jueves, 19 de febrero de 2026

La empatía tiene puntos ciegos


Nos gusta pensar que la empatía siempre es buena. Que si logramos ponernos en el lugar del otro, todo mejora. Y sí, muchas veces es así. Pero no siempre.

La verdad es que solemos empatizar más con quienes se nos parecen. Con los que hablan nuestro mismo idioma emocional. Lo que no entendemos, lo que nos incomoda o desafía nuestras ideas… nos cuesta sentirlo. Ese es uno de sus puntos ciegos. A veces también confundimos empatía con justificarlo todo. Comprender el dolor de alguien no significa aplaudir sus decisiones. Hay momentos en que ayudar no es decir “te entiendo” sino “esto no te está haciendo bien”.

Y luego está el cansancio. No podemos cargar eternamente con las emociones de todos. Intentarlo, tarde o temprano, nos pasa la cuenta. Por eso no se trata de tener menos empatía, sino de tenerla mejor afinada. Con límites. Con criterio. Con conciencia.

Reconocer sus puntos ciegos no la debilita; la hace más consciente y más madura. Porque sentir es humano. Pero sentir con claridad es madurez.

lunes, 16 de febrero de 2026

Soltar

Hay pasillos de hospital que huelen a desinfectante y a decisiones imposibles. Luz blanca. Monitores que marcan ritmos que no siempre significan esperanza. Sillas incómodas donde alguien lleva horas —o días— sosteniendo una mano que tiembla.

Nos enseñaron que la valentía (la hemos visto en series como ER, y Anatomy Grey's) es entrar corriendo, intubar a tiempo, reanimar en el segundo exacto, revertir lo irreversible. La narrativa heroica está hecha de rescates, de cirugías exitosas, de altas médicas celebradas con abrazos torpes en la puerta principal. Pero en un hospital, la mayor valentía no siempre ocurre cuando se salva una vida.

A veces ocurre cuando ya no se puede salvar. Ocurre en esa habitación donde el monitor late más despacio y el silencio pesa más que cualquier diagnóstico. Ocurre cuando un médico baja la voz y deja de hablar de protocolos para hablar de dignidad. Cuando una enfermera acomoda la almohada con una delicadeza que no aparece en ningún manual. Cuando una hija respira hondo para decir: “Estoy aquí”.

Acompañar hasta el final no es rendirse. Es sostener sin huir. Es no maquillar la verdad con falsas promesas. Es elegir presencia por encima de milagros improbable. En esos momentos, el hospital deja de ser un campo de batalla y se convierte en un umbral. Y cruzar un umbral requiere otro tipo de coraje: el de mirar la finitud sin anestesia emocional.

La medicina moderna, desde los tiempos de Hippocrates, ha jurado cuidar. Cuidar no significa siempre curar, un juramento no es una promesa sino una intención. Significa aliviar,  proteger la dignidad cuando el cuerpo ya no responde. Significa entender que el dolor no solo es físico; también es miedo, despedida, memoria.

Hay más medicina para el alma en una mano que no se suelta que en cien discursos sobre supervivencia. Porque salvar una vida es extraordinario, pero acompañarla hasta el final…eso exige permanecer cuando todo dentro de ti quiere escapar. Y tal vez ahí está la verdadera medida del amor: no en cambiar el desenlace, sino en no dejar a nadie enfrentarlo solo.

domingo, 15 de febrero de 2026

Un hijo nunca debe morir


Suena a frase hecha, casi a obviedad, pero cuando pasa deja de ser idea y se vuelve grieta. Algo se desacomoda para siempre. No hay explicación que alcance, ni palabras que realmente sirvan. Todo lo que uno creía que tenía cierto orden —que los padres se van primero, que la vida sigue una secuencia más o menos comprensible— se rompe sin pedir permiso.

Cuando muere un hijo no se pierde solo a una persona. Se pierde el futuro que uno imaginaba en silencio. Las escenas pequeñas: una mesa compartida, una conversación pendiente, un abrazo que se daba por hecho. De pronto todo eso queda suspendido, como si alguien hubiese apagado la luz en mitad de la casa.

La ciencia puede hablar de causas. Las noticias pueden hablar de hechos. Pero nada de eso toca lo que queda después: el silencio en una habitación, la ropa doblada que nadie va a usar, el nombre que cuesta pronunciar porque duele ponerlo en pasado.

Hay algo profundamente injusto en esa experiencia. No porque el mundo prometa justicia —nunca lo hizo— sino porque dentro nuestro existe la certeza de que la vida joven representa comienzo, posibilidad, algo que todavía estaba escribiéndose. Y cuando eso se corta, no solo se quiebra una historia; se quiebra la confianza básica en el orden de las cosas.

Un hijo no debería morir.

Y cuando ocurre, el tiempo ya no se mide igual. Hay un antes y un después. El mundo sigue, sí, pero para quienes aman, algo queda detenido para siempre.

viernes, 13 de febrero de 2026

El origen incómodo de la desigualdad


 


Durante siglos se nos contó una historia ordenada y tranquilizadora: primero fuimos iguales, luego nos volvimos agrícolas, aparecieron excedentes, jerarquías, y la desigualdad se volvió inevitable. Es una narrativa cómoda porque convierte la injusticia en destino. Pero los estudios de David Graeber y David Wengrow desmontan esa fábula con evidencia arqueológica y antropológica.

Las sociedades humanas tempranas no siguieron una línea recta hacia la jerarquía. Durante miles de años, grupos de cazadores-recolectores alternaron deliberadamente entre formas igualitarias y estructuras jerárquicas temporales. En algunas estaciones del año existían jefaturas rituales; en otras, se disolvían. La desigualdad no surgió por ignorancia, sino por elección social.

La agricultura tampoco fue una trampa inmediata. Hubo comunidades agrícolas sin élites, sin reyes y sin acumulación coercitiva durante milenios. La desigualdad permanente aparece cuando ciertas formas de poder se cristalizan: el control de la violencia, la administración del conocimiento y la gestión del excedente. No es la producción lo que crea dominación, sino su monopolio.

Graeber y Wengrow identifican tres libertades fundamentales que se fueron perdiendo: la libertad de moverse, de desobedecer y de reorganizar la sociedad. Cuando estas se erosionan, la jerarquía deja de ser un juego reversible y se vuelve estructura.

La desigualdad, entonces, no es una ley histórica ni una necesidad biológica. Es una construcción frágil, sostenida por relatos que ocultan su contingencia. Y si fue creada, también puede ser cuestionada. Esa es la verdadera amenaza que encierra esta historia.

martes, 10 de febrero de 2026

Golpes a la vida

 


¡Siente tu pulso latiendo como un tambor de guerra! Body Combat no es solo cardio; es sobrevivir al caos, aceptar que tu cuerpo pesa no solo por el sudor, sino por las sombras que arrastras del ring de la vida: dudas, fracasos, pesos muertos emocionales. ¡Dedos crispados en puños, piel ardiendo con cada golpe al aire, músculos rugiendo en cada uppercut... y de repente, el agotamiento te mira fijo, ¡el abismo del colapso te desafía!

Pero ahí explota la paradoja del guerrero filósofo: ¿que necesitas golpear, que resentimientos  entorpecen tus hooks, que miedos amortiguan tus patadas? . El "dolor" de ese round infernal es tu coach gritando: "¡Hazle espacio al guerrero interior!" Claro que da vértigo mirar atrás y ver el espectro de lo que ya no eres... ¡pero en el último burpee, lo encarnas!

Round Final: Sostente o Caerás

Llegas al clímax del track,exhausto, herido... y la verdad te noquea con un golpe seco: ¡Nadie te levantará del canvas! Aprende a sostenerte con todo el peso de la batalla y cada herida aún palpitante. Esa es la alquimia pura de Body Combat: forjar un guerrero que no se quiebra en la caída, sino que rebota del suelo con un roundhouse kick imparable.

¡Golpea más fuerte, conquista cada clase! ¿Qué escusa golpearás,  y dejarás clavada en el suelo?

Con especial atención a Claudio Arce, nuestro entrenador y coach motivaciónal. 

jueves, 5 de febrero de 2026

Porque el mundo no necesita a Superman





¡Hola, amigos geeks, si son fans de Superman como yo, saben que Superman Returns (2006) es esa joyita nostálgica que nos dejó con el corazón partido! En una escena icónica, Lois Lane publica su columna ganadora del Pulitzer titulada "Why the World Doesn't Need Superman" (o "Por qué el mundo no necesita a Superman", como la conocemos por acá). Imagínense: Clark regresa después de años ausente, y Lois ya avanzó en su vida, cuestionando si el Hombre de Acero es prescindible en un mundo que "creció" sin él.Quiero leer ese texto completo (¿Ustedes no?) y es que es  como un fanfic profundo de Lois madurando, y en un universo post-9/11, pega duro con temas de fe, pérdida y superhéroes. ¡Si existiera el artículo entero, lo enmarcaría!

A falta de eso... Me lo invento, para tranquilizar mi espíritu... No sé si valdrá un Pulitzer pero es lo que hay. 


¿Por qué el mundo no necesita a Superman? 

Por Lois Lane


El mundo no necesita a Superman.

O al menos, no debería necesitarlo.

Decirlo así suena casi ingrato, lo sé. ¿Quién rechazaría a alguien que salva vidas, detiene guerras y aparece justo cuando todo parece perdido? Pero quizá ahí está el problema. En el justo cuando.

Nos hemos acostumbrado a esperar. A mirar al cielo. A creer que, cuando las cosas se salen de control, alguien más va a llegar a arreglarlo. Y mientras tanto, seguimos adelante como si no fuera del todo nuestro asunto.

Superman es esperanza, sí. Pero también se ha convertido —sin quererlo— en una excusa.

La excusa para no intervenir. Para no incomodarnos. Para no hacernos responsables de un mundo que ayudamos a construir y, muchas veces, a romper.

Cuando existe alguien capaz de hacerlo todo mejor que nosotros, es fácil resignarse a hacer menos. Admiramos su fuerza, su moral, su claridad… y aceptamos la distancia entre eso y lo que somos. Como si fuera natural. Como si no fuera peligroso.

El mundo no necesita a Superman deteniendo balas; necesita menos manos dispuestas a apretar el gatillo.

No necesita que alguien levante edificios en ruinas; necesita preguntarse por qué se siguen cayendo.

No necesita milagros constantes; necesita decisiones incómodas, sostenidas, humanas.

Superman encarna lo que podríamos ser, no lo que somos. Y duele admitirlo. No porque él esté por encima, sino porque nosotros hemos aprendido a vivir por debajo de nuestras propias posibilidades.

Un mundo que deposita su salvación en un solo ser extraordinario es un mundo que, en el fondo, ya renunció a salvarse a sí mismo.

Y tal vez el verdadero acto heroico no sea volar, ni levantar montañas, sino quedarse. Hacerse cargo. No mirar al cielo, sino alrededor.

Quizá el día que dejemos de necesitar a Superman sea el día en que empecemos, por fin, a parecernos un poco más a él.

martes, 3 de febrero de 2026

Cuando la protección falla


Esta vez no hay imagen para tanto dolor... 


“En la profundidad de una tarde cualquiera, la vida se rompe como un espejo que nunca supimos que estaba allí.”

Tragedia  en Nuñoa: niño de tres años muere ahogado en residencia de Mejor Niñez. Otra noticia trágica leída de apuro y scroll..

Antes del atardecer, una vida se extingue sin haber comprendido el mundo. Un niño de tres años muere en un accidente dentro de una piscina de una residencia estatal de protección. El comunicado oficial es sobrio, pero ninguna forma institucional del lenguaje puede contener el peso de ese hecho: un ser que debía ser protegido murió bajo custodia.

La tragedia es la fractura de una promesa. Cambiamos Sename por Mejor Niñez, y fallamos, porque hemos delegado en el Estado una función casi sagrada: proteger a quienes no pueden hacerlo. Sin embargo, esta muerte expone la contradicción central: el sistema que existe para resguardar la vida no puede eliminar su fragilidad. La institucionalización no equivale a seguridad.

Esta trágica muerte irrumpe como revelación: nos enfrenta a nuestra hybris de creer que la vida puede ser completamente gestionada. Los protocolos reducen riesgos, pero no anulan la contingencia. Un niño, con su curiosidad y plasticidad, escapa a cualquier plan de prevensión.

La crítica aquí no busca culpables inmediatos, sino estructuras. ¿Qué condiciones permiten que un lugar de protección contenga un escenario mortal? El lenguaje oficial habla de diligencias e investigaciones. Todo necesario, nada suficiente. Hemos confundido proteger con administrar, y cuidar con cumplir procedimientos.

Espiritualmente, esta muerte no admite consuelo. Solo queda un silencio donde ni la razón explica ni la fe responde. Lo sagrado es la obligación de no trivializar el dolor con discursos técnicos..

Tal vez la pregunta no sea qué , sino qué entendemos por protección. En esa pregunta incómoda —sin cierre— reside la única memoria honesta. Una vida perdida bajo cuidado no es solo un hecho lamentable. Es una noticia que exige que leamos sin apartar la vista.