Lo fascinante no son los aros. Es la idea que llevan colgada.
Vivimos en una época que habla sin parar de bienestar, longevidad y productividad, pero que trata a la muerte como si fuera un error del sistema, un bug que todavía no logramos parchar. La escondemos en hospitales, la maquillamos con eufemismos —"partió", "descansa", "ya no está"— y evitamos cualquier conversación que nos recuerde que el tiempo, el nuestro, tiene fecha de vencimiento.
Quizá por eso la historia de Freeman resuena tanto. Un simple aro de oro dice más sobre la condición humana que varios tratados de filosofía juntos. Es un recordatorio silencioso de que no elegimos cuándo termina el viaje, pero sí podemos decidir cómo nos encuentra ese momento: con las cuentas pendientes, o con la paz de no haberlo dejado todo para mañana.
Nuestros abuelos convivían con la muerte sin convertirla en obsesión ni en tabú. La aceptaban como parte del equipaje. Hacían testamento, elegían dónde querían que los enterraran, transmitían rituales, y enseñaban a los hijos que la vida valía justamente porque no era eterna. En mi familia, esa costumbre todavía se nota: se habla de la muerte con una naturalidad que a otros resultaría casi incómoda.
La mayoría , en cambio, acumulan fotografías para probar que estubieron vivos, mientras se les olvida vivir con la intensidad necesaria para que esas fotografías signifiquen algo.
Puede que el verdadero valor de esos aros nunca haya estado en el oro, sino en la pregunta que dejan flotando. Si hoy fuera el final del viaje, ¿hemos dejado algo más que deudas? ¿Dijimos lo que había que decir? ¿Pedimos perdón cuando tocaba? ¿Amamos sin reservas, o seguimos actuando como si la muerte fuera un problema exclusivo de los demás?
Al final, todos vamos a tener un último puerto. Y tal vez la mejor previsión no sea llevar oro en las orejas, sino dejar una ausencia que duela por todo lo que se compartió, y no por todo lo que se quedó sin hacer.







