Existe una palabra que todos jugando, hemos pronunciado alguna vez sin saber que estábamos diciendo algo verdadero.
Abracadabra. La palabra de los magos de circo, del ilusionista con chistera. Una palabra que parece no significar nada, puro sonido, pura performance. Pero viene del arameo — o del hebreo, los lingüistas aún discuten — y significa algo inquietante: creo mientras hablo (Y dijo Dios sea la luz y fue la luz. Génesis 1:3). No "creo y luego hablo". Mientras. El acto de hablar y el acto de crear son la misma cosa.
En inglés, spell significa hechizo. También significa deletrear, ordenar las letras de una palabra. No son dos significados distintos que por casualidad comparten forma: son el mismo gesto. En la Europa medieval, escribir correctamente era casi un acto ritual. El escriba que trazaba las letras en el orden justo estaba, literalmente, invocando algo. Las palabras bien construidas tenían poder. Las mal construidas, también.
Las culturas antiguas lo sabían. Nosotros lo olvidamos.
O peor: seguimos haciéndolo, pero sin darnos cuenta. Sin ceremonia, sin intención, sin el menor cuidado. Me rindo. No puedo más. Soy un inútil. Estoy gordo. Hechizos lanzados al desayuno, al espejo, al tráfico. Nadie los registra como conjuros. Nadie enciende velas ni traza círculos. Pero se van cumpliendo igual, no porque el universo escuche y obedezca "el decreto", sino porque nosotros escuchamos. Porque lo que nos decimos moldea lo que intentamos, lo que evitamos, lo que creemos posible.
No es que las palabras tengan un poder intrínseco. La pregunta es si vamos a seguir usándolas descuidadamente, o si vamos a asumir que igual estamos hechizando, y que podríamos hacerlo con algo más de conciencia.
No como técnica. Como responsabilidad.


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