Ahora tengo cincuenta y siete años y algo cambió sin que yo lo planificara. No hubo revelación. No hubo susto médico ni pérdida fulminante que lo pusiera todo en perspectiva. Fue más tranquilo que eso, más silencioso. Simplemente, un día, dejó de parecerme lejos.
Y lo extraño es que no me asustó darme cuenta.
Cincuenta y siete años son suficientes para entender que la vida no es una posesión, es un tránsito. Llegamos a lugares, los habitamos por un tiempo y los dejamos. La muerte no es la excepción a esa regla, es la confirmación más honesta de ella. Es otro lugar por el que hay que pasar. No el final del camino, sino la última curva antes de que el camino deje de ser nuestro problema.
Me costó más de medio siglo llegar a esto. No porque sea una idea compleja, sino porque hay que vivirla para que deje de ser una idea. La filosofía lo dice hace siglos, las religiones lo repiten de mil maneras, los poetas llevan milenios tratando de hacérnoslo entender. Y sin embargo, hasta que uno no lo siente en los huesos, en la manera concreta en que mira las cosas un martes cualquiera, todo eso sigue siendo teoría.
Morir es parte del juego. Y para jugar bien hay que saber en qué juego estás.
Hay algo que se afloja cuando uno acepta eso de verdad. No resignación, no derrota. Más bien lo contrario: una especie de ligereza que viene de dejar de cargar con lo que nunca estuvo en nuestras manos. El tiempo que queda no se vuelve más corto por reconocerlo. Se vuelve, si acaso, más claro.
Cincuenta y siete años para entender algo que siempre estuvo ahí, esperando que yo madurara lo suficiente como para no salir corriendo.







