domingo, 10 de mayo de 2026

La mediocridad como espejo


Cada cierto tiempo aparece en las redes una publicación que se viraliza no porque contenga análisis riguroso, sino porque toca algo que mucha gente ya siente. Hace poco circuló una de esas: un texto que denuncia cómo el sistema educativo chileno estaría "fomentando la mediocridad", evitando la reprobación, presionando a los profesores para que hagan pasar a estudiantes que no aprendieron nada. El texto generaliza sin evidencia y usa un lenguaje diseñado para provocar indignación más que reflexión. Y sin embargo, se compartió miles de veces.

Eso me parece más interesante que el texto mismo.

Porque cuando algo así se viraliza, no es porque sea verdad. Es porque resuena. Y lo que resuena merece pregunta: ¿con qué está vibrando?

Hay una tensión real en el corazón de cualquier sistema educativo moderno. La evidencia pedagógica indica que reprobar no funciona como se creía: repetir curso no mejora significativamente los aprendizajes, aumenta la deserción y afecta duraderamente la trayectoria del estudiante. Pero también existe la percepción —no completamente infundada— de que cuando desaparece la consecuencia del no aprendizaje, algo se pierde. No necesariamente la nota roja. Sino la señal. El momento en que alguien le dice a un estudiante: esto no está bien, hay que volver atrás.

Ese es el nudo verdadero. No si se reprueba o no. Sino si el sistema es capaz de decir la verdad.

Lo que el texto viral no puede decir —porque requeriría demasiada complejidad para una publicación de Facebook— es que la crisis del aprendizaje no tiene un solo culpable. No es solo que "ya no se exige". Es que los estudiantes llegan con déficits lectores acumulados. Es que la atención sostenida se ha deteriorado en un entorno de sobreestimulación digital. Es que muchos docentes trabajan en condiciones de sobrecarga que hacen imposible el seguimiento individual. Es que la desigualdad sigue determinando quién aprende y quién no, independientemente de cuántas notas rojas se pongan.

Reducir todo eso a "los hacen pasar igual" es cómodo. Tiene un culpable claro y una solución implícita igual de simple: volver a exigir, endurecer, reprobar sin culpa. Pero los sistemas complejos no se reparan con gestos simples.

El agotamiento docente es real. La sensación de que el esfuerzo ya no importa es real. La percepción de que algo se ha roto en el vínculo entre aprender y ser reconocido por aprender también es real. Pero validar una emoción no es lo mismo que entender su causa.

La mediocridad que más me preocupa no es la del estudiante que avanza con vacíos. Es la del análisis que prefiere la indignación al entendimiento. La que convierte un problema estructural de décadas en un meme compartible. La que nos hace sentir que ya entendimos todo porque encontramos a alguien a quien culpar.

Esa mediocridad no está en las aulas. Está en cómo pensamos sobre ellas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario