miércoles, 29 de abril de 2026

No es que no entendamos el inglés. Es que no nos interesa obedecerlo.


Cada vez que alguien canta mal una canción en inglés, aparece el mismo reflejo automático: burla, corrección, superioridad. “Así no es la letra”. Como si el problema fuera técnico. Como si la única forma válida de escuchar fuera repetir correctamente.

Pero no. El punto no es entender. El punto es apropiarse.

Cuando alguien convierte This is the rhythm of the night en una versión fonética deformada"¿Esas son Reebok o son Nike?", o transforma Sopa de Caracol What a very good soup en "Wata meri consu" algo completamente distinto a lo que se quiso decir , no está fallando. Asi lo entendió el cantante Dee Snider cuando cantó junto al público "Huevos con aceite y limón". Se está haciendo algo mucho más interesante: está desobedeciendo el original.

El oído no es neutral. Está entrenado por cultura, lengua, calle, historia. Por eso no escucha “lo correcto”, escucha “lo posible”. Y lo posible siempre pasa por el filtro propio. Esa supuesta “mala pronunciación” es, en realidad, una traducción sin permiso.

¿Suena ridículo? A veces. ¿Es impreciso? También. ¿Es inferior? En absoluto.

Porque esto no empezó con memes ni con canciones noventeras. Esto viene de más atrás, de cuando lo impuesto tenía que ser reinterpretado para poder existir aquí. No se trató solo de aceptar símbolos externos, sino de doblarlos, mezclarlos, hacerlos decir otra cosa. Esa lógica sigue viva, solo que ahora aparece en una pista de baile o en un video viral.

La diferencia es que hoy se ridiculiza.

Se exige fidelidad al original, como si la cultura fuera un examen de pronunciación. Como si repetir fuera más valioso que transformar. Pero copiar sin alterar no es cultura: es obediencia.

Lo que ocurre cuando alguien “canta mal” es exactamente lo contrario. Es una pequeña rebelión lingüística. Un acto mínimo, casi inconsciente, donde el idioma dominante pierde control y se filtra la identidad.

No estamos escuchando mal.

Estamos escuchando desde donde somos.

Y eso al parecer incomoda a los puristas más de lo que parece.

martes, 28 de abril de 2026

El poder de las palabras


Existe una palabra que todos jugando, hemos pronunciado alguna vez sin saber que estábamos diciendo algo verdadero.

Abracadabra. La palabra de los magos de circo, del ilusionista con chistera. Una palabra que parece no significar nada, puro sonido, pura performance. Pero viene del arameo — o del hebreo, los lingüistas aún discuten — y significa algo inquietante: creo mientras hablo (Y dijo Dios sea la luz y fue la luz. Génesis 1:3). No "creo y luego hablo". Mientras. El acto de hablar y el acto de crear son la misma cosa.

En inglés, spell significa hechizo. También significa deletrear, ordenar las letras de una palabra. No son dos significados distintos que por casualidad comparten forma: son el mismo gesto. En la Europa medieval, escribir correctamente era casi un acto ritual. El escriba que trazaba las letras en el orden justo estaba, literalmente, invocando algo. Las palabras bien construidas tenían poder. Las mal construidas, también.

Las culturas antiguas lo sabían. Nosotros lo olvidamos.

O peor: seguimos haciéndolo, pero sin darnos cuenta. Sin ceremonia, sin intención, sin el menor cuidado. Me rindo. No puedo más. Soy un inútil. Estoy gordo. Hechizos lanzados al desayuno, al espejo, al tráfico. Nadie los registra como conjuros. Nadie enciende velas ni traza círculos. Pero se van cumpliendo igual, no porque el universo escuche y obedezca "el decreto", sino porque nosotros escuchamos. Porque lo que nos decimos moldea lo que intentamos, lo que evitamos, lo que creemos posible.

No es que las palabras tengan un poder intrínseco. La pregunta es si vamos a seguir usándolas descuidadamente, o si vamos a asumir que igual estamos hechizando, y que podríamos hacerlo con algo más de conciencia.

No como técnica. Como responsabilidad.

lunes, 27 de abril de 2026

El diccionario de los afuerinos


Quizá no hay un momento preciso —no tiene fecha, pero sí peso— en que una palabra ajena te cae encima y de golpe entiendes que el país ya no es el mismo. No lo entiendes por las noticias ni por las estadísticas de migración. Lo entiendes porque alguien escribe chamo con su propia letra, en un papel o en un mensaje de WhatsApp, y esa grafía te dice más que cualquier titular: este ya es otro lugar.

Chile empieza a ser otro país en las palabras.

Y lo curioso es que el idioma no cambia por decreto. Cambia por roce, por convivencia, por la necesidad humana y urgente de hacerse entender. Llegan las palabras nuevas sin pedir permiso, se instalan en la conversación cotidiana, y un día ya no te sorprenden. Ese día, sin que nadie te haya avisado, algo se movió.

Pero el cambio tiene su otra cara, más silenciosa y más dolorosa: las palabras que perdemos, las que se quedan atrás, las nuestras. La polola, la hallulla la guagua la pichanga. Las palabras  no son solo vocabulario. Son coordenadas biográficas. Son la manera en que uno aprendió a nombrar el mundo cuando el mundo todavía cabía en un barrio, en una cancha de tierra, en la voz de alguien que ya no está.

Dejarlas no es solo cambiar de léxico. Es soltar, de a poco, la versión de uno mismo que necesitaba esas palabras para existir.

Y entonces vienen los ritos de los que migran y de nosotros que simplemente vemos cómo nuestro país muta alrededor de ellos... Y que nos queda, buscar en librerías de viejo un diccionario de localismos de nuestro pasado, ensayar el acento de la supervivencia, hablarle al espejo. Aprender a decir las cosas de otra manera para que te entiendan, aunque por dentro sigas pensando en hallulla (y no en arepas), aunque por dentro todavía juegues cachipún para decidir algo.

Las lenguas no mueren. Se transforman, se mezclan, se negocian. Pero en esa negociación siempre hay algo que se pierde y algo que duele perder. No porque lo nuevo sea peor. Sino porque lo viejo era tuyo, era de aquí, era de antes.

Y antes, a veces, es el único lugar donde uno todavía se reconoce.

domingo, 26 de abril de 2026

La burocracia que mata en silencio



Hay historias que no deberían existir. Para no tener que contarlas. 

La de Thiare Álvarez es una de ellas.

Thiare tenía leucemia mieloide aguda. Necesitaba un trasplante. Había tratamiento disponible. Había voluntad médica. Había una vida que salvar.

Lo que no había era el casillero correcto.

Era adoptada. Y eso —un dato que no tiene nada que ver con la medicina, con la sangre enferma, con las células que no funcionan— fue suficiente para que el sistema frenara. La regla era simple y brutal: donante familiar o nada. Como si la familia fuera un requisito biológico. Como si el amor adoptivo no contara para los formularios.

Entonces vino lo que siempre viene cuando el sistema falla: la exposición pública. La viralización. La presión mediática. Y el sistema reaccionó, claro que sí. Tarde. Cuando ya el daño estaba hecho con una precisión que ninguna negligencia improvisada podría igualar.

Porque esto no fue un error. Los errores se corrigen solos. Esto fue un diseño.

Un sistema de salud que necesita cámaras para funcionar no está fallando: está construido para fallar a quienes no tienen voz. La burocracia no mata de un golpe. Mata en cuotas. Con formularios. Con plazos. Con derivaciones. Con nadie que decida y todos que ejecutan. Es una violencia sin firma, sin rostro, sin responsable. Pero con víctimas muy concretas.

Y la pregunta que queda —la que nadie quiere responder— no es por qué Thiare no fue atendida a tiempo.

La pregunta es cuántos más están ahora mismo en la misma situación, en silencio, sin que nadie los filme, sin que nadie los comparta, esperando que el sistema recuerde que son personas antes de que sea demasiado tarde.

Chile no puede seguir dependiendo del escándalo como mecanismo de justicia.

Eso no es un sistema de salud. Es una ruleta.

Y mientras no cambie de raíz, el silencio que sigue a cada caso como este no es alivio.

Es complicidad.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuando un amigo se va


Tu muerte no hizo ruido, pero dejó un silencio imposible. No escribo desde la tristeza, sino desde la memoria, donde sigues intacto. Porque morir es biológico; desaparecer, no. Y tú no has desaparecido.

Fuiste testigo de mis primeras rebeldías, y con tu presencia hiciste transitable una infancia enorme. Es injusto en que la vida siga sin quienes debían estar siempre. Pero soy terco: no te recuerdo como un final, sino como una suma de días auténticos.

Mientras dependa de mí, no habrá segunda muerte para ti. No es una despedida, es un reconocimiento: fuiste parte esencial de mi historia. Yo seguiré recordando.

No hay una tumba para ti y no sabia en que pequeño lugar debía depositar todo esto.

Dedicado a la memoria de Miguel Cortés "Huevito", mejor amigo que yo... 

jueves, 23 de abril de 2026

Dia del libro



Abril tiene algo distinto. No es solo el otoño ni el cambio de ritmo: es ese recordatorio cultural —casi siempre vacío de tanto repetirse— de que existe el Mes del Libro. Y sin embargo, sigue teniendo una potencia silenciosa. Nos obliga a volver a lo esencial.

Por eso este mes decidí escribir sobre libros. No fue una decisión estética. Fue una reacción.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. La lectura ha sido fragmentada, convertida en consumo rápido o en acumulación de títulos pendientes. Se habla mucho de libros, pero se los habita poco. Se los colecciona, se los fotografía, se los recomienda. Raramente se los piensa.

Escribir sobre ellos, entonces, no es recomendarlos. Es interrogarlos.

¿Qué dicen realmente? ¿Qué muestran que preferimos no ver? Volver a ciertos textos no es nostalgia; es diagnóstico. La literatura no predice el futuro, pero expone estructuras que rara vez cambian. Y eso, en un momento donde todo empuja a opinar rápido y pensar poco, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

El Mes del Libro debería ser incómodo. Debería obligarnos a admitir que leemos menos de lo que creemos, peor de lo que decimos, y con menos profundidad de la que necesitamos.

Este blog, durante abril, va en esa dirección. No es una celebración del libro. Es un intento de volver a usarlo —como herramienta, no como adorno.

Feliz dia del libro!!! 

miércoles, 22 de abril de 2026

La Historia Interminable, el libro que sabe que lo estás leyendo


 Hay libros que uno lee y hay libros que lo leen a uno. La Historia Interminable, de Michael Ende, pertenece a esa segunda categoría: desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva, la sensación de que el texto está mirando de vuelta. No es casualidad. Ende construyó esa sensación con deliberada precisión, y en ella depositó todo lo que quería decir sobre la fantasía, la lectura y el modo en que los seres humanos nos relacionamos con las historias que inventamos.

La novela cuenta, en apariencia, dos historias paralelas. En una, Atreyu, un joven guerrero de Fantasía, debe encontrar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, un mal sin nombre que avanza junto a la Nada, esa oscuridad que borra los mundos a su paso. En la otra, Bastian Baltasar Bux, un niño gordo, huérfano de madre y acosado en la escuela, roba un libro de una librería y se refugia a leerlo en el desván del colegio. Las dos historias son, por supuesto, la misma.

Ende publicó esta novela en 1979, en dos tintas —rojo para el mundo de Bastian, verde para el mundo de Fantasía—, como señalando desde la materialidad del objeto que leer es siempre habitar dos lugares al mismo tiempo. Ese detalle editorial, que muchas ediciones en castellano han perdido, no era decorativo. Era argumento. La tinta era parte de la tesis.


La tesis es esta: la fantasía no es evasión. Es, al contrario, la única forma de regresar al mundo real con algo nuevo que ofrecer. Cuando Bastian ingresa a Fantasía y la reconstituye con sus deseos —nombrando a la Emperatriz, creando montañas y mares a voluntad—, Ende no está celebrando el escapismo. Está describiendo el proceso creativo en su forma más pura: la imaginación como herramienta de transformación personal. El problema de Bastian no es que fantasee demasiado, sino que en algún momento olvida para qué servía la fantasía.

Aquí Ende toca algo que tiene una vigencia irritante. La Nada que devora Fantasía no es una fuerza maligna con rostro ni con nombre: es la indiferencia, la sequía interior de quienes han dejado de imaginar porque el mundo les ha enseñado que imaginar no sirve. Los únicos que pueden detenerla son los lectores —los seres humanos— que todavía se permiten ser afectados por las historias. Bastian puede salvar Fantasía precisamente porque todavía es capaz de desear con toda el alma.

Vivimos en un tiempo que produce Nada industrialmente. La saturación de imágenes, el consumo veloz, la cultura del contenido que se ve sin mirarse han generado una forma muy sofisticada de indiferencia: no la de quien no tiene acceso a las historias, sino la de quien tiene acceso a todas y no deja que ninguna lo toque de verdad. Ende no pudo haber imaginado TikTok, pero describió con exactitud su efecto.

Hay otra dimensión del libro que merece detenerse: la trampa del deseo sin límite. Bastian obtiene en Fantasía un poder absoluto —puede desear cualquier cosa y sucede—, pero cada deseo le cuesta un recuerdo. Pierde, poco a poco, la memoria de quién era, de dónde venía, de su madre muerta, de su padre vivo. El niño que entró al libro buscando ser amado tal como era termina a punto de olvidar que hay alguien a quien amar de vuelta.

Ende escribió esto en pleno capitalismo tardío y la advertencia no podría ser más directa. La sociedad de consumo le ofrece a cada individuo la ilusión de un deseo satisfecho al instante, y el precio —aunque nadie lo pone en letras chinas— es la memoria: la de la comunidad, la de la historia compartida, la del vínculo que no se compra. Bastian no es un niño malo. Es un niño que encontró una llave que no sabía cómo usar.

Lo que lo salva, al final, no es la magia. Es el amor. Su padre, que tampoco supo llorar la muerte de la madre, que también se quedó petrificado en su propio dolor, extiende la mano en el momento justo. Ende es, en ese gesto final, sorprendentemente sencillo: lo que nos devuelve al mundo real no es la grandeza de nuestra imaginación, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.

No he vuelto a leer el libro desde hace mucho tiempo. De niño era una aventura. Ahora es una pregunta incómoda: ¿qué le hemos hecho a nuestra capacidad de desear? ¿Cuántos de nosotros hemos gastado deseos en poder, en reconocimiento, en velocidad, y hemos olvidado en el camino el nombre de las cosas que de verdad importaban?

Fantasía sigue necesitando lectores. No consumidores de fantasía —de esos hay millones—, sino gente dispuesta a dejar que una historia los mueva, los cambie, les deje marca. Bastian robó un libro y lo leyó solo en un desván. Eso también es una imagen: a veces la única forma de entrar de verdad a una historia es sustrayéndola al ruido, llevándosela a un lugar quieto , y abriéndola sin prisa.

martes, 21 de abril de 2026

El verdadero maltrato fue el de los que siguieron caminando



En Chillán, a plena luz del día, un niño de ocho años estaba en el suelo frente a un local comercial. Sangraba de la nariz. Lloraba. Y decenas de personas pasaron a su lado como si fuera parte del paisaje.

Una sola persona se detuvo.

Una.

El golpe lo había dado su propia madre. Eso duele distinto, lo sé. Pero lo que me paraliza no es solo la violencia de esa mujer, sino la de todos los demás. La violencia tranquila de los que siguieron caminando, los que priorizaron sus compras, los que miraron y calcularon que no era su problema.

Pienso en cuántas veces he visto compartir publicaciones furiosas por un perro maltratado. Miles de reacciones, comentarios encendidos, gente indignada hasta las lágrimas. Y no digo que eso esté mal, el sufrimiento de un animal importa. Lo digo porque el contraste dice algo que deberíamos tener el valor de leer: nos resulta más fácil conmovernos por quien no puede juzgarnos, por quien no viene envuelto en historia ni en contexto incómodo.

El perro no nos complica. El niño sí.

El niño puede venir de una familia difícil, de una madre que también fue golpeada, de un barrio que el Estado olvidó hace décadas. El niño exige preguntas que no tienen respuesta fácil ni botón de compartir. Y entonces, sin darnos cuenta, lo dejamos en el suelo.

Hubo una persona que se detuvo en Chillán. Una persona que tuvo la decencia básica de ver a ese niño como un ser humano que necesitaba ayuda. Eso no debería ser un acto de heroísmo. Debería ser el mínimo.

Pero hoy, aparentemente, el mínimo es demasiado pedir. Me recuerda una frace demoledora: "si los animales pudieran hablar, gritarían que no quieren ser humanos" 

El nombre del monstruo



Hay una escena en La tempestad una de las últimas obras de Shakespeare (1611), que no me suelta. No es el naufragio ni la magia de Próspero. Es el momento en que Calibán le recuerda al mago que le enseñó el idioma con el que ahora lo maldice. "Me enseñaste tu lengua, y mi único provecho es que sé cómo maldecirte." Hay en esa frase una amargura tan lúcida que es difícil seguir leyendo sin detenerse.

Calibán no es un monstruo que llegó de otro mundo. Es el habitante de la isla al que se le robó la isla. Y fue hecho monstruo precisamente para que ese robo pareciera natural.

El mecanismo es uno de los más persistentes de la historia: para justificar la exclusión, primero hay que construir al excluido como algo que merece serlo. Próspero lo llama "cosa de oscuridad". Pero cuando uno lee con cuidado, esa descripción viene exclusivamente de boca de sus captores. Calibán habla de la isla con una ternura que ningún otro personaje iguala. "La isla está llena de ruidos que deleitan y no dañan." Ese no es el lenguaje de un monstruo. Es el lenguaje de alguien que ama el lugar donde nació.

La sociedad fabrica monstruos justo cuando los necesita. El proceso es siempre el mismo: se señala la diferencia, se interpreta como peligro, se construye un relato que lo vuelve natural, casi biológico. Lo vimos con los pueblos originarios, con los obreros del siglo XIX, lo vemos hoy con los migrantes e indigentes, con los que no encajan en el molde que alguien más dibujó. El monstruo siempre aparece cuando el diferente empieza a reclamar lo que le pertenece.

Calibán reclama la isla. Eso es todo. Y eso es suficiente para que lo encadenen.

Próspero al final abandona la isla y se lleva su magia. Calibán se queda. La isla siempre fue suya. Y cada vez que una sociedad señala con el dedo y pronuncia esa palabra —monstruo, bestia, cosa de oscuridad— vale la pena preguntarse a quién le conviene ese nombre. Y a quién se lo están poniendo para no tener que escucharlo.

lunes, 20 de abril de 2026

La especia que buscamos


Hace poco más de dos semanas, cuatro personas sobrevolaron la Luna. El 1 de abril de 2026, la misión Artemis II completó el primer vuelo tripulado más allá de la órbita baja desde el Apollo 17 en 1972. El 6 de abril capturaron imágenes del lado oculto de la Luna mientras la Tierra aparecía como una delgada medialuna suspendida en la oscuridad.Fue, sin duda, hermoso. Y sin embargo, algo en ese vuelo me hizo pensar en Dune, escrita por Frank Herbert en 1965.  

No en la novela como espectáculo, sino en lo que Herbert miraba de verdad cuando la escribió: el mecanismo por el cual una civilización decide que cierto lugar remoto e inhóspito merece ser conquistado. Arrakis no tenía nada que ofrecer excepto la especia, esa sustancia sin la cual el universo conocido se detendría. Todo lo demás —el sufrimiento de los Fremen, la ecología destruida, las guerras dinásticas— era el precio que alguien más pagaba.

Artemis II fue un sobrevuelo, una prueba de sistemas. Pero el programa no oculta sus ambiciones. La NASA no busca repetir el Apollo: la meta es ir a la Luna y quedarse, construir una base, abrir el camino a Marte. Y detrás —o más precisamente, al lado y cada vez más adelante— están SpaceX y Blue Origin, con sus propios calendarios y su propia visión de lo que significa colonizar otro mundo.

¿Cuál es la especia de Marte? Puede ser el agua en sus polos, el helio-3, o simplemente el espacio como válvula de escape para una Tierra que se queda pequeña. O puede ser algo más viejo: el control. El que llega primero, nombra. El que nombra, posee. Lo que sí sabemos es que ese viaje ha costado 93 mil millones de dólares proyectados, y que no está siendo financiado por poetas. Está siendo financiado por gobiernos que negocian con empresas que tienen accionistas que esperan retorno.

Nada de eso hace que el vuelo sea menos asombroso. Pero Herbert nos enseñó algo que vale la pena recordar mientras miramos esas imágenes desde la ventana del Orion: que la maravilla y la ambición viajan siempre juntas, y que la segunda no siempre tiene los mejores modales.

Paul Atreides llegó a Arrakis creyendo que venía a gobernar. El desierto lo transformó antes de que él pudiera transformar al desierto.

Ojalá aprendamos eso antes de llegar.


domingo, 19 de abril de 2026

"Vendrán lluvias suaves: Reflexión sobre la guerra y el futuro"

Hay un cuento de Ray Bradbury que me impresionó mas que otros. No tiene personajes de carne y hueso, no hay diálogos ni héroes. Es, básicamente, la descripción de una casa que sigue haciendo sus cosas aunque ya no queda nadie para habitarla.

Vendrán lluvias suaves forma parte de las Crónicas Marcianas, publicadas en 1950 —cinco años después de Hiroshima. Bradbury escribió ese texto todavía con el olor a ceniza en el aire.

La historia ocurre en agosto de 2026 —este año, para ser precisos— en una ciudad de California borrada por una guerra nuclear. La casa inteligente no lo sabe, o no le importa, que viene a ser lo mismo. La cocina prepara el desayuno. Los ratones mecánicos limpian el piso. Todo funciona con puntualidad impecable para una familia que murió en el jardín, dejando sus siluetas grabadas en la pared como una fotografía negativa del horror. La rutina persistiendo después del fin. El rito continuando sin el dios.

Me detengo en eso porque es exactamente lo que vemos cuando miramos las guerras actuales. Ucrania lleva más de tres años bajo bombardeos. Gaza ha sido reducida a escombros con una sistematicidad que ya no escandaliza porque el escándalo continuo se vuelve ruido de fondo. El Sudán, el Congo, el Yemen. En todas partes lo mismo: las estructuras funcionando, los discursos repitiendo consignas de soberanía y valores, mientras los muertos se convierten en cifras y los niños aprenden a distinguir por el sonido si el misil va a caer lejos o cerca.

La guerra moderna tiene esa cualidad mecánica que le aterraba a Bradbury. Los drones vuelan solos. Los algoritmos identifican blancos. La casa sigue funcionando. Solo que ya no hay nadie adentro.

El poema que la casa recita esa noche —programada para hacerlo aunque nadie escuche— es de Sara Teasdale, escrito en 1920, después de la Primera Guerra Mundial: "vendrán lluvias suaves y olores de tierra... y nadie sabrá nada de la guerra, a nadie le interesará que haya terminado. A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, si la humanidad se destruye totalmente, la primavera al despertar apenas sabrá que hemos desaparecido."

Hay algo brutal en esa indiferencia de la naturaleza. Consuela porque el mundo seguirá siendo hermoso. Desespera porque esa belleza no nos necesita. Y sin embargo insistimos en destruirnos como si la guerra fuera lo que nos define, como si la especie no pudiera existir sin ese ejercicio periódico de matarse entre sí.

Lo que más me inquieta del cuento no es la destrucción. Es el olvido. Las ciudades arrasadas que desaparecen de los titulares. Los muertos que dejan de ser personas. La memoria que se apaga porque a los que quedan les resulta insoportable mantenerla viva.

Y sin embargo Bradbury dejó el poema de Teasdale en el centro del cuento, como una nota al pie: la naturaleza sobrevivirá, las golondrinas seguirán girando, el mundo seguirá siendo. No sé si eso es esperanza o simplemente la constatación de que somos prescindibles. Tal vez sea la única honestidad posible: reconocer la propia pequeñez y seguir apostando, de todas formas, a que vale la pena no destruirse.

Este año, 2026, es el año en que transcurre el cuento. Bradbury eligió esa fecha hace setenta y cinco años. No acertó —todavía— en los hechos. Pero en lo que denunciaba, lleva demasiado tiempo teniendo razón.

sábado, 18 de abril de 2026

Mar hondo: cuando el mar no es paisaje, sino destino


En “Mar hondo” (1949) de Zady Zañartu no hay aventura ni épica fácil. El mar no aparece como horizonte de libertad, sino como una condición que se impone. Leído hoy desde la figura del pescador artesanal —heredero de la cultura changa— el cuento se vuelve aún más concreto: no habla de un pasado lejano, sino de una continuidad.

Ese pescador no enfrenta solo el oleaje. Enfrenta cuotas, vedas, intermediarios, combustible caro, y un ecosistema cada vez más presionado. Pero el núcleo no cambia: el mar sigue siendo una fuerza que no se controla. Se conoce, se respeta, se intuye… pero nunca se domina. En eso, Zañartu es precisa: sus personajes no conquistan nada, apenas resisten. Y esa resistencia no es heroica, es cotidiana.

Ahí está el punto más incómodo del cuento. La experiencia —años en el mar, saber leer el viento, entender las corrientes— no garantiza resultado. Puedes hacer todo “bien” y aun así volver con las redes vacías, o no volver. Esa lógica sigue operando hoy, aunque cambien las condiciones. La incertidumbre no desaparece, solo se transforma.

En esa línea, Zañartu se acerca al criollismo de Mariano Latorre, pero sin dejar espacio para consuelo narrativo. El entorno no acompaña, determina. Y cuando se mira desde el presente, el “mar hondo” ya no es solo profundidad física: es también un sistema donde el margen de decisión es limitado. El pescador artesanal no elige en abstracto; decide dentro de restricciones que no controla.

Por eso el cuento sigue funcionando. No porque describa bien el mar —que lo hace— sino porque captura una relación: la de alguien que vive de un medio que nunca le ha pertenecido. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa tanto al relato como al presente: cuánto de esa vida es realmente elección, y cuánto es, simplemente, aprender a no hundirse en un mar que cambió de forma, pero no de lógica.

viernes, 17 de abril de 2026

Un perro de regimiento y las amistades de hoy


Hay pérdidas que no hacen ruido. No tienen un momento exacto, no se anuncian, no dejan una escena clara que uno pueda recordar. Simplemente pasan.

Eso ocurre con ciertas amistades.

Es lo que entiendes al leer El perro del regimiento. Un cuento breve, casi sencillo en apariencia, pero que esconde más de lo que parece. En medio de la guerra, un perro acompaña a un grupo de soldados sin cumplir ninguna función estratégica. Está ahí, simplemente siendo parte. Y eso basta.

El animal se convierte en un punto de encuentro: algo que une, que suaviza, que humaniza. En un entorno regido por la disciplina y la supervivencia, aparece este vínculo sin condiciones. Sin jerarquías, sin cálculo. Solo presencia.

Hasta que desaparece.

Lo que se pierde no es solo el animal. Lo que se rompe es un equilibrio invisible. El regimiento sigue funcionando, la guerra no se detiene. Pero algo cambia en la forma en que esos hombres habitaban su propia realidad. Porque ese perro era más que compañía: era un espacio emocional compartido.

Hoy no estamos en guerra, pero tampoco vivimos en calma. La vida moderna tiene otro tipo de desgaste: rutinas exigentes, vínculos frágiles, conexiones rápidas. En ese contexto, ciertas amistades funcionan igual que el perro en el cuento. Son pausas. Lugares donde uno no tiene que rendir ni demostrar.

Por eso, cuando se pierden —y muchas veces no hay pelea ni quiebre claro, solo distancia— lo que queda no es solo la ausencia de una persona. Desaparece un espacio donde uno podía estar sin esfuerzo.

Las amistades no son eternas ni incondicionales. Cambian, se desgastan, a veces terminan porque deben terminar. Pero en un mundo donde casi todo se mide en utilidad, son de los pocos espacios que no responden a esa lógica. O no deberían.

Por eso, cuando se pierden, lo que duele no es solo quién se fue. Es lo que ese vínculo hacía posible.

Algo parecido a lo que le ocurre al regimiento: todo sigue igual, pero ya no es lo mismo.

jueves, 16 de abril de 2026

Adiós a Ruibarbo. El gesto que no basta


En "Adiós a Ruibarbo" de Guillermo Blanco (1974) , el niño apodado Potrillo se enfrenta a la cruda realidad de que el caballo al que ama va a morir, no por enfermedad, sino porque el mundo adulto ha decidido que ya no es útil. Esa noche, el chico actúa: lo libera, lo lleva lejos, le da una palmada en el anca y le dice adiós. Hace todo lo que puede hacer un niño que quiere salvar algo que ama.

Y Ruibarbo vuelve.

Vuelve porque es un caballo. Porque la libertad que el niño le ofrece no es la libertad que Ruibarbo reconoce como tal. Porque hay caminos que los animales —y los hombres— recorren sin saber muy bien por qué, guiados por algo que está más adentro que la razón o el afecto ajeno. Blanco termina su cuento sin explicar demasiado. Hay un final que el lector tiene que completar solo, con lo que sabe de la vida.  

Recordar esa escena me hizo pensar en un amigo, que era de la risa fácil, que parecía inquebrantable, como si tuviera un pacto secreto con la vida. Pero había algo en él que no supe leer a tiempo, o no logré ver. Uno aprende que hay personas librando guerras silenciosas, con una sonrisa que oculta el cansancio. En mi caso, creí que la amistad bastaba para salvarlo. Hubo conversaciones. Hubo momentos en que sentí que algo se podía cambiar, que bastaba decir las palabras correctas, estar ahí de la manera correcta, como el niño que creía que podía cambiar el destino de Ruibarbo. Hay una arrogancia particular en ese tipo de fe. No es mala fe. Es la fe de quien no sabe. Pero hay cosas que no se salvan desde afuera.

Mi amigo murió, de a poco, cediendo terreno hasta que ya fue tarde para verlo. Lo que lo consumió tenía nombre, pero no necesito nombrarlo aquí. Los que lo conocieron saben. Los que no lo conocieron tampoco necesitan el nombre para entender de qué estoy hablando. La sensación que me quedó no fue culpa, aunque al principio lo pareció. Es algo más parecido a lo que sintió Potrillo al ver regresar al caballo: la certeza de que hizo lo que pudo, pero también la amarga realidad de que no fue suficiente. Ambas verdades conviven en el alma.

Blanco termina su cuento sin explicaciones, porque las palabras exactas no existen cuando se trata de pérdidas como esta. A veces uno libera a alguien, y esa persona vuelve sola. Y  aveces uno no puede hacer nada contra eso. Y esa frase, tan simple, tan brutal, es lo más cercano a la verdad que he encontrado para hablar de él.

miércoles, 15 de abril de 2026

Lo que el mar se lleva



Hay literaturas que explican el mundo. Y hay literaturas que te lo muestran desde adentro de un barco, con viento del sur y olas que no piden permiso. Ese es Latorre. Hay literaturas con escenas que no se olvidan. Un hombre al timón de un remolcador observa cómo crece el temporal y entiende que debe decidir. En una de las lanchas que arrastra va su hijo.

Eso es El piloto Oyarzo, de Mariano Latorre —Premio Nacional 1944, figura del criollismo hoy casi olvidada—, incluido en Chilenos del mar, un libro sobre hombres anónimos que el mar devora.

La historia es simple y brutal: el remolcador Caupolicán hace cabotaje entre puertos chilenos. Llega la tormenta. La única forma de salvar el barco es cortar la espía que lo une a las lanchas. Y en una de ellas va su hijo.

Lo que me queda de este cuento no es el desenlace —que no voy a contar— sino la imagen de ese hombre que tiene que elegir entre su deber y su sangre, y que probablemente ni siquiera lo llama así. Para él es solo el mar. Y el mar es así.

Latorre no escribe esto para que uno llore. Lo escribe para que uno entienda algo sobre cómo ciertos hombres cargan con el mundo: sin drama, sin palabras, con las manos en el trabajo. El mar no pregunta. El piloto tampoco.

El libro me hace pensar en los siete pescadores del Bruma, desaparecidos frente a Coronel tras ser impactados por el industrial Cobra, que siguió su rumbo.

Distinto contexto, misma lógica: los inocentes quedan a la deriva; los grandes cortan la espía y se van.

El cuento de Latorre tiene casi cien años. Y sigue siendo presente.

martes, 14 de abril de 2026

El tren que no llegó — o que tal vez nunca salió



En el cuento El Guadagujas publicado en 1952, Arreola escribió ciencia ficción disfrazada de realismo, o realismo disfrazado de absurdo, según cómo se mire. Yo creo que escribió sobre el desierto, aunque nunca haya venido al norte de Chile. Sobre lo que significa esperar en un lugar donde las cosas prometidas tardan mucho, o no llegan, o llegan cuando ya nadie las necesita.

En el cuento, el viajero busca un tren hacia un destino que es una letra: T. Podría ser Taltal. El guardagujas le explica que los ferrocarriles son un desorden feliz: rieles de tiza, horarios que cambian solos. Y uno piensa en el desierto, donde los trenes también tuvieron que desarmarse y volverse polvo.

El viajero sigue esperando. El tren nunca llega. O tal vez siempre estuvo ahí, detenido en la vía muerta. Y el guardagujas sonríe, porque al final lo único verdadero es la espera.

La linterna roja del guardagujas es apenas un destello en la costa. Alguien, desde una oficina abandonada, cree ver un tren. Pero es solo la memoria de un cuento escrito lejos, o el eco de una locomotora que dejó de sonar en 1976.

Como en el cuento hay estaciones que no figuran en ningún mapa, pero siguen ahí. Persisten como una costumbre, como una obstinación del paisaje. En Taltal los rieles se hunden en la pampa como costillas de un animal muerto. El ferrocarril fue promesa y fue fiebre. Llegaba al puerto cargado de salitre y progreso. Hoy las oficinas están vacías y los trenes se oxidaron antes de entender que el progreso era apenas una estación de juguete.

Dedicado a la memoria de " Julito Alfaro" mi bisabuelo,  quizá maquinista de la "59"


lunes, 13 de abril de 2026

La carta que nunca llegó


Hay una mujer en un cuento de Federico Gana que lleva cartas en el bolsillo. Cartas que le escribió su hijo. Cartas con regalos desde el norte. El problema es que las cartas no existen. El hijo desapareció, y Paulita —anciana, empleada de fundo, analfabeta— inventó la correspondencia para no tener que explicar lo inexplicable: que su único hijo se fue y no volvió a dar señales.

Lo que me queda pensando no es la mentira. Es que la mentira funciona. Es que necesita funcionar. Que sin esa ficción, Paulita no tiene nada a qué aferrarse. En algún punto, la diferencia entre la ilusión y la esperanza se vuelve indistinguible.

Gana publicó Paulita en 1916. Y sin embargo la imagen de una madre esperando noticias de un hijo que se fue al norte a buscar trabajo no se siente como historia pasada. Se siente como algo que uno podría ver el fin de semana.

Paulita dice algo que me parece la frase más honesta del cuento: que si hubiese tenido algo, su hijo no se habría ido. No lo dice como queja filosófica. Lo dice como quien entiende, demasiado tarde, el mecanismo que la dejó sola. La pobreza no duele solo cuando falta el pan. Duele también cuando empieza a disolver los vínculos, cuando obliga a elegir entre quedarse con los suyos o tener una oportunidad real.

La tasa de envejecimiento en Chile avanza rápido. El país tiene cada vez más Paulitas, y cada vez menos recursos destinados a acompañarlas. El debate sobre pensiones, sobre cuidados, sobre soledad en la vejez, existe, pero siempre parece aplazarse para después. Como las cartas.

Hoy los que se van ya no mandan cartas. Mandan mensajes, o no mandan nada. Pero las madres que esperan siguen ahí, en los mismos cerros, los mismos pueblos, los mismos fundos reconvertidos. Y el norte sigue siendo el norte.

El cuento de Gana es breve. Siete páginas. Pero tiene la densidad de algo que no ha terminado de ocurrir. 

domingo, 12 de abril de 2026

Chile bajo el mismo sol: leer Sub Sole hoy


Hay libros que no envejecen: mutan. Leer Sub Sole de Baldomero Lillo hoy no es un gesto literario: es un ejercicio incómodo de reconocimiento. Sus cuentos no nacen de una teoría ni de una consigna; nacen de la observación rigurosa de una realidad brutal. Lillo no fue un revolucionario ni un marxista: fue un testigo crítico. Y eso, paradójicamente, vuelve su obra más perturbadora.

En Sub Sole, el progreso no redime: aplasta. Los cuerpos, las jornadas, la miseria, todo está expuesto sin adornos. No hay discurso político explícito, pero hay algo más difícil de esquivar: evidencia. Lillo no dice “esto es injusto”; lo muestra hasta que resulta imposible no verlo.

El problema es que, al contrastarlo con el Chile actual, la distancia no tranquiliza. Hoy hablamos de flexibilidad, emprendimiento, meritocracia. El lenguaje cambió; la estructura, no tanto. La precariedad persiste, aunque más sofisticada: ya no se impone con violencia directa, sino que se internaliza. El trabajador sigue siendo reemplazable, pero ahora convencido de que su destino depende solo de él.

Lillo no ofrece soluciones ni consignas. Tampoco neutralidad. Su ética está en la mirada: representar sin distorsión. Y ahí radica su vigencia. En un presente saturado de opiniones, su forma de crítica —mostrar sin explicar— obliga a pensar más allá de los discursos.

Y quizás la pregunta más honesta es esta:

¿Estamos realmente mejor, o simplemente más acostumbrados?

Porque al final, el sol sigue siendo el mismo.

sábado, 11 de abril de 2026

La felicidad como jaula según Huxley



A solicitud de mi lectora faborita. 

Hay libros que uno lee con la sensación de que no son ciencia ficción. Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), es uno de ellos.

Describe una sociedad perfecta: nadie sufre, nadie protesta, nadie se aburre. Los humanos se fabrican en laboratorios, condicionados desde antes de nacer para aceptar su lugar en la jerarquía. Los de abajo son felices siendo menos inteligentes. Los de arriba tienen más libertades. Y todos toman soma, una droga que elimina el malestar como una aspirina elimina el dolor.

No hay censura violenta ni policías en cada esquina. El control es más elegante: interno, incorporado, invisible. La jaula no tiene barrotes porque no los necesita. La gente la habita con gusto.

¿Y nosotros?

No tenemos bebés de laboratorio ni pastillas mágicas. Pero tenemos algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos. Plataformas diseñadas para que no podamos soltar la pantalla. Redes sociales que no nos prohíben nada: solo nos ofrecen algo más satisfactorio que el pensamiento propio.

Nuestro soma es el scroll infinito, la serie que pasa sola al siguiente episodio, la dopamina del like, la comodidad de no buscar porque todo llega solo.

"¿Pero por qué no quieren ser libres?" pregunta el Salvaje.

"Porque la libertad implica responsabilidad", responde el Administrador. "Y los hombres temen la responsabilidad."

Esa respuesta, dicha en 1932, suena a un diagnóstico de la sociedad actual. 

Los habitantes de Un mundo feliz no sufren. No hay guerra, pobreza ni soledad duradera. Si les preguntaras si son felices, dirían que sí con total convicción.

¿Qué se pierde entonces? Se pierde el conflicto genuino. El dolor que enseña. El amor que duele porque importa. Se pierde Shakespeare (y porqué no Zalo Reyes) —literalmente prohibidos— porque para entenderlos hay que haber querido algo tanto que su ausencia destroza.

Huxley creía que la experiencia humana completa incluye el sufrimiento. No como accidente, sino como condición. Una vida sin malestar no es una vida mejor, sino una vida menor. Más segura. Más vacía.

El Salvaje, criado fuera del sistema, elige el dolor antes que el soma. No por masoquismo, sino porque sentir mal es la única prueba de que uno está vivo de verdad.

Mejor o peor, esa no es la pregunta

Nuestra sociedad no es el mundo feliz. Tenemos hambre, injusticia, guerras. Tampoco somos embriones condicionados. En teoría, podemos elegir distinto.

Pero Huxley detectó una tendencia: resolver el malestar en vez de habitarlo. Preferir la distracción antes que la pregunta difícil. Consumir identidad lista en vez de construirla a la intemperie.

Esa tendencia existe. Está en el diseño de las pantallas, en la lógica del mercado que vende comodidad como si fuera libertad, en nuestra propia inclinación a aceptar ese trato sin leer la letra chica.

Y asi las cosas, el ejercicio no está en averiguar si somos mejores o peores. La pregunta es: ¿cuánto de ese mundo hemos aceptado sin notarlo? Y si todavía somos capaces de preferir la incomodidad.

¿Irónico? Huxley murió el mismo dia que Kennedy el 22 de noviembre de 1963. El mundo estaba demasiado ocupado mirando Dallas como para despedirse  de él. Hay algo poético en eso. 

jueves, 9 de abril de 2026

Mares libres: migrar no es nuevo


Hay libros que envejecen; otros, en cambio, parecen esperar su momento. Mares libres, de Manuel Rojas, me parece es de los segundos. Aunque fue escrito en otro contexto histórico, su núcleo narrativo —el tránsito humano, la precariedad, la búsqueda de dignidad— dialoga con una fuerza inquietante con la realidad actual de Chile, especialmente con la migración que ingresa por el norte.

Rojas no romantiza el viaje. Sus personajes no son héroes épicos, sino sobrevivientes. En Mares libres, el desplazamiento no es una aventura, sino una necesidad: huir, buscar trabajo, escapar de condiciones que asfixian. Esa lógica sigue intacta hoy. Quienes cruzan el altiplano, enfrentando frío, hambre y desorientación, no lo hacen por elección estética ni por capricho económico; lo hacen porque quedarse suele ser peor.

El paralelo es directo: ayer eran marineros, obreros, vagabundos; hoy son venezolanos, haitianos, colombianos. Nosotros ya escogimos nuestro Skua. Cambian los acentos, pero no la estructura del fenómeno. El desarraigo sigue siendo el mismo. Y también lo es la mirada del otro: la sospecha, el rechazo, la incomodidad frente al que llega sin invitación.

Uno de los aportes más potentes del libro es su capacidad de humanizar al migrante sin convertirlo en símbolo. Rojas muestra sujetos concretos, con contradicciones, errores y deseos. Eso es precisamente lo que suele perderse en el debate contemporáneo, donde la migración se reduce a cifras, crisis o amenazas. Leer Mares libres hoy obliga a restituir esa dimensión humana.

Mares libres no ofrece soluciones, hay desafíos en seguridad, en integración, en capacidad del Estado, pero sí una advertencia: la movilidad humana es estructural, no accidental. Intentar frenarla solo con controles es como intentar detener el mar con las manos. La historia —y la literatura— muestran que los flujos migratorios responden a fuerzas profundas: desigualdad, violencia, oportunidades desiguales.

Leer este libro hoy, desde el Chile contemporáneo, no es un ejercicio académico. Es una forma de incomodarse con nuestras propias certezas. Porque, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo miramos al que llega?

Y esa respuesta, a diferencia de los flujos migratorios, sí depende de nosotros.

Sobre Juan Salvador Gaviota y el peligro de los libros que te dan la razón


 La releí hace poco y me sorprendí un tanto decepcionado donde antes me había sentido inspirado. No porque el libro haya cambiado, sino porque yo sí.

La historia es conocida: una gaviota que no quiere pescar, quiere volar. La bandada la rechaza. Ella persiste. Alcanza la iluminación. Vuelve a enseñar. Hay algo genuinamente hermoso en eso —la idea de que buscar los propios límites tiene un valor que no necesita justificarse ante nadie. El problema es lo que viene después.


La trascendencia, en la versión de Bach, es sospechosamente despreocupada. No cuesta nada real. El rechazo social de Juan Salvador queda presentado como confirmación de su superioridad, no como una herida que deba examinarse. Bach no ofrece esa posibilidad: en su mundo, el que se aleja tiene razón y los que se quedan están dormidos.

Lo curioso es que el libro contiene su propia crítica sin advertirlo. Juan Salvador vuelve. No se queda en las alturas. Regresa a la bandada. Pero esa vuelta está narrada con tal seguridad en la propia superioridad que el gesto generoso termina pareciendo condescendiente. No vuelve a aprender de los otros: vuelve a salvarlos.

El libro más honesto sería el de la gaviota que regresa y descubre que los que se quedaron pescando también sabían algo que ella no sabía. Que la bandada no era solo conformismo, sino también cuidado, pertenencia, el conocimiento callado de quién cuida a quién cuando el viento no acompaña.

Ese libro no existe. O si existe, no vende igual.

Juan Salvador Gaviota es un libro que te da la razón. Y los libros que te dan la razón son los más fáciles de no leer en realidad: los consumes, te consumen, y sales sintiéndote confirmado en lo que ya creías. Que es exactamente lo contrario de lo que debería hacer un libro.

 Porque si solo lees, no emprenderás vuelo solo estarás planeando en círculos. 



miércoles, 8 de abril de 2026

La fórmula del zorro


Hay una escena en El Principito que siempre me detiene. El principito encuentra un zorro y quiere jugar con él. El zorro le dice que no puede. No porque no quiera, sino porque no está domesticado.

El principito pregunta qué significa eso. Y el zorro le explica: domesticar es crear lazos. Y para crear lazos, le propone algo que parece simple pero no lo es. Ven todos los días. A la misma hora. Siéntate. No tienes que hablar, porque las palabras generan malentendidos. Solo ven. Y cada día, un poco más cerca.

Entonces dice algo que a mí me parece de las cosas más honestas que se han escrito sobre el afecto. Si vienes a las cuatro de la tarde, desde las tres yo ya estaré feliz. A medida que se acerque la hora, más feliz. A las cuatro me agitaré, me inquietaré. Y descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, no sabré a qué hora preparar mi corazón.

Eso. A qué hora preparar mi corazón.

Los vínculos no se construyen de golpe. No se construyen con una conversación intensa ni con una promesa grande. Se construyen repitiendo encuentros, creando ritos, dejando que el otro sepa cuándo esperarte. Tiempo, proximidad, ritmo. No intensidad. No urgencia. Ritmo.

Y sin embargo queremos relaciones profundas pero sin constancia. Queremos confianza pero aparecemos cuando podemos. Queremos lazos pero no dejamos tiempo compartido. Y eso no funciona. No porque seamos malas personas, sino porque los lazos simplemente no se hacen así.

Querer a alguien implica también esto: darle a tu presencia una forma reconocible. Que sepa cuándo llegás. Que pueda prepararse. Que su corazón tenga una hora a la cual apuntar.

La fórmula del zorro es sencilla y casi nadie la aplica. Todos los días, a la misma hora, un poco más cerca.

martes, 7 de abril de 2026

En mi humilde opinión


Acabo de darme cuenta de que el espacio dice "Opinar", dice "Opinar". No "desahogarse", no "decir cosas con cara de saberlo todo" (un giño a los opinologos) . Opinar. Y eso, si uno lo piensa un momento —cosa que recomiendo evitar— tiene implicaciones serias.

Porque opinar supone tomarse en serio lo que uno dice. Y yo, honestamente, no confío demasiado en lo que digo. Menos aún en lo que dicen los demás. Lo cual plantea una pregunta incómoda: ¿qué estoy escribiendo aquí?

No tengo una respuesta limpia. Tengo varias sucias.

La primera es que opinar es, en el fondo, suponer con una seguridad que no se ha ganado. Tomamos una observación, le añadimos algo de retórica, y la presentamos como si hubiéramos llegado a ella por mérito propio. Pero casi siempre estamos parados sobre arenas movedizas y fingiendo que es tierra firme. El problema no es que lo hagamos —es inevitable— sino que rara vez lo admitimos.

La segunda es que hay frases que funcionan precisamente porque nadie pide que signifiquen algo concreto. "Lo esencial no se ve", "lo que realmente importa"… son cheques sin fondo que seguimos aceptando porque suenan bien y nos ahorran el trabajo de pensar. Y con suficiente retórica encima, cualquier cosa puede parecer una conclusión. Incluso que amar sea un error, si uno se esfuerza lo suficiente.

La tercera —y esta es la más sucia— es que este mismo texto no escapa a nada de lo anterior. Estoy opinando sobre la opinión. Usando palabras para cuestionar las palabras. Es una trampa autorreferencial de manual, y me meto en ella con los ojos abiertos.

Pero hay algo que sí creo, aunque me cueste usar el verbo creer sin ironía: la sospecha constante es más honesta que la certeza fácil. Sospechar de los argumentos ajenos está bien. Sospechar de los propios es mejor. No porque lleve a alguna parte —generalmente no lleva— sino porque al menos impide que uno se tome demasiado en serio.

El otro día no podía dormir. Una de esas noches en que la cabeza gira sin dirección útil. Encendí la luz, agarré lo que tenía al lado, y resultó ser un libro de "autoayuda" . No ayudó nada. Pero dormí bien. Y pensé que quizás ahí hay algo: no toda inquietud merece una respuesta filosófica. Algunas se resuelven mejor con ignorando un libro ridículo y ocho horas.

Al final, opinar mucho tiene el mismo problema que comer mucho, beber mucho o  mucho sexo. La diferencia es que lo último viene acompañado de un gesto de suficiencia que los otros vicios, al menos, tienen la decencia de no usar.

Y eso, reconocerlo, ya es algo. Aunque tampoco sé muy bien el qué.

lunes, 6 de abril de 2026

La importancia de la coma

La ortografía, ese arte de escribir con precisión, se ve cada vez más relegada en el vértigo de las redes sociales y los mensajes instantáneos. Sin embargo, hay signos —como la coma— que no admiten descuido: basta su ausencia para torcer por completo el sentido.

Venga, hagamos el ejercicio del uso correcto de la coma:  

Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer, andaría en cuatro patas en su búsqueda”, eso no significa lo mismo que:

 “Si el hombre supiera realmente el valor que tiene, la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda”. 

Obviamente el segundo ejercicio se corresponde al uso correcto de la coma. Una coma desplazada, y la intención cambia de forma radical.

Cuando un mensaje llega sin esa mínima precisión, la confusión no es un accidente: es consecuencia. La coma no es un adorno; es un mecanismo de claridad, un puente entre lo que se escribe y lo que se entiende.

En un mundo donde la velocidad manda, pocos se detienen a revisar. Y aun así, basta una coma mal puesta —o ausente— para convertir una idea simple en un equívoco. La ortografía podrá tambalear, pero la coma sigue siendo un faro contra la ambigüedad.

Porque al final, nadie quiere decir algo… y que se entienda otra cosa.

domingo, 5 de abril de 2026

La vida es como una caja de bombones



Escuchado de paso:

"-La vida, para mí, ha sido como una caja de chocolates.

-¿Como Forrest Gump?

-No sé quién es ese tipo. Pero no, no es eso.

-No es una sorpresa bonita.

Es más bien un regalo insistente. De esos que aparecen sin que uno los pida. Barato, repetido. Y no se puede devolver.

Se acaba… y llega otra caja. Al principio uno no piensa. Abre y come.

Se atraganta con esa mezcla rara de chocolate, crema y menta. No porque guste, sino porque está ahí. Porque no hay mucho más.

A veces aparece algo distinto.Algo que realmente sabe bien.Un relleno de fresa. Algo dulce de verdad.

Dura poco. Siempre dura poco.Después vienen los restos.La miel dura, pegajosa. El chocolate amargo que se queda en la lengua 

más de lo que uno quisiera.Y uno igual los come.No por gusto.Por costumbre.O por hambre.Al final, queda la caja vacía.

Y los papeles. Siempre quedan los papeles.¿Y usted cómo piensa comerse su caja?"

La pregunta me quedó dando vueltas más tiempo del que quisiera admitir, aunque no era para mi. Porque no se trata de elegir los chocolates.

Eso ya viene hecho. Se trata de cómo te los comes. Hoy lo tengo más claro. Los que ya pasaron… ya están.

Buenos, malos, da lo mismo. Fueron. Los que quedan, no los voy a tragar. Voy a ir más lento.

Aunque no sean los mejores. Aunque algunos ni siquiera me gusten. Igual los voy a sentir.

Porque al final no queda nada más. Ni caja. Ni reemplazo. Solo lo que alcanzaste a saborear.

sábado, 4 de abril de 2026

Premios Ig-Nobel versión 2025


Hay premios que uno entiende al instante —los Nobel, por ejemplo— y otros que parecen un chiste… hasta que dejan de serlo. Los Ig Nobel viven en ese punto raro: primero provocan risa, y después dejan una idea rondando. Y eso ya es bastante más de lo que logran muchas cosas “serias”.

Las motivaciones con las que se conceden los premios son ciertamente curiosas, aunque esconden verdaderos estudios, extraños quizás, pero realizados con verdadero espíritu de investigación. de los mas locos premios entregados, me interesó el de Psicología: Los efectos de sentirte inteligente. Marcin Zajenkowski y Gilles Gignac recibieron el premio de psicología. La motivación cita: "por investigar lo que ocurre cuando se dice a los narcisistas, o a cualquier otra persona, que son inteligentes". ¿De qué estamos hablando? 

El estudio se preguntaba qué pasa cuando una persona se percibe a sí misma como inteligente. No solo si lo es, sino si cree que lo es. Y ahí empieza lo interesante: quienes obtienen mejores resultados en pruebas de inteligencia tienden, como era esperable, a verse a sí mismos como más capaces. Pero junto con eso aparece otra cosa: una sensación de ser distinto, de tener algo que los demás no.

Dicho sin adornos: cuanto más te ves inteligente, más fácil es que aparezcan rasgos narcisistas.

Y el otro lado también dice bastante. Quienes se perciben como menos inteligentes tienden a mostrar menos de esos rasgos. No necesariamente por virtud, sino porque no están construyendo una imagen propia por encima del resto.

Lo llamativo es que aquí no se habla solo de inteligencia, sino del relato que cada uno arma sobre sí mismo. Porque una cosa es tener cierta capacidad, y otra convertirla en una etiqueta fija. Cuando alguien empieza a pensarse como “el inteligente”, esa idea deja de ser una descripción y pasa a ser una posición desde la cual se mira a los demás.

Y desde ahí, la comparación es casi inevitable.

Quizás lo más interesante no sea la inteligencia que se mide, ni la que se declara, sino la que no necesita afirmarse todo el tiempo. La que no coloca a nadie en un nivel distinto, sino que más bien lo mantiene en movimiento, dudando, aprendiendo.

Al final, estos premios “raros” hacen algo poco frecuente: dejan una pregunta abierta. Porque después de leer algo así, la próxima vez que alguien te diga “eres inteligente”… tal vez lo escuches de otra manera... 

viernes, 3 de abril de 2026

La mujer que le revisa las cuentas al Estado


Hay instituciones que todos han escuchado nombrar, pero pocos entienden bien qué hacen. La Contraloría es una de ellas. Básicamente, es el organismo que se encarga de revisar que el Estado no gaste la plata pública como quiera, sino dentro de la ley.

Desde noviembre de 2024 la dirige Dorothy Pérez, la primera mujer en ocupar ese cargo. No es una figura llegada desde afuera: lleva más de veinte años dentro de la misma institución, pasando por distintos roles hasta llegar arriba. Su nombramiento, además, tuvo un respaldo político poco común, lo que ya dice bastante en el contexto actual.

Ahora, conviene despejar una confusión: la Contraloría no persigue delitos ni mete gente presa. Su trabajo es más silencioso, pero no por eso menos relevante. Revisa contratos, auditorías, decisiones administrativas. En otras palabras, mira si el aparato público está funcionando como debería o si alguien se está pasando de listo.

Y cuando funciona bien, se nota. Uno de los casos que más ruido hizo fue el de las licencias médicas: miles de funcionarios que, estando supuestamente enfermos, viajaban fuera del país. A partir de ahí se empezaron a cruzar datos con otras fuentes y aparecieron más situaciones difíciles de justificar. No fue un detalle menor; dejó en evidencia una práctica extendida.

También han aparecido otros casos, como funcionarios que se ausentaban del sector público mientras trabajaban en el privado. Todo esto, más allá del escándalo puntual, apunta a algo más estructural: controles débiles que recién ahora se están tensionando en serio.

Pero no todo ha sido bien recibido. Algunas decisiones han generado incomodidad, sobre todo cuando la fiscalización toca temas sensibles, como datos personales o áreas políticamente cargadas. Ahí aparece una tensión inevitable: hasta dónde puede —o debe— llegar el control sin cruzar ciertas líneas.

Al final, el punto de fondo es bastante simple: una Contraloría que hace bien su trabajo molesta. Y debería molestar a todos por igual. Si solo incomoda a un lado, deja de ser creíble.

Con recursos relativamente acotados, el impacto que puede tener sigue siendo alto. Pero eso también abre otra pregunta, más incómoda: cuánto interés real hay en que alguien fiscalice en serio al Estado. Porque una cosa es decir que el control importa, y otra muy distinta es darle el espacio —y el poder— para ejercerlo.

jueves, 2 de abril de 2026

Las fronteras que construimos


Hay una cosa que hacemos sin darnos cuenta, marcamos fronteras, levantamos muros, trazamos rayas, constantemente decidimos dónde está el límite. Lo que es normal y lo que no. Lo que merece respeto y lo que queda fuera. Trazamos una raya, ponemos a la gente a un lado u otro, y seguimos adelante convencidos de que la raya estaba ahí antes de que llegáramos nosotros.

Pero la raya la pusimos nosotros.

Los seres humanos necesitamos ordenar el mundo para movernos por él. El problema no es que lo hagamos, es que lo olvidamos. Olvidamos que fue una decisión, y entonces empieza a parecernos un hecho. Y los hechos no se cuestionan, se acatan. De ahí viene buena parte de la exclusión social: no de la maldad, sino del olvido.

Debajo de todo esto hay algo más profundo: tendemos a asumir que nuestra realidad es la realidad. No como arrogancia consciente, sino como punto de partida automático. Lo que yo veo, lo que a mí me parece razonable: eso es el mundo. Todo lo demás es error.

Y en cierto modo, no estamos del todo equivocados.

La realidad que cada uno experimenta es genuinamente suya. No hay nadie en el planeta viendo exactamente lo mismo que tú en este momento, porque nadie está en tu lugar. No solo físicamente: tu historia, tu cuerpo, lo que te dijo alguien hace diez años y todavía resuena. Todo eso filtra lo que percibes.

El error no está en tener una realidad propia. Está en confundirla con la única posible.

Porque si asumo que mi perspectiva es una perspectiva, la del otro deja de ser un error y se convierte en información. Las rayas no van a desaparecer, las necesitamos demasiado. Pero podríamos, de vez en cuando, recordar que fuimos nosotros quienes las pusimos ahí.