En titulares una noticia para algunos trágica, mure el actor James Van Der Beek conocido por interpretar a Dawson Leery en Dawson's Creek
Y sin sonar incensible, pero como es ya habitual por cada vez que muere uno de nuestros héroes cinematográficos o de tv, activamos el mismo protocolo: suspiro profundo, mirada al horizonte y sentencia solemne —“era el penúltimo de los grandes; ya no quedan actores así”—. Lo decimos como si en algún sótano de Hollywood hubiera un cartel de “Se cerró la fábrica de mitos. Gracias por su preferencia”.
La escena se repite con precisión suiza. Ocurrió cuando se fue Sean Connery, volvió a ocurrir con Paul Newman, y pasará otra vez cuando el próximo caballero de mandíbula firme y ceja elocuente entregue su último primer plano. Entonces decretaremos, muy dignos, el apocalipsis interpretativo. Spoiler: no será el apocalipsis.
Porque la oferta de héroes nunca fue escasa; fue incómodamente abundante. Hay héroes luminosos, de sonrisa que plancha arrugas morales, y héroes sombríos que parecen desayunar existencialismo. Los hay de verbo afilado y los hay de silencio letal. La vida, que es generosa en problemas, necesita modelos variados para enfrentarlos. No todo se resuelve con una mirada azul acero ni con un cigarro encendido en penumbra.
Pero aquí viene la parte menos épica: no lloramos “al último grande”. Lloramos al nuestro. A ese caballero sin espada que, sin necesidad de salvar al mundo cada viernes, nos enseñó una forma de estar en él. El héroe propicio no es el más premiado ni el más taquillero; es el que se coló en nuestra biografía sin pedir permiso.
Así que no, no se acabaron los grandes actores. Se acabó —por ahora— esa conversación íntima que teníamos con uno de ellos. Y eso duele. Lo demás es teatro. Del bueno, claro.


No hay comentarios:
Publicar un comentario