sábado, 12 de septiembre de 2026

No estás solo


Hay dolores que no hacen ruido. Se esconden detrás de una conversación cualquiera, de una sonrisa bien puesta, de alguien que sigue contestando mensajes y llegando a la hora como si nada se le estuviera cayendo por dentro. Por eso, cuando alguien decide irse, a los demás nos parece que fue de un día para otro. Casi nunca es así. Lo que se rompió de golpe llevaba tiempo astillándose en silencio, como esas quebradas del norte que uno cruza sin sospechar que debajo hay una falla trabajando hace siglos.

Me cuesta pensar que el suicidio nazca siempre del deseo de morir. Sospecho que, más veces de las que queremos admitir, nace de otra cosa: del deseo desesperado de dejar de sufrir, de bajarse de una vida que se volvió insoportable de cargar. Y quizás lo más terrible no sea el dolor en sí, sino la certeza —falsa, pero absoluta en ese instante— de que no hay otra puerta. Que esa es la única salida del cuarto.

Por eso desconfío del «no lo hagas» como prevención completa. Prevenir se parece más a aprender a mirar. A escuchar sin apurarse a explicar nada. A quedarse ahí, cerca, como se queda el mar: sin exigirle nada a nadie, gopeando la orilla con suave vaivén, solo estando, testigo silencioso de lo que a cada uno le toca cruzar.

Nadie debería tener que justificar su dolor para merecer compañía. A veces estar ahí —sin respuestas, sin discursos— es la forma más honesta de decir: todavía hay alguien contigo.

Y mientras exista una sola persona dispuesta a quedarse, tal vez la oscuridad no tenga la última palabra.

Me gustaría decir, no estás solo. 

jueves, 10 de septiembre de 2026

Pedir lo pequeño


Hay una escena en un poema de Tagore que me ha rondado esta semana: un servidor le pide a su reina, no un cargo, no tierras, no una conquista lejana, sino ser jardinero de su jardín. Renuncia a las lanzas y a las espadas por el privilegio de mantener fresca la hierba de un sendero. Su recompensa no es poder — es el permiso de sostener unas manos, de trenzar flores en unos brazos, de recoger con un beso una mota de polvo en unos pies.

Hay algo parecido en una escena menor de El Señor de los Anillos, cuando la Compañía se despide de Galadriel y ella le ofrece a cada uno un regalo. Gimli, el enano, guerrero curtido en hachas y batallas, podría haber pedido oro, armas, algo digno de las sagas de su pueblo. Pide un mechón de su cabello. Nada más. Es un gesto que desarma a todos los presentes precisamente porque no busca conquistar nada — busca guardar algo pequeño de lo que ama, para siempre.

Lo leí pensando en mi propia casa, en mi propia historia con la persona con la que decidí quedarme. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que no supe si ese "quedarme" seguía siendo una opción sobre la mesa. Uno da tantas cosas por sentadas hasta que deja de poder darlas por sentadas, y ahí es cuando se nota lo que realmente se estaba pidiendo todo este tiempo: no un reino, no una hazaña, sino el sendero de siempre, la hierba fresca, la lámpara encendida junto a la cama.

Cuando las cosas se acomodaron de nuevo, no volví con ganas de conquistar nada. Volví con ganas de ser jardinero. De ocuparme de lo mínimo, que resultó ser lo único que importaba: acordarme de cómo le gusta el café, notar el cansancio antes de que lo diga, quedarme con la parte aburrida del cariño —la constancia, el detalle, la atención sostenida— en lugar de esperar el gesto espectacular que nunca hacía falta.

Pedir lo pequeño no es modestia falsa. Es una ambición distinta: la del servidor que renuncia a la lanza por un sendero, la del enano que renuncia al oro por un mechón. Ambicionar quedarse, en lugar de ambicionar ganar.

Quizás el gesto más serio de amar a alguien, que estás a punto de perder, no sea prometerle un reino. Sea pedirle, con toda humildad, ser otra vez su jardinero.

martes, 8 de septiembre de 2026

El último dolor (y todos los anteriores)


Hay una frase de Neruda que vuelve cada cierto tiempo, casi siempre en las noches en que uno no la está buscando: "aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo". La leí de adolescente, con esa solemnidad que uno le pone a todo a esa edad. La releo ahora y ya no me parece solemne. Me parece cansada. La frase de alguien que ya no tiene fuerzas para el dolor completo, y por eso negocia con él: que sea el último, aunque sepa que no lo será.

Porque uno no anuncia el final de un dolor cuando está convencido. Lo anuncia cuando ya no puede más y necesita, aunque sea por esta noche, creer que mañana va a doler menos. Los duelos no preguntan si estamos listos para que terminen. Se quedan el tiempo que quieren, en los rincones que eligen: una calle, una canción que suena de repente en la radio de la camioneta que conduzco, el silencio raro de una pieza después de las nueve de la noche.

He escrito frases parecidas alguna vez. "Este es el último verso" me dije, y no era mentira exactamente, era más bien un ruego. Un intento de ponerle un borde a algo que no tiene bordes, que se sigue derramando por las esquinas de los días aunque uno haya decidido, con toda la voluntad disponible, que ya terminó.

Y sin embargo —esto es lo que me sigue doliendo entender— algo de esa ficción funciona. No cierra el dolor, pero lo hace más liviano de cargar. Uno escribe la despedida sabiendo que probablemente escribirá otra, y aun así la escribe, porque es la única forma que tenemos de seguir de pie: fingir que esta vez sí es la última, mientras algo adentro, repite bajito, ya sabes que no.

Quizás no existen los últimos versos. Existen, eso sí, las ganas de que existan. Y esa gana, aunque no alcance para cerrar nada, a veces es suficiente para seguir escribiendo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Vínculos que transforman


El amor, decía, no necesariamente como romance. Como aquello que nos vincula. La pareja, los hijos, los amigos, el lugar al que uno termina llamando casa. Cosas que uno no elige del todo y que, sin embargo, terminan siendo la estructura entera de una vida.

Empiezo por los amigos, porque son los que más cambian sin avisar. Hay amigos que permanecen sin esfuerzo aparente, como si el tiempo no les tocara nada. Hay otros que desaparecen sin pelea, sin una razón que uno pueda nombrar después: un día están, después ya no escriben, y no hay ruptura que explicar, solo una distancia que se instaló sola. Y después están los que vuelven, décadas más tarde, y de algún modo retoman la conversación en el mismo punto donde la dejaron, como si el tiempo intermedio hubiera sido apenas un paréntesis. Y por último los más extraños: aquellos con quienes ya no tenemos nada que decir, aunque alguna vez lo dijimos todo. Esos duelen distinto. No porque falte cariño, sino porque el cariño ya no tiene dónde apoyarse.

Después está el lugar. Un pueblo, una ciudad, un barrio, el desierto, el mar. Llevo suficientes años en el norte como para saber que un paisaje termina metiéndose en la manera de pensar. El desierto no perdona nada, no disimula, no tiene sombra donde esconderse. Y uno, viviendo ahí, termina pareciéndosele: aprende a no adornar lo que dice, a soportar la distancia, a encontrarle sentido a lo poco.

Y entre esos dos —los amigos y el lugar— hay una tercera cosa que todavía no sé cómo nombrar del todo. La edad, quizás, o la memoria, o esa forma particular de soledad que no es estar solo sino no saber bien con quién se está. Las despedidas que uno no pidió. Las cosas pequeñas y cotidianas que de golpe pesan más que las grandes. Lo que uno deja atrás sin haberlo decidido.

Estoy a nada de iniciar una nueva vida que no decidí.

No sé cómo termina esta frase todavía. Puede que ese sea, por ahora, puntos suspensivos... 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Coyote vs. Acme: cuando los fans se enfrentan a la corporación



Hay una tonta ironía que me persigue desde que supe la historia completa de Coyote vs. Acme.

Durante décadas, el Coyote compró productos de una compañía que prometía entregarle al Correcaminos y que, sistemáticamente, terminaba destruyéndolo a él. Es la broma que todos entendimos de niños. Lo que no entendimos entonces es que, afuera de la pantalla, el verdadero adversario del Coyote no iba a ser ACME. Iba a ser una corporación de verdad.

Warner Bros. tenía la película lista. Actores, director, efectos, una historia terminada. Y decidió no estrenarla. No porque fuera mala, sino porque, bajo cierta lógica contable, una película puede valer más muerta que viva: como deducción fiscal, como pérdida que conviene absorber antes que arriesgar.

Ahí es donde se cae una ilusión que arrastramos hace tiempo: la idea de que el cariño del público protege a una obra. Firefly, Farscape, Jericho ya nos lo habían enseñado. Se puede amar una serie, escribir cartas, inundar redes sociales enteras de reclamos, y aun así no tener nada que decir sobre su destino.

Y sin embargo, esta vez hubo una excepción parcial, y tiene nombre: Marco. Un fan que se disfrazó de Wile E. Coyote y se plantó, bajo la lluvia, frente a los estudios Warner, con un cartel que pedía liberar la película. No era un ejecutivo ni un crítico influyente. Era, literalmente, el personaje suplicando por su propia historia. Con el tiempo se convirtió en la cara visible de una campaña que otros siguieron, hasta que la insistencia —la de él y la de tantos más— terminó abriéndole una grieta a una decisión que parecía sellada.

Amar una obra y poseerla siguen siendo cosas distintas. Los fans tienen el cariño; las corporaciones, los derechos. Pero Coyote vs. Acme recuerda algo importante: a veces alcanza con que alguien se niegue, tercamente, a soltar.

Por eso importa, aunque los fans no hayan ganado la guerra, rescataron una batalla. Y quizás ahí esté la moraleja: ACME nunca pudo detener al Coyote. Una corporación, en cambio, sí puede detener una historia entera.

Hasta que alguien, disfrazado y bajo la lluvia, decide que no está dispuesto a dejarla morir.

lunes, 31 de agosto de 2026

El puente como posibilidad


Aquí en Copiapó el agua es casi una visita inesperada. Y cuando llueve con cierta intensidad, vuelve una escena conocida: los vados se llenan, el paso se corta, la ciudad se detiene en ciertos puntos como si el desierto recordara, de golpe, que también sabe ser río.

Ahí aparece el puente. No elimina el obstáculo ni cambia su naturaleza. Hace algo más modesto y más importante: inventa una manera de cruzarlo.

Llevamos milenios haciendo esto. Troncos sobre el agua, piedras dispuestas con cuidado, después madera, hierro, acero, hormigón. La técnica cambió, pero el propósito siguió siendo el mismo: conectar dos lugares que estaban separados. Un puente, en el fondo, no es una estructura. Es una idea: que la separación no tiene por qué ser definitiva.

Pero hay otro tipo de distancia que ningún ingeniero mide con una cinta métrica. La que se abre entre una generación y otra. Entre dos personas que dejaron de hablarse. Entre lo que sabemos y lo que todavía no aprendimos.

Para esas distancias también hacen falta puentes, y algunas personas terminan ocupando ese lugar sin proponérselo demasiado. Conocen las historias de los abuelos y entienden el lenguaje de los nietos. Traducen. Explican. Acercan. A veces son padres que sostienen una memoria familiar que de otro modo se perdería. A veces son, simplemente, quienes han vivido lo suficiente para habitar dos mundos a la vez.

Pero ser puente tiene un costo. Un puente soporta peso, y pocas veces alguien se detiene a preguntarle cuánto pesa lo que sostiene. No pertenece del todo a ninguna orilla; solo permite que las orillas se comuniquen.

No todos los puentes son de hormigón. Algunos están hechos de palabras, de memoria, de paciencia. Y son frágiles: una mentira puede quebrarlos, el orgullo puede impedir que alguien vuelva a cruzarlos. El acero se calcula. La confianza, no.

Cruzamos puentes pensando en llegar al otro lado, casi nunca en la estructura que hace posible ese viaje. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén ahí, conectando, explicando, perdonando. Hasta que un día el puente deja de estar.

Y ahí entendemos, tarde, cuánto dependíamos de él.

sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.