A fuerza de escribir y escribir, uno termina armándose un personaje bastante decente. Este blog es básicamente eso: un filtro de la realidad donde solo pongo los momentos donde parezco inteligente, ocultando las partes clandestinas que no querrías ver ni de cerca. Ayer, por razones que no vienen al caso —y en serio, no pregunten—, pensé que ya era hora de soltar mis miserias. No sé cómo se lo vaya a tomar mi ego cuando despierte y lea esto; si me arma un drama más tarde, ya les contaré. Pero si vamos a seguir conviviendo en este espacio, es justo que sepan la clase de sujeto con el que están tratando.
Para empezar, soy un tipo de arranques, no de constancia. Me pasa siempre: me obsesiono con una idea, me emociono al principio, pero en cuanto el proyecto exige disciplina y seguimiento a largo plazo, me aburro y lo dejo tirado. Soy un pésimo ejecutor. Vivo a base de impulsos y atracones, como cuando me devoro un libro entero en una noche y luego paso semanas en blanco. El problema es que, en pleno subidón inicial, prometo demasiadas cosas y demasiado rápido, para luego terminar quedando mal más veces de las que me gustaría admitir.
Tampoco esperen que sea el compañero de equipo ideal. Eso de coordinarme con otros y acoplarme al ritmo de los demás me resulta insoportable. Prefiero mil veces irme por las ramas, divagar con conceptos abstractos y flotar en las nubes bien lejos de la realidad. Sé perfectamente que desde afuera puedo parecer soberbio, o directamente un pedante. No los culpo; si yo me viera desde la acera de enfrente, probablemente también me caería mal.
A esto hay que sumarle que mi paciencia es microscópica. Hay gente con la que, por alguna razón, se me frunce el ceño al primer segundo. Sé que está mal, me doy cuenta del gesto, pero no lo puedo evitar. Y si nos ponemos honestos, tampoco es que desborde generosidad, y cuando me da por una pasión, soy un consumidor compulsivo sin ningún tipo de control.
En el plano práctico, la cosa se pone peor. Mi carrocería de serie vino con serios defectos de fábrica: las habilidades mecánicas simplemente no me las instalaron, el oído musical me lo quedaron debiendo y las bases de datos relacionales me parecen un invento de brujería. Para colmo, cuando me siento a escribir, me gana la ansiedad. Tecleo a una velocidad absurda, lo que me obliga a pasarme la mitad del tiempo borrando y corrigiendo las palabras que mis propios dedos atropellan en su prisa por salir de mi cabeza.
Todo esto ya pasó por el filtro de la poca racionalidad que todavía me queda en algún rincón del cerebro. No lo digo buscando lástima ni una palmadita en la espalda; es, simplemente, la hoja de especificaciones del motor que mueve este sitio. Viene con fugas de aceite y le faltan piezas. Sobre aviso no hay engaño. Ya están advertidos.







