sábado, 28 de marzo de 2026

¿Hasta qué punto una decisión de morir es realmente libre?

Hay algo que me incomoda en el caso de Noelia Castillo, y no sé bien por dónde empezar. Su solicitud de eutanasia fue aprobada después de años cargando con un trauma que no cede, una salud mental que se fue fragmentando y una paraplejia que le cambió el cuerpo para siempre. Y aun así, la pregunta que me queda rondando no es si hizo bien o mal, sino algo mucho más difícil de responder: ¿puede llamarse libre una decisión que nació de tanto dolor acumulado?

Formalmente, sí. Cumplió los criterios. Hubo validación legal, hubo proceso. Pero reducir todo eso a un trámite es mirar para otro lado. Las decisiones humanas no flotan en el aire; las moldea todo lo que vino antes. Y cuando una vida estuvo marcada por el abandono, por la fragilidad constante, por la ausencia de redes que sostengan, la frontera entre "elegir libremente" y "elegir porque no quedó otra" se vuelve imposible de trazar con precisión.

La autonomía existe, pero no es infinita. Es más bien un umbral. Y validar que alguien lo cruzó no debería eximirnos de preguntarnos si alguna vez tuvo condiciones reales para no llegar hasta ahí.

Porque hay una diferencia que me parece fundamental, aunque incómoda: no es lo mismo la decisión que emerge después de haber tenido acceso genuino a cuidados paliativos, a acompañamiento emocional, a una vida donde el sufrimiento tratable no lo ocupa todo... que la decisión que brota de la soledad, del sistema que no llegó a tiempo, del cansancio de pedir y no recibir. En el primer caso, podemos hablar de ejercicio de un derecho. En el segundo, la eutanasia deja de ser solo eso y empieza a parecerse más a un reflejo de nuestras fallas colectivas.

No digo que haya que negarle a nadie su voluntad. Hacerlo, cuando el sufrimiento es real, puede ser una crueldad enorme. Pero aceptar esa voluntad sin mirar el contexto que la produjo también puede ser una forma de abandono, más silenciosa, más cómoda para todos, pero abandono al fin.

Un sistema puede aprobar una muerte de manera formalmente autónoma y haber fracasado, al mismo tiempo, en todo lo que importaba antes de ese momento.

Por eso creo que la eutanasia no es, en el fondo, un debate sobre la muerte. Es un espejo. Y lo que nos muestra, si tenemos el estómago para mirarlo, es exactamente hasta dónde llega nuestra capacidad de cuidar a quienes más lo necesitan. Hasta ahora, lo que veo no es alentador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario