Hay literaturas que explican el mundo. Y hay literaturas que te lo muestran desde adentro de un barco, con viento del sur y olas que no piden permiso. Ese es Latorre. Hay literaturas con escenas que no se olvidan. Un hombre al timón de un remolcador observa cómo crece el temporal y entiende que debe decidir. En una de las lanchas que arrastra va su hijo.
Eso es El piloto Oyarzo, de Mariano Latorre —Premio Nacional 1944, figura del criollismo hoy casi olvidada—, incluido en Chilenos del mar, un libro sobre hombres anónimos que el mar devora.
La historia es simple y brutal: el remolcador Caupolicán hace cabotaje entre puertos chilenos. Llega la tormenta. La única forma de salvar el barco es cortar la espía que lo une a las lanchas. Y en una de ellas va su hijo.
Lo que me queda de este cuento no es el desenlace —que no voy a contar— sino la imagen de ese hombre que tiene que elegir entre su deber y su sangre, y que probablemente ni siquiera lo llama así. Para él es solo el mar. Y el mar es así.
Latorre no escribe esto para que uno llore. Lo escribe para que uno entienda algo sobre cómo ciertos hombres cargan con el mundo: sin drama, sin palabras, con las manos en el trabajo. El mar no pregunta. El piloto tampoco.
El libro me hace pensar en los siete pescadores del Bruma, desaparecidos frente a Coronel tras ser impactados por el industrial Cobra, que siguió su rumbo.
Distinto contexto, misma lógica: los inocentes quedan a la deriva; los grandes cortan la espía y se van.
El cuento de Latorre tiene casi cien años. Y sigue siendo presente.


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