sábado, 16 de mayo de 2026

El Estado que no existe


Hay una ficción que circula con mucha comodidad en el debate público: que existe algo llamado mercado libre, y que el Estado llega después a perturbarlo.

La historia desmiente eso desde el principio.

No hay mercado sin tribunales que hagan cumplir contratos. Sin policías que protejan propiedad. Sin bancos centrales que eviten que la moneda se evapore. Sin infraestructura que alguien construyó antes de que llegara la inversión privada. El capitalismo más "liberal" de la historia ha necesitado siempre un andamiaje estatal enorme para funcionar. La diferencia nunca fue Estado sí o Estado no.

La pregunta real siempre fue otra: ¿a favor de quién interviene el Estado?

Porque rescatar bancos en quiebra es intervención estatal. Garantizar patentes durante veinte años es intervención estatal. Subvencionar la industria tecnológica o militar es intervención estatal. Abrir rutas comerciales con plata pública es intervención estatal. Solo que a eso no se le llama intervención. Se le llama estabilidad, seguridad jurídica, incentivos al crecimiento.

"Intervención" es la palabra que se reserva para cuando el Estado redistribuye hacia abajo.

Por eso el capitalismo produce resultados tan distintos según dónde se aplica. Las socialdemocracias nórdicas redistribuyen con fuerza pero mantienen mercados competitivos. China planifica sectores estratégicos mientras liberaliza otros. Estados Unidos predica el libre mercado mientras sostiene con subsidios masivos su industria tecnológica, su aparato militar y su sistema financiero.

Chile tiene su propia versión de esa fractura.

El Estado chileno ha sido extraordinariamente activo garantizando estabilidad macroeconómica y condiciones para el crecimiento. Mucho más tímido cuando se trata de distribuir seguridad social o proteger a las personas frente a la precariedad. Las reglas del juego han estado escritas con cierta consistencia — pero no para todos los jugadores por igual.

La reciente Resolución 2/26 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos toca ese punto incómodo. La CIDH sostiene que las políticas fiscales no son neutrales. Que el presupuesto público es también una expresión de prioridades morales y relaciones de poder. Que la economía no está separada de la dignidad.

Es una afirmación que parece obvia y que sin embargo incomoda profundamente a quienes han construido su argumento sobre la idea de que el mercado es una fuerza natural y el Estado una distorsión.

Cuando un Estado decide qué financiar, qué recortar, a quién gravar, qué sector proteger — no solo administra recursos. Define qué vidas tendrán colchón y cuáles absorberán los costos de las crisis.

Eso no es técnica. Es política.

Y la política siempre tiene nombre.


jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando la rebeldía también alimenta el PIB


En 1944, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer escribieron en Dialectic of Enlightenment que la industria cultural terminaría convirtiendo incluso la rebeldía en mercancía. Décadas después, la idea parece más vigente que nunca.

La crítica vende. La indignación vende. El discurso antisistema vende. El capitalismo moderno descubrió que no siempre necesita destruir la disidencia; muchas veces le resulta más útil absorberla y convertirla en producto.

Por eso hoy vemos símbolos revolucionarios transformados en moda (las camisetas de Che Guevara), influencers anticapitalistas monetizando contenido y series como Ozark convirtiendo el colapso moral y económico en entretenimiento global.

Aquí aparece otro problema importante: el Producto Interno Bruto.

El PIB mide actividad económica, no bienestar humano. Si algo mueve dinero, el indicador lo registra positivamente. No distingue entre actividades que fortalecen una sociedad y actividades que la deterioran.

Las guerras generan industria. Las crisis producen reconstrucción. Las adicciones alimentan mercados multimillonarios. La ansiedad sostiene plataformas digitales, consumo farmacéutico y economías basadas en capturar atención.

El problema no es el PIB en sí, sino transformarlo en una brújula moral que confunde crecimiento económico con progreso humano.

Una sociedad puede crecer económicamente mientras aumentan la soledad, la ansiedad, la polarización y la dependencia emocional del consumo.

Las redes sociales son probablemente la forma más avanzada de este modelo. Antes, los medios producían consumidores. Hoy las plataformas convierten directamente a las personas en producto. La indignación genera tráfico. La polémica genera interacción. Incluso la rebeldía puede transformarse en contenido rentable.

Quizás esa sea la gran victoria de la industria cultural: no destruir la crítica, sino volverla económicamente útil.

Y entonces la pregunta: ¿qué ocurre con una sociedad cuando incluso sus crisis y su rebeldía terminan siendo funcionales para el mercado?

martes, 12 de mayo de 2026

La incomodidad de nombrar lo cotidiano



Hay una resistencia estética a imaginar la cotidianeidad biológica ajena. Cagar es la certeza más absoluta de nuestra especie, pero la vida social exige una intimidad que raya en la negación. A diferencia de mear —más breve, menos ritual—, el acto de cagar impone un silencio que preferimos ignorar.

​La palabra no ayuda. "Cagar" es rotunda y legítima, pero ha sido expulsada de los salones y hasta del corrector de Word. Esta omisión no es inocente: el lenguaje que no se nombra, se administra. Al eliminar el término del registro oficial, el acto no desaparece, pero sí la posibilidad de mencionarlo sin incomodar. En su lugar, el eufemismo construye una arquitectura de niebla: se "defeca", se"excreta" o se "evacúa".

 El cuerpo traducido al latín deja de ser carne para ser un expediente clínico. Aquí el pudor se vuelve jerarquía. El código culto levanta barreras; el médico que pregunta por "hábitos de excreción " no es delicado, es distante. El paciente, que caga perfectamente pero jamás ha "excretado", queda desorientado ante su propio organismo. Como decía un viejo profesor de teoria de la comunicación: el lenguaje que no llega al otro no es lenguaje, es performance. Los eufemismos no protegen al paciente, lo alejan. Un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no se nombren es un vocabulario diseñado para que ciertos cuerpos no importen. 

Word puede seguir ignorando la palabra; yo no voy a cambiarle el nombre.

Ya lo dice un querido poema:

"De los placeres sin pecar, el mejor es el cagar... Cagar es un placer de cagar nadie se escapa" 

domingo, 10 de mayo de 2026

Las madres invisibles


Hay una ausencia que el cine ha normalizado tanto que ya casi no se ve. Está ahí, en el fondo de cada historia, pero no tiene nombre ni diálogo ni siquiera un retrato en la pared. Es la madre.

Bella no tiene madre. Ariel tampoco. Jasmine, Pocahontas, Aladín. Toda una generación creció con protagonistas que llegaron al mundo por generación espontánea, o por el fervor narrativo de un padre que sí estaba, sí hablaba, sí importaba. La madre es ese personaje que el guionista borró en la primera revisión porque complicaba demasiado las cosas. No hace falta para la trama.

El padre ausente, en cambio, es épica pura. El trauma de Batman nace la noche que cayó Thomas Wayne. La herida de Simba lleva el nombre de Mufasa. Hasta Interestelar convierte la ausencia paterna en el motor secreto del universo. La ausencia del padre es mito. La de la madre es conveniencia narrativa.

Lo que ese silencio dice es revelador: que el cuidado no forma carácter, que lo cotidiano no es material dramático, que una tetera parlanchina puede sustituir perfectamente lo que una madre habría dado. El cuidado se da por hecho. Es el fondo, no la figura.

Pero aquí está la trampa: que no aparezca en pantalla no significa que no estuviera.

Porque en la vida real, la madre sí estaba. Siempre estuvo. En el sándwich que apareció solo en la mochila, en la fiebre de madrugada que alguien atendió sin contarlo después, en esa frase dicha casi de pasada que sin embargo se quedó grabada para siempre. El cine aprendió a hacer épica del padre ausente. Nunca supo cómo filmar lo que hace una madre presente, porque no explota, no tiene banda sonora, no cabe bien en un tercer acto.

El Día de la Madre no debería ser el día en que le damos una medalla a alguien por haber hecho lo que nadie notó el resto del año. Debería ser el día en que nos detenemos a mirar lo que elegimos no ver.

Las madres no son invisibles porque no estén. Son invisibles porque hemos construido una cultura que no sabe mirar lo que cuida sin espectáculo. Lo cotidiano no vende entradas. Lo constante no genera drama. Y lo que siempre estuvo ahí termina siendo, para el relato, como si nunca hubiera existido.

Pero existió. Existe. Y eso, aunque el cine no lo sepa filmar todavía, es la historia más larga que hay.

Feliz dia de las madres. Siempre presentes. 

La mediocridad como espejo


Cada cierto tiempo aparece en las redes una publicación que se viraliza no porque contenga análisis riguroso, sino porque toca algo que mucha gente ya siente. Hace poco circuló una de esas: un texto que denuncia cómo el sistema educativo chileno estaría "fomentando la mediocridad", evitando la reprobación, presionando a los profesores para que hagan pasar a estudiantes que no aprendieron nada. El texto generaliza sin evidencia y usa un lenguaje diseñado para provocar indignación más que reflexión. Y sin embargo, se compartió miles de veces.

Eso me parece más interesante que el texto mismo.

Porque cuando algo así se viraliza, no es porque sea verdad. Es porque resuena. Y lo que resuena merece pregunta: ¿con qué está vibrando?

Hay una tensión real en el corazón de cualquier sistema educativo moderno. La evidencia pedagógica indica que reprobar no funciona como se creía: repetir curso no mejora significativamente los aprendizajes, aumenta la deserción y afecta duraderamente la trayectoria del estudiante. Pero también existe la percepción —no completamente infundada— de que cuando desaparece la consecuencia del no aprendizaje, algo se pierde. No necesariamente la nota roja. Sino la señal. El momento en que alguien le dice a un estudiante: esto no está bien, hay que volver atrás.

Ese es el nudo verdadero. No si se reprueba o no. Sino si el sistema es capaz de decir la verdad.

Lo que el texto viral no puede decir —porque requeriría demasiada complejidad para una publicación de Facebook— es que la crisis del aprendizaje no tiene un solo culpable. No es solo que "ya no se exige". Es que los estudiantes llegan con déficits lectores acumulados. Es que la atención sostenida se ha deteriorado en un entorno de sobreestimulación digital. Es que muchos docentes trabajan en condiciones de sobrecarga que hacen imposible el seguimiento individual. Es que la desigualdad sigue determinando quién aprende y quién no, independientemente de cuántas notas rojas se pongan.

Reducir todo eso a "los hacen pasar igual" es cómodo. Tiene un culpable claro y una solución implícita igual de simple: volver a exigir, endurecer, reprobar sin culpa. Pero los sistemas complejos no se reparan con gestos simples.

El agotamiento docente es real. La sensación de que el esfuerzo ya no importa es real. La percepción de que algo se ha roto en el vínculo entre aprender y ser reconocido por aprender también es real. Pero validar una emoción no es lo mismo que entender su causa.

La mediocridad que más me preocupa no es la del estudiante que avanza con vacíos. Es la del análisis que prefiere la indignación al entendimiento. La que convierte un problema estructural de décadas en un meme compartible. La que nos hace sentir que ya entendimos todo porque encontramos a alguien a quien culpar.

Esa mediocridad no está en las aulas. Está en cómo pensamos sobre ellas.


viernes, 8 de mayo de 2026

La erosión democrática moderna


Hay una diferencia que casi nunca discutimos entre las cosas que se rompen y las que se gastan. Cuando algo se rompe, hay un antes y un después. El desgaste no funciona así. Ocurre en silencio, sin fecha exacta, si avisar -- pero con indicios, una cronica de una muerte anunciada-- Y lo más inquietante es que te acostumbras a él mientras sucede.

El último informe de V-Dem sitúa a Chile en una posición que no resulta cómoda ni para la alarma ni para la tranquilidad. No estamos en crisis. Pero tampoco somos lo que fuimos, y eso es exactamente el problema.

Lo que V-Dem mide no es solo si hay elecciones. Eso es el piso técnico. Mide si las instituciones son independientes, si el debate público tiene calidad, si el equilibrio de poderes aguanta el peso que se le pone encima. Y es ahí donde los datos muestran el deterioro: desconfianza acumulada, conversaciones públicas cada vez más estériles, instituciones que la gente mira con una mezcla de indiferencia y desprecio, una política que parece hablar consigo misma mientras el resto del país hace otra cosa.

El informe insiste en que las democracias modernas rara vez colapsan con un golpe dramático. Se desgastan gradualmente, de formas que en cada momento parecen tolerables porque el país sigue funcionando. El problema es que "seguir funcionando" no es lo mismo que "estar bien".

La pregunta que los datos dejan flotando no es si la democracia chilena va a sobrevivir. Es qué clase de democracia vamos a tener si las tendencias actuales se mantienen diez años más. Porque una democracia puede celebrar elecciones normales, respetar la Constitución, mantener todos los formatos institucionales intactos, y aun así vaciarse lentamente de convicción, de confianza, de capacidad real para producir acuerdos que duren.

El agua que hierve despacio no avisa.


martes, 5 de mayo de 2026

La frontera que viene



Hay una conversación que la humanidad aún no ha tenido en serio. La estamos teniendo, sí, pero en laboratorios, salas de juntas y novelas de ciencia ficción. Estamos a punto de ser multiplanetarios, y no tenemos idea de lo que significa.

El patrón histórico es siempre el mismo: territorio desconocido, primeros que mueren, sobrevivientes que construyen comunidad, identidad que luego choca con quien financió el viaje. Marte no será diferente.

El Tratado del Espacio Exterior de 1967 prohíbe que Estados reclamen soberanía sobre cuerpos celestes, pero no dice nada de corporaciones privadas ni del niño que nazca allá. El primer bebé marciano podría ser el primer apátrida del sistema solar. ¿Qué es una nación cuando el suelo donde naciste no pertenece a ninguna?

La independencia marciana no tendrá fecha ni batalla; la construirá la física. Con 3 a 22 minutos luz de distancia, ante una emergencia decidirán solos. El quiebre real será la tercera generación: nacidos de padres nacidos allá, que nunca vieron un océano. Para ellos la Tierra no será la patria, sino el lugar de los abuelos. El caso más iluminador no es la revolución americana, sino Australia: que simplemente dejó de mirar hacia Londres.

La pregunta no es si colonizaremos Marte (en cien años es casi inevitable). La pregunta es si llegaremos con alguna reflexión ética, o como siempre: primero, y pensando después.

lunes, 4 de mayo de 2026

Santiago en 100 Palabras


Decir mucho en poco no es limitarse, es afinar.

“Santiago en 100 Palabras” no premia al que grita más fuerte, sino al que sabe elegir qué decir… y qué callar.

Cien palabras no son pocas: son un filtro.

Obligan a mirar la ciudad sin relleno, a capturar un gesto, un ruido, una grieta.

No se trata de ganar.

Se trata de descubrir que, a veces, una idea bien dicha cabe completa en un puñado de líneas.

El plazo del concurso ha terminado, ya enviaste tu texto?  

sábado, 2 de mayo de 2026

No tiene nada que perder


Hay una frase que debería alertarnos más de lo que lo hace: "no tiene nada que perder". Se pronuncia en pasillos clínicos, en comités, en conversaciones familiares cargadas de urgencia. Suena compasiva, casi lógica. Pero es una de las ideas más peligrosas que puede circular en medicina.

Porque cuando alguien "no tiene nada que perder", en realidad lo ha perdido todo... excepto su capacidad de ser utilizado.

La medicina moderna se apoya en marcos éticos sólidos: la Declaración de Helsinki, comités de supervisión, protocolos exhaustivos. Todo parece indicar que el problema de la coacción quedó en el pasado. Pero eso es una ilusión cómoda. La coacción no desapareció. Se sofisticó.

Ya no adopta la forma brutal del experimento sin consentimiento. Ahora se disfraza de oportunidad. Se presenta como la última puerta cuando todas las demás están cerradas. El paciente firma, acepta, consiente. Todo en regla. Todo documentado.

Y, sin embargo, la pregunta sigue intacta: ¿qué significa consentir cuando la alternativa es simplemente esperar a morir?

Aquí está la grieta que el lenguaje técnico intenta cubrir: la diferencia entre voluntad y libertad. Un paciente desesperado puede querer algo con absoluta convicción, pero esa convicción no nace en condiciones neutrales. Nace en un terreno inclinado, donde la esperanza pesa más que la evidencia.

La ética contemporánea intenta resolver esta tensión con procedimientos. Son herramientas necesarias, pero no suficientes. Ninguna firma puede equilibrar completamente una relación donde una parte necesita sobrevivir y la otra necesita aprender. Para la ciencia, el fracaso es información. Para el paciente, puede ser sufrimiento o muerte. El mismo evento tiene significados radicalmente distintos según desde dónde se mire.

No hay neutralidad en eso.

Hemos construido un relato donde el paciente en situación límite se convierte en una figura casi heroica, alguien que "elige luchar" hasta el final. Pero rara vez nos detenemos a considerar cuánto de esa elección está moldeada por la ausencia de alternativas reales.

La medicina no es inmoral por avanzar. Sería absurdo sostenerlo. Pero tampoco es moralmente neutra cuando lo hace.

Y eso, a veces, cuesta admitirlo. Sobre todo cuando uno mismo ha estado —o ha acompañado a alguien— en esa sala donde firmar un papel experimental se siente como el único gesto que todavía tiene sentido. Donde la desesperanza y la esperanza conviven en el mismo formulario. Donde decir sí no es exactamente una elección libre, pero tampoco hay otra manera de seguir adelante.

Quizás de eso se trata, al final: de aprender a ver con más honestidad lo que ocurre en esos momentos. No para paralizar a la medicina, sino para no dejar de preguntarnos qué le estamos pidiendo a las personas más vulnerables cuando las invitamos a participar en nuestro progreso.

viernes, 1 de mayo de 2026

Hombría y homosexualidad


Este post es el resultado de una conversación que mantuvimos con un amigo y cuya respuesta prometi vincular en mi blog. 

--Si uno toma distancia —como proponías al inicio—, la historia no avanza en línea recta sino a través de tensiones, avances y retrocesos que obligan a revisar continuamente nuestras categorías. “Hombría” es una de esas: una palabra que pretende fijar una esencia, pero que en realidad ha mutado según el contexto, oscilando entre el coraje, la disciplina, la capacidad de sostenerse frente al riesgo, y, en versiones más pobres, una caricatura de dureza o negación de la vulnerabilidad. En ese vaivén, se cuelan prejuicios que parecen sólidos cuando se observan de cerca, pero se desmoronan al ampliar el foco.

Ahí es donde tu ejemplo histórico deja de ser anécdota y se vuelve argumento. Durante la Ocupación de Francia por la Alemania nazi, hombres homosexuales operaron dentro de redes vinculadas a la Francia Libre, bajo la conducción de Charles de Gaulle, ejecutando tareas de inteligencia de alto riesgo mediante la seducción de oficiales enemigos. Ese tipo de acción exige exactamente aquello que las definiciones más exigentes de “hombría” dicen valorar: control emocional, valentía, cálculo bajo presión y disposición a exponerse por una causa mayor. La paradoja es solo aparente: lo que se rompe no es la realidad, sino el estereotipo.

Lo mismo ocurre con el lenguaje: “blandengue” se usa como sinónimo de debilidad, pero históricamente designó cuerpos de caballería en el mundo hispano que operaban en condiciones duras de frontera. La etiqueta no describe la sustancia; la distorsiona. Y esa distorsión, cuando se proyecta sobre personas, produce juicios erróneos: confundir orientación sexual con carácter es un error de categoría.

Visto así, tu intuición inicial y la pregunta convergen: el progreso no consiste solo en acumular avances técnicos o políticos, sino en depurar los criterios con los que evaluamos la realidad. Cada vez que una sociedad corrige una asociación falsa —como ligar homosexualidad con falta de “hombría”— está, en pequeño, avanzando hacia ese “puente” que mencionas. Pero el riesgo de despeñarse sigue ahí: basta con aferrarse a palabras vacías y convertirlas en dogma. Por eso el movimiento es siempre el mismo: avanzar, retroceder, revisar… y, cuando se mira en conjunto, afinar cada vez más la relación entre lo que decimos que valoramos y lo que realmente ocurre.

miércoles, 29 de abril de 2026

No es que no entendamos el inglés. Es que no nos interesa obedecerlo.


Cada vez que alguien canta mal una canción en inglés, aparece el mismo reflejo automático: burla, corrección, superioridad. “Así no es la letra”. Como si el problema fuera técnico. Como si la única forma válida de escuchar fuera repetir correctamente.

Pero no. El punto no es entender. El punto es apropiarse.

Cuando alguien convierte This is the rhythm of the night en una versión fonética deformada"¿Esas son Reebok o son Nike?", o transforma Sopa de Caracol What a very good soup en "Wata meri consu" algo completamente distinto a lo que se quiso decir , no está fallando. Asi lo entendió el cantante Dee Snider cuando cantó junto al público "Huevos con aceite y limón". Se está haciendo algo mucho más interesante: está desobedeciendo el original.

El oído no es neutral. Está entrenado por cultura, lengua, calle, historia. Por eso no escucha “lo correcto”, escucha “lo posible”. Y lo posible siempre pasa por el filtro propio. Esa supuesta “mala pronunciación” es, en realidad, una traducción sin permiso.

¿Suena ridículo? A veces. ¿Es impreciso? También. ¿Es inferior? En absoluto.

Porque esto no empezó con memes ni con canciones noventeras. Esto viene de más atrás, de cuando lo impuesto tenía que ser reinterpretado para poder existir aquí. No se trató solo de aceptar símbolos externos, sino de doblarlos, mezclarlos, hacerlos decir otra cosa. Esa lógica sigue viva, solo que ahora aparece en una pista de baile o en un video viral.

La diferencia es que hoy se ridiculiza.

Se exige fidelidad al original, como si la cultura fuera un examen de pronunciación. Como si repetir fuera más valioso que transformar. Pero copiar sin alterar no es cultura: es obediencia.

Lo que ocurre cuando alguien “canta mal” es exactamente lo contrario. Es una pequeña rebelión lingüística. Un acto mínimo, casi inconsciente, donde el idioma dominante pierde control y se filtra la identidad.

No estamos escuchando mal.

Estamos escuchando desde donde somos.

Y eso al parecer incomoda a los puristas más de lo que parece.

martes, 28 de abril de 2026

El poder de las palabras


Existe una palabra que todos jugando, hemos pronunciado alguna vez sin saber que estábamos diciendo algo verdadero.

Abracadabra. La palabra de los magos de circo, del ilusionista con chistera. Una palabra que parece no significar nada, puro sonido, pura performance. Pero viene del arameo — o del hebreo, los lingüistas aún discuten — y significa algo inquietante: creo mientras hablo (Y dijo Dios sea la luz y fue la luz. Génesis 1:3). No "creo y luego hablo". Mientras. El acto de hablar y el acto de crear son la misma cosa.

En inglés, spell significa hechizo. También significa deletrear, ordenar las letras de una palabra. No son dos significados distintos que por casualidad comparten forma: son el mismo gesto. En la Europa medieval, escribir correctamente era casi un acto ritual. El escriba que trazaba las letras en el orden justo estaba, literalmente, invocando algo. Las palabras bien construidas tenían poder. Las mal construidas, también.

Las culturas antiguas lo sabían. Nosotros lo olvidamos.

O peor: seguimos haciéndolo, pero sin darnos cuenta. Sin ceremonia, sin intención, sin el menor cuidado. Me rindo. No puedo más. Soy un inútil. Estoy gordo. Hechizos lanzados al desayuno, al espejo, al tráfico. Nadie los registra como conjuros. Nadie enciende velas ni traza círculos. Pero se van cumpliendo igual, no porque el universo escuche y obedezca "el decreto", sino porque nosotros escuchamos. Porque lo que nos decimos moldea lo que intentamos, lo que evitamos, lo que creemos posible.

No es que las palabras tengan un poder intrínseco. La pregunta es si vamos a seguir usándolas descuidadamente, o si vamos a asumir que igual estamos hechizando, y que podríamos hacerlo con algo más de conciencia.

No como técnica. Como responsabilidad.

lunes, 27 de abril de 2026

El diccionario de los afuerinos


Quizá no hay un momento preciso —no tiene fecha, pero sí peso— en que una palabra ajena te cae encima y de golpe entiendes que el país ya no es el mismo. No lo entiendes por las noticias ni por las estadísticas de migración. Lo entiendes porque alguien escribe chamo con su propia letra, en un papel o en un mensaje de WhatsApp, y esa grafía te dice más que cualquier titular: este ya es otro lugar.

Chile empieza a ser otro país en las palabras.

Y lo curioso es que el idioma no cambia por decreto. Cambia por roce, por convivencia, por la necesidad humana y urgente de hacerse entender. Llegan las palabras nuevas sin pedir permiso, se instalan en la conversación cotidiana, y un día ya no te sorprenden. Ese día, sin que nadie te haya avisado, algo se movió.

Pero el cambio tiene su otra cara, más silenciosa y más dolorosa: las palabras que perdemos, las que se quedan atrás, las nuestras. La polola, la hallulla la guagua la pichanga. Las palabras  no son solo vocabulario. Son coordenadas biográficas. Son la manera en que uno aprendió a nombrar el mundo cuando el mundo todavía cabía en un barrio, en una cancha de tierra, en la voz de alguien que ya no está.

Dejarlas no es solo cambiar de léxico. Es soltar, de a poco, la versión de uno mismo que necesitaba esas palabras para existir.

Y entonces vienen los ritos de los que migran y de nosotros que simplemente vemos cómo nuestro país muta alrededor de ellos... Y que nos queda, buscar en librerías de viejo un diccionario de localismos de nuestro pasado, ensayar el acento de la supervivencia, hablarle al espejo. Aprender a decir las cosas de otra manera para que te entiendan, aunque por dentro sigas pensando en hallulla (y no en arepas), aunque por dentro todavía juegues cachipún para decidir algo.

Las lenguas no mueren. Se transforman, se mezclan, se negocian. Pero en esa negociación siempre hay algo que se pierde y algo que duele perder. No porque lo nuevo sea peor. Sino porque lo viejo era tuyo, era de aquí, era de antes.

Y antes, a veces, es el único lugar donde uno todavía se reconoce.

domingo, 26 de abril de 2026

La burocracia que mata en silencio



Hay historias que no deberían existir. Para no tener que contarlas. 

La de Thiare Álvarez es una de ellas.

Thiare tenía leucemia mieloide aguda. Necesitaba un trasplante. Había tratamiento disponible. Había voluntad médica. Había una vida que salvar.

Lo que no había era el casillero correcto.

Era adoptada. Y eso —un dato que no tiene nada que ver con la medicina, con la sangre enferma, con las células que no funcionan— fue suficiente para que el sistema frenara. La regla era simple y brutal: donante familiar o nada. Como si la familia fuera un requisito biológico. Como si el amor adoptivo no contara para los formularios.

Entonces vino lo que siempre viene cuando el sistema falla: la exposición pública. La viralización. La presión mediática. Y el sistema reaccionó, claro que sí. Tarde. Cuando ya el daño estaba hecho con una precisión que ninguna negligencia improvisada podría igualar.

Porque esto no fue un error. Los errores se corrigen solos. Esto fue un diseño.

Un sistema de salud que necesita cámaras para funcionar no está fallando: está construido para fallar a quienes no tienen voz. La burocracia no mata de un golpe. Mata en cuotas. Con formularios. Con plazos. Con derivaciones. Con nadie que decida y todos que ejecutan. Es una violencia sin firma, sin rostro, sin responsable. Pero con víctimas muy concretas.

Y la pregunta que queda —la que nadie quiere responder— no es por qué Thiare no fue atendida a tiempo.

La pregunta es cuántos más están ahora mismo en la misma situación, en silencio, sin que nadie los filme, sin que nadie los comparta, esperando que el sistema recuerde que son personas antes de que sea demasiado tarde.

Chile no puede seguir dependiendo del escándalo como mecanismo de justicia.

Eso no es un sistema de salud. Es una ruleta.

Y mientras no cambie de raíz, el silencio que sigue a cada caso como este no es alivio.

Es complicidad.

sábado, 25 de abril de 2026

Cuando un amigo se va


Tu muerte no hizo ruido, pero dejó un silencio imposible. No escribo desde la tristeza, sino desde la memoria, donde sigues intacto. Porque morir es biológico; desaparecer, no. Y tú no has desaparecido.

Fuiste testigo de mis primeras rebeldías, y con tu presencia hiciste transitable una infancia enorme. Es injusto en que la vida siga sin quienes debían estar siempre. Pero soy terco: no te recuerdo como un final, sino como una suma de días auténticos.

Mientras dependa de mí, no habrá segunda muerte para ti. No es una despedida, es un reconocimiento: fuiste parte esencial de mi historia. Yo seguiré recordando.

No hay una tumba para ti y no sabia en que pequeño lugar debía depositar todo esto.

Dedicado a la memoria de Miguel Cortés "Huevito", mejor amigo que yo... 

jueves, 23 de abril de 2026

Dia del libro



Abril tiene algo distinto. No es solo el otoño ni el cambio de ritmo: es ese recordatorio cultural —casi siempre vacío de tanto repetirse— de que existe el Mes del Libro. Y sin embargo, sigue teniendo una potencia silenciosa. Nos obliga a volver a lo esencial.

Por eso este mes decidí escribir sobre libros. No fue una decisión estética. Fue una reacción.

Leer hoy no es lo mismo que leer hace veinte años. La lectura ha sido fragmentada, convertida en consumo rápido o en acumulación de títulos pendientes. Se habla mucho de libros, pero se los habita poco. Se los colecciona, se los fotografía, se los recomienda. Raramente se los piensa.

Escribir sobre ellos, entonces, no es recomendarlos. Es interrogarlos.

¿Qué dicen realmente? ¿Qué muestran que preferimos no ver? Volver a ciertos textos no es nostalgia; es diagnóstico. La literatura no predice el futuro, pero expone estructuras que rara vez cambian. Y eso, en un momento donde todo empuja a opinar rápido y pensar poco, tiene un valor que no siempre sabemos reconocer.

El Mes del Libro debería ser incómodo. Debería obligarnos a admitir que leemos menos de lo que creemos, peor de lo que decimos, y con menos profundidad de la que necesitamos.

Este blog, durante abril, va en esa dirección. No es una celebración del libro. Es un intento de volver a usarlo —como herramienta, no como adorno.

Feliz dia del libro!!! 

miércoles, 22 de abril de 2026

La Historia Interminable, el libro que sabe que lo estás leyendo


 Hay libros que uno lee y hay libros que lo leen a uno. La Historia Interminable, de Michael Ende, pertenece a esa segunda categoría: desde sus primeras páginas instala una incomodidad productiva, la sensación de que el texto está mirando de vuelta. No es casualidad. Ende construyó esa sensación con deliberada precisión, y en ella depositó todo lo que quería decir sobre la fantasía, la lectura y el modo en que los seres humanos nos relacionamos con las historias que inventamos.

La novela cuenta, en apariencia, dos historias paralelas. En una, Atreyu, un joven guerrero de Fantasía, debe encontrar la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil, un mal sin nombre que avanza junto a la Nada, esa oscuridad que borra los mundos a su paso. En la otra, Bastian Baltasar Bux, un niño gordo, huérfano de madre y acosado en la escuela, roba un libro de una librería y se refugia a leerlo en el desván del colegio. Las dos historias son, por supuesto, la misma.

Ende publicó esta novela en 1979, en dos tintas —rojo para el mundo de Bastian, verde para el mundo de Fantasía—, como señalando desde la materialidad del objeto que leer es siempre habitar dos lugares al mismo tiempo. Ese detalle editorial, que muchas ediciones en castellano han perdido, no era decorativo. Era argumento. La tinta era parte de la tesis.


La tesis es esta: la fantasía no es evasión. Es, al contrario, la única forma de regresar al mundo real con algo nuevo que ofrecer. Cuando Bastian ingresa a Fantasía y la reconstituye con sus deseos —nombrando a la Emperatriz, creando montañas y mares a voluntad—, Ende no está celebrando el escapismo. Está describiendo el proceso creativo en su forma más pura: la imaginación como herramienta de transformación personal. El problema de Bastian no es que fantasee demasiado, sino que en algún momento olvida para qué servía la fantasía.

Aquí Ende toca algo que tiene una vigencia irritante. La Nada que devora Fantasía no es una fuerza maligna con rostro ni con nombre: es la indiferencia, la sequía interior de quienes han dejado de imaginar porque el mundo les ha enseñado que imaginar no sirve. Los únicos que pueden detenerla son los lectores —los seres humanos— que todavía se permiten ser afectados por las historias. Bastian puede salvar Fantasía precisamente porque todavía es capaz de desear con toda el alma.

Vivimos en un tiempo que produce Nada industrialmente. La saturación de imágenes, el consumo veloz, la cultura del contenido que se ve sin mirarse han generado una forma muy sofisticada de indiferencia: no la de quien no tiene acceso a las historias, sino la de quien tiene acceso a todas y no deja que ninguna lo toque de verdad. Ende no pudo haber imaginado TikTok, pero describió con exactitud su efecto.

Hay otra dimensión del libro que merece detenerse: la trampa del deseo sin límite. Bastian obtiene en Fantasía un poder absoluto —puede desear cualquier cosa y sucede—, pero cada deseo le cuesta un recuerdo. Pierde, poco a poco, la memoria de quién era, de dónde venía, de su madre muerta, de su padre vivo. El niño que entró al libro buscando ser amado tal como era termina a punto de olvidar que hay alguien a quien amar de vuelta.

Ende escribió esto en pleno capitalismo tardío y la advertencia no podría ser más directa. La sociedad de consumo le ofrece a cada individuo la ilusión de un deseo satisfecho al instante, y el precio —aunque nadie lo pone en letras chinas— es la memoria: la de la comunidad, la de la historia compartida, la del vínculo que no se compra. Bastian no es un niño malo. Es un niño que encontró una llave que no sabía cómo usar.

Lo que lo salva, al final, no es la magia. Es el amor. Su padre, que tampoco supo llorar la muerte de la madre, que también se quedó petrificado en su propio dolor, extiende la mano en el momento justo. Ende es, en ese gesto final, sorprendentemente sencillo: lo que nos devuelve al mundo real no es la grandeza de nuestra imaginación, sino la capacidad de querer y de dejarnos querer.

No he vuelto a leer el libro desde hace mucho tiempo. De niño era una aventura. Ahora es una pregunta incómoda: ¿qué le hemos hecho a nuestra capacidad de desear? ¿Cuántos de nosotros hemos gastado deseos en poder, en reconocimiento, en velocidad, y hemos olvidado en el camino el nombre de las cosas que de verdad importaban?

Fantasía sigue necesitando lectores. No consumidores de fantasía —de esos hay millones—, sino gente dispuesta a dejar que una historia los mueva, los cambie, les deje marca. Bastian robó un libro y lo leyó solo en un desván. Eso también es una imagen: a veces la única forma de entrar de verdad a una historia es sustrayéndola al ruido, llevándosela a un lugar quieto , y abriéndola sin prisa.

martes, 21 de abril de 2026

El verdadero maltrato fue el de los que siguieron caminando



En Chillán, a plena luz del día, un niño de ocho años estaba en el suelo frente a un local comercial. Sangraba de la nariz. Lloraba. Y decenas de personas pasaron a su lado como si fuera parte del paisaje.

Una sola persona se detuvo.

Una.

El golpe lo había dado su propia madre. Eso duele distinto, lo sé. Pero lo que me paraliza no es solo la violencia de esa mujer, sino la de todos los demás. La violencia tranquila de los que siguieron caminando, los que priorizaron sus compras, los que miraron y calcularon que no era su problema.

Pienso en cuántas veces he visto compartir publicaciones furiosas por un perro maltratado. Miles de reacciones, comentarios encendidos, gente indignada hasta las lágrimas. Y no digo que eso esté mal, el sufrimiento de un animal importa. Lo digo porque el contraste dice algo que deberíamos tener el valor de leer: nos resulta más fácil conmovernos por quien no puede juzgarnos, por quien no viene envuelto en historia ni en contexto incómodo.

El perro no nos complica. El niño sí.

El niño puede venir de una familia difícil, de una madre que también fue golpeada, de un barrio que el Estado olvidó hace décadas. El niño exige preguntas que no tienen respuesta fácil ni botón de compartir. Y entonces, sin darnos cuenta, lo dejamos en el suelo.

Hubo una persona que se detuvo en Chillán. Una persona que tuvo la decencia básica de ver a ese niño como un ser humano que necesitaba ayuda. Eso no debería ser un acto de heroísmo. Debería ser el mínimo.

Pero hoy, aparentemente, el mínimo es demasiado pedir. Me recuerda una frace demoledora: "si los animales pudieran hablar, gritarían que no quieren ser humanos" 

El nombre del monstruo



Hay una escena en La tempestad una de las últimas obras de Shakespeare (1611), que no me suelta. No es el naufragio ni la magia de Próspero. Es el momento en que Calibán le recuerda al mago que le enseñó el idioma con el que ahora lo maldice. "Me enseñaste tu lengua, y mi único provecho es que sé cómo maldecirte." Hay en esa frase una amargura tan lúcida que es difícil seguir leyendo sin detenerse.

Calibán no es un monstruo que llegó de otro mundo. Es el habitante de la isla al que se le robó la isla. Y fue hecho monstruo precisamente para que ese robo pareciera natural.

El mecanismo es uno de los más persistentes de la historia: para justificar la exclusión, primero hay que construir al excluido como algo que merece serlo. Próspero lo llama "cosa de oscuridad". Pero cuando uno lee con cuidado, esa descripción viene exclusivamente de boca de sus captores. Calibán habla de la isla con una ternura que ningún otro personaje iguala. "La isla está llena de ruidos que deleitan y no dañan." Ese no es el lenguaje de un monstruo. Es el lenguaje de alguien que ama el lugar donde nació.

La sociedad fabrica monstruos justo cuando los necesita. El proceso es siempre el mismo: se señala la diferencia, se interpreta como peligro, se construye un relato que lo vuelve natural, casi biológico. Lo vimos con los pueblos originarios, con los obreros del siglo XIX, lo vemos hoy con los migrantes e indigentes, con los que no encajan en el molde que alguien más dibujó. El monstruo siempre aparece cuando el diferente empieza a reclamar lo que le pertenece.

Calibán reclama la isla. Eso es todo. Y eso es suficiente para que lo encadenen.

Próspero al final abandona la isla y se lleva su magia. Calibán se queda. La isla siempre fue suya. Y cada vez que una sociedad señala con el dedo y pronuncia esa palabra —monstruo, bestia, cosa de oscuridad— vale la pena preguntarse a quién le conviene ese nombre. Y a quién se lo están poniendo para no tener que escucharlo.

lunes, 20 de abril de 2026

La especia que buscamos


Hace poco más de dos semanas, cuatro personas sobrevolaron la Luna. El 1 de abril de 2026, la misión Artemis II completó el primer vuelo tripulado más allá de la órbita baja desde el Apollo 17 en 1972. El 6 de abril capturaron imágenes del lado oculto de la Luna mientras la Tierra aparecía como una delgada medialuna suspendida en la oscuridad.Fue, sin duda, hermoso. Y sin embargo, algo en ese vuelo me hizo pensar en Dune, escrita por Frank Herbert en 1965.  

No en la novela como espectáculo, sino en lo que Herbert miraba de verdad cuando la escribió: el mecanismo por el cual una civilización decide que cierto lugar remoto e inhóspito merece ser conquistado. Arrakis no tenía nada que ofrecer excepto la especia, esa sustancia sin la cual el universo conocido se detendría. Todo lo demás —el sufrimiento de los Fremen, la ecología destruida, las guerras dinásticas— era el precio que alguien más pagaba.

Artemis II fue un sobrevuelo, una prueba de sistemas. Pero el programa no oculta sus ambiciones. La NASA no busca repetir el Apollo: la meta es ir a la Luna y quedarse, construir una base, abrir el camino a Marte. Y detrás —o más precisamente, al lado y cada vez más adelante— están SpaceX y Blue Origin, con sus propios calendarios y su propia visión de lo que significa colonizar otro mundo.

¿Cuál es la especia de Marte? Puede ser el agua en sus polos, el helio-3, o simplemente el espacio como válvula de escape para una Tierra que se queda pequeña. O puede ser algo más viejo: el control. El que llega primero, nombra. El que nombra, posee. Lo que sí sabemos es que ese viaje ha costado 93 mil millones de dólares proyectados, y que no está siendo financiado por poetas. Está siendo financiado por gobiernos que negocian con empresas que tienen accionistas que esperan retorno.

Nada de eso hace que el vuelo sea menos asombroso. Pero Herbert nos enseñó algo que vale la pena recordar mientras miramos esas imágenes desde la ventana del Orion: que la maravilla y la ambición viajan siempre juntas, y que la segunda no siempre tiene los mejores modales.

Paul Atreides llegó a Arrakis creyendo que venía a gobernar. El desierto lo transformó antes de que él pudiera transformar al desierto.

Ojalá aprendamos eso antes de llegar.


domingo, 19 de abril de 2026

"Vendrán lluvias suaves: Reflexión sobre la guerra y el futuro"

Hay un cuento de Ray Bradbury que me impresionó mas que otros. No tiene personajes de carne y hueso, no hay diálogos ni héroes. Es, básicamente, la descripción de una casa que sigue haciendo sus cosas aunque ya no queda nadie para habitarla.

Vendrán lluvias suaves forma parte de las Crónicas Marcianas, publicadas en 1950 —cinco años después de Hiroshima. Bradbury escribió ese texto todavía con el olor a ceniza en el aire.

La historia ocurre en agosto de 2026 —este año, para ser precisos— en una ciudad de California borrada por una guerra nuclear. La casa inteligente no lo sabe, o no le importa, que viene a ser lo mismo. La cocina prepara el desayuno. Los ratones mecánicos limpian el piso. Todo funciona con puntualidad impecable para una familia que murió en el jardín, dejando sus siluetas grabadas en la pared como una fotografía negativa del horror. La rutina persistiendo después del fin. El rito continuando sin el dios.

Me detengo en eso porque es exactamente lo que vemos cuando miramos las guerras actuales. Ucrania lleva más de tres años bajo bombardeos. Gaza ha sido reducida a escombros con una sistematicidad que ya no escandaliza porque el escándalo continuo se vuelve ruido de fondo. El Sudán, el Congo, el Yemen. En todas partes lo mismo: las estructuras funcionando, los discursos repitiendo consignas de soberanía y valores, mientras los muertos se convierten en cifras y los niños aprenden a distinguir por el sonido si el misil va a caer lejos o cerca.

La guerra moderna tiene esa cualidad mecánica que le aterraba a Bradbury. Los drones vuelan solos. Los algoritmos identifican blancos. La casa sigue funcionando. Solo que ya no hay nadie adentro.

El poema que la casa recita esa noche —programada para hacerlo aunque nadie escuche— es de Sara Teasdale, escrito en 1920, después de la Primera Guerra Mundial: "vendrán lluvias suaves y olores de tierra... y nadie sabrá nada de la guerra, a nadie le interesará que haya terminado. A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, si la humanidad se destruye totalmente, la primavera al despertar apenas sabrá que hemos desaparecido."

Hay algo brutal en esa indiferencia de la naturaleza. Consuela porque el mundo seguirá siendo hermoso. Desespera porque esa belleza no nos necesita. Y sin embargo insistimos en destruirnos como si la guerra fuera lo que nos define, como si la especie no pudiera existir sin ese ejercicio periódico de matarse entre sí.

Lo que más me inquieta del cuento no es la destrucción. Es el olvido. Las ciudades arrasadas que desaparecen de los titulares. Los muertos que dejan de ser personas. La memoria que se apaga porque a los que quedan les resulta insoportable mantenerla viva.

Y sin embargo Bradbury dejó el poema de Teasdale en el centro del cuento, como una nota al pie: la naturaleza sobrevivirá, las golondrinas seguirán girando, el mundo seguirá siendo. No sé si eso es esperanza o simplemente la constatación de que somos prescindibles. Tal vez sea la única honestidad posible: reconocer la propia pequeñez y seguir apostando, de todas formas, a que vale la pena no destruirse.

Este año, 2026, es el año en que transcurre el cuento. Bradbury eligió esa fecha hace setenta y cinco años. No acertó —todavía— en los hechos. Pero en lo que denunciaba, lleva demasiado tiempo teniendo razón.

sábado, 18 de abril de 2026

Mar hondo: cuando el mar no es paisaje, sino destino


En “Mar hondo” (1949) de Zady Zañartu no hay aventura ni épica fácil. El mar no aparece como horizonte de libertad, sino como una condición que se impone. Leído hoy desde la figura del pescador artesanal —heredero de la cultura changa— el cuento se vuelve aún más concreto: no habla de un pasado lejano, sino de una continuidad.

Ese pescador no enfrenta solo el oleaje. Enfrenta cuotas, vedas, intermediarios, combustible caro, y un ecosistema cada vez más presionado. Pero el núcleo no cambia: el mar sigue siendo una fuerza que no se controla. Se conoce, se respeta, se intuye… pero nunca se domina. En eso, Zañartu es precisa: sus personajes no conquistan nada, apenas resisten. Y esa resistencia no es heroica, es cotidiana.

Ahí está el punto más incómodo del cuento. La experiencia —años en el mar, saber leer el viento, entender las corrientes— no garantiza resultado. Puedes hacer todo “bien” y aun así volver con las redes vacías, o no volver. Esa lógica sigue operando hoy, aunque cambien las condiciones. La incertidumbre no desaparece, solo se transforma.

En esa línea, Zañartu se acerca al criollismo de Mariano Latorre, pero sin dejar espacio para consuelo narrativo. El entorno no acompaña, determina. Y cuando se mira desde el presente, el “mar hondo” ya no es solo profundidad física: es también un sistema donde el margen de decisión es limitado. El pescador artesanal no elige en abstracto; decide dentro de restricciones que no controla.

Por eso el cuento sigue funcionando. No porque describa bien el mar —que lo hace— sino porque captura una relación: la de alguien que vive de un medio que nunca le ha pertenecido. Y ahí aparece la pregunta que atraviesa tanto al relato como al presente: cuánto de esa vida es realmente elección, y cuánto es, simplemente, aprender a no hundirse en un mar que cambió de forma, pero no de lógica.

viernes, 17 de abril de 2026

Un perro de regimiento y las amistades de hoy


Hay pérdidas que no hacen ruido. No tienen un momento exacto, no se anuncian, no dejan una escena clara que uno pueda recordar. Simplemente pasan.

Eso ocurre con ciertas amistades.

Es lo que entiendes al leer El perro del regimiento. Un cuento breve, casi sencillo en apariencia, pero que esconde más de lo que parece. En medio de la guerra, un perro acompaña a un grupo de soldados sin cumplir ninguna función estratégica. Está ahí, simplemente siendo parte. Y eso basta.

El animal se convierte en un punto de encuentro: algo que une, que suaviza, que humaniza. En un entorno regido por la disciplina y la supervivencia, aparece este vínculo sin condiciones. Sin jerarquías, sin cálculo. Solo presencia.

Hasta que desaparece.

Lo que se pierde no es solo el animal. Lo que se rompe es un equilibrio invisible. El regimiento sigue funcionando, la guerra no se detiene. Pero algo cambia en la forma en que esos hombres habitaban su propia realidad. Porque ese perro era más que compañía: era un espacio emocional compartido.

Hoy no estamos en guerra, pero tampoco vivimos en calma. La vida moderna tiene otro tipo de desgaste: rutinas exigentes, vínculos frágiles, conexiones rápidas. En ese contexto, ciertas amistades funcionan igual que el perro en el cuento. Son pausas. Lugares donde uno no tiene que rendir ni demostrar.

Por eso, cuando se pierden —y muchas veces no hay pelea ni quiebre claro, solo distancia— lo que queda no es solo la ausencia de una persona. Desaparece un espacio donde uno podía estar sin esfuerzo.

Las amistades no son eternas ni incondicionales. Cambian, se desgastan, a veces terminan porque deben terminar. Pero en un mundo donde casi todo se mide en utilidad, son de los pocos espacios que no responden a esa lógica. O no deberían.

Por eso, cuando se pierden, lo que duele no es solo quién se fue. Es lo que ese vínculo hacía posible.

Algo parecido a lo que le ocurre al regimiento: todo sigue igual, pero ya no es lo mismo.

jueves, 16 de abril de 2026

Adiós a Ruibarbo. El gesto que no basta


En "Adiós a Ruibarbo" de Guillermo Blanco (1974) , el niño apodado Potrillo se enfrenta a la cruda realidad de que el caballo al que ama va a morir, no por enfermedad, sino porque el mundo adulto ha decidido que ya no es útil. Esa noche, el chico actúa: lo libera, lo lleva lejos, le da una palmada en el anca y le dice adiós. Hace todo lo que puede hacer un niño que quiere salvar algo que ama.

Y Ruibarbo vuelve.

Vuelve porque es un caballo. Porque la libertad que el niño le ofrece no es la libertad que Ruibarbo reconoce como tal. Porque hay caminos que los animales —y los hombres— recorren sin saber muy bien por qué, guiados por algo que está más adentro que la razón o el afecto ajeno. Blanco termina su cuento sin explicar demasiado. Hay un final que el lector tiene que completar solo, con lo que sabe de la vida.  

Recordar esa escena me hizo pensar en un amigo, que era de la risa fácil, que parecía inquebrantable, como si tuviera un pacto secreto con la vida. Pero había algo en él que no supe leer a tiempo, o no logré ver. Uno aprende que hay personas librando guerras silenciosas, con una sonrisa que oculta el cansancio. En mi caso, creí que la amistad bastaba para salvarlo. Hubo conversaciones. Hubo momentos en que sentí que algo se podía cambiar, que bastaba decir las palabras correctas, estar ahí de la manera correcta, como el niño que creía que podía cambiar el destino de Ruibarbo. Hay una arrogancia particular en ese tipo de fe. No es mala fe. Es la fe de quien no sabe. Pero hay cosas que no se salvan desde afuera.

Mi amigo murió, de a poco, cediendo terreno hasta que ya fue tarde para verlo. Lo que lo consumió tenía nombre, pero no necesito nombrarlo aquí. Los que lo conocieron saben. Los que no lo conocieron tampoco necesitan el nombre para entender de qué estoy hablando. La sensación que me quedó no fue culpa, aunque al principio lo pareció. Es algo más parecido a lo que sintió Potrillo al ver regresar al caballo: la certeza de que hizo lo que pudo, pero también la amarga realidad de que no fue suficiente. Ambas verdades conviven en el alma.

Blanco termina su cuento sin explicaciones, porque las palabras exactas no existen cuando se trata de pérdidas como esta. A veces uno libera a alguien, y esa persona vuelve sola. Y  aveces uno no puede hacer nada contra eso. Y esa frase, tan simple, tan brutal, es lo más cercano a la verdad que he encontrado para hablar de él.

miércoles, 15 de abril de 2026

Lo que el mar se lleva



Hay literaturas que explican el mundo. Y hay literaturas que te lo muestran desde adentro de un barco, con viento del sur y olas que no piden permiso. Ese es Latorre. Hay literaturas con escenas que no se olvidan. Un hombre al timón de un remolcador observa cómo crece el temporal y entiende que debe decidir. En una de las lanchas que arrastra va su hijo.

Eso es El piloto Oyarzo, de Mariano Latorre —Premio Nacional 1944, figura del criollismo hoy casi olvidada—, incluido en Chilenos del mar, un libro sobre hombres anónimos que el mar devora.

La historia es simple y brutal: el remolcador Caupolicán hace cabotaje entre puertos chilenos. Llega la tormenta. La única forma de salvar el barco es cortar la espía que lo une a las lanchas. Y en una de ellas va su hijo.

Lo que me queda de este cuento no es el desenlace —que no voy a contar— sino la imagen de ese hombre que tiene que elegir entre su deber y su sangre, y que probablemente ni siquiera lo llama así. Para él es solo el mar. Y el mar es así.

Latorre no escribe esto para que uno llore. Lo escribe para que uno entienda algo sobre cómo ciertos hombres cargan con el mundo: sin drama, sin palabras, con las manos en el trabajo. El mar no pregunta. El piloto tampoco.

El libro me hace pensar en los siete pescadores del Bruma, desaparecidos frente a Coronel tras ser impactados por el industrial Cobra, que siguió su rumbo.

Distinto contexto, misma lógica: los inocentes quedan a la deriva; los grandes cortan la espía y se van.

El cuento de Latorre tiene casi cien años. Y sigue siendo presente.

martes, 14 de abril de 2026

El tren que no llegó — o que tal vez nunca salió



En el cuento El Guadagujas publicado en 1952, Arreola escribió ciencia ficción disfrazada de realismo, o realismo disfrazado de absurdo, según cómo se mire. Yo creo que escribió sobre el desierto, aunque nunca haya venido al norte de Chile. Sobre lo que significa esperar en un lugar donde las cosas prometidas tardan mucho, o no llegan, o llegan cuando ya nadie las necesita.

En el cuento, el viajero busca un tren hacia un destino que es una letra: T. Podría ser Taltal. El guardagujas le explica que los ferrocarriles son un desorden feliz: rieles de tiza, horarios que cambian solos. Y uno piensa en el desierto, donde los trenes también tuvieron que desarmarse y volverse polvo.

El viajero sigue esperando. El tren nunca llega. O tal vez siempre estuvo ahí, detenido en la vía muerta. Y el guardagujas sonríe, porque al final lo único verdadero es la espera.

La linterna roja del guardagujas es apenas un destello en la costa. Alguien, desde una oficina abandonada, cree ver un tren. Pero es solo la memoria de un cuento escrito lejos, o el eco de una locomotora que dejó de sonar en 1976.

Como en el cuento hay estaciones que no figuran en ningún mapa, pero siguen ahí. Persisten como una costumbre, como una obstinación del paisaje. En Taltal los rieles se hunden en la pampa como costillas de un animal muerto. El ferrocarril fue promesa y fue fiebre. Llegaba al puerto cargado de salitre y progreso. Hoy las oficinas están vacías y los trenes se oxidaron antes de entender que el progreso era apenas una estación de juguete.

Dedicado a la memoria de " Julito Alfaro" mi bisabuelo,  quizá maquinista de la "59"


lunes, 13 de abril de 2026

La carta que nunca llegó


Hay una mujer en un cuento de Federico Gana que lleva cartas en el bolsillo. Cartas que le escribió su hijo. Cartas con regalos desde el norte. El problema es que las cartas no existen. El hijo desapareció, y Paulita —anciana, empleada de fundo, analfabeta— inventó la correspondencia para no tener que explicar lo inexplicable: que su único hijo se fue y no volvió a dar señales.

Lo que me queda pensando no es la mentira. Es que la mentira funciona. Es que necesita funcionar. Que sin esa ficción, Paulita no tiene nada a qué aferrarse. En algún punto, la diferencia entre la ilusión y la esperanza se vuelve indistinguible.

Gana publicó Paulita en 1916. Y sin embargo la imagen de una madre esperando noticias de un hijo que se fue al norte a buscar trabajo no se siente como historia pasada. Se siente como algo que uno podría ver el fin de semana.

Paulita dice algo que me parece la frase más honesta del cuento: que si hubiese tenido algo, su hijo no se habría ido. No lo dice como queja filosófica. Lo dice como quien entiende, demasiado tarde, el mecanismo que la dejó sola. La pobreza no duele solo cuando falta el pan. Duele también cuando empieza a disolver los vínculos, cuando obliga a elegir entre quedarse con los suyos o tener una oportunidad real.

La tasa de envejecimiento en Chile avanza rápido. El país tiene cada vez más Paulitas, y cada vez menos recursos destinados a acompañarlas. El debate sobre pensiones, sobre cuidados, sobre soledad en la vejez, existe, pero siempre parece aplazarse para después. Como las cartas.

Hoy los que se van ya no mandan cartas. Mandan mensajes, o no mandan nada. Pero las madres que esperan siguen ahí, en los mismos cerros, los mismos pueblos, los mismos fundos reconvertidos. Y el norte sigue siendo el norte.

El cuento de Gana es breve. Siete páginas. Pero tiene la densidad de algo que no ha terminado de ocurrir. 

domingo, 12 de abril de 2026

Chile bajo el mismo sol: leer Sub Sole hoy


Hay libros que no envejecen: mutan. Leer Sub Sole de Baldomero Lillo hoy no es un gesto literario: es un ejercicio incómodo de reconocimiento. Sus cuentos no nacen de una teoría ni de una consigna; nacen de la observación rigurosa de una realidad brutal. Lillo no fue un revolucionario ni un marxista: fue un testigo crítico. Y eso, paradójicamente, vuelve su obra más perturbadora.

En Sub Sole, el progreso no redime: aplasta. Los cuerpos, las jornadas, la miseria, todo está expuesto sin adornos. No hay discurso político explícito, pero hay algo más difícil de esquivar: evidencia. Lillo no dice “esto es injusto”; lo muestra hasta que resulta imposible no verlo.

El problema es que, al contrastarlo con el Chile actual, la distancia no tranquiliza. Hoy hablamos de flexibilidad, emprendimiento, meritocracia. El lenguaje cambió; la estructura, no tanto. La precariedad persiste, aunque más sofisticada: ya no se impone con violencia directa, sino que se internaliza. El trabajador sigue siendo reemplazable, pero ahora convencido de que su destino depende solo de él.

Lillo no ofrece soluciones ni consignas. Tampoco neutralidad. Su ética está en la mirada: representar sin distorsión. Y ahí radica su vigencia. En un presente saturado de opiniones, su forma de crítica —mostrar sin explicar— obliga a pensar más allá de los discursos.

Y quizás la pregunta más honesta es esta:

¿Estamos realmente mejor, o simplemente más acostumbrados?

Porque al final, el sol sigue siendo el mismo.

sábado, 11 de abril de 2026

La felicidad como jaula según Huxley



A solicitud de mi lectora faborita. 

Hay libros que uno lee con la sensación de que no son ciencia ficción. Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), es uno de ellos.

Describe una sociedad perfecta: nadie sufre, nadie protesta, nadie se aburre. Los humanos se fabrican en laboratorios, condicionados desde antes de nacer para aceptar su lugar en la jerarquía. Los de abajo son felices siendo menos inteligentes. Los de arriba tienen más libertades. Y todos toman soma, una droga que elimina el malestar como una aspirina elimina el dolor.

No hay censura violenta ni policías en cada esquina. El control es más elegante: interno, incorporado, invisible. La jaula no tiene barrotes porque no los necesita. La gente la habita con gusto.

¿Y nosotros?

No tenemos bebés de laboratorio ni pastillas mágicas. Pero tenemos algoritmos que nos conocen mejor que nosotros mismos. Plataformas diseñadas para que no podamos soltar la pantalla. Redes sociales que no nos prohíben nada: solo nos ofrecen algo más satisfactorio que el pensamiento propio.

Nuestro soma es el scroll infinito, la serie que pasa sola al siguiente episodio, la dopamina del like, la comodidad de no buscar porque todo llega solo.

"¿Pero por qué no quieren ser libres?" pregunta el Salvaje.

"Porque la libertad implica responsabilidad", responde el Administrador. "Y los hombres temen la responsabilidad."

Esa respuesta, dicha en 1932, suena a un diagnóstico de la sociedad actual. 

Los habitantes de Un mundo feliz no sufren. No hay guerra, pobreza ni soledad duradera. Si les preguntaras si son felices, dirían que sí con total convicción.

¿Qué se pierde entonces? Se pierde el conflicto genuino. El dolor que enseña. El amor que duele porque importa. Se pierde Shakespeare (y porqué no Zalo Reyes) —literalmente prohibidos— porque para entenderlos hay que haber querido algo tanto que su ausencia destroza.

Huxley creía que la experiencia humana completa incluye el sufrimiento. No como accidente, sino como condición. Una vida sin malestar no es una vida mejor, sino una vida menor. Más segura. Más vacía.

El Salvaje, criado fuera del sistema, elige el dolor antes que el soma. No por masoquismo, sino porque sentir mal es la única prueba de que uno está vivo de verdad.

Mejor o peor, esa no es la pregunta

Nuestra sociedad no es el mundo feliz. Tenemos hambre, injusticia, guerras. Tampoco somos embriones condicionados. En teoría, podemos elegir distinto.

Pero Huxley detectó una tendencia: resolver el malestar en vez de habitarlo. Preferir la distracción antes que la pregunta difícil. Consumir identidad lista en vez de construirla a la intemperie.

Esa tendencia existe. Está en el diseño de las pantallas, en la lógica del mercado que vende comodidad como si fuera libertad, en nuestra propia inclinación a aceptar ese trato sin leer la letra chica.

Y asi las cosas, el ejercicio no está en averiguar si somos mejores o peores. La pregunta es: ¿cuánto de ese mundo hemos aceptado sin notarlo? Y si todavía somos capaces de preferir la incomodidad.

¿Irónico? Huxley murió el mismo dia que Kennedy el 22 de noviembre de 1963. El mundo estaba demasiado ocupado mirando Dallas como para despedirse  de él. Hay algo poético en eso.