Había una vez un lobo oscuro que caminaba solo bajo un cielo intensamente azul. No era un cielo de invierno ni anunciaba tormentas; era de esos cielos despejados que parecen no tener prisa, donde el sol ilumina hasta los rincones que uno preferiría mantener en penumbra.
El lobo llevaba tiempo caminando. Su pelaje, casi negro, contrastaba con la claridad del paisaje y su sombra se estiraba sobre la tierra como si alguien hubiese querido dibujar su soledad. No parecía perdido, aunque tampoco daba la impresión de saber exactamente adónde iba. Simplemente avanzaba.
Los animales del valle lo observaban desde lejos. Algunos decían que era peligroso, otros que estaba condenado a la soledad por su carácter. Los más jóvenes inventaban historias sobre su pasado: que había perdido a su manada, que había sido expulsado, que alguna vez tuvo un territorio y lo abandonó por orgullo. Nadie sabía realmente nada. Al lobo nunca le interesó aclarar las versiones.
Una mañana, mientras descansaba junto a unas rocas, un pequeño zorro se acercó.
—¿Por qué caminas solo? —preguntó.
El lobo levantó la cabeza y miró el horizonte.
—¿Y por qué tendría que caminar acompañado?
El zorro, desconcertado, insistió:
—Porque los lobos viven en manadas.
—Es verdad —respondió—. Pero también es verdad que a veces uno necesita alejarse para descubrir si todavía sabe caminar por sí mismo.
El zorro se quedó pensando. Miró el cielo, después al lobo y finalmente el largo camino que se abría frente a ellos.
—¿No te da miedo no encontrar el camino de regreso?
El lobo sonrió apenas.
—Me da más miedo quedarme donde ya no tengo nada que buscar.
Y continuó su marcha.







