Lo mío funciona casi como un reflejo. Cuando algo se tuerce por dentro, me entra la necesidad de sentarme frente a la pantalla y soltar las palabras sin ceremonia, tal como salieron en los dos últimos posts. Aquí, en mitad del desierto, uno aprende a recoger la arena que se le escurre: la que va llenando el reloj del tiempo perdido y la que se guarda en el bolsillo, un puñado de reserva, por si la vida decide volver a examinarme.
Pienso a veces que la oscuridad hace mejor uso de la gramática. Los textos que más disfruto escribiendo, y los que mejor me salen, suelen ser los más sombríos, los de alma hecha unos guiñapos y esperanzas pasando con resultado desfavorable. Quizá porque el dolor no admite adornos y obliga a ir al grano. La alegría, en cambio, es esquiva con el lenguaje: se vive tan a gusto que a nadie le da por ponerla por escrito. Pero eso no la hace menos verdadera, solo menos cuidadosa de dejar rastro.
Y aquí viene la advertencia que me debo a mí mismo: una cosa es que la sombra inspire y otra que se quede con las llaves. Escribir desde el pozo no obliga a mudarse a él. Por eso, pasado el trance, me impongo otros sabores y otros paisajes, una risa inesperada, algún motivo que no sea literario para seguir en pie. Bastante nos cae encima como para empeñarnos, además, en vivir dentro de nuestros propios textos.
Tenía guardado en la recámara otro de esos posts de ánimo a ras de zuela, de los que le quitan a uno las ganas de salir a la calle. Pues no. Esta vez no. Que el drama espere su turno, que haga cola, y que si tiene prisa pida hora.
Hoy me declaro en huelga de días grises. Basta de nubes, de lágrimas y de entierros literarios. Si la tristeza quiere celeste, que le cueste. Yo voy a ver si le pongo algo de color a este lienzo, aunque sea a brochazos, sin criterio y con la pintura salpicando fuera de los márgenes.
Porque saber escribir desde la oscuridad es un oficio. Entregarle la casa entera, en cambio, sería una rendición.







