miércoles, 15 de abril de 2026

Lo que el mar se lleva



Hay literaturas que explican el mundo. Y hay literaturas que te lo muestran desde adentro de un barco, con viento del sur y olas que no piden permiso. Ese es Latorre. Hay literaturas con escenas que no se olvidan. Un hombre al timón de un remolcador observa cómo crece el temporal y entiende que debe decidir. En una de las lanchas que arrastra va su hijo.

Eso es El piloto Oyarzo, de Mariano Latorre —Premio Nacional 1944, figura del criollismo hoy casi olvidada—, incluido en Chilenos del mar, un libro sobre hombres anónimos que el mar devora.

La historia es simple y brutal: el remolcador Caupolicán hace cabotaje entre puertos chilenos. Llega la tormenta. La única forma de salvar el barco es cortar la espía que lo une a las lanchas. Y en una de ellas va su hijo.

Lo que me queda de este cuento no es el desenlace —que no voy a contar— sino la imagen de ese hombre que tiene que elegir entre su deber y su sangre, y que probablemente ni siquiera lo llama así. Para él es solo el mar. Y el mar es así.

Latorre no escribe esto para que uno llore. Lo escribe para que uno entienda algo sobre cómo ciertos hombres cargan con el mundo: sin drama, sin palabras, con las manos en el trabajo. El mar no pregunta. El piloto tampoco.

El libro me hace pensar en los siete pescadores del Bruma, desaparecidos frente a Coronel tras ser impactados por el industrial Cobra, que siguió su rumbo.

Distinto contexto, misma lógica: los inocentes quedan a la deriva; los grandes cortan la espía y se van.

El cuento de Latorre tiene casi cien años. Y sigue siendo presente.

martes, 14 de abril de 2026

El tren que no llegó — o que tal vez nunca salió



En el cuento El Guadagujas publicado en 1952, Arreola escribió ciencia ficción disfrazada de realismo, o realismo disfrazado de absurdo, según cómo se mire. Yo creo que escribió sobre el desierto, aunque nunca haya venido al norte de Chile. Sobre lo que significa esperar en un lugar donde las cosas prometidas tardan mucho, o no llegan, o llegan cuando ya nadie las necesita.

En el cuento, el viajero busca un tren hacia un destino que es una letra: T. Podría ser Taltal. El guardagujas le explica que los ferrocarriles son un desorden feliz: rieles de tiza, horarios que cambian solos. Y uno piensa en el desierto, donde los trenes también tuvieron que desarmarse y volverse polvo.

El viajero sigue esperando. El tren nunca llega. O tal vez siempre estuvo ahí, detenido en la vía muerta. Y el guardagujas sonríe, porque al final lo único verdadero es la espera.

La linterna roja del guardagujas es apenas un destello en la costa. Alguien, desde una oficina abandonada, cree ver un tren. Pero es solo la memoria de un cuento escrito lejos, o el eco de una locomotora que dejó de sonar en 1976.

Como en el cuento hay estaciones que no figuran en ningún mapa, pero siguen ahí. Persisten como una costumbre, como una obstinación del paisaje. En Taltal los rieles se hunden en la pampa como costillas de un animal muerto. El ferrocarril fue promesa y fue fiebre. Llegaba al puerto cargado de salitre y progreso. Hoy las oficinas están vacías y los trenes se oxidaron antes de entender que el progreso era apenas una estación de juguete.

Dedicado a la memoria de " Julito Alfaro" mi bisabuelo,  quizá maquinista de la "59"


lunes, 13 de abril de 2026

La carta que nunca llegó


Hay una mujer en un cuento de Federico Gana que lleva cartas en el bolsillo. Cartas que le escribió su hijo. Cartas con regalos desde el norte. El problema es que las cartas no existen. El hijo desapareció, y Paulita —anciana, empleada de fundo, analfabeta— inventó la correspondencia para no tener que explicar lo inexplicable: que su único hijo se fue y no volvió a dar señales.

Lo que me queda pensando no es la mentira. Es que la mentira funciona. Es que necesita funcionar. Que sin esa ficción, Paulita no tiene nada a qué aferrarse. En algún punto, la diferencia entre la ilusión y la esperanza se vuelve indistinguible.

Gana publicó esto en 1916. Y sin embargo la imagen de una madre esperando noticias de un hijo que se fue al norte a buscar trabajo no se siente como historia pasada. Se siente como algo que uno podría ver el fin de semana.

Paulita dice algo que me parece la frase más honesta del cuento: que si hubiese tenido algo, su hijo no se habría ido. No lo dice como queja filosófica. Lo dice como quien entiende, demasiado tarde, el mecanismo que la dejó sola. La pobreza no duele solo cuando falta el pan. Duele también cuando empieza a disolver los vínculos, cuando obliga a elegir entre quedarse con los suyos o tener una oportunidad real.

La tasa de envejecimiento en Chile avanza rápido. El país tiene cada vez más Paulitas, y cada vez menos recursos destinados a acompañarlas. El debate sobre pensiones, sobre cuidados, sobre soledad en la vejez, existe, pero siempre parece aplazarse para después. Como las cartas.

Hoy los que se van ya no mandan cartas. Mandan mensajes, o no mandan nada. Pero las madres que esperan siguen ahí, en los mismos cerros, los mismos pueblos, los mismos fundos reconvertidos. Y el norte sigue siendo el norte.

El cuento de Gana es breve. Siete páginas. Pero tiene la densidad de algo que no ha terminado de ocurrir. 

domingo, 12 de abril de 2026

Chile bajo el mismo sol: leer Sub Sole hoy


Hay libros que no envejecen: mutan. Leer Sub Sole de Baldomero Lillo hoy no es un gesto literario: es un ejercicio incómodo de reconocimiento. Sus cuentos no nacen de una teoría ni de una consigna; nacen de la observación rigurosa de una realidad brutal. Lillo no fue un revolucionario ni un marxista: fue un testigo crítico. Y eso, paradójicamente, vuelve su obra más perturbadora.

En Sub Sole, el progreso no redime: aplasta. Los cuerpos, las jornadas, la miseria, todo está expuesto sin adornos. No hay discurso político explícito, pero hay algo más difícil de esquivar: evidencia. Lillo no dice “esto es injusto”; lo muestra hasta que resulta imposible no verlo.

El problema es que, al contrastarlo con el Chile actual, la distancia no tranquiliza. Hoy hablamos de flexibilidad, emprendimiento, meritocracia. El lenguaje cambió; la estructura, no tanto. La precariedad persiste, aunque más sofisticada: ya no se impone con violencia directa, sino que se internaliza. El trabajador sigue siendo reemplazable, pero ahora convencido de que su destino depende solo de él.

Lillo no ofrece soluciones ni consignas. Tampoco neutralidad. Su ética está en la mirada: representar sin distorsión. Y ahí radica su vigencia. En un presente saturado de opiniones, su forma de crítica —mostrar sin explicar— obliga a pensar más allá de los discursos.

Y quizás la pregunta más honesta es esta:

¿Estamos realmente mejor, o simplemente más acostumbrados?

Porque al final, el sol sigue siendo el mismo.

sábado, 11 de abril de 2026

La felicidad como jaula según Huxley



A solicitud de mi lectora faborita. 

Hay libros que uno lee con la sensación de que no son ciencia ficción. Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), es uno de ellos.

Describe una sociedad perfecta: nadie sufre, nadie protesta, nadie se aburre. Los humanos se fabrican en laboratorios, condicionados desde antes de nacer para aceptar su lugar en la jerarquía. Los de abajo son felices siendo menos inteligentes. Los de arriba tienen más libertades. Y todos toman soma, una droga que elimina el malestar como una aspirina elimina el dolor.

No hay censura violenta ni policías en cada esquina. El control es más elegante: interno, incorporado, invisible. La jaula no tiene barrotes porque no los necesita. La gente la habita con gusto.

¿Y nosotros?

No tenemos bebés de laboratorio ni pastillas mágicas. Pero tenemos algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos. Plataformas diseñadas para que no podamos soltar la pantalla. Redes sociales que no nos prohíben nada: solo nos ofrecen algo más satisfactorio que el pensamiento propio.

Nuestro soma es el scroll infinito, la serie que pasa sola al siguiente episodio, la dopamina del like, la comodidad de no buscar porque todo llega solo.

"¿Pero por qué no quieren ser libres?" pregunta el Salvaje.

"Porque la libertad implica responsabilidad", responde el Administrador. "Y los hombres temen la responsabilidad."

Esa respuesta, dicha en 1932, suena a un diagnóstico de la sociedad actual. 

Los habitantes de Un mundo feliz no sufren. No hay guerra, pobreza ni soledad duradera. Si les preguntaras si son felices, dirían que sí con total convicción.

¿Qué se pierde entonces? Se pierde el conflicto genuino. El dolor que enseña. El amor que duele porque importa. Se pierde Shakespeare (y porqué no Zalo Reyes) —literalmente prohibidos— porque para entenderlos hay que haber querido algo tanto que su ausencia destroza.

Huxley creía que la experiencia humana completa incluye el sufrimiento. No como accidente, sino como condición. Una vida sin malestar no es una vida mejor, sino una vida menor. Más segura. Más vacía.

El Salvaje, criado fuera del sistema, elige el dolor antes que el soma. No por masoquismo, sino porque sentir mal es la única prueba de que uno está vivo de verdad.

Mejor o peor, esa no es la pregunta

Nuestra sociedad no es el mundo feliz. Tenemos hambre, injusticia, guerras. Tampoco somos embriones condicionados. En teoría, podemos elegir distinto.

Pero Huxley detectó una tendencia: resolver el malestar en vez de habitarlo. Preferir la distracción antes que la pregunta difícil. Consumir identidad lista en vez de construirla a la intemperie.

Esa tendencia existe. Está en el diseño de las pantallas, en la lógica del mercado que vende comodidad como si fuera libertad, en nuestra propia inclinación a aceptar ese trato sin leer la letra chica.

Y asi las cosas, el ejercicio no está en averiguar si somos mejores o peores. La pregunta es: ¿cuánto de ese mundo hemos aceptado sin notarlo? Y si todavía somos capaces de preferir la incomodidad.

¿Irónico? Huxley murió el mismo dia que Kennedy el 22 de noviembre de 1963. El mundo estaba demasiado ocupado mirando Dallas como para despedirse  de él. Hay algo poético en eso. 

jueves, 9 de abril de 2026

Mares libres: migrar no es nuevo


Hay libros que envejecen; otros, en cambio, parecen esperar su momento. Mares libres, de Manuel Rojas, me parece es de los segundos. Aunque fue escrito en otro contexto histórico, su núcleo narrativo —el tránsito humano, la precariedad, la búsqueda de dignidad— dialoga con una fuerza inquietante con la realidad actual de Chile, especialmente con la migración que ingresa por el norte.

Rojas no romantiza el viaje. Sus personajes no son héroes épicos, sino sobrevivientes. En Mares libres, el desplazamiento no es una aventura, sino una necesidad: huir, buscar trabajo, escapar de condiciones que asfixian. Esa lógica sigue intacta hoy. Quienes cruzan el altiplano, enfrentando frío, hambre y desorientación, no lo hacen por elección estética ni por capricho económico; lo hacen porque quedarse suele ser peor.

El paralelo es directo: ayer eran marineros, obreros, vagabundos; hoy son venezolanos, haitianos, colombianos. Nosotros ya escogimos nuestro Skua. Cambian los acentos, pero no la estructura del fenómeno. El desarraigo sigue siendo el mismo. Y también lo es la mirada del otro: la sospecha, el rechazo, la incomodidad frente al que llega sin invitación.

Uno de los aportes más potentes del libro es su capacidad de humanizar al migrante sin convertirlo en símbolo. Rojas muestra sujetos concretos, con contradicciones, errores y deseos. Eso es precisamente lo que suele perderse en el debate contemporáneo, donde la migración se reduce a cifras, crisis o amenazas. Leer Mares libres hoy obliga a restituir esa dimensión humana.

Mares libres no ofrece soluciones, hay desafíos en seguridad, en integración, en capacidad del Estado, pero sí una advertencia: la movilidad humana es estructural, no accidental. Intentar frenarla solo con controles es como intentar detener el mar con las manos. La historia —y la literatura— muestran que los flujos migratorios responden a fuerzas profundas: desigualdad, violencia, oportunidades desiguales.

Leer este libro hoy, desde el Chile contemporáneo, no es un ejercicio académico. Es una forma de incomodarse con nuestras propias certezas. Porque, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo miramos al que llega?

Y esa respuesta, a diferencia de los flujos migratorios, sí depende de nosotros.

Sobre Juan Salvador Gaviota y el peligro de los libros que te dan la razón


 La releí hace poco y me sorprendí un tanto decepcionado donde antes me había sentido inspirado. No porque el libro haya cambiado, sino porque yo sí.

La historia es conocida: una gaviota que no quiere pescar, quiere volar. La bandada la rechaza. Ella persiste. Alcanza la iluminación. Vuelve a enseñar. Hay algo genuinamente hermoso en eso —la idea de que buscar los propios límites tiene un valor que no necesita justificarse ante nadie. El problema es lo que viene después.


La trascendencia, en la versión de Bach, es sospechosamente despreocupada. No cuesta nada real. El rechazo social de Juan Salvador queda presentado como confirmación de su superioridad, no como una herida que deba examinarse. Bach no ofrece esa posibilidad: en su mundo, el que se aleja tiene razón y los que se quedan están dormidos.

Lo curioso es que el libro contiene su propia crítica sin advertirlo. Juan Salvador vuelve. No se queda en las alturas. Regresa a la bandada. Pero esa vuelta está narrada con tal seguridad en la propia superioridad que el gesto generoso termina pareciendo condescendiente. No vuelve a aprender de los otros: vuelve a salvarlos.

El libro más honesto sería el de la gaviota que regresa y descubre que los que se quedaron pescando también sabían algo que ella no sabía. Que la bandada no era solo conformismo, sino también cuidado, pertenencia, el conocimiento callado de quién cuida a quién cuando el viento no acompaña.

Ese libro no existe. O si existe, no vende igual.

Juan Salvador Gaviota es un libro que te da la razón. Y los libros que te dan la razón son los más fáciles de no leer en realidad: los consumes, te consumen, y sales sintiéndote confirmado en lo que ya creías. Que es exactamente lo contrario de lo que debería hacer un libro.

 Porque si solo lees, no emprenderás vuelo solo estarás planeando en círculos.