. La pregunta que me asalta es otra: ¿cuántas veces hemos sostenido aquello que denunciamos, mientras no nos costara demasiado?

Todos queremos entrar al templo con la conciencia tranquila. Lo que rara vez hacemos es preguntar de dónde salió el dinero para levantarlo.