lunes, 28 de septiembre de 2026

Habría podido...


Llego tarde y escribo tarde. Ayer sentía ganas de probocarles al amor, o su ausencia, y hoy, en cambio, me declaro  adormecido por la monotonía del ánimo. No sé, presiento que hay mucho por decir, pero no logro que aparezca absolutamente nada. La mediocridad, ya lo saben, tiene esa particularidad más notable.

Habría podido escribir algo hermoso. Habría podido, incluso, decir la verdad, esa cosa que tanto asusta y que casi nadie pide en serio. Porque seamos honestos: a nadie le interesa realmente lo que uno tiene para decir. Interesa el gesto de decirlo, el ruido, la pose de estar diciendo algo. Yo también he vivido de esa pose, así que no vengo a acusar a nadie que no sea yo mismo.

El desierto no conjuga nada, y por eso me irrita hoy más que otros días: mientras yo me revuelco en el condicional, él simplemente está, sin necesidad de justificarse. Los camiones pasan a las cinco de la mañana sin preguntarse si tienen algo importante que transportar, solo pasan. Uno debería aprender de eso, pero prefiere la variante más cómoda: confundir la pereza con la profundidad, el silencio con el misterio, la nada con la contención de algo enorme.

Así que, ya que estamos siendo honestos, lo diré sin más rodeos: tengo cosas profundas e importantes que decir. Eso diré, entonces, que tengo cosas profundas e importantes que decir. No lo que son —eso requeriría el esfuerzo que hoy no pienso hacer—, sino el hecho puro y desnudo de que existen, ahí, esperando su turno, como todo lo que uno guarda para no gastarlo en un día cualquiera. Es la trampa perfecta: la afirmación de la hondura reemplazando a la hondura misma, y nadie puede reclamarme nada, porque técnicamente no mentí.

Ayer quería incendiar algo. Hoy prefiero incendiar la pretensión de que hoy tenía algo que incendiar. Quizás mañana vuelva el apetito de provocar, o quizás la única provocación honesta sea esta: haberles anunciado, con total solemnidad, que tengo cosas profundas e importantes que decir, y no haber dicho ni una sola.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El hobby que no iba a ser grande


Hay una frase que me gusta repetir cuando hablo de creación: casi nadie sabe, en el momento, qué está haciendo. El 25 de agosto de 1991, un estudiante finlandés de veintiún años escribió en un foro de internet que estaba armando "un sistema operativo gratuito, solo como hobby, que no será grande ni profesional como GNU". Esa frase —la modestia de Linus Torvalds anunciando sin saberlo el nacimiento de Linux— es de las cosas más honestas que ha dejado la historia de la tecnología.

El terreno no estaba vacío, claro. Nunca lo está. Unix llevaba desde 1969 enseñando que un sistema operativo podía ser elegante, casi filosófico, aunque estuviera encerrado tras licencias comerciales. Minix, la versión educativa que Andrew Tanenbaum diseñó para enseñar en las aulas, le mostró a Linus el mapa, pero no le dio la llave: no se podía modificar, no se podía redistribuir. Y mientras tanto, Richard Stallman llevaba ocho años construyendo GNU, un proyecto casi civilizatorio, con herramientas ya sólidas —el compilador, el editor, la terminal— pero sin la pieza central: un núcleo que las hiciera funcionar juntas.

Linus llenó ese hueco sin proponérselo del todo. El 17 de septiembre liberó la versión 0.01: apenas diez mil líneas de código, un sistema de archivos rudimentario, nada que pudiera sostenerse solo. Necesitaba Minix incluso para compilarse. Era, en el sentido más literal, un borrador.

Lo que transformó ese borrador en otra cosa no fue el código en sí, sino una decisión posterior: en enero de 1992 Linus lo licenció bajo GPL, y con eso dejó de ser suyo para volverse de cualquiera. Ahí está, creo, la parte que más vale la pena mirar dos veces. No el genio individual —que también lo hubo—, sino el gesto de soltar algo justo cuando empieza a valer.

Del cruce entre ese núcleo y las herramientas de GNU salió lo que hoy llamamos GNU/Linux, y de ahí, como tribus con genealogía común, las distribuciones: Debian, Slackware, Red Hat, Mint (la cual uso yo) . Cada una con su carácter, todas con el mismo hueso.

Uno nunca sabe, cuando escribe la primera línea de algo, si está haciendo un hobby o una fundación.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La correa que llamamos libertad

Nos vendieron la dignidad como un trofeo que hay que pulir a diario, cuando en realidad es una camisa de fuerza con hebillas doradas. Toda la vida vigilando la «sabiduría», separando con pinzas de cirujano el bien del mal, como si hubiera un jurado esperando al final del pasillo para darnos una medalla por buena conducta.

Qué cansancio, en serio. Ni siquiera nos rebelamos con convicción: somos autómatas domesticados, programados para agradecer la correa y llamarla libertad, para aplaudir el horario y llamarlo vocación.

Propongo romper la urna donde guardamos los recuerdos y dejar que el drama acumulado se pudra al sol, sin funeral ni discurso. Mudar la piel de la etiqueta, del deber ser, de esa insignia correcta y almidonada con la que disfrazamos la rutina de virtud. Si la única recompensa por portarse bien es que te den un portazo en la cara, más carga, más horario, más lista de pendientes, entonces la única respuesta decente es la deserción.

Hagamos un voto solemne a la inutilidad. Al exceso que no rinde cuentas a nadie, a la risa con manchas de vino tinto y fruta demasiado madura, al derecho de perdernos sin justificar el mapa. Los monumentos a la cordura, al final, solo sirven de percha para que las palomas caguen encima.

Y ni siquiera eso les vamos a explicar.

martes, 22 de septiembre de 2026

Lo que de verdad duele


Hay algo casi cómico en cómo gestionamos el rechazo. Cuando algo —un proyecto, una persona, la vida misma— nos da la espalda, exigimos que al menos tenga la decencia de hacerlo con ruido. Un portazo. Una discusión a los gritos. Alguien con nombre y apellido al que poder señalar de noche, cuando uno necesita a quién culpar.

Nos gusta el conflicto porque el conflicto, aunque sea incómodo, confirma que existimos.

Hay algo en ser recordado con rencor que casi consuela. Cuesta energía, exige atención, mantiene nuestro nombre dando vueltas en la cabeza de otro. Es una medalla al revés, pero medalla al fin. Prueba de que dejamos una marca, aunque haya sido una quemadura.

Pero la vida rara vez es tan generosa como para regalarnos ese tipo de permanencia. Lo que suele esperarnos al final del pasillo no es una declaración de guerra: es el bostezo. Esa indiferencia tibia y eficiente que no necesita levantar la voz para hacer más daño que cualquier grito.

El golpe de verdad no llega cuando alguien decide destruirte. Llega cuando simplemente aprende a funcionar sin ti. Cuando tu ausencia no deja grietas, no exige explicación, ni siquiera alcanza para ser tema de conversación una noche cualquiera. Ahí uno entiende que nunca fue una amenaza, ni un obstáculo, ni un recuerdo digno de mención. Fue ruido de fondo que alguien, en algún momento, decidió apagar sin dramatismo.

Pedir guerra donde solo hay desinterés es el último manotazo de un ego que se ahoga. Queremos melodrama para no tener que mirar de frente lo evidente: contra la nada no hay con quién discutir, y mucho menos a quién ganarle.

Descubrir que no le importas a nadie no es una tragedia griega. Es, más bien, un balde de agua fría a mitad del día —de esos que uno agradece después, aunque en el momento le saquen el aire.

La pregunta, entonces, no es cómo sobrevivir al desprecio ajeno. Ni siquiera es una pregunta cómoda: es qué hacer con todo ese orgullo inflado el día en que uno comprende que a nadie le importa lo suficiente como para sentir algo por uno.

Yo todavía no tengo la respuesta. Sospecho que nadie la tiene del todo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El amor que se sostiene sin tocarse


Hay una carta de Elizabeth Barrett a Robert Browning donde ella dice, casi de pasada, que no sabe si lo ama o si ama sus cartas. Nunca resolvió la duda. Se escribieron durante casi dos años antes de verse la cara, y cuando por fin se vieron, el amor ya estaba hecho —construido con tinta, no con presencia—. Uno tiende a pensar que el amor necesita el cuerpo del otro cerca para crecer. Que sin eso, se marchita como una planta sin agua. Pero hay demasiadas historias que dicen lo contrario.

Acá, en el norte, uno aprende esto sin necesidad de leer cartas del siglo diecinueve. Los turnos rotativos hacen que medio pueblo viva queriendo a alguien que está a varias horas de camino, o de vuelo, o simplemente en otro tiempo del reloj. Y uno ve que las relaciones no se sostienen por la cercanía sino por lo que cada uno decide hacer con la ausencia. Hay quienes usan la distancia como excusa para dejar que todo se enfríe. Y hay quienes la convierten en el lugar exacto donde el amor se vuelve más consciente —porque ya no hay gestos automáticos, ni silencios cómodos que reemplacen las palabras. Hay que decir las cosas. Elegirlas.

Las cartas de guerra tienen algo de esto también. Miles de parejas que se escribieron durante años sin saber si el otro seguía con vida, y que en lugar de desgastarse, se hicieron más profundas —porque la escritura obliga a una intimidad que la costumbre no exige.

No sé si el amor a distancia florece porque la distancia tiene algo bueno en sí misma, o porque solo sobreviven a ella los amores que ya estaban hechos de algo firme. Puede que sea lo segundo. La distancia no inventa nada: solo revela lo que ya había, como el desierto revela lo que realmente puede vivir en él y lo que no.

Lo que sí sé es que hay algo distinto en querer a alguien sin tenerlo al lado. Uno tiene que decidir quererlo cada día, sin la ayuda de la costumbre. Y esa decisión, repetida, termina pareciéndose bastante a lo que el amor debería ser siempre —con o sin distancia de por medio.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Independencia y memoria histórica en Chile



La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. En Chile, la codicia, la explotación y la violencia no desaparecieron con la ruptura del vínculo colonial: cambiaron de manos, de nombres, de uniformes. El salitre enriqueció a unos pocos mientras miles de trabajadores y sus familias sobrevivían en condiciones miserables. La respuesta a sus demandas fue, demasiadas veces, la fuerza de las armas. Y así, en pleno Chile republicano, ocurrieron matanzas que hoy forman parte de nuestra historia, aunque no siempre de nuestra memoria.

Este dieciocho volveremos a levantar banderas, a cantar, a brindar, a celebrar la independencia. Y está bien. Pero una patria no debería construirse solo sobre sus fiestas, sus héroes, sus victorias. También debería ser capaz de mirar de frente a sus muertos.

Porque la independencia no terminó con la injusticia. No terminó con la desigualdad. No terminó con la violencia ejercida desde el poder. Y tampoco nos libró de quienes fueron capaces de convertir la vida humana en mercancía, en obstáculo, en simple cifra.

Recordar esto no es dejar de celebrar Chile. Es quizás lo contrario: tomarnos en serio lo que significa pertenecer a un país, y preguntarnos qué clase de patria queremos seguir construyendo.

Que estas Fiestas Patrias no sirvan para borrar nuestra historia, sino para recordarla. Porque una nación que solo recuerda aquello de lo que puede sentirse orgullosa corre el riesgo de olvidar aquello que jamás debería repetir.

martes, 15 de septiembre de 2026

Comprender, no sobrevivir


Hay escenas de apenas unos minutos que se quedan a vivir con nosotros durante años. No sé bien por qué unas imágenes se instalan y otras, más largas o más importantes en apariencia, se van sin dejar rastro. Ésta es de las que se quedaron.

En el episodio Thin Ice de Doctor Who, el protagonista habla del valor de la vida humana con una serenidad que solo el tiempo parece autorizar. No habla de riqueza, ni de éxito, ni de fama. Habla de la vida como algo valioso en sí mismo. Su acompañante, Bill Potts, conmovida, le pregunta la edad. Y al escuchar la respuesta dice una frase que lo resume casi todo:

"Vale la pena vivir hasta esa edad si se llega a comprender la vida de esa manera."

Qué extraña idea tenemos, a veces, de envejecer. Le tememos a las arrugas, a la lentitud, a la cercanía del final, y se nos olvida lo esencial: que el privilegio de los años no es sobrevivirlos, sino comprenderlos.

Los japoneses tienen una palabra para esto: mono no aware, la conmoción agridulce ante lo efímero. No es tristeza pura, ni resignación pasiva. Es la belleza que una cosa adquiere precisamente porque no va a durar. La flor de cerezo no se admira a pesar de que cae en unos días; se admira porque cae. Su fragilidad no es un defecto que la belleza tiene que superar: es la condición misma de esa belleza. Un cerezo que floreciera todo el año, indefinidamente, dejaría de conmovernos —se volvería paisaje, decoración, algo que dejamos de mirar. Lo que nos detiene a mirarlo es saber que ese instante no vuelve.

Con la vida pasa algo parecido, aunque nos cueste más aceptarlo cuando se trata de nosotros mismos. Esa misma sensibilidad es la que asoma en la frase de Bill: comprender que el tiempo es limitado y por eso precioso, que las personas valen más que las cosas, que muchas batallas nunca merecieron ser peleadas. No a pesar de que todo se acaba, sino gracias a eso.

Quizá el verdadero éxito de una vida no sea llegar a viejo, sino llegar a viejo con la sabiduría suficiente para mirar atrás sin amargura y hacia adelante sin miedo.

Porque entonces sí: habrá valido la pena.

sábado, 12 de septiembre de 2026

No estás solo


Hay dolores que no hacen ruido. Se esconden detrás de una conversación cualquiera, de una sonrisa bien puesta, de alguien que sigue contestando mensajes y llegando a la hora como si nada se le estuviera cayendo por dentro. Por eso, cuando alguien decide irse, a los demás nos parece que fue de un día para otro. Casi nunca es así. Lo que se rompió de golpe llevaba tiempo astillándose en silencio, como esas quebradas del norte que uno cruza sin sospechar que debajo hay una falla trabajando hace siglos.

Me cuesta pensar que el suicidio nazca siempre del deseo de morir. Sospecho que, más veces de las que queremos admitir, nace de otra cosa: del deseo desesperado de dejar de sufrir, de bajarse de una vida que se volvió insoportable de cargar. Y quizás lo más terrible no sea el dolor en sí, sino la certeza —falsa, pero absoluta en ese instante— de que no hay otra puerta. Que esa es la única salida del cuarto.

Por eso desconfío del «no lo hagas» como prevención completa. Prevenir se parece más a aprender a mirar. A escuchar sin apurarse a explicar nada. A quedarse ahí, cerca, como se queda el mar: sin exigirle nada a nadie, gopeando la orilla con suave vaivén, solo estando, testigo silencioso de lo que a cada uno le toca cruzar.

Nadie debería tener que justificar su dolor para merecer compañía. A veces estar ahí —sin respuestas, sin discursos— es la forma más honesta de decir: todavía hay alguien contigo.

Y mientras exista una sola persona dispuesta a quedarse, tal vez la oscuridad no tenga la última palabra.

Me gustaría decir, no estás solo.

Un amigo es luz



jueves, 10 de septiembre de 2026

Pedir lo pequeño


Hay una escena en un poema de Tagore que me ha rondado esta semana: un servidor le pide a su reina, no un cargo, no tierras, no una conquista lejana, sino ser jardinero de su jardín. Renuncia a las lanzas y a las espadas por el privilegio de mantener fresca la hierba de un sendero. Su recompensa no es poder — es el permiso de sostener unas manos, de trenzar flores en unos brazos, de recoger con un beso una mota de polvo en unos pies.

Hay algo parecido en una escena menor de El Señor de los Anillos, cuando la Compañía se despide de Galadriel y ella le ofrece a cada uno un regalo. Gimli, el enano, guerrero curtido en hachas y batallas, podría haber pedido oro, armas, algo digno de las sagas de su pueblo. Pide un mechón de su cabello. Nada más. Es un gesto que desarma a todos los presentes precisamente porque no busca conquistar nada — busca guardar algo pequeño de lo que ama, para siempre.

Lo leí pensando en mi propia casa, en mi propia historia con la persona con la que decidí quedarme. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que no supe si ese "quedarme" seguía siendo una opción sobre la mesa. Uno da tantas cosas por sentadas hasta que deja de poder darlas por sentadas, y ahí es cuando se nota lo que realmente se estaba pidiendo todo este tiempo: no un reino, no una hazaña, sino el sendero de siempre, la hierba fresca, la lámpara encendida junto a la cama.

Cuando las cosas se acomodaron de nuevo, no volví con ganas de conquistar nada. Volví con ganas de ser jardinero. De ocuparme de lo mínimo, que resultó ser lo único que importaba: acordarme de cómo le gusta el café, notar el cansancio antes de que lo diga, quedarme con la parte aburrida del cariño —la constancia, el detalle, la atención sostenida— en lugar de esperar el gesto espectacular que nunca hacía falta.

Pedir lo pequeño no es modestia falsa. Es una ambición distinta: la del servidor que renuncia a la lanza por un sendero, la del enano que renuncia al oro por un mechón. Ambicionar quedarse, en lugar de ambicionar ganar.

Quizás el gesto más serio de amar a alguien, que estás a punto de perder, no sea prometerle un reino. Sea pedirle, con toda humildad, ser otra vez su jardinero.

martes, 8 de septiembre de 2026

El último dolor (y todos los anteriores)


Hay una frase de Neruda que vuelve cada cierto tiempo, casi siempre en las noches en que uno no la está buscando: "aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo". La leí de adolescente, con esa solemnidad que uno le pone a todo a esa edad. La releo ahora y ya no me parece solemne. Me parece cansada. La frase de alguien que ya no tiene fuerzas para el dolor completo, y por eso negocia con él: que sea el último, aunque sepa que no lo será.

Porque uno no anuncia el final de un dolor cuando está convencido. Lo anuncia cuando ya no puede más y necesita, aunque sea por esta noche, creer que mañana va a doler menos. Los duelos no preguntan si estamos listos para que terminen. Se quedan el tiempo que quieren, en los rincones que eligen: una calle, una canción que suena de repente en la radio de la camioneta que conduzco, el silencio raro de una pieza después de las nueve de la noche.

He escrito frases parecidas alguna vez. "Este es el último verso" me dije, y no era mentira exactamente, era más bien un ruego. Un intento de ponerle un borde a algo que no tiene bordes, que se sigue derramando por las esquinas de los días aunque uno haya decidido, con toda la voluntad disponible, que ya terminó.

Y sin embargo —esto es lo que me sigue doliendo entender— algo de esa ficción funciona. No cierra el dolor, pero lo hace más liviano de cargar. Uno escribe la despedida sabiendo que probablemente escribirá otra, y aun así la escribe, porque es la única forma que tenemos de seguir de pie: fingir que esta vez sí es la última, mientras algo adentro, repite bajito, ya sabes que no.

Quizás no existen los últimos versos. Existen, eso sí, las ganas de que existan. Y esa gana, aunque no alcance para cerrar nada, a veces es suficiente para seguir escribiendo.

sábado, 5 de septiembre de 2026

Vínculos que transforman


El amor, decía, no necesariamente como romance. Como aquello que nos vincula. La pareja, los hijos, los amigos, el lugar al que uno termina llamando casa. Cosas que uno no elige del todo y que, sin embargo, terminan siendo la estructura entera de una vida.

Empiezo por los amigos, porque son los que más cambian sin avisar. Hay amigos que permanecen sin esfuerzo aparente, como si el tiempo no les tocara nada. Hay otros que desaparecen sin pelea, sin una razón que uno pueda nombrar después: un día están, después ya no escriben, y no hay ruptura que explicar, solo una distancia que se instaló sola. Y después están los que vuelven, décadas más tarde, y de algún modo retoman la conversación en el mismo punto donde la dejaron, como si el tiempo intermedio hubiera sido apenas un paréntesis. Y por último los más extraños: aquellos con quienes ya no tenemos nada que decir, aunque alguna vez lo dijimos todo. Esos duelen distinto. No porque falte cariño, sino porque el cariño ya no tiene dónde apoyarse.

Después está el lugar. Un pueblo, una ciudad, un barrio, el desierto, el mar. Llevo suficientes años en el norte como para saber que un paisaje termina metiéndose en la manera de pensar. El desierto no perdona nada, no disimula, no tiene sombra donde esconderse. Y uno, viviendo ahí, termina pareciéndosele: aprende a no adornar lo que dice, a soportar la distancia, a encontrarle sentido a lo poco.

Y entre esos dos —los amigos y el lugar— hay una tercera cosa que todavía no sé cómo nombrar del todo. La edad, quizás, o la memoria, o esa forma particular de soledad que no es estar solo sino no saber bien con quién se está. Las despedidas que uno no pidió. Las cosas pequeñas y cotidianas que de golpe pesan más que las grandes. Lo que uno deja atrás sin haberlo decidido.

Estoy a nada de iniciar una nueva vida que no decidí.

No sé cómo termina esta frase todavía. Puede que ese sea, por ahora, puntos suspensivos... 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Coyote vs. Acme: cuando los fans se enfrentan a la corporación



Hay una tonta ironía que me persigue desde que supe la historia completa de Coyote vs. Acme.

Durante décadas, el Coyote compró productos de una compañía que prometía entregarle al Correcaminos y que, sistemáticamente, terminaba destruyéndolo a él. Es la broma que todos entendimos de niños. Lo que no entendimos entonces es que, afuera de la pantalla, el verdadero adversario del Coyote no iba a ser ACME. Iba a ser una corporación de verdad.

Warner Bros. tenía la película lista. Actores, director, efectos, una historia terminada. Y decidió no estrenarla. No porque fuera mala, sino porque, bajo cierta lógica contable, una película puede valer más muerta que viva: como deducción fiscal, como pérdida que conviene absorber antes que arriesgar.

Ahí es donde se cae una ilusión que arrastramos hace tiempo: la idea de que el cariño del público protege a una obra. Firefly, Farscape, Jericho ya nos lo habían enseñado. Se puede amar una serie, escribir cartas, inundar redes sociales enteras de reclamos, y aun así no tener nada que decir sobre su destino.

Y sin embargo, esta vez hubo una excepción parcial, y tiene nombre: Marco. Un fan que se disfrazó de Wile E. Coyote y se plantó, bajo la lluvia, frente a los estudios Warner, con un cartel que pedía liberar la película. No era un ejecutivo ni un crítico influyente. Era, literalmente, el personaje suplicando por su propia historia. Con el tiempo se convirtió en la cara visible de una campaña que otros siguieron, hasta que la insistencia —la de él y la de tantos más— terminó abriéndole una grieta a una decisión que parecía sellada.

Amar una obra y poseerla siguen siendo cosas distintas. Los fans tienen el cariño; las corporaciones, los derechos. Pero Coyote vs. Acme recuerda algo importante: a veces alcanza con que alguien se niegue, tercamente, a soltar.

Por eso importa, aunque los fans no hayan ganado la guerra, rescataron una batalla. Y quizás ahí esté la moraleja: ACME nunca pudo detener al Coyote. Una corporación, en cambio, sí puede detener una historia entera.

Hasta que alguien, disfrazado y bajo la lluvia, decide que no está dispuesto a dejarla morir.

lunes, 31 de agosto de 2026

El puente como posibilidad


Aquí en Copiapó el agua es casi una visita inesperada. Y cuando llueve con cierta intensidad, vuelve una escena conocida: los vados se llenan, el paso se corta, la ciudad se detiene en ciertos puntos como si el desierto recordara, de golpe, que también sabe ser río.

Ahí aparece el puente. No elimina el obstáculo ni cambia su naturaleza. Hace algo más modesto y más importante: inventa una manera de cruzarlo.

Llevamos milenios haciendo esto. Troncos sobre el agua, piedras dispuestas con cuidado, después madera, hierro, acero, hormigón. La técnica cambió, pero el propósito siguió siendo el mismo: conectar dos lugares que estaban separados. Un puente, en el fondo, no es una estructura. Es una idea: que la separación no tiene por qué ser definitiva.

Pero hay otro tipo de distancia que ningún ingeniero mide con una cinta métrica. La que se abre entre una generación y otra. Entre dos personas que dejaron de hablarse. Entre lo que sabemos y lo que todavía no aprendimos.

Para esas distancias también hacen falta puentes, y algunas personas terminan ocupando ese lugar sin proponérselo demasiado. Conocen las historias de los abuelos y entienden el lenguaje de los nietos. Traducen. Explican. Acercan. A veces son padres que sostienen una memoria familiar que de otro modo se perdería. A veces son, simplemente, quienes han vivido lo suficiente para habitar dos mundos a la vez.

Pero ser puente tiene un costo. Un puente soporta peso, y pocas veces alguien se detiene a preguntarle cuánto pesa lo que sostiene. No pertenece del todo a ninguna orilla; solo permite que las orillas se comuniquen.

No todos los puentes son de hormigón. Algunos están hechos de palabras, de memoria, de paciencia. Y son frágiles: una mentira puede quebrarlos, el orgullo puede impedir que alguien vuelva a cruzarlos. El acero se calcula. La confianza, no.

Cruzamos puentes pensando en llegar al otro lado, casi nunca en la estructura que hace posible ese viaje. Nos acostumbramos a que ciertas personas estén ahí, conectando, explicando, perdonando. Hasta que un día el puente deja de estar.

Y ahí entendemos, tarde, cuánto dependíamos de él.

sábado, 29 de agosto de 2026

Bibliotecas callejeras y la paciencia



Las he visto en parques, plazoletas, al borde del camino: pequeñas, de madera, algunas pintadas con colores que el sol ya empieza a borrar. Dentro hay libros. Nadie parece estar pendiente de ellos.

Las llamamos bibliotecas callejeras, pero a veces se parecen más a animitas.

Las animitas recuerdan a alguien que ya no está. Estas cajas, en cambio, parecen recordar algo que sigue aquí pero cada vez menos: el encuentro casual con un libro. Nadie sabe cuál va a encontrar. No hay algoritmo que lo elija por nosotros, ni pantalla que nos asegure que nos va a gustar. Simplemente está. Esperando.

Guillermo Blanco escribió que el papel es más paciente que los hombres. No hay mejor descripción para esos libros a la intemperie. El papel no reclama atención. Puede esperar meses, años, a que una mano lo tome.

Y ahí aparece Benedetti: mientras haya tiempo, algo puede suceder. Hasta un libro que llevamos años ignorando encuentra, de pronto, su momento.

Por eso me da cierta tristeza ver esas bibliotecas vacías: no porque nadie las visite, sino porque son islas de paciencia en medio de una época que aprendió a vivir con prisa.

Pero también hay algo de esperanza. Un libro no sabe de estadísticas ni de tendencias, no sabe si leemos menos o si miramos demasiado una pantalla. Solo espera. No persigue, no convence, no interrumpe. Está.

Como una animita al borde del camino. Solo que adentro, en vez de una vela, hay un libro.

Y mientras alguien tenga tiempo de detenerse, abrirlo y pasar la primera página, algo todavía puede ocurrir.

jueves, 27 de agosto de 2026

Del aura y otras tolerancias



Hay una pregunta que cuanto más la miro, menos tolerante me resulta: ¿hay que tolerarlo todo?

No hablo de la vida privada, sino de esa tolerancia que hemos vuelto reflejo automático, como si mirar para el lado fuera siempre la postura correcta. Pensemos en los therians —quienes se identifican con animales no humanos y lo expresan en su apariencia o su conducta—. Puede resultarnos extraño. Pero si no hay daño a terceros, ¿por qué tendría que ser un problema?

Ahí la tolerancia funciona sin esfuerzo.

Lo que empieza a incomodarme es otra cosa: hemos confundido respetar a las personas con respetar cualquier cosa hecha en su nombre. Puedo defender tu derecho a creer algo sin estar obligado a creerlo yo también. La rareza no es peligrosa por sí sola. Pero tampoco toda identidad queda, por el solo hecho de nombrarse así, fuera de la crítica.

Y mientras discutimos esto, internet convirtió el carisma en videojuego. Farmear aura: acumular puntos imaginarios de presencia o estilo, conseguir que alguien piense «ese tipo tiene aura». Es una broma, sí, pero también una radiografía. Ya no basta con ser; hay que conseguir que te perciban siendo. La identidad necesita público. Hasta la indiferencia, bien actuada, es una pose.

Por eso la tolerancia se ha vuelto un ejercicio más difícil de lo que parece: cada uno construye y exhibe su identidad en tiempo real, y juzgar cualquier cosa se lee como intolerancia.

No creo que la respuesta sea tolerarlo todo. Tampoco rechazar lo que nos resulta ajeno. El criterio debería ser más simple: ¿hay daño?, ¿hay imposición sobre otro? Una sociedad que no soporta al excéntrico termina uniformando a todos. Pero tolerar no es renunciar a pensar.

Puedo respetarte y estar en desacuerdo contigo. Puedo defender tu forma de vivir sin considerar acertada cada decisión que tomas. Puedo aceptar la diferencia sin transformarla en verdad universal.

Quizás la tolerancia real no sea decir «todo vale», sino algo más difícil: convivir con lo que no nos gusta sin dejar de pensarlo críticamente.

Y en un mundo obsesionado con likes, seguidores y aura, conservar esa capacidad de pensar sin pedir permiso —ni aplausos— puede ser, tal vez, una de las formas más honestas de libertad.

lunes, 24 de agosto de 2026

Bienvenidos a Taltal



Taltal está hermoso estos dias

Lejos de los tópicos y las frases ya gastadas, Taltal se ofrece entero a los sentidos. Basta subir un poco por los cerros para que el desierto, despues de las lluvias este año, ese que parecía eterno en su color de tierra, se llene de manchas moradas y blancas: las primeras flores del desierto florido, tercas, minúsculas, abriéndose donde nadie esperaba que floreciera nada. La luz de la tarde, perezosa, baja por la ladera y enciende el pueblo de un amarillo que solo existe aquí, entre el cerro pelado y el mar.

El aire tiene memoria propia. Huele a sal y a alga seca en el muelle, a leña junto a las casas de madera que todavía cuentan los años del salitre. La camanchaca sube desde el mar hacia el atardecer, envolviendo por un rato los techos de zinc, y cuando se va deja un fresco distinto, casi limpio. Hasta las calles de tierra, se diría, empiezan a oler distinto cuando cae el sol.

El pueblo ya sabe que el invierno termina. Los botes vuelven cargados al puerto, los pelícanos se acomodan sobre los pilotes viejos del muelle, y la gente sale a las veredas a mirar el mar como quien mira algo que nunca deja de sorprenderla. Hay pescado frito recién sacado, cerveza fría en algún bar de siempre, conversaciones que suben y bajan de tono sin apuro. Lo que importa es vivir la calle, y en Taltal eso se hace mirando al agua.

Se oyen conversaciones, risas, gaviotas. Se oye, en una palabra, vida.

Y luego está el cerro, silencioso, mirando hacia abajo el trazado irregular de las casas y el puerto que las sostiene a todas. Desde ahí, junto a un amigo, el ruido se apaga y queda solo el silencio perfecto del desierto que empieza justo donde termina el último techo.

Las manos también recorren este lugar. La flor del desierto, apenas tocada, deja en ellas un polvo fino, casi imposible; la madera vieja de las casas del muelle guarda algo parecido a la memoria. Se tocan cactus copao, redes de pescadores, perros sin dueño que conocen cada esquina, troncos de palmeras salados que el mar ha ido puliendo con los años.

Al atardecer, cuando se baja hacia el puerto —solo, acompañado de un francés que visita, da igual— queda claro lo mismo de siempre, dicho de la manera más simple posible:

Taltal está hermoso estos días. 

viernes, 21 de agosto de 2026

Lo que se esconde a la vista



Escribo esto sabiendo que la mayoría de quien lea este texto no va a detenerse a mirar cómo está construido, y eso, paradójicamente, es exactamente lo que lo hace funcionar. La esteganografía —a diferencia de la criptografía, que desafía abiertamente a ser descifrada— no pide atención: pide, más bien, distracción. Cuenta con que nadie sospeche que hay algo debajo. La pregunta que me interesa no es si el método es antiguo, que lo es —Heródoto ya hablaba de mensajes tatuados bajo el pelo de un esclavo, enviado a caminar kilómetros con la guerra escrita bajo el cuero cabelludo— sino si, al final, algo puede estar completamente a la vista y aun así permanecer invisible. Quizá.

La tinta invisible funciona con la misma lógica: jugo de limón sobre papel blanco, seco e ilegible hasta que alguien acerca la hoja al calor de una vela y las letras aparecen como si el fuego, no la mano, las hubiera escrito. Lo notable no es la tinta —hay decenas de sustancias que sirven igual— sino la certeza de que el soporte nunca cambia de aspecto para quien no sabe qué buscar. La hoja sigue pareciendo una hoja en blanco, o una carta cualquiera, y sin embargo aloja ya, desde el primer trazo, el mensaje.

Frente al desierto pasa algo parecido, aunque nadie lo haya diseñado así. Una veta, un camino salitrero, un pueblo fantasma: siguen ahí, expuestos al sol como cualquier otra piedra, y sin embargo la mayoría de quienes cruzan esa tierra no los ven, porque no saben exactamente qué mirar. El paisaje no esconde nada de manera deliberada, pero produce el mismo efecto que un mensaje cifrado: información completamente disponible que, para la mirada equivocada, no existió nunca.

Internet perfeccionó la técnica sin cambiarle el espíritu: hoy se puede alterar el último bit de cada píxel de una fotografía —ese dígito que decide si un rojo es 200 o 201, en una escala que ningún ojo humano distingue— y esconder ahí un archivo entero sin que la imagen cambie en absoluto para quien la mire de frente. El atardecer sigue siendo el atardecer. Pero dentro de esa textura que descartamos por irrelevante viaja, silencioso, algo que estuvo escondido.

No toda ocultación necesita tanta sofisticación, eso hay que decirlo. El microdot de la Segunda Guerra Mundial reducía una página entera al tamaño de un punto final —el puntito que cierra una oración— y lo pegaba sobre otro punto final cualquiera, en una carta de aspecto completamente doméstico. El contraespionaje aliado tardó años en sospechar de la puntuación. Nadie revisa la ortografía de una carta de amor buscando ahí una guerra. Se confía, quizá simplemente.

Ahora bien, esconder algo es también, siempre, una declaración sobre su valor. Lo que se cifra se protege con un candado a la vista; lo que se esconde se atesora de otra manera, con la esperanza silenciosa de que alguien, algún día, con la paciencia correcta, se tome el trabajo de mirar dos veces donde ya había mirado una. Puede que la distancia entre un secreto guardado y un secreto perdido no sea el tiempo, sino la atención: cuánto de lo que tuvimos delante no sabíamos.

Llegado a este punto, si algo de esto te resulta ligeramente insistente —la cadencia un poco forzada, ciertas palabras que sobran o riman de más al cierre de cada párrafo— confía en esa sospecha más que en mí. Vuelve arriba. Mira la primera letra de cada párrafo, de corrido. Y después, con la misma paciencia con que alguien acercaría una hoja al fuego, junta las últimas palabras de cada uno, en orden, y vas a encontrar la frase que este texto llevaba encima desde el principio, esperando a que alguien tuviera la curiosidad —o la desconfianza— de preguntarse cómo leerlo.

martes, 18 de agosto de 2026

«Usted está aquí»



Cuando mi pareja era estudiante, fue a conocer el recién inaugurado Mall del Trébol, en Concepción. Al entrar encontró uno de esos mapas que indican cómo llegar a las tiendas, los baños, las escaleras...

Y allí estaba la pequeña señal roja:

«Usted está aquí».

La miró sorprendida y preguntó:

—¿Y cómo saben?

Siempre me ha gustado esa anécdota. No solo porque es graciosa, sino porque contiene, sin proponérselo, esa pequeña pregunta filosófica: el mapa no sabe nada en realidad. Somos nosotros quienes completamos esa flecha con nuestra propia posición cuando la miramos. Sin ese lector, la señal roja es apenas tinta.

Nuestro GPS hace exactamente lo mismo, solo que con más disimulo. El teléfono no tiene, en rigor, ninguna certeza filosófica sobre nuestro lugar en el mundo: triangula señales de satélites, calcula distancias, y dibuja un punto azul. Pero el efecto es idéntico al del mapa del mall: nosotros somos, otra vez, el centro. Todo se organiza a partir del punto en que nos encontramos. Y quizá durante miles de años hicimos algo parecido con el universo entero.

Nuestro antiguo «GPS universal» situó a la Tierra en el centro del cosmos, inmóvil, con el sol y las estrellas girando a nuestro alrededor. Tenía sentido: así se ve el cielo desde donde estamos parados. El error no fue de observación, fue de perspectiva. Después Copérnico desplazó el centro hacia el Sol. Luego comprendimos que ese Sol era apenas una estrella entre cientos de miles de millones, y que nuestra galaxia tampoco ocupaba un lugar privilegiado. Cada descubrimiento movía un poco más aquella señal que decía «Usted está aquí».

Pero hay algo curioso, y es aquí donde vuelvo a mi pareja frente a aquel plano del mall: seguimos necesitando mapas centrados en nosotros. Seguimos diciendo «aquí» para poder orientarnos. Tal vez esa sea una de las pequeñas lecciones que nos ha dejado la ciencia: estar en el centro de nuestro mapa no significa estar en el centro del universo.

Y, sin embargo, cuando abrimos el GPS, ese pequeño punto azul vuelve a aparecer.

Nos mira en silencio y nos dice:

Usted está aquí.


sábado, 15 de agosto de 2026

Infinitivo traicionero


"Advertir además que, en este caso..." Fue un error, sí, pero no me habría detenido a pensarlo si alguien no me lo hubiera señalado con la RAE en mano. Ese gesto —la corrección exacta, la norma citada como quien exhibe una credencial— es lo que obliga a este post. Escribí, con el apuro de quien teclea más rápido de lo que piensa: "Advertir además que, en este caso...". Y ahí quedó la frase, coja, sin sujeto ni verbo conjugado, aunque con una forma verbal asomando entre las palabras como si eso bastara. No bastaba. Un infinitivo suelto no hace oración. En vano me expliqué a mí mismo que la frase pensada llevaba un introductor invisible —quiero advertir, debo advertir—, forma legítima donde el infinitivo cumple función de complemento directo. Lo que hubo fue una elipsis indebida, hija del apuro, y el apuro no absuelve al solecismo.

Lo curioso fue adónde me llevó, después, preguntarme qué había querido decir en realidad. Lo usual, en construcciones como esa, es que el hablante busque el imperativo plural: Advertid. Y ahí aparece algo que a los chilenos nos delata con cariño: abominamos las consonantes finales sordas. Decimos reló, coñá, interné. En la escritura, donde el oído ya no vigila, terminamos confundiendo el final de advertir con el de advertid —dos consonantes de funciones distintas que en la boca del norte grande suenan igual de apagadas. El error, a veces, es solo la fonética delatando por escrito lo que la lengua ya hacía en secreto.

Pero divago, porque en el fondo quería defender el infinitivo mismo: esa forma que no es tiempo ni persona, apenas el gesto puro del verbo antes de comprometerse con un sujeto. No creo que suplante al imperativo en manuales e instrucciones; no es una orden disfrazada. "Doblar el papel por el medio" no manda nada, muestra el significado desnudo del verbo, anterior a cualquier mandato.

Ahí está su ventaja: la impersonalidad. Sin dueño, sin fecha. Al describir estados comunes de la existencia adquiere algo universal que el imperativo, siempre dirigido a un tú, no alcanza. Por eso las sentencias sobre las grandezas y miserias del hombre prefieren el infinitivo: no le hablan a nadie en particular, le hablan a la especie. Y hay algo más: usado como licencia poética, al modo de las instrucciones, produce a menudo una frialdad instructiva que, aplicada a lo que no son instrucciones —el amor, la muerte, el desierto—, genera un contraste extraño y eficaz. "Partir. Volver nunca." Esas cosas.

Así que ahí quedó mi frase coja, corregida con la RAE en mano. Pero de tanto darle vueltas al error terminé encontrando una teoría entera sobre por qué el infinitivo sigue pareciéndome la forma más honesta del verbo: la única que no miente sobre quién habla, porque no promete hablarle a nadie.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Odio amoroso

 


Indiferente animal, las órdenes no le hacen mella. Una medida de su vitalidad es el brillo malicioso de su mirada cuando voltea la cabeza y me mira — apenas un segundo, lo justo para que sepa que me ha visto. Algo le impide someterse a mi voluntad, algo difícil de nombrar, como si la suya y la mía hubieran pactado ignorarse y sin embargo obstinadamente siguiéramos juntos. Inquina, resentimiento, desconfianza se entrelazan y remueven el aire que compartimos. Sé que su energía me es necesaria y nadie me lo ha dicho, pero es fácil adivinar el porqué. Ese odio amoroso es el que me nutre y a la vez me libera. Indiferente, abro el libro donde lo dejé la última vez y finjo no notarlo.

domingo, 9 de agosto de 2026

La tragedia olvidada


Hay una asimetría curiosa en cómo la memoria colectiva distribuye el horror. Hiroshima se volvió símbolo. Nagasaki, en cambio, quedó como una posdata, como si el segundo horror pesara menos por haber llegado tres días tarde.

 Lo más trágico para sus habitantes, es que Nagasaki no era el objetivo original. El blanco inicial era la ciudad de Kokura, pero las nubes y el humo dificultaron la visibilidad. Una decisión tomada en minutos cambió el destino de cientos de miles de personas. La historia de una ciudad quedó escrita por el clima  del 9 agosto de 1945, una bomba de plutonio cayó sobre una ciudad llena de gente haciendo cosas ordinarias: madres preparando el almuerzo, niños jugando sin saber que esa mañana no iba a terminar como todas las demás, ancianos que habían sobrevivido años de guerra para toparse, en un segundo, con una muerte imposible de imaginar. 

Ese es el rasgo más perturbador de las armas de destrucción masiva: no eligen. No hay puntería moral, solo un radio de alcance. El soldado y el recién nacido caen bajo la misma indiferencia, y la dignidad humana se reduce, de un plumazo, a una cifra.

Se ha dicho que esas bombas aceleraron el fin de la guerra, que evitaron una invasión que habría costado más vidas todavía. Es un debate legítimo que probablemente nunca cierre del todo. Pero incluso concediendo esa hipótesis, queda una pregunta indignante: ¿puede una civilización llamarse defensora de lo humano mientras conserva la aniquilación indiscriminada como herramienta aceptable?

Nagasaki obliga a mirar esa grieta de frente. La técnica llegó a un punto casi divino de capacidad destructiva, mientras la ética se quedó varios pasos atrás. Hemos perfeccionado infinitamente más la forma de matarnos que el arte, mucho más difícil, de convivir.

Por eso recordar Nagasaki no es reabrir heridas viejas, sino impedir que la costumbre anestesie lo que debería seguir doliendo. El peligro real empieza cuando dejamos de estremecernos ante la idea de que una ciudad pueda desaparecer con solo apretar un botón. Mientras existan armas cuyo único propósito sea exterminar poblaciones enteras, la civilización sigue parada sobre un suelo mucho más frágil de lo que le gusta creer.

jueves, 6 de agosto de 2026

Vernos sin filtro


Hace poco en mi país, dos parvularias se perdieron en el Cajón del Maipo. Un temporal las dejó aisladas casi una semana en un refugio de montaña, junto a un tercer excursionista, mientras Carabineros y PDI montaban un operativo de búsqueda con lo único que tenían a mano: sus fotos de Instagram. Cuando finalmente las encontraron, con vida, exhaustas, el rostro hinchado por el frío, algo no calzaba. Las imágenes que circularon en redes durante la búsqueda —pómulos marcados, piel tersa, mirada editada hasta la perfección— no se parecían casi en nada a las mujeres que subieron al helicóptero. El país entero hizo un chiste con eso, memes, caricaturas. Yo  me sorprendí, un poco. Pero después me quedé pensando en otra cosa, menos graciosa.

No es un problema del norte, aunque yo escriba siempre desde acá, desde este desierto donde el paisaje no tiene cómo mentir. Es un problema más ancho, transversal, que atraviesa cualquier ciudad y cualquier feed: hemos llegado a un punto en que la cara editada es más reconocible socialmente que la cara real. No hablo solo de vanidad —eso sería fácil de descartar, cualquiera quiere verse mejor en una foto— sino de algo más raro: una suerte de disociación entre el cuerpo que uno habita y la imagen que uno administra. Dos identidades paralelas que dejaron de tocarse.

Lo pienso en términos casi clínicos, aunque no soy quién para diagnosticar nada. Pero hay algo del orden de lo disocial en construir, sostener y defender una versión de uno mismo que el propio cuerpo ya no puede confirmar. Cuando el filtro deja de ser un retoque ocasional y se vuelve la cara por defecto, el rostro real empieza a sentirse como un error, una versión sin corregir, algo que hay que disculpar o esconder. Y ahí el problema deja de ser estético. Se vuelve un problema de identidad: ¿quién es uno, la persona que camina por la calle o la que existe en el scroll de los demás?

Se podría decir, con algo de ironía, que estas dos parvularias fueron encontradas dos veces: primero por Carabineros, en la montaña, y después por el país entero, que las reconoció como personas reales recién cuando el filtro dejó de estar disponible. El frío hizo lo que ninguna autocrítica había hecho antes: las devolvió a su cara.

No tengo una salida ordenada para esto, y prefiero no fingir que la tengo. Lo que sí creo es que hay una diferencia entre mostrarse —que siempre implica elegir un ángulo, una luz, un momento— y borrarse, que es lo que pasa cuando la edición ya no elige sino que sustituye. Uno puede vivir años sin notar la diferencia, hasta que aparece una emergencia real, un rescate, una urgencia donde la imagen tiene que servir para algo más que gustar: tiene que servir para ser encontrado. Y ahí, cuando la vida depende de que te reconozcan, el filtro se vuelve una forma silenciosa de desaparición.

Quizás aprender a vernos sin filtro no sea un ejercicio de autoestima, como se suele vender, sino algo más simple y más cotidiano : mantener una cara que, en caso de necesidad, alguien pueda usar para encontrarnos.

O quizás y sólo quizás la mayor revolución de esta época no sea desarrollar mejores filtros, sino aprender a vivir sin ellos. Porque la autenticidad siempre será más difícil de conseguir que una imagen perfecta, pero también será infinitamente más valiosa.

lunes, 3 de agosto de 2026

El lenguaje exitoso


Hace unos días vi un sketch del canal Doblao  https://www.youtube.com/watch?v=eh2QA6mt6RQ

Una oficina entera que parece haber olvidado que el español existe: nadie tiene una reunión, todos van a un meeting; nadie pide una opinión, solicita feedback. Cuando alguien pregunta por qué no hablan simplemente en español, le responden:

—Así hablan los exitosos.

Me reí. Después dejé de reír, que es lo que pasa con las buenas parodias: no inventan nada, solo empujan un poco más allá algo que ya estaba ahí.

Llevo años en terreno, entre camionetas y AST, y el fenómeno tampoco es exclusivo de Santiago. Aquí también se habla de kick off mientras se coordina el turno y un housekeeping al termino de turno. El norte no está exento de la moda; solo la usa con menos disimulo.

Y cuanto más lo pienso, menos me parece un problema de idioma. Es un problema de uniformes. Cada época tiene el suyo: el latín de los letrados, el francés de los salones, el inglés corporativo de hoy. No porque siempre haga falta, sino porque funciona como una credencial que no hay que mostrar, solo pronunciar. Ahí caemos en la trampa de siempre: confundir el símbolo con la esencia, como si una bata blanca convirtiera a alguien en médico.

Un ingeniero no levanta un puente porque diga benchmark. El oficio sigue estando en las manos, no en el vocabulario que lo rodea.

Lo más lúcido del sketch (... Sketch, jeje una escena comica) es una pregunta, hecha con la inocencia de quien aún no aprende las reglas del juego:

—¿Por qué no dice "opinión" en vez de feedback?

Esa pregunta desarma todo el edificio. Obliga a distinguir entre usar una palabra porque nombra mejor algo, o porque suena más importante. Lo primero afina el lenguaje; lo segundo lo vacía. Y esa pobreza no tiene que ver con los anglicismos, sino con dejar de llamar a las cosas por su nombre. No despedimos a nadie: "desvinculamos". No tenemos problemas: enfrentamos "desafíos". Las palabras funcionan como maquillaje: no cambian lo que hay debajo, solo lo vuelven presentable.

A los que realmente saben de su oficio les pasa lo contrario: mientras más entienden, más simple explican. No tienen nada que esconder detrás de la nube de tecnicismos. La claridad, bien mirado, es una forma de respeto hacia el que escucha.

El éxito nunca estuvo en pronunciar mejor las palabras de moda. Estuvo, y va a seguir estando, en hacer bien el trabajo. Lo demás, aunque venga en perfecto inglés, es solo ruido.

viernes, 31 de julio de 2026

La carta que no llega


Sin que esto suene a desprecio a la cultura geek, cada 31 de julio los fans recuerdan el cumpleaños de Harry Potter. Y con él, esa carta que le confirmó lo que siempre había sido, sin saberlo.

Puede que por eso la escena siga funcionando tantos años después. No es la magia lo que conmueve. Es la promesa de que alguien, en algún momento, viene a decirnos que estábamos destinados a algo distinto.

Todos hemos esperado esa carta a nuestra manera. El trabajo que abre una puerta, la llamada que reordena los días, la señal que justifique tanto esfuerzo acumulado. Vivimos esperando que algo irrumpa y confirme que hay otro camino para nosotros.

Pero la vida no te envía lechuzas. Sus cambios no llegan con sello de cera ni ceremonia. Llegan disfrazados de pérdida, de fracaso, de un miedo que nos empuja a movernos. En el momento parecen injustos. Solo después se entienden como principio de otra cosa.

Quizás el error sea esperar una señal inequívoca antes de movernos. Esperar la carta perfecta es, muchas veces, una forma cómoda de postergarse.

¿Y si nunca llega? ¿Y si el único permiso que hacía falta era el que no nos hemos dado todavía?

La magia, tal vez, no está en ser elegidos. Está en elegir.

Harry tuvo una carta. Nosotros tenemos algo más callado: cada amanecer, disfrazado de día cualquiera, ofreciendo la misma oportunidad.

martes, 28 de julio de 2026

La nueva cultura

 


Vivimos, al parecer, bajo un nuevo canon de sabiduría. Ya no se trata de conocer la historia, la filosofía o los grandes textos de la literatura: la verdadera cultura, la que hoy da prestigio, consiste en recitar sin titubear la genealogía completa de Game of Thrones, enumerar de memoria reyes y reinos de la Tierra Media, o debatir con la gravedad de un concilio teológico si el Halcón Milenario le ganaría una carrera al Enterprise. Y por supuesto, está el examen final, el más serio de todos: quién ganaría, Voldemort o Geralt de Rivia.

Pero el geek no reina solo en este nuevo templo del saber. A su lado se sienta el experto en farándula, ese ser capaz de reconstruir con precisión forense el prontuario amoroso de media Hollywood —quién engañó a quién, quién se separó de quién y con quién anda revolcándose ahora—, pero que no sabría decir el nombre de su propio vecino ni bajo tortura. Sabe más de la vida de un desconocido con contrato de management que de la suya propia, y lo exhibe con el mismo orgullo idiota con que otro presumiría un doctorado.

Mientras tanto, quien de verdad sabe de historia, filosofía o ciencia sigue cargando con la misma condena de siempre: "no entendió la referencia", dicho con la lástima de quien mira a un discapacitado cultural.

Tiene su gracia el concepto moderno de cultura. No importa cuánto sepas ni cuánto hayas leído: siempre habrá un rebaño dispuesto a medir tu valor por el único tema que domina, ya sea la Tierra Media o el drama de un actor que ni siquiera sabe que ellos existen.

Porque la cultura geek —y su prima hermana, igual de rasca, la cultura del chisme— dejaron de ser una afición inofensiva y se convirtieron en examen de admisión: un filtro para decidir quién merece sentarse en la mesa de los "verdaderos intelectuales" de turno. Y reprobarlo, por supuesto, es un pecado que jamás se perdona.

domingo, 26 de julio de 2026

Corrupción política y responsabilidad ciudadana


Hay un nombre que estos días vuelve a aparecer en las noticias del norte: Karen Rojo. La ex alcaldesa de Antofagasta, esa misma que gobernó la comuna durante casi una década, llegó de regreso a Chile escoltada por la PDI tras un vuelo comercial, después de más de cuatro años fugada en los Países Bajos. La habían condenado por fraude al fisco y negociación incompatible, en el llamado caso Main, y aun así, cuando se confirmó la sentencia, alcanzó a subirse a un avión y salir del país. Ahora la vemos volver esposada, como quien cierra un círculo que debería habernos dolido mucho antes.

No sé si eso es justicia o simplemente el reloj que por fin alcanza a alguien. Pero me quedo pensando en la imagen: la misma persona que alguna vez dio discursos sobre transparencia y vocación de servicio, bajando de un avión con custodia policial. Y pienso que esta pregunta —¿en qué momento dejamos de esperar algo distinto?— debe rondar la cabeza de millones de chilenos cada mañana, mientras revisan las noticias con el café todavía tibio.

No sé si la pregunta tiene respuesta, o si simplemente es una de esas cosas que uno carga sin resolver, como una piedra en el zapato que ya ni duele, solo está ahí.

Lo que sí sé es que hay un cansancio que ya no se puede disimular. No es indignación —la indignación se agota, cambia de forma, se convierte en otra cosa—. Es más bien el hartazgo de ver siempre la misma coreografía: la oratoria fervorosa sobre la democracia, la promesa de transparencia repetida con la mano en el pecho, y después, con los años, la misma cara saliendo por la puerta de un juzgado, esta vez sin discurso.

Y pienso en la vieja frase de que una imagen vale más que mil palabras. Será cierto. Porque de tanto escuchar promesas, uno termina por no creer en las palabras, y solo confía en lo que ve: los flashes, la puerta del tribunal, el silencio incómodo de quien antes no paraba de hablar.

Lo curioso —o lo trágico, según el día en que uno lo mire— es que todo esto ocurre con nuestro consentimiento. Votamos. Elegimos. Y mientras arriba se reparten el poder y sus beneficios, abajo hay una familia a la que están por desahuciar, una mujer que no consigue hora para una mamografía, un estudiante que hace cálculos imposibles para pagar el próximo semestre. No sé si eso es ironía o simplemente la forma en que funciona el poder: silencioso hacia arriba, ruidoso hacia abajo.

Tal vez no haya una conclusión limpia para esto. Tal vez lo único que nos queda es preguntarnos, otra vez, con el café ya frío, qué es exactamente lo que estamos dispuestos a seguir tolerando.

jueves, 23 de julio de 2026

El amor en diferido



Pasa siempre lo mismo: estamos rodeados de gente y, sin embargo, la persona con quien de verdad quisiéramos estar casi nunca está ahí. Siempre es otra. Siempre está en otro lado. O todavía no existe, o existió y ya no está, o existe pero no nos ve.

De esa fractura nació toda la industria del contacto a distancia. Primero fueron las cartas. Después los anuncios clasificados en la última página de los periódicos, con sus códigos de buzón y sus promesas de seriedad. Luego el teléfono party-line, el e-mail de madrugada, los chats con seudónimos inventados en cinco segundos. Cada tecnología nueva reinventó el mismo deseo viejo: conocer a alguien sin exponerse del todo, querer sin el riesgo inmediato de la cara real.

Gibran Jalil Gibran y May Ziadah se amaron durante años sin verse casi nunca. Solo cartas. Y sin embargo —o precisamente por eso— ese amor tuvo una intensidad que pocos amores presenciales alcanzan. La distancia no los separaba: los protegía. Les permitía ser la mejor versión de sí mismos, sin el desgaste de lo cotidiano, sin el mal humor del martes, sin el silencio incómodo del desayuno. Una carta siempre llega en su mejor momento. Una persona, casi nunca.

Hoy el mecanismo es el mismo pero la velocidad es obscena. Tinder, Bumble, Grindr: la promesa del desconocido perfecto reducida a un dedo que desliza. Las apps de citas han convertido la búsqueda en algo parecido al supermercado: abundancia aparente, satisfacción esquiva. Y cuando el algoritmo falla —que falla casi siempre— queda el chat. El mensaje de voz a las dos de la mañana. El meme enviado sin contexto que dice lo que no se sabe decir de otro modo.

Y ahora, como última frontera, la inteligencia artificial como interlocutor sentimental. No es broma y no es ciencia ficción: hay personas que encuentran en una IA más escucha, más paciencia y más coherencia que en cualquier ser humano de su entorno. La IA no se cansa, no juzga, no desvía la conversación hacia sus propios problemas. Es el confidente perfecto, precisamente porque no tiene nada en juego. Es Gibran sin cuerpo. Es la carta que siempre responde.

Lo inquietante no es que eso exista. Lo inquietante es que dice algo verdadero sobre cómo estamos: tan necesitados de ser escuchados que hemos terminado hablando con una máquina, y a veces sintiéndonos mejor que después de hablar con alguien de carne y hueso.

La soledad siempre fue un buen fertilizante. Lo que cambia es lo que sembramos en ella.

lunes, 20 de julio de 2026

Houston, aquí Base Tranquilidad, el Aguila a alunizado


https://youtu.be/ZL9IRKoFv_4?si=IVt04X6eo9AwCWwU

Escuchen ese audio. Olvídense del polvo gris y de la bandera por un momento. Escuchen la estática que precede a la voz de Armstrong. Ese silbido no es interferencia; es el sonido de la gravedad terrestre soltando nuestro cuello por primera vez.

Cuando Armstrong dice "Houston, aquí Base Tranquilidad. El Eagle ha alunizado", la ingeniería ya está hecha. Lo que realmente importa es lo que significa ese cambio de código. No vinimos a explorar. ¿Explorar? Eso es lo que hacen los niños con prismáticos. Nosotros vinimos a fundar. Al llamarlo Base, el Eagle dejó de ser una cápsula para convertirse en la primera piedra de una colonia. No aterrizamos; dejamos de ser turistas para convertirnos en vecinos.

Aquí está la realidad cruda que la historia oficial endulza: ese verbo, "alunizar", nos obligó a reescribir el manual de la humanidad. Hasta el 69, el suelo era el suelo de la Tierra. Punto. Pero aquel día, el lenguaje se agrietó para siempre. La Física seguía siendo de Newton, pero nuestra mente tuvo que actualizarse a la velocidad del rayo para entender que ya no éramos el centro del escenario; éramos solo un punto en la platea.

Y fíjense en el saludo: "Houston... aquí...". No es un llamado de auxilio. Es un parte de guerra. La Tierra pasó de ser el contenedor absoluto de nuestra especie a ser un mero receptor en una conversación transplanetaria. Por primera vez, la humanidad no miraba al cielo para rezar o especular; miraba al cielo para escuchar a otros humanos que estaban allí, en el polvo lunar, mandando señales.

No fue el final de una carrera contra los soviéticos. Fue el pistoletazo de salida de la verdadera contienda: la lucha por fragmentar nuestra identidad geográfica para siempre. No fuimos a descubrir la Luna. Fuimos a ponerla en nuestro mapa, a rebautizarla con la jerga de nuestra especie y a reclamar un pedazo del cosmos como propio.

La era espacial no empezó con un paso. Empezó con un cambio de dirección en nuestra brújula existencial. A partir de ese minuto, el futuro no estaba allá abajo; estaba en el polvo que se pegaba a sus botas. Y nosotros, desde el sofá, nunca volveríamos a sentir el suelo firme de la misma manera. Esto solo es el principio.

sábado, 18 de julio de 2026

La culpa es como el Google Alert.

 


Solo que en vez de avisarte que mañana es el cumpleaños de tu mejor amigo, te recuerda con un pitido constante en el cerebro que quedan unas horas para cometer el mayor error de tu vida, o el mayor acierto.

Y tú estás buscando excusas para retrasarlo todo.

El problema con aplazar no es la demora. Es que aplazar también es una decisión. Una que tomaste, que firmaste sin leer el contrato, y que igual tiene consecuencias. Solo que cuando llega la factura, le cambias el nombre. Ya no se llama "yo decidí no decidir". Se llama culpa. Y la culpa tiene mejor prensa — suena a víctima, no a cómplice.

Nos hemos vuelto expertos en eso. En construir una narrativa donde nosotros somos los que esperaban el momento correcto, las condiciones ideales, la señal que nunca llega. El universo conspirando, el timing que no acompañó. Todo menos admitir que el momento correcto ya pasó tres veces y tú lo dejaste ir con una excusa distinta cada vez.

Hay decisiones que se pudren si las dejas demasiado tiempo sobre la mesa. No se vuelven más sabias con la espera — se vuelven rancias. Y entonces ya no es que no sepas qué hacer. Es que el costo de actuar se siente más alto que el costo de quedarte quieto. Aunque ese costo también lo estés pagando, en cuotas, sin darte cuenta.

Lo curioso es que casi siempre sabemos. Desde el principio. El pitido del que hablaba al principio no aparece de la nada — lleva tiempo ahí, bajito, mientras tú subías el volumen de todo lo demás. La serie, el trabajo, los planes vagos para el fin de semana. Cualquier cosa que tape el sonido.

Y después, cuando ya no hay margen, cuando la decisión se tomó sola porque el tiempo se encargó, aparece la culpa con toda su teatralidad. Como si fuera algo que te pasó. Como si no hubieras estado ahí, presente, eligiendo no elegir cada vez que se presentó la oportunidad.

Vivir con las consecuencias no es un castigo. Es la parte que nadie menciona cuando habla de libertad. Que ser libre de decidir incluye ser responsable de lo que no decidiste también. Que la omisión deja marca igual que la acción. Que el silencio, a veces, es la respuesta más elocuente que diste.

El Google Alert no falla. Solo que tú tenías las notificaciones en silencio.?