viernes, 1 de mayo de 2026

Hombría y homosexualidad


Este post es el resultado de una conversación que mantuvimos con un amigo y cuya respuesta prometi vincular en mi blog. 

--Si uno toma distancia —como proponías al inicio—, la historia no avanza en línea recta sino a través de tensiones, avances y retrocesos que obligan a revisar continuamente nuestras categorías. “Hombría” es una de esas: una palabra que pretende fijar una esencia, pero que en realidad ha mutado según el contexto, oscilando entre el coraje, la disciplina, la capacidad de sostenerse frente al riesgo, y, en versiones más pobres, una caricatura de dureza o negación de la vulnerabilidad. En ese vaivén, se cuelan prejuicios que parecen sólidos cuando se observan de cerca, pero se desmoronan al ampliar el foco.

Ahí es donde tu ejemplo histórico deja de ser anécdota y se vuelve argumento. Durante la Ocupación de Francia por la Alemania nazi, hombres homosexuales operaron dentro de redes vinculadas a la Francia Libre, bajo la conducción de Charles de Gaulle, ejecutando tareas de inteligencia de alto riesgo mediante la seducción de oficiales enemigos. Ese tipo de acción exige exactamente aquello que las definiciones más exigentes de “hombría” dicen valorar: control emocional, valentía, cálculo bajo presión y disposición a exponerse por una causa mayor. La paradoja es solo aparente: lo que se rompe no es la realidad, sino el estereotipo.

Lo mismo ocurre con el lenguaje: “blandengue” se usa como sinónimo de debilidad, pero históricamente designó cuerpos de caballería en el mundo hispano que operaban en condiciones duras de frontera. La etiqueta no describe la sustancia; la distorsiona. Y esa distorsión, cuando se proyecta sobre personas, produce juicios erróneos: confundir orientación sexual con carácter es un error de categoría.

Visto así, tu intuición inicial y la pregunta convergen: el progreso no consiste solo en acumular avances técnicos o políticos, sino en depurar los criterios con los que evaluamos la realidad. Cada vez que una sociedad corrige una asociación falsa —como ligar homosexualidad con falta de “hombría”— está, en pequeño, avanzando hacia ese “puente” que mencionas. Pero el riesgo de despeñarse sigue ahí: basta con aferrarse a palabras vacías y convertirlas en dogma. Por eso el movimiento es siempre el mismo: avanzar, retroceder, revisar… y, cuando se mira en conjunto, afinar cada vez más la relación entre lo que decimos que valoramos y lo que realmente ocurre.

miércoles, 29 de abril de 2026

No es que no entendamos el inglés. Es que no nos interesa obedecerlo.


Cada vez que alguien canta mal una canción en inglés, aparece el mismo reflejo automático: burla, corrección, superioridad. “Así no es la letra”. Como si el problema fuera técnico. Como si la única forma válida de escuchar fuera repetir correctamente.

Pero no. El punto no es entender. El punto es apropiarse.

Cuando alguien convierte This is the rhythm of the night en una versión fonética deformada"¿Esas son Reebok o son Nike?", o transforma Sopa de Caracol What a very good soup en "Wata meri consu" algo completamente distinto a lo que se quiso decir , no está fallando. Asi lo entendió el cantante Dee Snider cuando cantó junto al público "Huevos con aceite y limón". Se está haciendo algo mucho más interesante: está desobedeciendo el original.

El oído no es neutral. Está entrenado por cultura, lengua, calle, historia. Por eso no escucha “lo correcto”, escucha “lo posible”. Y lo posible siempre pasa por el filtro propio. Esa supuesta “mala pronunciación” es, en realidad, una traducción sin permiso.

¿Suena ridículo? A veces. ¿Es impreciso? También. ¿Es inferior? En absoluto.

Porque esto no empezó con memes ni con canciones noventeras. Esto viene de más atrás, de cuando lo impuesto tenía que ser reinterpretado para poder existir aquí. No se trató solo de aceptar símbolos externos, sino de doblarlos, mezclarlos, hacerlos decir otra cosa. Esa lógica sigue viva, solo que ahora aparece en una pista de baile o en un video viral.

La diferencia es que hoy se ridiculiza.

Se exige fidelidad al original, como si la cultura fuera un examen de pronunciación. Como si repetir fuera más valioso que transformar. Pero copiar sin alterar no es cultura: es obediencia.

Lo que ocurre cuando alguien “canta mal” es exactamente lo contrario. Es una pequeña rebelión lingüística. Un acto mínimo, casi inconsciente, donde el idioma dominante pierde control y se filtra la identidad.

No estamos escuchando mal.

Estamos escuchando desde donde somos.

Y eso al parecer incomoda a los puristas más de lo que parece.

martes, 28 de abril de 2026

El poder de las palabras


Existe una palabra que todos jugando, hemos pronunciado alguna vez sin saber que estábamos diciendo algo verdadero.

Abracadabra. La palabra de los magos de circo, del ilusionista con chistera. Una palabra que parece no significar nada, puro sonido, pura performance. Pero viene del arameo — o del hebreo, los lingüistas aún discuten — y significa algo inquietante: creo mientras hablo (Y dijo Dios sea la luz y fue la luz. Génesis 1:3). No "creo y luego hablo". Mientras. El acto de hablar y el acto de crear son la misma cosa.

En inglés, spell significa hechizo. También significa deletrear, ordenar las letras de una palabra. No son dos significados distintos que por casualidad comparten forma: son el mismo gesto. En la Europa medieval, escribir correctamente era casi un acto ritual. El escriba que trazaba las letras en el orden justo estaba, literalmente, invocando algo. Las palabras bien construidas tenían poder. Las mal construidas, también.

Las culturas antiguas lo sabían. Nosotros lo olvidamos.

O peor: seguimos haciéndolo, pero sin darnos cuenta. Sin ceremonia, sin intención, sin el menor cuidado. Me rindo. No puedo más. Soy un inútil. Estoy gordo. Hechizos lanzados al desayuno, al espejo, al tráfico. Nadie los registra como conjuros. Nadie enciende velas ni traza círculos. Pero se van cumpliendo igual, no porque el universo escuche y obedezca "el decreto", sino porque nosotros escuchamos. Porque lo que nos decimos moldea lo que intentamos, lo que evitamos, lo que creemos posible.

No es que las palabras tengan un poder intrínseco. La pregunta es si vamos a seguir usándolas descuidadamente, o si vamos a asumir que igual estamos hechizando, y que podríamos hacerlo con algo más de conciencia.

No como técnica. Como responsabilidad.

lunes, 27 de abril de 2026

El diccionario de los afuerinos


Quizá no hay un momento preciso —no tiene fecha, pero sí peso— en que una palabra ajena te cae encima y de golpe entiendes que el país ya no es el mismo. No lo entiendes por las noticias ni por las estadísticas de migración. Lo entiendes porque alguien escribe chamo con su propia letra, en un papel o en un mensaje de WhatsApp, y esa grafía te dice más que cualquier titular: este ya es otro lugar.

Chile empieza a ser otro país en las palabras.

Y lo curioso es que el idioma no cambia por decreto. Cambia por roce, por convivencia, por la necesidad humana y urgente de hacerse entender. Llegan las palabras nuevas sin pedir permiso, se instalan en la conversación cotidiana, y un día ya no te sorprenden. Ese día, sin que nadie te haya avisado, algo se movió.

Pero el cambio tiene su otra cara, más silenciosa y más dolorosa: las palabras que perdemos, las que se quedan atrás, las nuestras. La polola, la hallulla la guagua la pichanga. Las palabras  no son solo vocabulario. Son coordenadas biográficas. Son la manera en que uno aprendió a nombrar el mundo cuando el mundo todavía cabía en un barrio, en una cancha de tierra, en la voz de alguien que ya no está.

Dejarlas no es solo cambiar de léxico. Es soltar, de a poco, la versión de uno mismo que necesitaba esas palabras para existir.

Y entonces vienen los ritos de los que migran y de nosotros que simplemente vemos cómo nuestro país muta alrededor de ellos... Y que nos queda, buscar en librerías de viejo un diccionario de localismos de nuestro pasado, ensayar el acento de la supervivencia, hablarle al espejo. Aprender a decir las cosas de otra manera para que te entiendan, aunque por dentro sigas pensando en hallulla (y no en arepas), aunque por dentro todavía juegues cachipún para decidir algo.

Las lenguas no mueren. Se transforman, se mezclan, se negocian. Pero en esa negociación siempre hay algo que se pierde y algo que duele perder. No porque lo nuevo sea peor. Sino porque lo viejo era tuyo, era de aquí, era de antes.

Y antes, a veces, es el único lugar donde uno todavía se reconoce.

domingo, 26 de abril de 2026

La burocracia que mata en silencio



Hay historias que no deberían existir. Para no tener que contarlas. 

La de Thiare Álvarez es una de ellas.

Thiare tenía leucemia mieloide aguda. Necesitaba un trasplante. Había tratamiento disponible. Había voluntad médica. Había una vida que salvar.

Lo que no había era el casillero correcto.

Era adoptada. Y eso —un dato que no tiene nada que ver con la medicina, con la sangre enferma, con las células que no funcionan— fue suficiente para que el sistema frenara. La regla era simple y brutal: donante familiar o nada. Como si la familia fuera un requisito biológico. Como si el amor adoptivo no contara para los formularios.

Entonces vino lo que siempre viene cuando el sistema falla: la exposición pública. La viralización. La presión mediática. Y el sistema reaccionó, claro que sí. Tarde. Cuando ya el daño estaba hecho con una precisión que ninguna negligencia improvisada podría igualar.

Porque esto no fue un error. Los errores se corrigen solos. Esto fue un diseño.

Un sistema de salud que necesita cámaras para funcionar no está fallando: está construido para fallar a quienes no tienen voz. La burocracia no mata de un golpe. Mata en cuotas. Con formularios. Con plazos. Con derivaciones. Con nadie que decida y todos que ejecutan. Es una violencia sin firma, sin rostro, sin responsable. Pero con víctimas muy concretas.

Y la pregunta que queda —la que nadie quiere responder— no es por qué Thiare no fue atendida a tiempo.

La pregunta es cuántos más están ahora mismo en la misma situación, en silencio, sin que nadie los filme, sin que nadie los comparta, esperando que el sistema recuerde que son personas antes de que sea demasiado tarde.

Chile no puede seguir dependiendo del escándalo como mecanismo de justicia.

Eso no es un sistema de salud. Es una ruleta.

Y mientras no cambie de raíz, el silencio que sigue a cada caso como este no es alivio.

Es complicidad.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuando un amigo se va


Tu muerte no hizo ruido, pero dejó un silencio imposible. No escribo desde la tristeza, sino desde la memoria, donde sigues intacto. Porque morir es biológico; desaparecer, no. Y tú no has desaparecido.

Fuiste testigo de mis primeras rebeldías, y con tu presencia hiciste transitable una infancia enorme. Es injusto en que la vida siga sin quienes debían estar siempre. Pero soy terco: no te recuerdo como un final, sino como una suma de días auténticos.

Mientras dependa de mí, no habrá segunda muerte para ti. No es una despedida, es un reconocimiento: fuiste parte esencial de mi historia. Yo seguiré recordando.

No hay una tumba para ti y no sabia en que pequeño lugar debía depositar todo esto.

Dedicado a la memoria de Miguel Cortés "Huevito", mejor amigo que yo... 

jueves, 23 de abril de 2026

Dia del libro



Abril tiene algo distinto. No es solo el otoño ni el cambio de ritmo: es ese recordatorio cultural —casi siempre vacío de tanto repetirse— de que existe el Mes del Libro. Y sin embargo, sigue teniendo una potencia silenciosa. Nos obliga a volver a lo esencial.

Por eso este mes decidí escribir sobre libros. No fue una decisión estética. Fue una reacción.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. La lectura ha sido fragmentada, convertida en consumo rápido o en acumulación de títulos pendientes. Se habla mucho de libros, pero se los habita poco. Se los colecciona, se los fotografía, se los recomienda. Raramente se los piensa.

Escribir sobre ellos, entonces, no es recomendarlos. Es interrogarlos.

¿Qué dicen realmente? ¿Qué muestran que preferimos no ver? Volver a ciertos textos no es nostalgia; es diagnóstico. La literatura no predice el futuro, pero expone estructuras que rara vez cambian. Y eso, en un momento donde todo empuja a opinar rápido y pensar poco, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

El Mes del Libro debería ser incómodo. Debería obligarnos a admitir que leemos menos de lo que creemos, peor de lo que decimos, y con menos profundidad de la que necesitamos.

Este blog, durante abril, va en esa dirección. No es una celebración del libro. Es un intento de volver a usarlo —como herramienta, no como adorno.

Feliz dia del libro!!!