viernes, 29 de mayo de 2026

Gambito de dama


Crees haber tomado la pieza decisiva porque alcanzaste a la reina. Error frecuente en jugadores impacientes. Una partida no concluye mientras el rey conserve espacio para moverse y voluntad para resistir.

Confundes ventaja momentánea con victoria definitiva, y ahí reside tu problema: juegas mirando el tablero inmediato, no el tiempo completo de la partida.

No cuestiono tu capacidad. Sería ingenuo hacerlo. Pero todavía actúas como quien cree que la fuerza basta para asegurar el desenlace. Los juegos verdaderamente complejos no se ganan sólo avanzando; también exigen soportar desgaste, incertidumbre y errores propios. Incluso los mejores terminan aprendiendo aquello que más evitaron: perder.

Interpretaste mi silencio como rendición. Otra lectura apresurada. Quien me conoce entiende que nunca abandono una partida iniciada. A veces avanzar implica detenerse, observar y permitir que el adversario revele solo su estrategia.

Paso a paso. Movimiento a movimiento.

No he claudicado. Apenas he concedido una tregua.

Y cuando volvamos al tablero, quizá comprendas finalmente que hay diferencias entre dominar piezas… y comprender el juego.

Hasta entonces.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Perder el norte

Cuando alguien empieza a desvariar, a tomar decisiones absurdas o a perder el hilo de lo evidente, decimos que está perdiendo el norte. La frase funciona porque el norte es, en apariencia, lo más fijo que existe. Una referencia inmóvil. Una verdad sin discusión.

Lo curioso es que el norte no es nada de eso.

El norte magnético migra constantemente. Hoy se desplaza hacia Siberia a razón de varios kilómetros por año. El polo celeste que usaban los navegantes antiguos también se mueve: Polaris no siempre fue la estrella polar y dejará de serlo. El norte, en rigor, es una convención que funciona porque todos acordamos sostenerla, no porque sea estable por naturaleza.

Pero hay otra inestabilidad que me resulta más cercana.

Chile tiene un norte concreto, con nombre propio y historia sangrienta. Atacama, Tarapacá, Antofagasta. Territorios que no siempre fueron chilenos y que pasaron a serlo después de una guerra que dejó muertos en el desierto, comunidades desplazadas y fronteras reescritas a punta de bayoneta. La Guerra del Pacífico no fue un trámite diplomático. Fue una disputa feroz por el salitre, por el cobre, por la riqueza que dormía bajo esa tierra seca. Chile ganó, y con la victoria se quedó con el mineral, con el territorio, y con siglos de cultura que ya habitaban ese desierto antes de que llegara cualquier bandera.

Lo que vino después es conocido, aunque pocas veces se diga con todas sus letras. El norte entregó salitre hasta que el salitre se acabó, o más bien hasta que lo reemplazaron artificialmente y lo volvieron prescindible. Entregó cobre, y sigue entregándolo. Financió guerras, crisis, recuperaciones y bonanzas que se celebraron en Santiago. Y a cambio recibió campamentos, polvo, olvido administrativo y la condescendencia ocasional de quienes descubren con sorpresa que allá arriba también hay gente.

El país usa "el norte" como metáfora del buen camino, de la razón, de la rectitud. Pero su norte real ha sido durante más de un siglo uno de los lugares menos escuchados, menos representados, más exprimidos del territorio nacional. No es guía. No es centro. Es extracción.

Hay algo más que paradójico en eso. Hay una deuda.

Quizás perder el norte no sea tan grave. Quizás lo grave es haberlo tenido siempre como despensa y nunca como brújula.

lunes, 25 de mayo de 2026

Parley


En Pirates of the Caribbean: At World's End hay una escena que me quedó dando vueltas. En medio del caos, los cañones y las traiciones apiladas, alguien levanta la voz y invoca el parley: una tregua para hablar antes de que todo siga destruyéndose.

Es un recurso cinematográfico, obvio. Pero encierra algo que vale la pena mirar de cerca.

Probablemente nunca existió un código pirata tan solemne como el de la película. Los piratas reales robaban, torturaban y mataban cuando les convenía. No eran caballeros del mar. Eran depredadores con bandera propia. Y sin embargo, incluso entre ellos existían acuerdos, negociaciones, reglas mínimas. No por nobleza. Por supervivencia.

Ahí está la paradoja.

Incluso quienes viven de la violencia entienden, en algún punto, que la violencia sin límites termina destruyéndolo todo, empezando por ellos mismos. Sin cierta previsibilidad, nadie puede confiar en nada ni en nadie. Y cuando desaparece toda previsibilidad, el caos deja de ser útil incluso para los violentos. Por eso la historia humana está llena de códigos que nacieron en lugares brutales. Treguas para recoger cadáveres en medio de guerras. Inmunidad para mensajeros. Pactos entre mafias. Territorios respetados temporalmente entre enemigos que se odian. No son actos de bondad. Son mecanismos mínimos para impedir el colapso total.

La civilización suele imaginarse como lo opuesto a la barbarie. Pero muchas veces ocurre algo más incómodo: las reglas no anteceden a la barbarie. Nacen dentro de ella.

Un pirata invocando el derecho a hablar.

Un asesino exigiendo que se respeten "las reglas".

Un imperio justificando límites en medio de una guerra que él mismo desató.

Todo eso apunta hacia algo inquietante: incluso los monstruos necesitan códigos para no devorarse entre sí.

Quizás por eso estas historias siguen atrapándonos. No porque romantizamos a los piratas, sino porque reconocemos algo muy nuestro en ellos: el miedo al caos absoluto. Ese miedo que, cuando funciona bien, nos hace construir lenguaje común incluso con los enemigos.

Y tal vez ahí haya una advertencia.

Una sociedad empieza a degradarse cuando pierde incluso esa capacidad. Cuando todo desacuerdo se convierte de inmediato en destrucción, en humillación, en el exterminio simbólico del que piensa distinto. Cuando desaparece el parley, lo que queda es fuerza contra fuerza, y nadie recoge a sus muertos.

Incluso los piratas lo entendían.

viernes, 22 de mayo de 2026

Vivir el duelo


Vivimos en una sociedad con un temor exacervado a la muerte. Nos crían y nos forman de espaldas a la muerte, y también de espaldas a las emociones que cualquier pérdida convoca: la tristeza, la rabia, la culpa, el miedo.

Hemos aprendido a tratarlas como averías. Algo que hay que reparar cuanto antes,  silenciar con farmacos o disolver con positividad forzada. Pero estas emociones no son síntomas de que algo va mal. Son señales de que algo funcionó: que hubo un vínculo, que una ausencia duele porque una presencia tuvo peso.

El problema no es sentirlas. El problema es no saber para qué están.

La rabia moviliza. Es energía antes de ser dolor. Una reacción ante la injusticia de la pérdida, ante la impotencia de no haber podido hacer nada. Cuando se la deja expresar —sin apresurarse a calmarla— cumple una función necesaria: nos saca del congelamiento.

La tristeza conecta con lo perdido. No es derrumbe: es reconocimiento. Dice esto existió, esto valió. Tiene un ritmo lento que no admite atajos. Quien busca apurarla, en realidad interrumpe el único proceso que permite integrar la pérdida.

La culpa obliga a revisar el vínculo. Casi siempre es el intento de la mente de encontrar control donde no lo hubo. Trabajarla no es absolver ni condenar: es mirar de frente lo que la relación fue y lo que quedó sin decir.

El miedo prepara. Pregunta: ¿cómo voy a seguir? ¿Qué queda de mí sin esto? No es debilidad. Es la señal de que algo central ha cambiado y que el cuerpo necesita tiempo para reorientarse.

El duelo no resuelto no desaparece: se enquista. Se vuelve síntoma, distancia afectiva, una tristeza sin nombre que aparece años después sin que sepamos de dónde viene.

Acompañar bien un duelo no significa quitar el sufrimiento. Significa ayudar a que cada emoción cumpla su función. Solo así la pérdida puede integrarse —no olvidarse, no superarse— sino ocupar el lugar que le corresponde dentro de una vida que c ontinúa.

Somos el mejor pais de Chile


Chile no es el mejor país del mundo. Eso es lo que pasa.

No hay nada en lo que seamos los mejores.

Somos los más desiguales de la OCDE. Tenemos un sistema de salud que, si tienes plata, funciona, y si no, esperas. Nuestros estudiantes terminan doce años de colegio sin entender bien lo que leen. Nuestros viejos jubilan con pensiones que no alcanzan para vivir con dignidad. Y la mayoría de las familias chilenas llega a fin de mes gracias al crédito, no al sueldo.

Pero eso no es lo que más duele.

Lo que más duele es el relato. El oasis. El jaguar. El país más estable, más serio, más desarrollado de la región. Ese cuento que nos contamos con una convicción que, a estas alturas, ya no es orgullo: es fuga.

Hubo un tiempo en que acá se construyó algo. Universidades públicas que abrieron la educación a los que no tenían apellido. Sistemas de salud pensados para el que no podía pagar. Políticas que, con todos sus defectos, miraban hacia adelante y hacia abajo, no solo hacia arriba.

Eso no desapareció de golpe. Lo fuimos soltando de a poco, convencidos de que modernizarse era privatizar, que crecer era consumir, que el éxito individual bastaba como proyecto colectivo.

Y aquí estamos. Con el discurso del primer mundo y las urgencias del tercero. Sintiéndonos excepcionales por inercia, no por mérito. Defendiendo un modelo como si cuestionarlo fuera ingratitud, y confundiendo estabilidad con justicia.

El problema no es que seamos un mal país.

El problema es que nos cuesta tanto admitir en qué fallamos, que ya no sabemos bien qué arreglar.N

miércoles, 20 de mayo de 2026

Lo que no sabemos que necesitamos


A raíz de las declaraciones del presidente Kast cuestiona investigaciones científicas ha nacido la necesidad de escribir este post. 

Hay algo seductor en la idea de financiar solo lo útil. En tiempos de estrechez, parece hasta razonable: ¿por qué sostener investigaciones que terminan como libros empastados que nadie leerá, mientras la gente necesita trabajo, seguridad, soluciones concretas ahora? La crítica tiene piso. Negarlo sería deshonesto.

Existe investigación irrelevante. Existe burocracia académica que produce por producir. Existe conocimiento que habla únicamente para sí mismo.

El problema aparece cuando esa crítica legítima deriva en algo más estrecho: la idea de que el valor del conocimiento se mide casi exclusivamente por su capacidad de generar empleo inmediato o rentabilidad visible. Ahí surge la pregunta que al parecer nadie quiere hacer: ¿cómo se mide el valor de una idea antes de saber en qué terminará convirtiéndose?

Detrás del radar existían décadas de estudios sobre electromagnetismo que durante años parecieron teoría abstracta. Detrás de la computación moderna había matemáticas "inútiles" desarrolladas mucho antes de que existieran computadores. Las vacunas que los gobiernos exigieron a gritos durante la pandemia solo fueron posibles porque existía investigación acumulada durante décadas sin retorno económico evidente.

El conocimiento más transformador rara vez parece útil cuando nace. Eso no significa idealizar la academia. Parte de su descrédito actual viene de universidades incapaces de explicar por qué ciertas investigaciones importan socialmente. Hay desconexión real. Hay lenguaje deliberadamente hermético.

Pero hay algo más profundo en juego que una discusión sobre eficiencia presupuestaria. Una sociedad que solo está dispuesta a financiar aquello cuyo beneficio ya puede calcular de antemano no está siendo prudente. Está, sencillamente, empobreciendo su capacidad de imaginar el futuro.

Y eso tiene un costo. Uno que no aparece en ningún balance fiscal, precisamente porque nadie sabe todavía cómo contabilizarlo.

lunes, 18 de mayo de 2026

¿Qué hacemos con los muertos?

Hay una manera cómoda de recordar la Tragedia de Antuco: como un caso judicial. Responsables identificados, condenas dictadas, caso cerrado. La sociedad procesó el duelo y siguió adelante.

Pero esa versión deja fuera la pregunta más incisiva. No quién falló, sino por qué fallamos siempre de maneras tan parecidas.

Muchas de las víctimas de Antuco venían de contextos con pocas opciones. El servicio militar no era una vocación; era una oportunidad concreta en un mapa estrecho. Jóvenes con equipamiento insuficiente para las condiciones reales, en una marcha que continuó cuando había razones de sobra para detenerla. No murieron por mala suerte. Murieron en una convergencia de negligencias que nadie detuvo.

Eso es lo primero que hay que sostener, antes de cualquier análisis.

Porque la pregunta no es retórica. Es literal. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los ponemos en una placa? ¿Los nombramos en mayo? ¿Los usamos para hablar de responsabilidad institucional y después seguimos igual?

La respuesta, hasta ahora, ha sido bastante predecible. Personalizamos el error — encontramos responsables, los condenamos, y el sistema que produjo las condiciones queda más o menos intacto. Ritualizamos el recuerdo — actos, discursos, memoria simbólica que no es lo mismo que memoria operativa. Y normalizamos de nuevo — con el tiempo, lo excepcional vuelve a parecer improbable, y las prácticas riesgosas regresan en silencio, sin que nadie declare que regresaron.

Es un patrón documentado. La distancia temporal erosiona la urgencia. Siempre.

Y cuando una tragedia golpea a quienes tienen menos poder estructural, el impulso reformador tiende a ser más corto y más débil. No es accidente. Es una asimetría persistente en cómo las sociedades distribuyen el costo humano según quién lo paga.

Antuco no fue una falla táctica en condiciones extremas. Fue la expresión de algo que aparece con distintos nombres en empresas, servicios públicos, minería, salud: obediencia que no sabe detenerse, riesgo subestimado, precariedad tolerada como normalidad. El mecanismo es el mismo. Cambia el uniforme.

Lagos habló de "ser mejores ciudadanos". Honesto, pero abstracto. La mejora no ocurre por declaración. Ocurre cuando se rediseñan los protocolos, los incentivos, la cultura que determina si alguien puede decir esto no está bien sin que le cueste el rango. Sin eso, la memoria es homenaje. No transformación.

Si el aprendizaje hubiera sido real, veríamos instituciones más capaces de detenerse a tiempo. Una intolerancia genuina — no declarada — a lo evitable. Si eso no es visible, la conclusión es simple: recordamos a los muertos. Pero no hemos aprendido de ellos.

Y mientras no distingamos entre las dos cosas, el riesgo no desaparece. Solo espera condiciones.