Nadie lo dice en voz alta mientras hay esperanza, pero el cáncer también gana. No le importa cuánto rezaste ni cuánta gente te quería. No negocia, ya lo dije. Tampoco se apiada.
Lo primero que se lleva es la carne: el peso, la fuerza, las ganas de levantarse. Después se lleva el tiempo, que de pronto se mide en controles y en llamadas que uno espera con el estómago apretado. Se lleva los planes y el "después vemos".
Ayer se llevó a Claudio.
Claudio sabía esperar. Se paraba horas frente al agua con la caña en la mano, sin apuro, como quien entiende que lo bueno llega cuando uno deja de exigirlo. La pesca le enseñó la paciencia, y esa misma paciencia la usó para pelear por los demás.
Porque Claudio peleó toda su vida por los derechos de los trabajadores. Sin descanso, sin pedir aplausos, muchas veces a contracorriente y sin que nadie se lo agradeciera. Donde veía una injusticia, ponía el cuerpo. Los que trabajamos en el norte sabemos lo que cuesta eso, y lo poco que abundan los que se atreven.
Y fue amigo hasta el final. Cuando era él quien necesitaba que lo sostuvieran, seguía preguntando por los otros, atento a cómo estábamos. Así era Claudio, hasta cuando la enfermedad ya le había quitado casi todo.
Peleó con médicos, con familia, con fe, con todo lo que tenía. Y aun así perdió. Eso es lo que nadie quiere escuchar: que se puede luchar bien, con el corazón entero, y no alcanzar.
Pero el cáncer se llevó un cuerpo, no una vida. Lo que fue Claudio, su paciencia, su terquedad justa, su lealtad, ya estaba repartido entre los que lo quisimos. Eso no se lo pudo llevar.
Hoy el viento calló. Estoy en esa calma rara de después de la tormenta, mirando lo que quedó en pie, y lo que quedó en pie, en buena parte, es lo que él sembró.







