No hay nadie detrás. He mirado por encima del hombro y el camino siempre está vacío.
Corro igual. No por miedo a un perseguidor, sino por algo más exacto: la rotación. Corro para prolongar la franja de luz que aún me toca, sabiendo que la oscuridad no necesita apurarse. Ella espera; yo me desgasto.
La noche es el estado natural. La claridad, un préstamo breve. Y, sin embargo, en el golpe repetido del pie contra la tierra encuentro una prueba: mientras hubo luz, hubo voluntad.
Sé que me alcanzará. Pero que no se diga que me encontró quieto.


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