Hay una diferencia que casi nunca discutimos entre las cosas que se rompen y las que se gastan. Cuando algo se rompe, hay un antes y un después. El desgaste no funciona así. Ocurre en silencio, sin fecha exacta, si avisar -- pero con indicios, una cronica de una muerte anunciada-- Y lo más inquietante es que te acostumbras a él mientras sucede.
El último informe de V-Dem sitúa a Chile en una posición que no resulta cómoda ni para la alarma ni para la tranquilidad. No estamos en crisis. Pero tampoco somos lo que fuimos, y eso es exactamente el problema.
Lo que V-Dem mide no es solo si hay elecciones. Eso es el piso técnico. Mide si las instituciones son independientes, si el debate público tiene calidad, si el equilibrio de poderes aguanta el peso que se le pone encima. Y es ahí donde los datos muestran el deterioro: desconfianza acumulada, conversaciones públicas cada vez más estériles, instituciones que la gente mira con una mezcla de indiferencia y desprecio, una política que parece hablar consigo misma mientras el resto del país hace otra cosa.
El informe insiste en que las democracias modernas rara vez colapsan con un golpe dramático. Se desgastan gradualmente, de formas que en cada momento parecen tolerables porque el país sigue funcionando. El problema es que "seguir funcionando" no es lo mismo que "estar bien".
La pregunta que los datos dejan flotando no es si la democracia chilena va a sobrevivir. Es qué clase de democracia vamos a tener si las tendencias actuales se mantienen diez años más. Porque una democracia puede celebrar elecciones normales, respetar la Constitución, mantener todos los formatos institucionales intactos, y aun así vaciarse lentamente de convicción, de confianza, de capacidad real para producir acuerdos que duren.
El agua que hierve despacio no avisa.







