Hay un nombre que estos días vuelve a aparecer en las noticias del norte: Karen Rojo. La ex alcaldesa de Antofagasta, esa misma que gobernó la comuna durante casi una década, llegó de regreso a Chile escoltada por la PDI tras un vuelo comercial, después de más de cuatro años fugada en los Países Bajos. La habían condenado por fraude al fisco y negociación incompatible, en el llamado caso Main, y aun así, cuando se confirmó la sentencia, alcanzó a subirse a un avión y salir del país. Ahora la vemos volver esposada, como quien cierra un círculo que debería habernos dolido mucho antes.
No sé si eso es justicia o simplemente el reloj que por fin alcanza a alguien. Pero me quedo pensando en la imagen: la misma persona que alguna vez dio discursos sobre transparencia y vocación de servicio, bajando de un avión con custodia policial. Y pienso que esta pregunta —¿en qué momento dejamos de esperar algo distinto?— debe rondar la cabeza de millones de chilenos cada mañana, mientras revisan las noticias con el café todavía tibio.
No sé si la pregunta tiene respuesta, o si simplemente es una de esas cosas que uno carga sin resolver, como una piedra en el zapato que ya ni duele, solo está ahí.
Lo que sí sé es que hay un cansancio que ya no se puede disimular. No es indignación —la indignación se agota, cambia de forma, se convierte en otra cosa—. Es más bien el hartazgo de ver siempre la misma coreografía: la oratoria fervorosa sobre la democracia, la promesa de transparencia repetida con la mano en el pecho, y después, con los años, la misma cara saliendo por la puerta de un juzgado, esta vez sin discurso.
Y pienso en la vieja frase de que una imagen vale más que mil palabras. Será cierto. Porque de tanto escuchar promesas, uno termina por no creer en las palabras, y solo confía en lo que ve: los flashes, la puerta del tribunal, el silencio incómodo de quien antes no paraba de hablar.
Lo curioso —o lo trágico, según el día en que uno lo mire— es que todo esto ocurre con nuestro consentimiento. Votamos. Elegimos. Y mientras arriba se reparten el poder y sus beneficios, abajo hay una familia a la que están por desahuciar, una mujer que no consigue hora para una mamografía, un estudiante que hace cálculos imposibles para pagar el próximo semestre. No sé si eso es ironía o simplemente la forma en que funciona el poder: silencioso hacia arriba, ruidoso hacia abajo.
Tal vez no haya una conclusión limpia para esto. Tal vez lo único que nos queda es preguntarnos, otra vez, con el café ya frío, qué es exactamente lo que estamos dispuestos a seguir tolerando.







