Acá, en el norte, uno aprende esto sin necesidad de leer cartas del siglo diecinueve. Los turnos rotativos hacen que medio pueblo viva queriendo a alguien que está a varias horas de camino, o de vuelo, o simplemente en otro tiempo del reloj. Y uno ve que las relaciones no se sostienen por la cercanía sino por lo que cada uno decide hacer con la ausencia. Hay quienes usan la distancia como excusa para dejar que todo se enfríe. Y hay quienes la convierten en el lugar exacto donde el amor se vuelve más consciente —porque ya no hay gestos automáticos, ni silencios cómodos que reemplacen las palabras. Hay que decir las cosas. Elegirlas.
Las cartas de guerra tienen algo de esto también. Miles de parejas que se escribieron durante años sin saber si el otro seguía con vida, y que en lugar de desgastarse, se hicieron más profundas —porque la escritura obliga a una intimidad que la costumbre no exige.
No sé si el amor a distancia florece porque la distancia tiene algo bueno en sí misma, o porque solo sobreviven a ella los amores que ya estaban hechos de algo firme. Puede que sea lo segundo. La distancia no inventa nada: solo revela lo que ya había, como el desierto revela lo que realmente puede vivir en él y lo que no.
Lo que sí sé es que hay algo distinto en querer a alguien sin tenerlo al lado. Uno tiene que decidir quererlo cada día, sin la ayuda de la costumbre. Y esa decisión, repetida, termina pareciéndose bastante a lo que el amor debería ser siempre —con o sin distancia de por medio.







