Hay una escena en El Principito que siempre me detiene. El principito encuentra un zorro y quiere jugar con él. El zorro le dice que no puede. No porque no quiera, sino porque no está domesticado.
El principito pregunta qué significa eso. Y el zorro le explica: domesticar es crear lazos. Y para crear lazos, le propone algo que parece simple pero no lo es. Ven todos los días. A la misma hora. Siéntate. No tienes que hablar, porque las palabras generan malentendidos. Solo ven. Y cada día, un poco más cerca.
Entonces dice algo que a mí me parece de las cosas más honestas que se han escrito sobre el afecto. Si vienes a las cuatro de la tarde, desde las tres yo ya estaré feliz. A medida que se acerque la hora, más feliz. A las cuatro me agitaré, me inquietaré. Y descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, no sabré a qué hora preparar mi corazón.
Eso. A qué hora preparar mi corazón.
Los vínculos no se construyen de golpe. No se construyen con una conversación intensa ni con una promesa grande. Se construyen repitiendo encuentros, creando ritos, dejando que el otro sepa cuándo esperarte. Tiempo, proximidad, ritmo. No intensidad. No urgencia. Ritmo.
Y sin embargo queremos relaciones profundas pero sin constancia. Queremos confianza pero aparecemos cuando podemos. Queremos lazos pero no dejamos tiempo compartido. Y eso no funciona. No porque seamos malas personas, sino porque los lazos simplemente no se hacen así.
Querer a alguien implica también esto: darle a tu presencia una forma reconocible. Que sepa cuándo llegás. Que pueda prepararse. Que su corazón tenga una hora a la cual apuntar.
La fórmula del zorro es sencilla y casi nadie la aplica. Todos los días, a la misma hora, un poco más cerca.


Si no sé a qué hora vendrás, no sé a qué hora preparar mi corazón. Qué gran verdad.
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