viernes, 6 de noviembre de 2026

Jucio abierto



Se abre la sesión. El tribunal tiene la palabra.

Hoy nos convoca un caso extraño: la muerte del amor. No hay cuerpo, ni escena del crimen, ni arma homicida. Solo quedan recuerdos, fotografías que ya no significan lo mismo y dos personas que, en algún momento, aseguraron quererse.

La fiscalía trajo a los sospechosos de siempre: la infidelidad, la rutina, el tedio, el conformismo. Este tribunal los declara inocentes. Algunos ni siquiera son causas, sino consecuencias del crimen.

Preside la señora Ausencia, magistrada de pocas palabras y larga experiencia en relaciones que terminaron mucho antes de que alguien se atreviera a admitirlo.

La acusación está en manos del señor Tiempo. Dice que vio desaparecer, uno a uno, los gestos pequeños, las conversaciones que no querían terminar, las ganas de encontrarse. El amor no murió de golpe: lo dejaron morir de a poco.

La defensa es de la señora Memoria. Nadie puede ser condenado por dejar de sentir lo mismo, dice. Los sentimientos no firman contratos, y a veces irse también es una forma de honestidad.

Como los sospechosos de siempre no alcanzan, el tribunal llama a declarar a otros: la Indiferencia, que entra sin hacer ruido; la Comodidad, que nos convence de que ya no hace falta esforzarse; el Orgullo, que convierte una disculpa en derrota; el Miedo, que nos calla justo cuando más necesitamos hablar; la Distracción, siempre lista para ofrecernos algo más interesante que mirar a los ojos a quien tenemos al lado.

Y un último testigo: la incapacidad de crecer juntos. Porque dos personas pueden seguir queriéndose y, aun así, volverse extrañas. No por falta de amor, sino porque un día dejaron de encontrarse en el camino.

Se pide a los lectores que integren el jurado. No se admiten prejuicios ni condenas anticipadas.

Y antes de deliberar, una última pregunta:

¿Y si el verdadero culpable fue creer que, una vez conquistado el amor, ya no quedaba nada que hacer para conservarlo?

Se levanta la sesión.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Un lobo oscuro bajo un cielo azul



Había una vez un lobo oscuro que caminaba solo bajo un cielo intensamente azul. No era un cielo de invierno ni anunciaba tormentas; era de esos cielos despejados que parecen no tener prisa, donde el sol ilumina hasta los rincones que uno preferiría mantener en penumbra.

El lobo llevaba tiempo caminando. Su pelaje, casi negro, contrastaba con la claridad del paisaje y su sombra se estiraba sobre la tierra como si alguien hubiese querido dibujar su soledad. No parecía perdido, aunque tampoco daba la impresión de saber exactamente adónde iba. Simplemente avanzaba.

Los animales del valle lo observaban desde lejos. Algunos decían que era peligroso, otros que estaba condenado a la soledad por su carácter. Los más jóvenes inventaban historias sobre su pasado: que había perdido a su manada, que había sido expulsado, que alguna vez tuvo un territorio y lo abandonó por orgullo. Nadie sabía realmente nada. Al lobo nunca le interesó aclarar las versiones.

Una mañana, mientras descansaba junto a unas rocas, un pequeño zorro se acercó.

—¿Por qué caminas solo? —preguntó.

El lobo levantó la cabeza y miró el horizonte.

—¿Y por qué tendría que caminar acompañado?

El zorro, desconcertado, insistió:

—Porque los lobos viven en manadas.

—Es verdad —respondió—. Pero también es verdad que a veces uno necesita alejarse para descubrir si todavía sabe caminar por sí mismo.

El zorro se quedó pensando. Miró el cielo, después al lobo y finalmente el largo camino que se abría frente a ellos.

—¿No te da miedo no encontrar el camino de regreso?

El lobo sonrió apenas.

—Me da más miedo quedarme donde ya no tengo nada que buscar.

Y continuó su marcha.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Los que se quedan


En el desierto, los muertos no se corrompen. La sal y el calor hacen un trabajo lento y callado: secan, conservan, detienen. Quien ha caminado por los cementerios de las antiguas salitreras lo sabe. Ahí están, y van a seguir estando mucho tiempo.

Una vez me tocó acompañar a un panteonero en un traslado a Oficina Alemania. No voy a contar lo que hicimos. Fue crudo, y esa crudeza me la quedo yo. Lo que sí diré es que hay un momento en que la muerte deja de ser una idea y se vuelve algo que se sostiene con las manos. Uno vuelve de ahí distinto, con un gusto amargo que no se quita con agua.

Yo he trabajado en cementerios preparando el primero de noviembre. Se barre, se pinta, se arreglan las tumbas. Y llega la gente, con flores, con sillas, con niños, con comida. Es un día hermoso, de verdad. Pero uno que ha estado del lado de adentro sabe lo que viene después: el dos de noviembre amanece otra vez el silencio, y las flores empiezan a secarse al sol, como todo lo que se deja en el desierto.

Bécquer lo dijo mejor que nadie: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!"

El desierto los guarda todo el año, sin pedir nada. Nosotros los visitamos una vez. Y no lo digo como reproche, porque me incluyo. Recordar cuesta, y la costumbre existe quizás para eso, para que el olvido tenga fecha de vencimiento.

Este año me toca llevar dos nombres: Miguel y Claudio. No hay sal ni calor que los conserve. Solo esto, la memoria, que es más frágil que cualquier cuerpo reseco en la pampa, y que se corrompe, o se mantiene, según lo que uno haga con ella.

No sé cuánto dura eso. No sé si alcanza.

viernes, 30 de octubre de 2026

Una de brujas


Ad portas de Halloween conviene contar la historia de las llamadas "brujas" no es un mito romántico ni una invención moderna: es un capítulo oscuro de la Europa entre los siglos XV y XVII, donde el miedo, la ignorancia y las crisis sociales se combinaron para desatar persecuciones sistemáticas.

Entre 1450 y 1650, miles de personas —en su mayoría mujeres— fueron acusadas de brujería. En un contexto de guerras, epidemias y hambre, la necesidad de encontrar culpables convirtió a ciertas personas en blancos fáciles. La figura de la "bruja" emergió como explicación para lo inexplicable.

Uno de los textos más influyentes fue el Malleus Maleficarum, redactado en 1487 por Heinrich Kramer. Este tratado legitimó la persecución, estableció métodos de interrogatorio y reforzó una visión profundamente misógina: las mujeres, más propensas al mal. Las cifras históricas más aceptadas hablan de entre 40.000 y 60.000 ejecuciones, aproximadamente tres cuartas partes de ellas mujeres.

Muchas de las acusadas eran simplemente viudas, mujeres pobres o personas marginadas. La acusación funcionaba como herramienta de control social; las confesiones se obtenían mediante tortura y pruebas absurdas. Hubo quienes lo reconocieron desde adentro: el inquisidor Alonso de Salazar investigó miles de casos en el País Vasco a comienzos del siglo XVII y no encontró evidencia real de ninguno. No había brujas, concluyó, antes de que se hablara y escribiera sobre ellas.

La historia de las "brujas" no es solo la historia de mujeres perseguidas, sino la de sociedades que, ante la incertidumbre, eligieron culpar y destruir en lugar de comprender. Más que un relato de magia, es una advertencia sobre lo que ocurre cuando el miedo reemplaza a la razón.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Pegamento



Las cosas siguen igual. Ya lo dije en otro post, y que tenga que repetirlo es, bien mirado, la prueba. Los días se han puesto en fila, uno pisándole los talones al anterior, y uno termina preguntándose si tan difícil es parir una jornada que no sea fotocopia de la de ayer. «Andan días iguales persiguiéndose», repetiría Neruda, y no creo que fuera una queja: era un diagnóstico.

Aclaro que no van mal. Van igual, que no es lo mismo, aunque a veces cueste distinguirlo. Lo que me inquieta es otra cosa: que un día llueva pegamento y nos quedemos todos ahí, pegados al suelo, como estatuas de una plaza que nadie visita. Ojalá no sea cianoacrilato, porque eso ya sería meterse en un problema serio.

Y lo cierto es que llevo un tiempo recibiendo el chaparrón. Cada mañana, un poco más. Estar pegoteado todo el día tampoco sería lo peor del mundo, tiene su lado de pereza lúcida, pero lo de no poder despegar los pies para dar un paso adelante ya es otro cantar.

Malditas borrascas inmovilizantes. Malditos paraguas agujereados de marca Acme, que prometen resguardo y entregan goteras. Porque una cosa es que la vida no avance, y eso uno lo va asumiendo con los años, y otra muy distinta que encima te cobren por el pegamento.

lunes, 26 de octubre de 2026

Nubes grises


Hay una paradoja que me persigue desde que escribo: las palabras me llegan mejor cuando la vida me llega peor. Y no sé si es un don o una avería. Quien lea estos posts con prisa podría concluir que me paso los días arrastrando penas por los rincones, convertido en un plañidero profesional. Nada más lejos. Escribir sobre las miserias no es lo mismo que darles habitación en casa.

Lo mío funciona casi como un reflejo. Cuando algo se tuerce por dentro, me entra la necesidad de sentarme frente a la pantalla y soltar las palabras sin ceremonia, tal como salieron en los dos últimos posts. Aquí, en mitad del desierto, uno aprende a recoger la arena que se le escurre: la que va llenando el reloj del tiempo perdido y la que se guarda en el bolsillo, un puñado de reserva, por si la vida decide volver a examinarme.

Pienso a veces que la oscuridad hace mejor uso de la gramática. Los textos que más disfruto escribiendo, y los que mejor me salen, suelen ser los más sombríos, los de alma hecha unos guiñapos y esperanzas pasando con resultado desfavorable. Quizá porque el dolor no admite adornos y obliga a ir al grano. La alegría, en cambio, es esquiva con el lenguaje: se vive tan a gusto que a nadie le da por ponerla por escrito. Pero eso no la hace menos verdadera, solo menos cuidadosa de dejar rastro.

Y aquí viene la advertencia que me debo a mí mismo: una cosa es que la sombra inspire y otra que se quede con las llaves. Escribir desde el pozo no obliga a mudarse a él. Por eso, pasado el trance, me impongo otros sabores y otros paisajes, una risa inesperada, algún motivo que no sea literario para seguir en pie. Bastante nos cae encima como para empeñarnos, además, en vivir dentro de nuestros propios textos.

Tenía guardado en la recámara otro de esos posts de ánimo a ras de zuela, de los que le quitan a uno las ganas de salir a la calle. Pues no. Esta vez no. Que el drama espere su turno, que haga cola, y que si tiene prisa pida hora.

Hoy me declaro en huelga de días grises. Basta de nubes, de lágrimas y de entierros literarios. Si la tristeza quiere celeste, que le cueste. Yo voy a ver si le pongo algo de color a este lienzo, aunque sea a brochazos, sin criterio y con la pintura salpicando fuera de los márgenes.

Porque saber escribir desde la oscuridad es un oficio. Entregarle la casa entera, en cambio, sería una rendición.

sábado, 24 de octubre de 2026

Cara a cara con las letras



Hoy he vuelto a abrir mis apuntes y me he revolcado entre palabras. Quería apuntar un par de ideas y he terminado enredado con el abecedario. Me gusta ese cuerpo a cuerpo con las palabras: rozar sus formas, explorar sus curvas y meterme en sus entresijos hasta perder el sentido sin perder el significado.

Con la M mantengo una relación de montaña rusa: subo, bajo y vuelvo a empezar. Con la O practico el tiro al blanco; a veces doy en el centro y otras me quedo fuera, sin saber si acierto o solo cierro el círculo. La Ñ tiene su aquel: acariciarle el rabillo es cuestión de tacto, porque quitarle la virgulilla sería quitarle la gracia.

La D espalda recta, guarda una barriga donde caben demasiados secretos: deseo, desorden, desconfianza, desobediencia. No sé si las palabras se parecen a las cosas que nombran o si somos nosotros quienes acabamos pareciéndonos a ellas. Quizá por eso me entretengo buscando sinónimos que no sean tan sinónimos y antónimos que, de vez en cuando, se den la razón.

A veces intento escribir con propiedad, pero acabo jugando con la polisemia, contrabandeando metáforas y cometiendo excesos de interpretación. Una frase termina diciendo lo que yo no había dicho, aunque quizá sí quería decirlo. Entonces la gramática me pide explicaciones y la semántica se lava las manos.

He decidido revisar mis relaciones con el lenguaje: mantendré algunas, romperé otras y dejaré en suspenso las que no sepan definirse. Exfoliaré mis prejuicios, rasparé las adherencias de mis certezas y pondré a remojo las ideas que se me han quedado rígidas. No pretendo salir con la razón intacta; prefiero salir con preguntas nuevas y algún significado entre las uñas.

También me permitiré alguna incorrección, porque no todos los errores son erratas ni todas las verdades necesitan punto final.

Mañana volveré a intentarlo, nuevamente. Quizá escriba algo coherente, aunque no prometo que tenga sentido: entre lo que pienso, lo que digo y lo que entienden los demás hay una distancia considerable, y no siempre llevo las palabras para cruzarla.

Sobre aviso no hay engaño. Aunque, pensándolo bien, si el aviso está escrito, siempre cabe leerlo mal.