En el cuento El Guadagujas publicado en 1952, Arreola escribió ciencia ficción disfrazada de realismo, o realismo disfrazado de absurdo, según cómo se mire. Yo creo que escribió sobre el desierto, aunque nunca haya venido al norte de Chile. Sobre lo que significa esperar en un lugar donde las cosas prometidas tardan mucho, o no llegan, o llegan cuando ya nadie las necesita.
En el cuento, el viajero busca un tren hacia un destino que es una letra: T. Podría ser Taltal. El guardagujas le explica que los ferrocarriles son un desorden feliz: rieles de tiza, horarios que cambian solos. Y uno piensa en el desierto, donde los trenes también tuvieron que desarmarse y volverse polvo.
El viajero sigue esperando. El tren nunca llega. O tal vez siempre estuvo ahí, detenido en la vía muerta. Y el guardagujas sonríe, porque al final lo único verdadero es la espera.
La linterna roja del guardagujas es apenas un destello en la costa. Alguien, desde una oficina abandonada, cree ver un tren. Pero es solo la memoria de un cuento escrito lejos, o el eco de una locomotora que dejó de sonar en 1976.
Como en el cuento hay estaciones que no figuran en ningún mapa, pero siguen ahí. Persisten como una costumbre, como una obstinación del paisaje. En Taltal los rieles se hunden en la pampa como costillas de un animal muerto. El ferrocarril fue promesa y fue fiebre. Llegaba al puerto cargado de salitre y progreso. Hoy las oficinas están vacías y los trenes se oxidaron antes de entender que el progreso era apenas una estación de juguete.
Dedicado a la memoria de " Julito Alfaro" mi bisabuelo, quizá maquinista de la "59"


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