martes, 21 de abril de 2026

El verdadero maltrato fue el de los que siguieron caminando



En Chillán, a plena luz del día, un niño de ocho años estaba en el suelo frente a un local comercial. Sangraba de la nariz. Lloraba. Y decenas de personas pasaron a su lado como si fuera parte del paisaje.

Una sola persona se detuvo.

Una.

El golpe lo había dado su propia madre. Eso duele distinto, lo sé. Pero lo que me paraliza no es solo la violencia de esa mujer, sino la de todos los demás. La violencia tranquila de los que siguieron caminando, los que priorizaron sus compras, los que miraron y calcularon que no era su problema.

Pienso en cuántas veces he visto compartir publicaciones furiosas por un perro maltratado. Miles de reacciones, comentarios encendidos, gente indignada hasta las lágrimas. Y no digo que eso esté mal, el sufrimiento de un animal importa. Lo digo porque el contraste dice algo que deberíamos tener el valor de leer: nos resulta más fácil conmovernos por quien no puede juzgarnos, por quien no viene envuelto en historia ni en contexto incómodo.

El perro no nos complica. El niño sí.

El niño puede venir de una familia difícil, de una madre que también fue golpeada, de un barrio que el Estado olvidó hace décadas. El niño exige preguntas que no tienen respuesta fácil ni botón de compartir. Y entonces, sin darnos cuenta, lo dejamos en el suelo.

Hubo una persona que se detuvo en Chillán. Una persona que tuvo la decencia básica de ver a ese niño como un ser humano que necesitaba ayuda. Eso no debería ser un acto de heroísmo. Debería ser el mínimo.

Pero hoy, aparentemente, el mínimo es demasiado pedir. Me recuerda una frace demoledora: "si los animales pudieran hablar, gritarían que no quieren ser humanos" 

El nombre del monstruo



Hay una escena en La tempestad una de las últimas obras de Shakespeare (1611), que no me suelta. No es el naufragio ni la magia de Próspero. Es el momento en que Calibán le recuerda al mago que le enseñó el idioma con el que ahora lo maldice. "Me enseñaste tu lengua, y mi único provecho es que sé cómo maldecirte." Hay en esa frase una amargura tan lúcida que es difícil seguir leyendo sin detenerse.

Calibán no es un monstruo que llegó de otro mundo. Es el habitante de la isla al que se le robó la isla. Y fue hecho monstruo precisamente para que ese robo pareciera natural.

El mecanismo es uno de los más persistentes de la historia: para justificar la exclusión, primero hay que construir al excluido como algo que merece serlo. Próspero lo llama "cosa de oscuridad". Pero cuando uno lee con cuidado, esa descripción viene exclusivamente de boca de sus captores. Calibán habla de la isla con una ternura que ningún otro personaje iguala. "La isla está llena de ruidos que deleitan y no dañan." Ese no es el lenguaje de un monstruo. Es el lenguaje de alguien que ama el lugar donde nació.

La sociedad fabrica monstruos justo cuando los necesita. El proceso es siempre el mismo: se señala la diferencia, se interpreta como peligro, se construye un relato que lo vuelve natural, casi biológico. Lo vimos con los pueblos originarios, con los obreros del siglo XIX, lo vemos hoy con los migrantes e indigentes, con los que no encajan en el molde que alguien más dibujó. El monstruo siempre aparece cuando el diferente empieza a reclamar lo que le pertenece.

Calibán reclama la isla. Eso es todo. Y eso es suficiente para que lo encadenen.

Próspero al final abandona la isla y se lleva su magia. Calibán se queda. La isla siempre fue suya. Y cada vez que una sociedad señala con el dedo y pronuncia esa palabra —monstruo, bestia, cosa de oscuridad— vale la pena preguntarse a quién le conviene ese nombre. Y a quién se lo están poniendo para no tener que escucharlo.

lunes, 20 de abril de 2026

La especia que buscamos


Hace poco más de dos semanas, cuatro personas sobrevolaron la Luna. El 1 de abril de 2026, la misión Artemis II completó el primer vuelo tripulado más allá de la órbita baja desde el Apollo 17 en 1972. El 6 de abril capturaron imágenes del lado oculto de la Luna mientras la Tierra aparecía como una delgada medialuna suspendida en la oscuridad.Fue, sin duda, hermoso. Y sin embargo, algo en ese vuelo me hizo pensar en Dune, escrita por Frank Herbert en 1965.  

No en la novela como espectáculo, sino en lo que Herbert miraba de verdad cuando la escribió: el mecanismo por el cual una civilización decide que cierto lugar remoto e inhóspito merece ser conquistado. Arrakis no tenía nada que ofrecer excepto la especia, esa sustancia sin la cual el universo conocido se detendría. Todo lo demás —el sufrimiento de los Fremen, la ecología destruida, las guerras dinásticas— era el precio que alguien más pagaba.

Artemis II fue un sobrevuelo, una prueba de sistemas. Pero el programa no oculta sus ambiciones. La NASA no busca repetir el Apollo: la meta es ir a la Luna y quedarse, construir una base, abrir el camino a Marte. Y detrás —o más precisamente, al lado y cada vez más adelante— están SpaceX y Blue Origin, con sus propios calendarios y su propia visión de lo que significa colonizar otro mundo.

¿Cuál es la especia de Marte? Puede ser el agua en sus polos, el helio-3, o simplemente el espacio como válvula de escape para una Tierra que se queda pequeña. O puede ser algo más viejo: el control. El que llega primero, nombra. El que nombra, posee. Lo que sí sabemos es que ese viaje ha costado 93 mil millones de dólares proyectados, y que no está siendo financiado por poetas. Está siendo financiado por gobiernos que negocian con empresas que tienen accionistas que esperan retorno.

Nada de eso hace que el vuelo sea menos asombroso. Pero Herbert nos enseñó algo que vale la pena recordar mientras miramos esas imágenes desde la ventana del Orion: que la maravilla y la ambición viajan siempre juntas, y que la segunda no siempre tiene los mejores modales.

Paul Atreides llegó a Arrakis creyendo que venía a gobernar. El desierto lo transformó antes de que él pudiera transformar al desierto.

Ojalá aprendamos eso antes de llegar.


domingo, 19 de abril de 2026

"Vendrán lluvias suaves: Reflexión sobre la guerra y el futuro"

Hay un cuento de Ray Bradbury que me impresionó mas que otros. No tiene personajes de carne y hueso, no hay diálogos ni héroes. Es, básicamente, la descripción de una casa que sigue haciendo sus cosas aunque ya no queda nadie para habitarla.

Vendrán lluvias suaves forma parte de las Crónicas Marcianas, publicadas en 1950 —cinco años después de Hiroshima. Bradbury escribió ese texto todavía con el olor a ceniza en el aire.

La historia ocurre en agosto de 2026 —este año, para ser precisos— en una ciudad de California borrada por una guerra nuclear. La casa inteligente no lo sabe, o no le importa, que viene a ser lo mismo. La cocina prepara el desayuno. Los ratones mecánicos limpian el piso. Todo funciona con puntualidad impecable para una familia que murió en el jardín, dejando sus siluetas grabadas en la pared como una fotografía negativa del horror. La rutina persistiendo después del fin. El rito continuando sin el dios.

Me detengo en eso porque es exactamente lo que vemos cuando miramos las guerras actuales. Ucrania lleva más de tres años bajo bombardeos. Gaza ha sido reducida a escombros con una sistematicidad que ya no escandaliza porque el escándalo continuo se vuelve ruido de fondo. El Sudán, el Congo, el Yemen. En todas partes lo mismo: las estructuras funcionando, los discursos repitiendo consignas de soberanía y valores, mientras los muertos se convierten en cifras y los niños aprenden a distinguir por el sonido si el misil va a caer lejos o cerca.

La guerra moderna tiene esa cualidad mecánica que le aterraba a Bradbury. Los drones vuelan solos. Los algoritmos identifican blancos. La casa sigue funcionando. Solo que ya no hay nadie adentro.

El poema que la casa recita esa noche —programada para hacerlo aunque nadie escuche— es de Sara Teasdale, escrito en 1920, después de la Primera Guerra Mundial: "vendrán lluvias suaves y olores de tierra... y nadie sabrá nada de la guerra, a nadie le interesará que haya terminado. A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, si la humanidad se destruye totalmente, la primavera al despertar apenas sabrá que hemos desaparecido."

Hay algo brutal en esa indiferencia de la naturaleza. Consuela porque el mundo seguirá siendo hermoso. Desespera porque esa belleza no nos necesita. Y sin embargo insistimos en destruirnos como si la guerra fuera lo que nos define, como si la especie no pudiera existir sin ese ejercicio periódico de matarse entre sí.

Lo que más me inquieta del cuento no es la destrucción. Es el olvido. Las ciudades arrasadas que desaparecen de los titulares. Los muertos que dejan de ser personas. La memoria que se apaga porque a los que quedan les resulta insoportable mantenerla viva.

Y sin embargo Bradbury dejó el poema de Teasdale en el centro del cuento, como una nota al pie: la naturaleza sobrevivirá, las golondrinas seguirán girando, el mundo seguirá siendo. No sé si eso es esperanza o simplemente la constatación de que somos prescindibles. Tal vez sea la única honestidad posible: reconocer la propia pequeñez y seguir apostando, de todas formas, a que vale la pena no destruirse.

Este año, 2026, es el año en que transcurre el cuento. Bradbury eligió esa fecha hace setenta y cinco años. No acertó —todavía— en los hechos. Pero en lo que denunciaba, lleva demasiado tiempo teniendo razón.

sábado, 18 de abril de 2026

Mar hondo: cuando el mar no es paisaje, sino destino


En “Mar hondo” (1949) de Zady Zañartu no hay aventura ni épica fácil. El mar no aparece como horizonte de libertad, sino como una condición que se impone. Leído hoy desde la figura del pescador artesanal —heredero de la cultura changa— el cuento se vuelve aún más concreto: no habla de un pasado lejano, sino de una continuidad.

Ese pescador no enfrenta solo el oleaje. Enfrenta cuotas, vedas, intermediarios, combustible caro, y un ecosistema cada vez más presionado. Pero el núcleo no cambia: el mar sigue siendo una fuerza que no se controla. Se conoce, se respeta, se intuye… pero nunca se domina. En eso, Zañartu es precisa: sus personajes no conquistan nada, apenas resisten. Y esa resistencia no es heroica, es cotidiana.

Ahí está el punto más incómodo del cuento. La experiencia —años en el mar, saber leer el viento, entender las corrientes— no garantiza resultado. Puedes hacer todo “bien” y aun así volver con las redes vacías, o no volver. Esa lógica sigue operando hoy, aunque cambien las condiciones. La incertidumbre no desaparece, solo se transforma.

En esa línea, Zañartu se acerca al criollismo de Mariano Latorre, pero sin dejar espacio para consuelo narrativo. El entorno no acompaña, determina. Y cuando se mira desde el presente, el “mar hondo” ya no es solo profundidad física: es también un sistema donde el margen de decisión es limitado. El pescador artesanal no elige en abstracto; decide dentro de restricciones que no controla.

Por eso el cuento sigue funcionando. No porque describa bien el mar —que lo hace— sino porque captura una relación: la de alguien que vive de un medio que nunca le ha pertenecido. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa tanto al relato como al presente: cuánto de esa vida es realmente elección, y cuánto es, simplemente, aprender a no hundirse en un mar que cambió de forma, pero no de lógica.

viernes, 17 de abril de 2026

Un perro de regimiento y las amistades de hoy


Hay pérdidas que no hacen ruido. No tienen un momento exacto, no se anuncian, no dejan una escena clara que uno pueda recordar. Simplemente pasan.

Eso ocurre con ciertas amistades.

Es lo que entiendes al leer El perro del regimiento. Un cuento breve, casi sencillo en apariencia, pero que esconde más de lo que parece. En medio de la guerra, un perro acompaña a un grupo de soldados sin cumplir ninguna función estratégica. Está ahí, simplemente siendo parte. Y eso basta.

El animal se convierte en un punto de encuentro: algo que une, que suaviza, que humaniza. En un entorno regido por la disciplina y la supervivencia, aparece este vínculo sin condiciones. Sin jerarquías, sin cálculo. Solo presencia.

Hasta que desaparece.

Lo que se pierde no es solo el animal. Lo que se rompe es un equilibrio invisible. El regimiento sigue funcionando, la guerra no se detiene. Pero algo cambia en la forma en que esos hombres habitaban su propia realidad. Porque ese perro era más que compañía: era un espacio emocional compartido.

Hoy no estamos en guerra, pero tampoco vivimos en calma. La vida moderna tiene otro tipo de desgaste: rutinas exigentes, vínculos frágiles, conexiones rápidas. En ese contexto, ciertas amistades funcionan igual que el perro en el cuento. Son pausas. Lugares donde uno no tiene que rendir ni demostrar.

Por eso, cuando se pierden —y muchas veces no hay pelea ni quiebre claro, solo distancia— lo que queda no es solo la ausencia de una persona. Desaparece un espacio donde uno podía estar sin esfuerzo.

Las amistades no son eternas ni incondicionales. Cambian, se desgastan, a veces terminan porque deben terminar. Pero en un mundo donde casi todo se mide en utilidad, son de los pocos espacios que no responden a esa lógica. O no deberían.

Por eso, cuando se pierden, lo que duele no es solo quién se fue. Es lo que ese vínculo hacía posible.

Algo parecido a lo que le ocurre al regimiento: todo sigue igual, pero ya no es lo mismo.

jueves, 16 de abril de 2026

Adiós a Ruibarbo. El gesto que no basta


En "Adiós a Ruibarbo" de Guillermo Blanco (1974) , el niño apodado Potrillo se enfrenta a la cruda realidad de que el caballo al que ama va a morir, no por enfermedad, sino porque el mundo adulto ha decidido que ya no es útil. Esa noche, el chico actúa: lo libera, lo lleva lejos, le da una palmada en el anca y le dice adiós. Hace todo lo que puede hacer un niño que quiere salvar algo que ama.

Y Ruibarbo vuelve.

Vuelve porque es un caballo. Porque la libertad que el niño le ofrece no es la libertad que Ruibarbo reconoce como tal. Porque hay caminos que los animales —y los hombres— recorren sin saber muy bien por qué, guiados por algo que está más adentro que la razón o el afecto ajeno. Blanco termina su cuento sin explicar demasiado. Hay un final que el lector tiene que completar solo, con lo que sabe de la vida.  

Recordar esa escena me hizo pensar en un amigo, que era de la risa fácil, que parecía inquebrantable, como si tuviera un pacto secreto con la vida. Pero había algo en él que no supe leer a tiempo, o no logré ver. Uno aprende que hay personas librando guerras silenciosas, con una sonrisa que oculta el cansancio. En mi caso, creí que la amistad bastaba para salvarlo. Hubo conversaciones. Hubo momentos en que sentí que algo se podía cambiar, que bastaba decir las palabras correctas, estar ahí de la manera correcta, como el niño que creía que podía cambiar el destino de Ruibarbo. Hay una arrogancia particular en ese tipo de fe. No es mala fe. Es la fe de quien no sabe. Pero hay cosas que no se salvan desde afuera.

Mi amigo murió, de a poco, cediendo terreno hasta que ya fue tarde para verlo. Lo que lo consumió tenía nombre, pero no necesito nombrarlo aquí. Los que lo conocieron saben. Los que no lo conocieron tampoco necesitan el nombre para entender de qué estoy hablando. La sensación que me quedó no fue culpa, aunque al principio lo pareció. Es algo más parecido a lo que sintió Potrillo al ver regresar al caballo: la certeza de que hizo lo que pudo, pero también la amarga realidad de que no fue suficiente. Ambas verdades conviven en el alma.

Blanco termina su cuento sin explicaciones, porque las palabras exactas no existen cuando se trata de pérdidas como esta. A veces uno libera a alguien, y esa persona vuelve sola. Y  aveces uno no puede hacer nada contra eso. Y esa frase, tan simple, tan brutal, es lo más cercano a la verdad que he encontrado para hablar de él.