jueves, 9 de abril de 2026

Mares libres: migrar no es nuevo


Hay libros que envejecen; otros, en cambio, parecen esperar su momento. Mares libres, de Manuel Rojas, me parece es de los segundos. Aunque fue escrito en otro contexto histórico, su núcleo narrativo —el tránsito humano, la precariedad, la búsqueda de dignidad— dialoga con una fuerza inquietante con la realidad actual de Chile, especialmente con la migración que ingresa por el norte.

Rojas no romantiza el viaje. Sus personajes no son héroes épicos, sino sobrevivientes. En Mares libres, el desplazamiento no es una aventura, sino una necesidad: huir, buscar trabajo, escapar de condiciones que asfixian. Esa lógica sigue intacta hoy. Quienes cruzan el altiplano, enfrentando frío, hambre y desorientación, no lo hacen por elección estética ni por capricho económico; lo hacen porque quedarse suele ser peor.

El paralelo es directo: ayer eran marineros, obreros, vagabundos; hoy son venezolanos, haitianos, colombianos. Nosotros ya escogimos nuestro Skua. Cambian los acentos, pero no la estructura del fenómeno. El desarraigo sigue siendo el mismo. Y también lo es la mirada del otro: la sospecha, el rechazo, la incomodidad frente al que llega sin invitación.

Uno de los aportes más potentes del libro es su capacidad de humanizar al migrante sin convertirlo en símbolo. Rojas muestra sujetos concretos, con contradicciones, errores y deseos. Eso es precisamente lo que suele perderse en el debate contemporáneo, donde la migración se reduce a cifras, crisis o amenazas. Leer Mares libres hoy obliga a restituir esa dimensión humana.

Mares libres no ofrece soluciones, hay desafíos en seguridad, en integración, en capacidad del Estado, pero sí una advertencia: la movilidad humana es estructural, no accidental. Intentar frenarla solo con controles es como intentar detener el mar con las manos. La historia —y la literatura— muestran que los flujos migratorios responden a fuerzas profundas: desigualdad, violencia, oportunidades desiguales.

Leer este libro hoy, desde el Chile contemporáneo, no es un ejercicio académico. Es una forma de incomodarse con nuestras propias certezas. Porque, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo miramos al que llega?

Y esa respuesta, a diferencia de los flujos migratorios, sí depende de nosotros.

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