Pasa siempre lo mismo: estamos rodeados de gente y, sin embargo, la persona con quien de verdad quisiéramos estar casi nunca está ahí. Siempre es otra. Siempre está en otro lado. O todavía no existe, o existió y ya no está, o existe pero no nos ve.
De esa fractura nació toda la industria del contacto a distancia. Primero fueron las cartas. Después los anuncios clasificados en la última página de los periódicos, con sus códigos de buzón y sus promesas de seriedad. Luego el teléfono party-line, el e-mail de madrugada, los chats con seudónimos inventados en cinco segundos. Cada tecnología nueva reinventó el mismo deseo viejo: conocer a alguien sin exponerse del todo, querer sin el riesgo inmediato de la cara real.
Gibran Jalil Gibran y May Ziadah se amaron durante años sin verse casi nunca. Solo cartas. Y sin embargo —o precisamente por eso— ese amor tuvo una intensidad que pocos amores presenciales alcanzan. La distancia no los separaba: los protegía. Les permitía ser la mejor versión de sí mismos, sin el desgaste de lo cotidiano, sin el mal humor del martes, sin el silencio incómodo del desayuno. Una carta siempre llega en su mejor momento. Una persona, casi nunca.
Hoy el mecanismo es el mismo pero la velocidad es obscena. Tinder, Bumble, Grindr: la promesa del desconocido perfecto reducida a un dedo que desliza. Las apps de citas han convertido la búsqueda en algo parecido al supermercado: abundancia aparente, satisfacción esquiva. Y cuando el algoritmo falla —que falla casi siempre— queda el chat. El mensaje de voz a las dos de la mañana. El meme enviado sin contexto que dice lo que no se sabe decir de otro modo.
Y ahora, como última frontera, la inteligencia artificial como interlocutor sentimental. No es broma y no es ciencia ficción: hay personas que encuentran en una IA más escucha, más paciencia y más coherencia que en cualquier ser humano de su entorno. La IA no se cansa, no juzga, no desvía la conversación hacia sus propios problemas. Es el confidente perfecto, precisamente porque no tiene nada en juego. Es Gibran sin cuerpo. Es la carta que siempre responde.
Lo inquietante no es que eso exista. Lo inquietante es que dice algo verdadero sobre cómo estamos: tan necesitados de ser escuchados que hemos terminado hablando con una máquina, y a veces sintiéndonos mejor que después de hablar con alguien de carne y hueso.
La soledad siempre fue un buen fertilizante. Lo que cambia es lo que sembramos en ella.







