viernes, 2 de octubre de 2026

Lo que se deja ver


Anoche vi un video de una pluma de trazado, una de esas que usaban los ingenieros antes de que existieran los computadores. Dibuja una línea punteada perfecta. Rueda, y adentro un mecanismo diminuto sube y baja la punta, una y otra vez, con trazos idénticos. Sin electricidad, sin pantalla. Solo metal, mecánica precisa y una idea bien pensada.

Me quedé pegado, y no por lo que hacía, sino por cómo lo hacía. Un resorte, una palanca, un giro, un clic. Todo a la vista. Uno entiende el aparato con solo mirarlo, como si el objeto mismo le explicara el truco. 

Eso tenían las cosas de antes (los instrumentos, artilugios) se dejaban espiar. La máquina de escribir, el molinillo, la máquina de coser. Y el cosito de metal que baila dentro de la olla para avisar que la leche va a hervir, que no necesita aplicación ni internet, solo calor, agua y una idea que sabe hacer una sola cosa y hacerla bien.

Hoy un programa dibuja la misma línea al instante, y está bien. Pero apretamos un botón y el proceso desaparece. Todo funciona, todo es más rápido, y no queda nada que contemplar. Nadie se queda embobado viendo cómo aparece una línea punteada en Excel.

Yo, la verdad, a veces quiero ver la técnica trabajar. Escucharla. Esperar un poco.

Quizás la rusticidad no sea un defecto que haya que corregir. Quizás sea lo más lindo que le queda a la técnica: que todavía se le vean las costuras.