viernes, 17 de abril de 2026

Un perro de regimiento y las amistades de hoy


Hay pérdidas que no hacen ruido. No tienen un momento exacto, no se anuncian, no dejan una escena clara que uno pueda recordar. Simplemente pasan.

Eso ocurre con ciertas amistades.

Es lo que entiendes al leer El perro del regimiento. Un cuento breve, casi sencillo en apariencia, pero que esconde más de lo que parece. En medio de la guerra, un perro acompaña a un grupo de soldados sin cumplir ninguna función estratégica. Está ahí, simplemente siendo parte. Y eso basta.

El animal se convierte en un punto de encuentro: algo que une, que suaviza, que humaniza. En un entorno regido por la disciplina y la supervivencia, aparece este vínculo sin condiciones. Sin jerarquías, sin cálculo. Solo presencia.

Hasta que desaparece.

Lo que se pierde no es solo el animal. Lo que se rompe es un equilibrio invisible. El regimiento sigue funcionando, la guerra no se detiene. Pero algo cambia en la forma en que esos hombres habitaban su propia realidad. Porque ese perro era más que compañía: era un espacio emocional compartido.

Hoy no estamos en guerra, pero tampoco vivimos en calma. La vida moderna tiene otro tipo de desgaste: rutinas exigentes, vínculos frágiles, conexiones rápidas. En ese contexto, ciertas amistades funcionan igual que el perro en el cuento. Son pausas. Lugares donde uno no tiene que rendir ni demostrar.

Por eso, cuando se pierden —y muchas veces no hay pelea ni quiebre claro, solo distancia— lo que queda no es solo la ausencia de una persona. Desaparece un espacio donde uno podía estar sin esfuerzo.

Las amistades no son eternas ni incondicionales. Cambian, se desgastan, a veces terminan porque deben terminar. Pero en un mundo donde casi todo se mide en utilidad, son de los pocos espacios que no responden a esa lógica. O no deberían.

Por eso, cuando se pierden, lo que duele no es solo quién se fue. Es lo que ese vínculo hacía posible.

Algo parecido a lo que le ocurre al regimiento: todo sigue igual, pero ya no es lo mismo.

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