martes, 7 de abril de 2026

En mi humilde opinión


Acabo de darme cuenta de que el espacio dice "Opinar", dice "Opinar". No "desahogarse", no "decir cosas con cara de saberlo todo" (un giño a los opinologos) . Opinar. Y eso, si uno lo piensa un momento —cosa que recomiendo evitar— tiene implicaciones serias.

Porque opinar supone tomarse en serio lo que uno dice. Y yo, honestamente, no confío demasiado en lo que digo. Menos aún en lo que dicen los demás. Lo cual plantea una pregunta incómoda: ¿qué estoy escribiendo aquí?

No tengo una respuesta limpia. Tengo varias sucias.

La primera es que opinar es, en el fondo, suponer con una seguridad que no se ha ganado. Tomamos una observación, le añadimos algo de retórica, y la presentamos como si hubiéramos llegado a ella por mérito propio. Pero casi siempre estamos parados sobre arenas movedizas y fingiendo que es tierra firme. El problema no es que lo hagamos —es inevitable— sino que rara vez lo admitimos.

La segunda es que hay frases que funcionan precisamente porque nadie pide que signifiquen algo concreto. "Lo esencial no se ve", "lo que realmente importa"… son cheques sin fondo que seguimos aceptando porque suenan bien y nos ahorran el trabajo de pensar. Y con suficiente retórica encima, cualquier cosa puede parecer una conclusión. Incluso que amar sea un error, si uno se esfuerza lo suficiente.

La tercera —y esta es la más sucia— es que este mismo texto no escapa a nada de lo anterior. Estoy opinando sobre la opinión. Usando palabras para cuestionar las palabras. Es una trampa autorreferencial de manual, y me meto en ella con los ojos abiertos.

Pero hay algo que sí creo, aunque me cueste usar el verbo creer sin ironía: la sospecha constante es más honesta que la certeza fácil. Sospechar de los argumentos ajenos está bien. Sospechar de los propios es mejor. No porque lleve a alguna parte —generalmente no lleva— sino porque al menos impide que uno se tome demasiado en serio.

El otro día no podía dormir. Una de esas noches en que la cabeza gira sin dirección útil. Encendí la luz, agarré lo que tenía al lado, y resultó ser un libro de "autoayuda" . No ayudó nada. Pero dormí bien. Y pensé que quizás ahí hay algo: no toda inquietud merece una respuesta filosófica. Algunas se resuelven mejor con ignorando un libro ridículo y ocho horas.

Al final, opinar mucho tiene el mismo problema que comer mucho, beber mucho o  mucho sexo. La diferencia es que lo último viene acompañado de un gesto de suficiencia que los otros vicios, al menos, tienen la decencia de no usar.

Y eso, reconocerlo, ya es algo. Aunque tampoco sé muy bien el qué.

lunes, 6 de abril de 2026

La importancia de la coma

La ortografía, ese arte de escribir con precisión, se ve cada vez más relegada en el vértigo de las redes sociales y los mensajes instantáneos. Sin embargo, hay signos —como la coma— que no admiten descuido: basta su ausencia para torcer por completo el sentido.

Venga, hagamos el ejercicio del uso correcto de la coma:  

Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda”, eso no significa lo mismo que:

 “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda”. 

Obviamente el segundo ejercicio se corresponde al uso correcto de la coma. Una coma desplazada, y la intención cambia de forma radical.

Cuando un mensaje llega sin esa mínima precisión, la confusión no es un accidente: es consecuencia. La coma no es un adorno; es un mecanismo de claridad, un puente entre lo que se escribe y lo que se entiende.

En un mundo donde la velocidad manda, pocos se detienen a revisar. Y aun así, basta una coma mal puesta —o ausente— para convertir una idea simple en un equívoco. La ortografía podrá tambalear, pero la coma sigue siendo un faro contra la ambigüedad.

Porque al final, nadie quiere decir algo… y que se entienda otra cosa.

domingo, 5 de abril de 2026

La vida es como una caja de bombones



Escuchado de paso:

"-La vida, para mí, ha sido como una caja de chocolates.

-¿Como Forrest Gump?

-No sé quién es ese tipo. Pero no, no es eso.

-No es una sorpresa bonita.

Es más bien un regalo insistente. De esos que aparecen sin que uno los pida. Barato, repetido. Y no se puede devolver.

Se acaba… y llega otra caja. Al principio uno no piensa. Abre y come.

Se atraganta con esa mezcla rara de chocolate, crema y menta. No porque guste, sino porque está ahí. Porque no hay mucho más.

A veces aparece algo distinto.Algo que realmente sabe bien.Un relleno de fresa. Algo dulce de verdad.

Dura poco. Siempre dura poco.Después vienen los restos.La miel dura, pegajosa. El chocolate amargo que se queda en la lengua 

más de lo que uno quisiera.Y uno igual los come.No por gusto.Por costumbre.O por hambre.Al final, queda la caja vacía.

Y los papeles. Siempre quedan los papeles.¿Y usted cómo piensa comerse su caja?"

La pregunta me quedó dando vueltas más tiempo del que quisiera admitir, aunque no era para mi. Porque no se trata de elegir los chocolates.

Eso ya viene hecho. Se trata de cómo te los comes. Hoy lo tengo más claro. Los que ya pasaron… ya están.

Buenos, malos, da lo mismo. Fueron. Los que quedan, no los voy a tragar. Voy a ir más lento.

Aunque no sean los mejores. Aunque algunos ni siquiera me gusten. Igual los voy a sentir.

Porque al final no queda nada más. Ni caja. Ni reemplazo. Solo lo que alcanzaste a saborear.

sábado, 4 de abril de 2026

Premios Ig-Nobel versión 2025


Hay premios que uno entiende al instante —los Nobel, por ejemplo— y otros que parecen un chiste… hasta que dejan de serlo. Los Ig Nobel viven en ese punto raro: primero provocan risa, y después dejan una idea rondando. Y eso ya es bastante más de lo que logran muchas cosas “serias”.

Las motivaciones con las que se conceden los premios son ciertamente curiosas, aunque esconden verdaderos estudios, extraños quizás, pero realizados con verdadero espíritu de investigación. de los mas locos premios entregados, me interesó el de Psicología: Los efectos de sentirte inteligente. Marcin Zajenkowski y Gilles Gignac recibieron el premio de psicología. La motivación cita: "por investigar lo que ocurre cuando se dice a los narcisistas, o a cualquier otra persona, que son inteligentes". ¿De qué estamos hablando? 

El estudio se preguntaba qué pasa cuando una persona se percibe a sí misma como inteligente. No solo si lo es, sino si cree que lo es. Y ahí empieza lo interesante: quienes obtienen mejores resultados en pruebas de inteligencia tienden, como era esperable, a verse a sí mismos como más capaces. Pero junto con eso aparece otra cosa: una sensación de ser distinto, de tener algo que los demás no.

Dicho sin adornos: cuanto más te ves inteligente, más fácil es que aparezcan rasgos narcisistas.

Y el otro lado también dice bastante. Quienes se perciben como menos inteligentes tienden a mostrar menos de esos rasgos. No necesariamente por virtud, sino porque no están construyendo una imagen propia por encima del resto.

Lo llamativo es que aquí no se habla solo de inteligencia, sino del relato que cada uno arma sobre sí mismo. Porque una cosa es tener cierta capacidad, y otra convertirla en una etiqueta fija. Cuando alguien empieza a pensarse como “el inteligente”, esa idea deja de ser una descripción y pasa a ser una posición desde la cual se mira a los demás.

Y desde ahí, la comparación es casi inevitable.

Quizás lo más interesante no sea la inteligencia que se mide, ni la que se declara, sino la que no necesita afirmarse todo el tiempo. La que no coloca a nadie en un nivel distinto, sino que más bien lo mantiene en movimiento, dudando, aprendiendo.

Al final, estos premios “raros” hacen algo poco frecuente: dejan una pregunta abierta. Porque después de leer algo así, la próxima vez que alguien te diga “eres inteligente”… tal vez lo escuches de otra manera... 

viernes, 3 de abril de 2026

La mujer que le revisa las cuentas al Estado


Hay instituciones que todos han escuchado nombrar, pero pocos entienden bien qué hacen. La Contraloría es una de ellas. Básicamente, es el organismo que se encarga de revisar que el Estado no gaste la plata pública como quiera, sino dentro de la ley.

Desde noviembre de 2024 la dirige Dorothy Pérez, la primera mujer en ocupar ese cargo. No es una figura llegada desde afuera: lleva más de veinte años dentro de la misma institución, pasando por distintos roles hasta llegar arriba. Su nombramiento, además, tuvo un respaldo político poco común, lo que ya dice bastante en el contexto actual.

Ahora, conviene despejar una confusión: la Contraloría no persigue delitos ni mete gente presa. Su trabajo es más silencioso, pero no por eso menos relevante. Revisa contratos, auditorías, decisiones administrativas. En otras palabras, mira si el aparato público está funcionando como debería o si alguien se está pasando de listo.

Y cuando funciona bien, se nota. Uno de los casos que más ruido hizo fue el de las licencias médicas: miles de funcionarios que, estando supuestamente enfermos, viajaban fuera del país. A partir de ahí se empezaron a cruzar datos con otras fuentes y aparecieron más situaciones difíciles de justificar. No fue un detalle menor; dejó en evidencia una práctica extendida.

También han aparecido otros casos, como funcionarios que se ausentaban del sector público mientras trabajaban en el privado. Todo esto, más allá del escándalo puntual, apunta a algo más estructural: controles débiles que recién ahora se están tensionando en serio.

Pero no todo ha sido bien recibido. Algunas decisiones han generado incomodidad, sobre todo cuando la fiscalización toca temas sensibles, como datos personales o áreas políticamente cargadas. Ahí aparece una tensión inevitable: hasta dónde puede —o debe— llegar el control sin cruzar ciertas líneas.

Al final, el punto de fondo es bastante simple: una Contraloría que hace bien su trabajo molesta. Y debería molestar a todos por igual. Si solo incomoda a un lado, deja de ser creíble.

Con recursos relativamente acotados, el impacto que puede tener sigue siendo alto. Pero eso también abre otra pregunta, más incómoda: cuánto interés real hay en que alguien fiscalice en serio al Estado. Porque una cosa es decir que el control importa, y otra muy distinta es darle el espacio —y el poder— para ejercerlo.

jueves, 2 de abril de 2026

Las fronteras que construimos


Hay una cosa que hacemos sin darnos cuenta, marcamos fronteras, levantamos muros, trazamos rayas, constantemente decidimos dónde está el límite. Lo que es normal y lo que no. Lo que merece respeto y lo que queda fuera. Trazamos una raya, ponemos a la gente a un lado u otro, y seguimos adelante convencidos de que la raya estaba ahí antes de que llegáramos nosotros.

Pero la raya la pusimos nosotros.

Los seres humanos necesitamos ordenar el mundo para movernos por él. El problema no es que lo hagamos, es que lo olvidamos. Olvidamos que fue una decisión, y entonces empieza a parecernos un hecho. Y los hechos no se cuestionan, se acatan. De ahí viene buena parte de la exclusión social: no de la maldad, sino del olvido.

Debajo de todo esto hay algo más profundo: tendemos a asumir que nuestra realidad es la realidad. No como arrogancia consciente, sino como punto de partida automático. Lo que yo veo, lo que a mí me parece razonable: eso es el mundo. Todo lo demás es error.

Y en cierto modo, no estamos del todo equivocados.

La realidad que cada uno experimenta es genuinamente suya. No hay nadie en el planeta viendo exactamente lo mismo que tú en este momento, porque nadie está en tu lugar. No solo físicamente: tu historia, tu cuerpo, lo que te dijo alguien hace diez años y todavía resuena. Todo eso filtra lo que percibes.

El error no está en tener una realidad propia. Está en confundirla con la única posible.

Porque si asumo que mi perspectiva es una perspectiva, la del otro deja de ser un error y se convierte en información. Las rayas no van a desaparecer, las necesitamos demasiado. Pero podríamos, de vez en cuando, recordar que fuimos nosotros quienes las pusimos ahí.

miércoles, 1 de abril de 2026

30 segundos de nada: la ilusión del drama

Los microdramas de 30 segundos prometen intensidad narrativa. Lo que entregan es otra cosa: estímulos emocionales en serie, diseñados para capturar atención, no para contar nada.

El problema no es la brevedad. La literatura y el cine han producido obras cortas con una densidad brutal. El problema es la lógica: estos formatos no buscan construir una historia, sino enganchar. Cada fragmento es un anzuelo. Los personajes no evolucionan, reaccionan. La traición ocurre en diez segundos, el amor aparece sin contexto, el conflicto se abandona antes de madurar. Es consumo sin proceso.

Lo más inquietante no es el formato en sí, sino lo que hace con quien lo mira. Se entrena al espectador para necesitar estímulos constantes, y con eso se erosiona algo más difícil de recuperar: la tolerancia a lo pausado, lo ambiguo, lo que tarda en resolverse. El músculo narrativo se atrofia igual que cualquier otro.

Y hay algo más: estos contenidos no están pensados para ser recordados. Se consumen y se descartan en el mismo gesto. Cuando el relato deja de aspirar a dejar huella —aunque sea mínima, aunque sea íntima— deja de ser relato y se convierte en mercancía emocional.

No es cuestión de rechazar lo digital ni lo breve. Es cuestión de exigir algo más que una descarga de dopamina. Porque si aceptamos que el drama puede reducirse a 30 segundos sin pérdida, también estamos aceptando que nuestra capacidad de sentir y pensar historias puede
reducirse en la misma medida.

Y esa sí es una tragedia. Aunque no dure más de medio minuto.