jueves, 2 de abril de 2026

Las fronteras que construimos


Hay una cosa que hacemos sin darnos cuenta, marcamos fronteras, levantamos muros, trazamos rayas, constantemente decidimos dónde está el límite. Lo que es normal y lo que no. Lo que merece respeto y lo que queda fuera. Trazamos una raya, ponemos a la gente a un lado u otro, y seguimos adelante convencidos de que la raya estaba ahí antes de que llegáramos nosotros.

Pero la raya la pusimos nosotros.

Los seres humanos necesitamos ordenar el mundo para movernos por él. El problema no es que lo hagamos, es que lo olvidamos. Olvidamos que fue una decisión, y entonces empieza a parecernos un hecho. Y los hechos no se cuestionan, se acatan. De ahí viene buena parte de la exclusión social: no de la maldad, sino del olvido.

Debajo de todo esto hay algo más profundo: tendemos a asumir que nuestra realidad es la realidad. No como arrogancia consciente, sino como punto de partida automático. Lo que yo veo, lo que a mí me parece razonable: eso es el mundo. Todo lo demás es error.

Y en cierto modo, no estamos del todo equivocados.

La realidad que cada uno experimenta es genuinamente suya. No hay nadie en el planeta viendo exactamente lo mismo que tú en este momento, porque nadie está en tu lugar. No solo físicamente: tu historia, tu cuerpo, lo que te dijo alguien hace diez años y todavía resuena. Todo eso filtra lo que percibes.

El error no está en tener una realidad propia. Está en confundirla con la única posible.

Porque si asumo que mi perspectiva es una perspectiva, la del otro deja de ser un error y se convierte en información. Las rayas no van a desaparecer, las necesitamos demasiado. Pero podríamos, de vez en cuando, recordar que fuimos nosotros quienes las pusimos ahí.

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