Hay una mujer en un cuento de Federico Gana que lleva cartas en el bolsillo. Cartas que le escribió su hijo. Cartas con regalos desde el norte. El problema es que las cartas no existen. El hijo desapareció, y Paulita —anciana, empleada de fundo, analfabeta— inventó la correspondencia para no tener que explicar lo inexplicable: que su único hijo se fue y no volvió a dar señales.
Lo que me queda pensando no es la mentira. Es que la mentira funciona. Es que necesita funcionar. Que sin esa ficción, Paulita no tiene nada a qué aferrarse. En algún punto, la diferencia entre la ilusión y la esperanza se vuelve indistinguible.
Gana publicó esto en 1916. Y sin embargo la imagen de una madre esperando noticias de un hijo que se fue al norte a buscar trabajo no se siente como historia pasada. Se siente como algo que uno podría ver el fin de semana.
Paulita dice algo que me parece la frase más honesta del cuento: que si hubiese tenido algo, su hijo no se habría ido. No lo dice como queja filosófica. Lo dice como quien entiende, demasiado tarde, el mecanismo que la dejó sola. La pobreza no duele solo cuando falta el pan. Duele también cuando empieza a disolver los vínculos, cuando obliga a elegir entre quedarse con los suyos o tener una oportunidad real.
La tasa de envejecimiento en Chile avanza rápido. El país tiene cada vez más Paulitas, y cada vez menos recursos destinados a acompañarlas. El debate sobre pensiones, sobre cuidados, sobre soledad en la vejez, existe, pero siempre parece aplazarse para después. Como las cartas.
Hoy los que se van ya no mandan cartas. Mandan mensajes, o no mandan nada. Pero las madres que esperan siguen ahí, en los mismos cerros, los mismos pueblos, los mismos fundos reconvertidos. Y el norte sigue siendo el norte.
El cuento de Gana es breve. Siete páginas. Pero tiene la densidad de algo que no ha terminado de ocurrir.


No hay comentarios:
Publicar un comentario