jueves, 5 de febrero de 2026

Porque el mundo no necesita a Superman





¡Hola, amigos geeks, si son fans de Superman como yo, saben que Superman Returns (2006) es esa joyita nostálgica que nos dejó con el corazón partido! En una escena icónica, Lois Lane publica su columna ganadora del Pulitzer titulada "Why the World Doesn't Need Superman" (o "Por qué el mundo no necesita a Superman", como la conocemos por acá). Imagínense: Clark regresa después de años ausente, y Lois ya avanzó en su vida, cuestionando si el Hombre de Acero es prescindible en un mundo que "creció" sin él.Quiero leer ese texto completo (¿Ustedes no?) y es que es  como un fanfic profundo de Lois madurando, y en un universo post-9/11, pega duro con temas de fe, pérdida y superhéroes. ¡Si existiera el artículo entero, lo enmarcaría!

A falta de eso... Me lo invento, para tranquilizar mi espíritu... No sé si valdrá un Pulitzer pero es lo que hay. 


¿Por qué el mundo no necesita a Superman? 

Por Lois Lane


El mundo no necesita a Superman.

O al menos, no debería necesitarlo.

Decirlo así suena casi ingrato, lo sé. ¿Quién rechazaría a alguien que salva vidas, detiene guerras y aparece justo cuando todo parece perdido? Pero quizá ahí está el problema. En el justo cuando.

Nos hemos acostumbrado a esperar. A mirar al cielo. A creer que, cuando las cosas se salen de control, alguien más va a llegar a arreglarlo. Y mientras tanto, seguimos adelante como si no fuera del todo nuestro asunto.

Superman es esperanza, sí. Pero también se ha convertido —sin quererlo— en una excusa.

La excusa para no intervenir. Para no incomodarnos. Para no hacernos responsables de un mundo que ayudamos a construir y, muchas veces, a romper.

Cuando existe alguien capaz de hacerlo todo mejor que nosotros, es fácil resignarse a hacer menos. Admiramos su fuerza, su moral, su claridad… y aceptamos la distancia entre eso y lo que somos. Como si fuera natural. Como si no fuera peligroso.

El mundo no necesita a Superman deteniendo balas; necesita menos manos dispuestas a apretar el gatillo.

No necesita que alguien levante edificios en ruinas; necesita preguntarse por qué se siguen cayendo.

No necesita milagros constantes; necesita decisiones incómodas, sostenidas, humanas.

Superman encarna lo que podríamos ser, no lo que somos. Y duele admitirlo. No porque él esté por encima, sino porque nosotros hemos aprendido a vivir por debajo de nuestras propias posibilidades.

Un mundo que deposita su salvación en un solo ser extraordinario es un mundo que, en el fondo, ya renunció a salvarse a sí mismo.

Y tal vez el verdadero acto heroico no sea volar, ni levantar montañas, sino quedarse. Hacerse cargo. No mirar al cielo, sino alrededor.

Quizá el día que dejemos de necesitar a Superman sea el día en que empecemos, por fin, a parecernos un poco más a él.

martes, 3 de febrero de 2026

Cuando la protección falla


Esta vez no hay imagen para tanto dolor... 


“En la profundidad de una tarde cualquiera, la vida se rompe como un espejo que nunca supimos que estaba allí.”

Tragedia  en Nuñoa: niño de tres años muere ahogado en residencia de Mejor Niñez. Otra noticia trágica leída de apuro y scroll..

Antes del atardecer, una vida se extingue sin haber comprendido el mundo. Un niño de tres años muere en un accidente dentro de una piscina de una residencia estatal de protección. El comunicado oficial es sobrio, pero ninguna forma institucional del lenguaje puede contener el peso de ese hecho: un ser que debía ser protegido murió bajo custodia.

La tragedia es la fractura de una promesa. Cambiamos Sename por Mejor Niñez, y fallamos, porque hemos delegado en el Estado una función casi sagrada: proteger a quienes no pueden hacerlo. Sin embargo, esta muerte expone la contradicción central: el sistema que existe para resguardar la vida no puede eliminar su fragilidad. La institucionalización no equivale a seguridad.

Esta trágica muerte irrumpe como revelación: nos enfrenta a nuestra hybris de creer que la vida puede ser completamente gestionada. Los protocolos reducen riesgos, pero no anulan la contingencia. Un niño, con su curiosidad y plasticidad, escapa a cualquier plan de prevensión.

La crítica aquí no busca culpables inmediatos, sino estructuras. ¿Qué condiciones permiten que un lugar de protección contenga un escenario mortal? El lenguaje oficial habla de diligencias e investigaciones. Todo necesario, nada suficiente. Hemos confundido proteger con administrar, y cuidar con cumplir procedimientos.

Espiritualmente, esta muerte no admite consuelo. Solo queda un silencio donde ni la razón explica ni la fe responde. Lo sagrado es la obligación de no trivializar el dolor con discursos técnicos..

Tal vez la pregunta no sea qué , sino qué entendemos por protección. En esa pregunta incómoda —sin cierre— reside la única memoria honesta. Una vida perdida bajo cuidado no es solo un hecho lamentable. Es una noticia que exige que leamos sin apartar la vista.

lunes, 2 de febrero de 2026

Mamihlapinatapai



Según el Libro Guinness de los Récords,  Mamihlapinatapai, es una palabra del idioma yagán (Tierra del Fuego) que describe una mirada entre dos personas donde ambas desean que la otra comience una acción que ninguna se atreve a iniciar, encapsulando una compleja situación en una sola voz.  No es menor decir que con el fallecimiento de Cristina Calderón en 2022 se perdió quien era considerada la última hablante nativa y con ella una forma de ver el mundo, de entenderlo... 

La desaparición de un idioma representa mucho más que la pérdida de un conjunto de palabras: es la extinción de una cosmovisión única. A comienzos del siglo XIX, Alexander von Humboldt documentó en el Orinoco a un papagayo que repetía fragmentos de una lengua cuyo pueblo había sido exterminado; el ave era el último portador de sonidos ya sin comunidad, palabras sin mundo. Este episodio revela una verdad brutal: un idioma puede agonizar de forma residual, convertido en ecos vacíos.

Cuando una lengua muere, se apaga un sistema completo de pensamiento: formas de clasificar la realidad, organizar el tiempo, nombrar vínculos y territorio. Se pierden conocimientos ecológicos, memorias históricas y matices afectivos que a menudo son intraducibles. Su extinción rara vez es natural; suele ser el resultado de políticas de asimilación, de vergüenza impuesta, de escuelas que castigan el acento materno y de presiones económicas que fuerzan el abandono de la lengua propia como estrategia de supervivencia.

Así, cada idioma que desaparece reduce el campo de lo pensable y lo decible. No es una pérdida abstracta, sino un indicador concreto de dominación cultural y de qué memorias se consideran prescindibles. Defender las lenguas amenazadas, por tanto, no es nostalgia: es un acto de resistencia cognitiva que afirma que no hay una única manera válida de ser humano. Lo que queda tras su muerte no es solo silencio, sino vestigios—grabaciones, listas de palabras, o sonidos ininteligibles de un papagayo—que testimonian un mundo que ya no puede explicarse a sí mismo.


domingo, 1 de febrero de 2026

Infierno del olvido



En el sur de Chile, el incendio nunca es solo fuego. Es una prueba moral. Un reloj corriendo. Una decisión que separa al que huye del que se queda. En el sur de Chile, lejos de los discursos de escritorio y las noticias, el fuego no es un espectáculo: es una sentencia que avanza con viento, sequía e indiferencia.

Las llamas no preguntan nombres ni ideologías. Entran a los bosques, a los pueblos, a las casas construidas con años de esfuerzo, y lo reducen todo a humo en minutos. Entonces, hay un momento exacto en que alguien entiende que ya no se trata de salvarlo todo, sino de salvar a quien se pueda. Ese instante es brutal y definitivo. Mientras, en otra parte, se debate si la catástrofe es suficiente para justificar un viaje en avión oficial.

Los bomberos en el sur, a diferencia de los ministros y parlamentarios, no tienen pausas para tomar el té, ni tienen receso parlamentario. Tienen turnos interminables, equipos insuficientes —a veces donados por la gente— y un cansancio que se les marca en los ojos. Aun así, avanzan. Porque cuando el fuego arrincona a una familia, no existe el “no me toca”. Existe el “voy igual”. Esa es la línea invisible que separa la vocación del heroísmo y la responsabilidad de la retórica.

Pero a diferencia de las reuniones en el Congreso, aquí no hay pausas. No hay acuerdos partidarios. Solo hay fuego adelante y tierra caliente bajo los pies. Cuando el incendio pasa, quedan las cenizas, el silencio incómodo y la pregunta que siempre llega tarde: ¿esto se pudo evitar?

Porque el fuego no empieza solo. Se alimenta de negligencia, de monocultivos que son desiertos verdes inflamables, de veranos cada vez más extremos, de políticos que reaccionan cuando ya es tarde y con fotos para el archivo. El incendio visible es solo el síntoma; la verdadera combustión ocurre mucho antes, en los presupuestos recortados, en los informes técnicos archivados, en decisiones postergadas y advertencias ignoradas.

En Santiago y Valparaíso, al final de las reuniones, todos vuelven a sus casas. Se sientan con su familia y se sienten satisfechos de su labor. En el sur de Chile, muchos no tienen a dónde volver. Y aun así, mañana, cuando suene la alarma, alguien va a salir corriendo hacia el fuego.

No porque sea un héroe.

Sino porque allí, nadie más aparece.

sábado, 31 de enero de 2026

Incendios y negligencia estatal

 



Es, una vez más, una noticia trágicamente familiar. Un verano en el centro-sur de Chile, una ola de calor que ya no es excepcional sino norma, y el paisaje comienza a arder con una furia que parece espontánea, pero no lo es. Los incendios que comenzaron en enero de 2026 en las regiones del Biobío y Ñuble no son un accidente ni una desgracia imprevisible: son la manifestación visible de una negligencia prolongada, de un modelo territorial y productivo que convirtió el fuego en una certeza.

El balance habla por sí solo y acusa sin necesidad de adjetivos: 21 personas fallecidas, más de 50.000 evacuados, comunidades enteras arrancadas de raíz. Pueblos como Lirquén vieron desaparecer cerca del 80% de su zona urbana bajo un manto de ceniza y humo. El Estado respondió como siempre responde cuando ya es tarde: declaró el estado de catástrofe, desplegó a las Fuerzas Armadas y prometió reconstrucción. Pero ninguna de esas acciones responde a la pregunta esencial, la que sigue ardiendo cuando el fuego se apaga.

Porque el verdadero incendio no comienza en el bosque, sino en la suma de decisiones evitadas: monocultivos forestales que secan la tierra, urbanización sin planificación, prevención crónicamente subfinanciada, advertencias científicas archivadas por incómodas. Cada verano repetimos el mismo ritual: duelo, indignación, promesas. Y luego, el olvido. Hasta el próximo foco.

La pregunta que abrasa más fuerte que las llamas no es qué pasó, sino por qué seguimos aceptando que pase. ¿Hasta cuándo confundiremos catástrofe con fatalidad? ¿Hasta cuándo llamaremos tragedia a lo que es consecuencia? Mientras no se asuma que estos incendios no son una anomalía, sino el síntoma de un problema estructural, el país seguirá ardiendo —no por sorpresa, sino por costumbre.

Chile no se está quemando: está siendo incendiado por la suma de decisiones que se postergan, los intereses que se protegen y la cobardía de llamar “desastre” a lo que es responsabilidad. Mientras sigamos llorando las cenizas en vez de cambiar las causas, el fuego no será una tragedia inevitable, sino una condena merecida

jueves, 29 de enero de 2026

“Cuando amar es quedarse”




A veces la angustia no grita.

Se queda sentada en una silla de hospital, con un café frío entre las manos y el corazón latiendo demasiado rápido para un cuerpo que no se mueve.

Es mirar a alguien que amas conectado a cables, monitores y silencios, y descubrir que el miedo no siempre se parece al pánico. A veces se parece a la espera. A contar respiraciones ajenas como si fueran propias. A negociar con Dios en voz baja: si hoy pasa la noche, prometo no pedir nada más.

En esos pasillos aprendemos verdades que no salen en los libros. Que la medicina es precisa, pero el amor es torpe. Que los doctores hablan de probabilidades, mientras tú solo escuchas nombres, recuerdos, futuros posibles que no quieres perder. Que la palabra estable puede ser un consuelo o una amenaza, dependiendo del día.

La angustia de tener a alguien enfermo es sentirte inútil en tu versión más honesta. No puedes curar, no puedes acelerar el tiempo, no puedes cambiar el diagnóstico. Solo puedes estar. Y a veces, estar duele más que irse.

Pero también pasa algo extraño. En medio del miedo, el amor se vuelve brutalmente claro. Cada gesto importa. Cada “aquí estoy” pesa más que cualquier promesa. Y aunque nadie te lo diga, acompañar también es una forma de salvar.

Porque cuando alguien que amas está enfermo, no solo lucha su cuerpo. Luchan todos los que lo esperan. Y aun así, seguimos ahí. Con angustia, con esperanza, con el corazón cansado… pero presentes. Siempre presentes.

Dedidado con especial cariño a mi sobrina Fernanda Pedrero. Dios escucha. 

miércoles, 28 de enero de 2026

Woddy Allen y la filosofía

 



Dentro de las películas hechas por Woody Allen, las que personalmente no soy un gran fan, hay una, Love and Death, que llamo poderosamente mi atención, no por su profundidad ya que más bien es una parodia de la moral, sino, por lo que puedes leer entre líneas. Antes de que la filosofía se volviera solemne en la película, hubo un instante honesto: alguien hizo algo terrible y tuvo que justificarlo. Love and Death se sitúa ahí, donde las grandes preguntas morales chocan con la torpeza humana, el miedo a morir y la absurda necesidad de tener razón. Entre duelos ridículos e ironía constante, la película se burla de la moral elevada y revela algo inquietante: nuestros principios no nacen del cielo, sino del pánico a vivir en un mundo sin reglas.

Y es eso lo que da lugar a este post. 

La moral no es un mandamiento divino grabado en las estrellas ni una excentricidad privada, como preferir vainilla por sobre chocolate. No cayó del cielo en una tabla de piedra ni nació del capricho de un filósofo con tiempo libre. Es algo bastante menos glamoroso y mucho más urgente: un pacto entre personas que han entendido, generalmente a golpes, que sin ciertas reglas mínimas la convivencia dura lo que tarda alguien en sacar un cuchillo.

Lo aprendemos —como en Love and Death— no en una cátedra solemne, sino después del desastre, del crimen mal pensado, del cadáver incómodo que arruina cualquier argumento elegante. Porque la moral no se deduce en abstracto: se descubre cuando alguien muere y, de pronto, todas las teorías suenan ridículas. Es una cuerda tejida entre sujetos igualmente frágiles, no para alcanzar la virtud, sino para no despeñarnos juntos por el mismo abismo.

Y se apoya en hechos tan poco metafísicos como un martillo en la cara: si golpeas a alguien, duele. No “depende del contexto”, no “es una construcción cultural interesante”, duele. El dolor no es una opinión ni una metáfora posmoderna; es verificable, inmediato y suele ir acompañado de gritos poco filosóficos. Evitarlo no es una postura moral elevada, es el mínimo común denominador de cualquier tribu que aspire a durar más que una mala comedia.

Por eso, cuando alguien proclame con aire profundo que “todo es relativo”, hazle una pregunta sencilla, casi grosera: si le parecería bien que le roben su propio botín. Observa su rostro. La indignación instantánea, esa reacción primitiva y nada sofisticada, es la prueba empírica que ninguna dialéctica logra refutar. En ese gesto está toda la ética que necesitamos: no me hagas a mí lo que no quieres que te hagan, especialmente si involucra puñales, traiciones o un juicio moral posterior.

En este mundo desordenado, sucio y ligeramente absurdo —muy al estilo de Woody Allen— la moral no es una revelación sagrada ni un juego intelectual. Es un acuerdo incómodo, imperfecto y profundamente humano. No nos hace nobles, ni sabios, ni felices. Pero es, a falta de algo mejor, el único suelo firme que nos queda para no resbalar directamente hacia la nada… mientras discutimos, claro, si la nada es objetiva o solo una construcción social.