Lo interesante es que, vistos desde afuera, los dos miedos se parecen. Ambos se disfrazan de cuidado, ambos hacen que alguien se desvele pensando en el otro. La diferencia está en dónde está parado el que teme. En el primer caso, el centro de gravedad es el otro: me importa su bienestar, incluso a costa del mío. En el segundo, el centro soy yo: lo que me aterra no es que tú sufras, sino que se acabe lo que tú me provocas.
Ahí hay algo que los filósofos llevan siglos discutiendo con otras palabras. Kant diría que tratar a una persona como medio y no como fin es la forma más sutil de no verla. Y uno puede hacerlo sin maldad, sin darse cuenta, con el corazón acelerado y las mejores intenciones. El otro se vuelve una especie de fuente: de compañía, de validación, de ese temblor en el estómago que confundimos con destino.
Por eso el miedo a perder es un mal criterio. Lo sentimos igual por una persona que por una costumbre, una casa o un trabajo. Es el miedo del que ya se acostumbró. En cambio, el miedo a hacer daño exige algo más raro: haber mirado al otro lo suficiente como para saber dónde es frágil. Nadie teme herir a quien no conoce.
Y sin embargo no conviene hacer de esto una vara para medir a los demás. Lo más probable es que casi todos amemos con las dos cosas mezcladas, y que la proporción cambie con los años, con el cansancio, con quién tenemos enfrente. Pasa como con el desierto: desde lejos parece uniforme, pero basta caminarlo un rato para notar que cada tramo tiene otra textura.
Y la pregunta útil no es cuál de los dos miedos tengo, sino cuál aparece primero cuando estoy a solas con la idea de esa persona. Esa respuesta no la puede dar nadie más. Y tal vez tampoco haga falta cerrarla.







