Hay historias que no deberían existir. Para no tener que contarlas.
La de Thiare Álvarez es una de ellas.
Thiare tenía leucemia mieloide aguda. Necesitaba un trasplante. Había tratamiento disponible. Había voluntad médica. Había una vida que salvar.
Lo que no había era el casillero correcto.
Era adoptada. Y eso —un dato que no tiene nada que ver con la medicina, con la sangre enferma, con las células que no funcionan— fue suficiente para que el sistema frenara. La regla era simple y brutal: donante familiar o nada. Como si la familia fuera un requisito biológico. Como si el amor adoptivo no contara para los formularios.
Entonces vino lo que siempre viene cuando el sistema falla: la exposición pública. La viralización. La presión mediática. Y el sistema reaccionó, claro que sí. Tarde. Cuando ya el daño estaba hecho con una precisión que ninguna negligencia improvisada podría igualar.
Porque esto no fue un error. Los errores se corrigen solos. Esto fue un diseño.
Un sistema de salud que necesita cámaras para funcionar no está fallando: está construido para fallar a quienes no tienen voz. La burocracia no mata de un golpe. Mata en cuotas. Con formularios. Con plazos. Con derivaciones. Con nadie que decida y todos que ejecutan. Es una violencia sin firma, sin rostro, sin responsable. Pero con víctimas muy concretas.
Y la pregunta que queda —la que nadie quiere responder— no es por qué Thiare no fue atendida a tiempo.
La pregunta es cuántos más están ahora mismo en la misma situación, en silencio, sin que nadie los filme, sin que nadie los comparta, esperando que el sistema recuerde que son personas antes de que sea demasiado tarde.
Chile no puede seguir dependiendo del escándalo como mecanismo de justicia.
Eso no es un sistema de salud. Es una ruleta.
Y mientras no cambie de raíz, el silencio que sigue a cada caso como este no es alivio.
Es complicidad.


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