Hay libros que uno lee y hay libros que lo leen a uno. La Historia Interminable, de Michael Ende, pertenece a esa segunda categoría: desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva, la sensación de que el texto está mirando de vuelta. No es casualidad. Ende construyó esa sensación con deliberada precisión, y en ella depositó todo lo que quería decir sobre la fantasía, la lectura y el modo en que los seres humanos nos relacionamos con las historias que inventamos.
La novela cuenta, en apariencia, dos historias paralelas. En una, Atreyu, un joven guerrero de Fantasía, debe encontrar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, un mal sin nombre que avanza junto a la Nada, esa oscuridad que borra los mundos a su paso. En la otra, Bastian Baltasar Bux, un niño gordo, huérfano de madre y acosado en la escuela, roba un libro de una librería y se refugia a leerlo en el desván del colegio. Las dos historias son, por supuesto, la misma.
Ende publicó esta novela en 1979, en dos tintas —rojo para el mundo de Bastian, verde para el mundo de Fantasía—, como señalando desde la materialidad del objeto que leer es siempre habitar dos lugares al mismo tiempo. Ese detalle editorial, que muchas ediciones en castellano han perdido, no era decorativo. Era argumento. La tinta era parte de la tesis.
La tesis es esta: la fantasía no es evasión. Es, al contrario, la única forma de regresar al mundo real con algo nuevo que ofrecer. Cuando Bastian ingresa a Fantasía y la reconstituye con sus deseos —nombrando a la Emperatriz, creando montañas y mares a voluntad—, Ende no está celebrando el escapismo. Está describiendo el proceso creativo en su forma más pura: la imaginación como herramienta de transformación personal. El problema de Bastian no es que fantasee demasiado, sino que en algún momento olvida para qué servía la fantasía.
Aquí Ende toca algo que tiene una vigencia irritante. La Nada que devora Fantasía no es una fuerza maligna con rostro ni con nombre: es la indiferencia, la sequía interior de quienes han dejado de imaginar porque el mundo les ha enseñado que imaginar no sirve. Los únicos que pueden detenerla son los lectores —los seres humanos— que todavía se permiten ser afectados por las historias. Bastian puede salvar Fantasía precisamente porque todavía es capaz de desear con toda el alma.
Vivimos en un tiempo que produce Nada industrialmente. La saturación de imágenes, el consumo veloz, la cultura del contenido que se ve sin mirarse han generado una forma muy sofisticada de indiferencia: no la de quien no tiene acceso a las historias, sino la de quien tiene acceso a todas y no deja que ninguna lo toque de verdad. Ende no pudo haber imaginado TikTok, pero describió con exactitud su efecto.
Hay otra dimensión del libro que merece detenerse: la trampa del deseo sin límite. Bastian obtiene en Fantasía un poder absoluto —puede desear cualquier cosa y sucede—, pero cada deseo le cuesta un recuerdo. Pierde, poco a poco, la memoria de quién era, de dónde venía, de su madre muerta, de su padre vivo. El niño que entró al libro buscando ser amado tal como era termina a punto de olvidar que hay alguien a quien amar de vuelta.
Ende escribió esto en pleno capitalismo tardío y la advertencia no podría ser más directa. La sociedad de consumo le ofrece a cada individuo la ilusión de un deseo satisfecho al instante, y el precio —aunque nadie lo pone en letras chinas— es la memoria: la de la comunidad, la de la historia compartida, la del vínculo que no se compra. Bastian no es un niño malo. Es un niño que encontró una llave que no sabía cómo usar.
Lo que lo salva, al final, no es la magia. Es el amor. Su padre, que tampoco supo llorar la muerte de la madre, que también se quedó petrificado en su propio dolor, extiende la mano en el momento justo. Ende es, en ese gesto final, sorprendentemente sencillo: lo que nos devuelve al mundo real no es la grandeza de nuestra imaginación, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.
No he vuelto a leer el libro desde hace mucho tiempo. De niño era una aventura. Ahora es una pregunta incómoda: ¿qué le hemos hecho a nuestra capacidad de desear? ¿Cuántos de nosotros hemos gastado deseos en poder, en reconocimiento, en velocidad, y hemos olvidado en el camino el nombre de las cosas que de verdad importaban?
Fantasía sigue necesitando lectores. No consumidores de fantasía —de esos hay millones—, sino gente dispuesta a dejar que una historia los mueva, los cambie, les deje marca. Bastian robó un libro y lo leyó solo en un desván. Eso también es una imagen: a veces la única forma de entrar de verdad a una historia es sustrayéndola al ruido, llevándosela a un lugar quieto , y abriéndola sin prisa.








