miércoles, 29 de abril de 2026

No es que no entendamos el inglés. Es que no nos interesa obedecerlo.


Cada vez que alguien canta mal una canción en inglés, aparece el mismo reflejo automático: burla, corrección, superioridad. “Así no es la letra”. Como si el problema fuera técnico. Como si la única forma válida de escuchar fuera repetir correctamente.

Pero no. El punto no es entender. El punto es apropiarse.

Cuando alguien convierte This is the rhythm of the night en una versión fonética deformada"¿Esas son Reebok o son Nike?", o transforma Sopa de Caracol What a very good soup en "Wata meri consu" algo completamente distinto a lo que se quiso decir , no está fallando. Asi lo entendió el cantante Dee Snider cuando cantó junto al público "Huevos con aceite y limón". Se está haciendo algo mucho más interesante: está desobedeciendo el original.

El oído no es neutral. Está entrenado por cultura, lengua, calle, historia. Por eso no escucha “lo correcto”, escucha “lo posible”. Y lo posible siempre pasa por el filtro propio. Esa supuesta “mala pronunciación” es, en realidad, una traducción sin permiso.

¿Suena ridículo? A veces. ¿Es impreciso? También. ¿Es inferior? En absoluto.

Porque esto no empezó con memes ni con canciones noventeras. Esto viene de más atrás, de cuando lo impuesto tenía que ser reinterpretado para poder existir aquí. No se trató solo de aceptar símbolos externos, sino de doblarlos, mezclarlos, hacerlos decir otra cosa. Esa lógica sigue viva, solo que ahora aparece en una pista de baile o en un video viral.

La diferencia es que hoy se ridiculiza.

Se exige fidelidad al original, como si la cultura fuera un examen de pronunciación. Como si repetir fuera más valioso que transformar. Pero copiar sin alterar no es cultura: es obediencia.

Lo que ocurre cuando alguien “canta mal” es exactamente lo contrario. Es una pequeña rebelión lingüística. Un acto mínimo, casi inconsciente, donde el idioma dominante pierde control y se filtra la identidad.

No estamos escuchando mal.

Estamos escuchando desde donde somos.

Y eso al parecer incomoda a los puristas más de lo que parece.

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