La releí hace poco y me sorprendí un tanto decepcionado donde antes me había sentido inspirado. No porque el libro haya cambiado, sino porque yo sí.
La historia es conocida: una gaviota que no quiere pescar, quiere volar. La bandada la rechaza. Ella persiste. Alcanza la iluminación. Vuelve a enseñar. Hay algo genuinamente hermoso en eso —la idea de que buscar los propios límites tiene un valor que no necesita justificarse ante nadie. El problema es lo que viene después.
La trascendencia, en la versión de Bach, es sospechosamente despreocupada. No cuesta nada real. El rechazo social de Juan Salvador queda presentado como confirmación de su superioridad, no como una herida que deba examinarse. Bach no ofrece esa posibilidad: en su mundo, el que se aleja tiene razón y los que se quedan están dormidos.
Lo curioso es que el libro contiene su propia crítica sin advertirlo. Juan Salvador vuelve. No se queda en las alturas. Regresa a la bandada. Pero esa vuelta está narrada con tal seguridad en la propia superioridad que el gesto generoso termina pareciendo condescendiente. No vuelve a aprender de los otros: vuelve a salvarlos.
El libro más honesto sería el de la gaviota que regresa y descubre que los que se quedaron pescando también sabían algo que ella no sabía. Que la bandada no era solo conformismo, sino también cuidado, pertenencia, el conocimiento callado de quién cuida a quién cuando el viento no acompaña.
Ese libro no existe. O si existe, no vende igual.
Juan Salvador Gaviota es un libro que te da la razón. Y los libros que te dan la razón son los más fáciles de no leer en realidad: los consumes, te consumen, y sales sintiéndote confirmado en lo que ya creías. Que es exactamente lo contrario de lo que debería hacer un libro.
Porque si solo lees, no emprenderás vuelo solo estarás planeando en círculos.



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